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21. ERROR

La Novia Sustituta 18+ — booknet.com · All chapters

21. ERROR

Christian.

Aterricé en Nueva York hace unos días por un asunto de negocios que llevaba meses organizándose. Varias reuniones con inversores, negociaciones pendientes y algunos acuerdos que necesitaban mi presencia. No es la primera vez que viajo por trabajo y probablemente tampoco será la última, pero eso no hace que me agrade estar aquí. De hecho, lo que más me ha molestado desde que llegué no ha sido la cantidad de trabajo ni los horarios interminables, sino haber dejado a Alice en casa. Pensé que la distancia sería algo simple de manejar durante unos días, pero me equivoqué. No verla al despertar, no escuchar su voz durante el día o simplemente no sentir su presencia cerca termina siendo más incómodo de lo que esperaba. Me he acostumbrado demasiado a ella. Tanto que ahora cualquier momento libre acaba llevándome a pensar en qué estará haciendo o cómo habrá pasado el día.

Acabo de salir de otra reunión cuando abandono el edificio. Ha sido una jornada agotadora. Desde que llegué a Nueva York prácticamente no he hecho nada más que trabajar. Reuniones, llamadas, comidas de negocios y más reuniones. Siento una presión constante detrás de los ojos que amenaza con convertirse en un dolor de cabeza insoportable si no hago algo al respecto. Lo único que quiero es volver al hotel, darme una ducha y dormir unas horas sin que nadie me moleste. Mientras camino de regreso paso por una farmacia y compro unas pastillas junto con una botella de agua. En cuanto salgo del establecimiento saco una cápsula del envase, la llevo a mi boca y la trago con varios sorbos de agua mientras continúo caminando por la acera.

Por costumbre saco el teléfono y reviso los mensajes pendientes. Entre ellos encuentro el informe diario que uno de mis guardias suele enviarme sobre Alice. No es algo que ella sepa ni algo que pretenda informarle.Simplemente me gusta saber que todo está bien cuando no estoy cerca. Recorro rápidamente la información hasta que una fotografía llama mi atención. La observo durante unos segundos, la han fotografiado desprevenida en el jardín, se ve preciosa. Sonrío apenas mientras observo la imagen antes de guardar el teléfono nuevamente. Por alguna razón, verla hace que parte de la tensión acumulada durante el día desaparezca.

Cuando finalmente llego al hotel apenas tengo energía para hacer nada más. Me quito la chaqueta, reviso algunos correos pendientes y me dejo caer sobre la cama. El cansancio me golpea de inmediato. Antes de apagar la pantalla del teléfono vuelvo a abrir la fotografía de Alice. Me quedo observándola unos segundos más de los necesarios y luego bloqueo el dispositivo. Esa es la última imagen que veo antes de quedarme dormido.

***

Al día siguiente.

Son casi las tres de la tarde cuando decido salir del edificio donde he pasado encerrado toda la mañana. Necesito despejarme un poco y comer algo antes de regresar a otra ronda de reuniones. El restaurante más cercano está a pocas calles de distancia, así que me dirijo hacia la salida mientras reviso algunos mensajes en el teléfono. Estoy tan concentrado que no veo venir lo que sucede después.

Apenas cruzo las puertas principales, alguien se lanza directamente hacia mí.

El impacto me obliga a detenerme de golpe y a retroceder, unos brazos rodean mi cuello con fuerza.

Durante un segundo ni siquiera entiendo qué está pasando.

Frunzo el ceño y bajo la mirada hasta reconocer a la persona aferrada a mí.

Madison .

La sorpresa dura apenas un instante antes de transformarse en confusión.

Sujeto su cintura intentando apartarla. Ella murmura unas palabras que apenas entiendo como un " Mi amor te extrañe"

—Madison, suéltame.

Ella no se mueve.

Al contrario.

Se aferra todavía más.

—Te he dicho que me sueltes.

Mi tono se vuelve más firme, pero ella sigue ignorándome como si no hubiera escuchado una sola palabra. Varias personas pasan cerca de nosotros y algunas miradas comienzan a dirigirse en nuestra dirección. Lo último que necesito es montar una escena en plena entrada del edificio.

—Joder, suéltame.

Aun así se niega.

Intento mantener la calma durante unos segundos más, pero cuando resulta evidente que no piensa apartarse por su cuenta termino empujándola con más fuerza de la que pretendía usar.

Madison retrocede varios pasos.

Su expresión cambia inmediatamente.

Me mira como si acabara de cometer una ofensa imperdonable.

Le veo el rostro cubierto de maquillaje y vestida como siempre lo hacía, impecable de pies a cabeza, justo como le gustaba mostrarse. La sorpresa es inmediata, porque hace mucho tiempo que no sabía nada de ella, pero su presencia no despierta absolutamente nada en mí.

—¿Así es como vas a tratar a tu prometida?

La observo sin alterar mi expresión.

—Ex-prometida.

Su mandíbula se tensa.

Yo sacudo ligeramente la cabeza.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —me refiero en New York y sé que lo sabe.

Ella pone los ojos en blanco con evidente fastidio.

—Vivo aquí, Christian. ¿Lo olvidaste? Es precisamente por eso que viniste.

Su tono destila resentimiento.

Como si realmente creyera lo que acaba de decir.

La miro durante unos segundos sin entender cómo ha llegado a esa conclusión.

—¿La razón por la que vine?

—No te hagas el tonto.

—No recordaba siquiera que estabas en Nueva York. Vine por negocios.

Y es la verdad.

No tengo ningún motivo para mentir.

Hace mucho tiempo que dejé de interesarme por dónde está Madison o qué hace con su vida. De hecho, si alguien me hubiera preguntado esta mañana dónde vivía, probablemente no habría sabido responder.

—Claro que sí —insiste ella—. Sabes perfectamente por qué estás aquí.

—No, no lo sé.

—Porque todavía me amas.

La afirmación es tan absurda que durante unos segundos me quedo mirándola sin saber qué responder.

—¿Perdón?

—No tienes que fingir conmigo solo porque estés casado con mi hermana.

Suelto una exhalación lenta.

Empiezo a sentir cómo el dolor de cabeza que creía controlado regresa poco a poco.

—No estoy fingiendo.

—Sí lo estás.

—No.

—Todavía me quieres.

—No.

—Sigues pensando en mí.

—Tampoco.

—Entonces ¿por qué viniste?

—Ya te lo dije. Por trabajo.

—Mentira.

—No.

Madison cruza los brazos.

—Siempre fuiste malo admitiendo lo que sentías.

—Y tú siempre has tenido problemas para aceptar la realidad.

Ella me dirige una mirada molesta.

—Vas a volver conmigo tarde o temprano.

No puedo evitar soltar una pequeña risa incrédula.

—Eso no va a pasar.

—Sí va a pasar.

—No quiero volver contigo.

—Lo dices ahora.

—Lo digo porque es verdad.

—No amas a Alice como me amabas a mí.

La paciencia que me queda desaparece por completo.

La miro fijamente.

—No vuelvas a hablar de mi matrimonio.

—Christian...

—No.

La interrumpo antes de que continúe.

—Escúchame bien porque no voy a repetirlo otra vez.

Madison guarda silencio.

Por primera vez desde que comenzó la conversación parece darse cuenta de que hablo completamente en serio.

—No estoy aquí por ti. No vine por ti. No pienso volver contigo y no voy a dejar a mi esposa.

Ella niega con la cabeza, mirándome como si la hubiera ofendido.

—Sigues mintiéndote. —suelta con falda voz quebrada y lágrimas en los ojos.

—No.

Mi voz sale firme.

Segura.

Sin una sola duda.

—Lo mejor que puedes hacer es mantenerte lejos de nosotros.

Su expresión se endurece.

—¿Nosotros?

—Sí. Nosotros.

Sostengo su mirada unos segundos más antes de dar un paso atrás.

—Y te recomiendo que no vuelvas a aparecer delante de Alice ni delante de mí. Sigue con tu vida y mantente alejada.

No espero una respuesta.

Simplemente me doy la vuelta y comienzo a caminar hacia la calle.

Detrás de mí, Madison permanece inmóvil.

Yo ni siquiera volteo.

No tengo nada más que decirle.

Espero no tener que volverla a ver.

***

De verdad pensé que después de lo ocurrido el día anterior Madison iba a entender el mensaje y dejarme en paz. La conversación había sido bastante clara. No le había dado pie a ninguna interpretación diferente ni tampoco había suavizado mis palabras. Sin embargo, al parecer yo era el único que consideraba aquella discusión como un punto final.

Regreso al hotel después de otra jornada agotadora. Llevo horas pasando de una reunión a otra, lo único que quiero es entrar a mi habitación y disfrutar de un poco de silencio. Por eso, cuando abro la puerta y entro sin prestar demasiada atención a mi alrededor, tardo un par de segundos en procesar lo que estoy viendo.

Madison está en mi habitación.

Mi mirada recorre el lugar con incredulidad antes de volver a detenerse en ella.

No entiendo cómo ha conseguido entrar.

La seguridad del hotel no es precisamente mala y mis propios hombres tienen instrucciones muy claras respecto a quién puede acercarse a mí. Aun así, ahí está. Instalada en mi habitación como si perteneciera al lugar.

Cierro la puerta lentamente detrás de mí y me pellizco el puente de la nariz.

Tengo dolor de cabeza.

Estoy cansado.

Y verla es exactamente lo contrario a lo que necesitaba para terminar el día.

—¿Qué demonios haces aquí?

Mi voz rompe el silencio de la habitación.

Madison gira la cabeza hacia mí y sonríe como si mi reacción fuera completamente exagerada. No parece incómoda. No parece avergonzada. Tampoco parece consciente de lo inapropiado que resulta aparecer sin invitación en la habitación de alguien.

Se pone de pie con toda la tranquilidad del mundo y comienza a caminar hacia mí.

La observo acercarse sin moverme.

Simplemente porque sigo intentando entender cómo ha llegado hasta aquí.

Me sorprende el hecho de que vista solo una bata de seda y sus labios estén cubiertos de un labial rojo ¿Que pretende?

Cuando finalmente se detiene frente a mí, apoya una mano sobre mi pecho.

—Estoy intentando hacerte entrar en razón.

La aparto inmediatamente.

—¿Entrar en razón?

—Sí.

Su tono transmite una seguridad que resulta casi absurda.

—Mírame y dime que no sientes nada —dice

Suelto una exhalación cansada.

—Ya te lo he dicho varias veces.

—No te creo.

—Ese no es mi problema.

Sus labios se tensan.

Por primera vez desde que había aparecido en mi habitación, la seguridad en su rostro parece tambalearse. Apenas un segundo. Después volvió a levantar la barbilla.

—Todo esto es un error, Christian.

—No.

—Estás tomando una decisión de la que vas a arrepentirte.

Niego con la cabeza.

—La única decisión de la que me arrepiento fue haber estado contigo.

Su expresión se endurece.

—No puedes hablarme así.

—Pues mírame hacerlo.

Madison abre la boca para responder, pero la interrumpo antes.

—Esta conversación terminó.

—No ha terminado para mí.

—Entonces tendrás que aceptarlo igual.

En un momento de desesperación se deshace del nudo de la bata exponiendo un encaje de lencería.

—¿No deseas esto?—se señala así misma. —Podriamos divertimos está noche, puedo hacerte sentir mejor.

Intenta poner sus manos en mi pecho pero la detengo viéndola con aburrimiento.

—No es no, ya deja de joderme la existencia.Quiero que te vayas.

—No puedes olvidarme de la noche a la mañana, Christian.

La miro unos segundos y hago un esfuerzo por mantener la paciencia.

—Todo esto no tiene sentido.

—¿Que no tiene sentido?

—Que me digas que no y defiendas el honor de Alice.

La mención de mi esposa es suficiente para tensarme.

Mi expresión se endurece al instante.

—Sácate el nombre de Alice de la boca, si no quieres que te corte la lengua.

Madison frunce el ceño, sorprendida ante mis palabras.

—Solo digo la verdad.

—No, deberías mantener esa boca cerrada.

—¿Por qué te pones así?

—Porque es mi esposa.

La respuesta sale inmediato.

Como si no existiera ninguna otra respuesta posible.

Por un momento parece molestarle más esa palabra que cualquier otra cosa que haya dicho.

Esposa .

Lo noto en la forma en que aprieta la mandíbula.

En cómo aparta la mirada durante un segundo antes de volver a centrarse en mí.

Sin embargo, enseguida recupera aquella confianza que parece haberse construido ella sola.

—Sigues fingiendo.

Suelto una exhalación cansada.

—No estoy fingiendo nada.

—Sí lo haces.

—No.

—Todavía sientes algo por mí.

La observo en silencio.

Empiezo a preguntarme si realmente cree todo lo que está diciendo o si simplemente necesita creerlo.

Porque no encuentro otra explicación.

Sus labios se tensan. Durante unos segundos permanece callada observándome, como si esperara encontrar alguna señal de duda en mi rostro.

No la encuentra.

Porque no existe.

Estoy cansado de repetir exactamente lo mismo.

Estoy cansado de que ignore cada palabra que sale de mi boca.

—Vete.

—No pienso hacerlo.

—Entonces llamaré a seguridad.

Ella niega con la cabeza.

—No lo harías.

La miro directamente.

—¿Quieres comprobarlo?

Por primera vez vacila. Solo un poco, pero lo suficiente para que me dé cuenta, aun así no se rinde.

—Sigues intentando convencerte de algo que no sientes.

—Lo único que intento hacer es terminar esta conversación.

—Porque tienes miedo de admitir la verdad.

Me paso una mano por el rostro.

Empiezo a perder la poca paciencia que me queda.

—Madison, escúchame bien.

Ella guarda silencio.

—No vine a Nueva York por ti.

Su expresión cambia ligeramente.

—No estoy pensando en ti.

La seguridad en su rostro se resquebraja un poco más.

—Y no voy a dejar a mi esposa.

Esta vez el golpe parece más fuerte.

Porque por mucho que intente ocultarlo, puedo ver cómo la molestan esas palabras.

—Christian...

—No he terminado.

Mi voz sale firme.

Sin necesidad de elevar el tono.

—No quiero volver contigo. No me interesa retomar nada contigo y no hay absolutamente nada que hablar entre nosotros.

El silencio que sigue dura varios segundos.

Madison me observa fijamente, molestarustrada y frustrada. Como si esperara que en cualquier momento me retractara.

No sucede.

Traga saliva y hace lo que esperaba que hiciera desde que la vi. Se pone la bata y sale, cerrando la puerta de un portazo.

Permanezco inmóvil durante unos segundos antes de dejar escapar un largo suspiro.

Sinceramente, habría sido mejor comprar unna casa durante este viaje.Me habría evitado muchas molestias. Camino hasta la ventana mientras aflojo el nudo de la corbata.

Lo último que necesito ahora es otro problema.

Y mucho menos uno relacionado con Madison.

Solo espero que nadie la haya visto entrar o salir de mi habitación. No porque haya ocurrido algo indebido, sino porque conozco perfectamente cómo funcionan los rumores. Y tampoco espero que la prensa nos haya fotografiado fuera del edificio, basta una fotografía tomada en el momento equivocado para que alguien invente una historia completamente diferente.

Y lo último que quiero es que Alice vea algo así y saque conclusiones equivocadas.

Saco el teléfono del bolsillo y reviso la pantalla.

Como siempre, termino buscando una fotografía de ella.

Al verla, parte de la tensión acumulada durante el día desaparece.

Y por primera vez desde que entré a esta habitación, siento un poco de tranquilidad.

***

Al llegar a casa siento el pecho acelerado por la simple idea de volver a ver a Alice. Hace mucho días que no la veo en persona y, aunque intento mantener la calma durante el trayecto, no puedo evitar la emoción de verla. Sin embargo, apenas entro, me doy cuenta de que algo no está bien. La casa está demasiado silenciosa. No le doy importancia al principio. Pienso que quizá salió o que está en casa de Daphne. Después de todo, los hombres de seguridad me asegurado que había salido bastante, así que no tengo motivos para preocuparme. Dejo las llaves sobre una mesa y camino por la casa llamándola un par de veces, esperando escuchar su voz en cualquier momento, pero no obtengo respuesta.

Subo a su habitación convencido porque quizás esté allí y no me ha escuchado y es entonces cuando empiezo a notar cosas. Camino hasta el vestidor y me quedo quieto al encontrar varios espacios vacíos. Mi mirada recorre los estantes una y otra vez, como si al hacerlo las cosas fueran a reaparecer. Saco el teléfono y la llamo inmediatamente. No responde. Vuelvo a intentarlo mientras reviso el resto de la habitación, buscando cualquier explicación lógica. Quizá salió por unos días. Quizá estoy exagerando. Pero cada minuto que pasa hace más difícil sostener esa idea. Empiezo a llamar a otras personas, a Daphne, a cualquiera que pueda saber algo. Nadie me da una respuesta clara y la inquietud se convierte poco a poco en angustia.

Es entonces cuando veo el anillo. Está sobre la mesa de noche. Justo al lado está la tarjeta bancaria que le di. Me acerco, tomo el anillo entre los dedos y lo observo durante unos segundos. No necesito que nadie me explique lo que significa. No soy tonto y lo entiendo de inmediato , aun así, me niego a aceptarlo. Intento llamarla otra vez. Después otra. Y otra más. Cada llamada que queda sin respuesta hace que la sensación en mi pecho empeore. Empiezo a caminar de un lado a otro de la habitación sin poder quedarme quieto. Necesito encontrarla. Necesito hablar con ella antes de que sea demasiado tarde.

Mientras sigo intentando contactar a alguien que sepa dónde está, veo a Nora aparecer en la puerta de la habitación. Tiene los brazos cruzados y una expresión que no me gusta nada. Lo primero que noto es que no parece sorprendida por lo que está pasando. Al contrario, parece como si hubiera estado esperando este momento.

—¿Dónde está Alice? —pregunto.

Ella no responde.

—Nora, ¿dónde está?

Sigue en silencio.

La paciencia se me acaba rápido.

—¡¿Dónde carajos está Alice?!

—No lo sé.

—No te creo.

—Es la verdad.

—Nora —digo con tono de advertencia—. No estoy para juegos.

—Y yo no estoy para seguir escuchando excusas.

Frunzo el ceño.

—¿De qué demonios estás hablando?

—No te hagas el loco. Sabes perfectamente lo que hiciste.

—No tengo idea de qué hablas.

—Claro que sí.

—¡No! Lo único que sé es que mi esposa desapareció, nadie me dice dónde está y me estoy volviendo loco intentando encontrarla.

Nora me observa durante unos segundos sin decir nada. Después saca el celular y me lo pone delante de la cara.

Basta una mirada para entenderlo.

Es una noticia.

Y la fotografía que acompaña el artículo muestra a Madison y a mí frente al edificio, en ese abrazo malinterpretado.

Maldición .

Cierro los ojos un segundo antes de volver a mirar la pantalla.

—Esto no es lo que parece.

—¿En serio?

—Sí.

—Porque la foto cuenta una historia bastante distinta.

—No la estaba abrazando.

—Pues eso no se ve.

—Joder, porque tomaron la foto en el peor momento posible.

Paso una mano por mi rostro. Estoy demasiado desesperado para discutir sobre una fotografía cuando ni siquiera sé dónde está Alice.

—Escúchame, Nora. Eso fue un malentendido.

—No tienes que convencerme a mí.

Y tiene razón.

Porque el problema ahora no es intentar convencer a Nora.

Es Alice.

Si Nora, que me conoce desde hace años, tiene dudas después de ver esa imagen, no quiero imaginar lo que habrá pensado Alice cuando la encontró.

No intento seguir explicándome. No serviría de nada. Paso junto a nana mientras vuelvo a sacar el teléfono y llamo a mi equipo de seguridad.

—Quiero que encuentren a mi esposa —digo apenas responden—. No me importa cuánto tiempo les tome. Quiero saber dónde está.

Cuelgo y salgo de la habitación.

Necesito encontrarla. Necesito explicarle lo que pasó realmente. Y no solo eso. También necesito contarle toda la verdad, incluida la verdadera razón detrás de mi venganza.

Así puede que me entienda mejor.

O eso espero.

***

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