23. BÚSQUEDA
Christian.Me voy a volver loco.
Eso es lo único que pienso.
No sé cuántas veces he marcado su número desde que desapareció. Perdí la cuenta hace horas. Siempre obtengo la misma respuesta y, aunque ya sé cuál será, sigo intentándolo como si en algún momento fuera a cambiar. El teléfono permanece apagado. Ni una llamada devuelta, ni un mensaje, ni una señal de que quiera hablar conmigo.
Lo único que tengo es el silencio y la certeza de que cada minuto que pasa hace más difícil encontrarla. No me interesa discutir quién tiene la culpa de todo esto. Ya tendré tiempo para enfrentar las consecuencias de mis decisiones.
Ahora solo necesito verla .
Necesito que me escuche antes de que tome una decisión definitiva sobre nosotros. Si después de conocer toda la verdad decide marcharse, tendré que aceptarlo. Pero no puedo permitir que desaparezca creyendo una mentira o con una versión incompleta de todo lo que ocurrió.
Mentira, te niegas a dejarla ir.Me repite mi subconsciente y sé que tiene mucha razón.
No espero sentado a que aparezca una respuesta por arte de magia. Desde el primer momento pongo en marcha todo lo que está a mi alcance. Cada hombre que trabaja para mí recibe una orden específica y nadie tiene permiso de detenerse hasta encontrar un rastro. Algunos revisan cámaras de seguridad desde el momento en que Alice salió de la casa; otros rastrean vuelos nacionales e internacionales, reservas en hoteles, alquileres de vehículos y cualquier movimiento que pueda relacionarse con ella.
Los que normalmente se encargan de proteger mis negocios dejan de lado cualquier otra tarea y pasan a formar parte de la búsqueda. Además, contrato a varios detectives privados que nunca han trabajado para mí. No quiero depender de un solo equipo ni correr el riesgo de que algo se pase por alto. Si una persona no encuentra una pista, quizá otra sí. El dinero no representa un problema. Lo único que importa es reducir el tiempo que ella permanezca lejos sin que yo sepa dónde está.
Mi despacho deja de parecer una oficina y termina convertido en un centro de operaciones. Sobre el escritorio se acumulan carpetas, fotografías, informes y mapas que cambian constantemente conforme llega información nueva. Hay teléfonos sonando a todas horas, computadoras abiertas con diferentes registros y personas entrando y saliendo sin descanso. Nadie pierde tiempo en conversaciones innecesarias porque todos entienden la gravedad de la situación. Apenas uno de los detectives cruza la puerta, levanto la vista y espero que, por fin, traiga algo que realmente sirva.
—¿Qué encontraron?
El hombre deja una carpeta frente a mí antes de responder.
—Revisamos las cámaras de los alrededores y seguimos el recorrido hasta donde fue posible. Después de ese punto se pierde el rastro. También verificamos terminales de transporte y aeropuertos cercanos, pero todavía no tenemos una coincidencia que podamos confirmar.
Abro la carpeta mientras escucho cada palabra. Observo fotografías, horarios y anotaciones hechas con precisión, pero ninguna responde la única pregunta que me interesa.
—¿Algún movimiento bancario?
—Ninguno.
—¿Tarjetas de crédito?
—Sin actividad.
—¿Teléfono?
Niega con la cabeza.
—Sigue apagado.
Cierro la carpeta con frustración.
—Amplíen la búsqueda. No se limiten a los lugares evidentes. Revisen propiedades registradas a nombre de terceros, contactos antiguos, amistades que no aparezcan en sus registros recientes y cualquier persona con la que haya tenido relación en los últimos años. Si alguien la está ayudando, tarde o temprano cometerá un error.
El detective asiente de inmediato.
—Nos pondremos con eso.
—Quiero resultados lo más pronto posible.
En cuanto sale, entra otro. Después otro más. Las llamadas tampoco se detienen. Contesto una tras otra mientras reviso documentos al mismo tiempo. Las conversaciones duran poco porque todas giran alrededor de la misma pregunta y ninguna ofrece una respuesta distinta.
Escucho todo con atención porque cualquier detalle, por insignificante que parezca, puede convertirse en la pieza que falta. Hasta ahora, ninguno lo ha hecho.
El trabajo deja de existir para mí desde el mismo instante en que Alice desaparece. Mi secretaria intenta comunicarse varias veces para hablar sobre reuniones, contratos pendientes y decisiones que solo yo puedo tomar, pero delego cada asunto en las personas correspondientes sin siquiera leer los informes completos.
Las empresas seguirán funcionando conmigo o sin mí durante unos días. Hay directivos preparados para resolver esos problemas. Lo que no puede esperar es encontrar a mi esposa. Si tengo que ausentarme una semana, un mes o el tiempo que sea necesario para traerla de vuelta y hablar con ella, lo haré sin dudarlo. No pienso distraerme con asuntos que hoy carecen de importancia.
A media tarde uno de mis hombres de confianza entra en la oficina después de haber pasado varias horas fuera. Cierra la puerta antes de hablar, una señal suficiente para entender que no viene únicamente a actualizarme sobre la búsqueda.
—Hay otro tema que deberíamos revisar.
Levanto la vista del documento que tengo delante.
—¿Cuál?
—Madison.
Su nombre basta para que recuerde todo lo ocurrido la última vez. No necesito que me explique por qué la menciona.
—Todavía no.
—Su aparición no parece una coincidencia.
—Lo sé.
Permanezco unos segundos en silencio antes de continuar. Llevo demasiado tiempo resolviendo problemas como para creer en casualidades.
Sé que hay algo detrás de todo esto y voy a averiguarlo, pero no mientras Alice siga desaparecida, después veré cómo soluciono todo con ella.Hasta entonces, toda la prioridad sigue siendo mi mujer.
Él abandona la oficina sin añadir nada más.
Yo vuelvo a bajar la mirada hacia los documentos, aunque sé perfectamente que hace varios minutos dejé de leerlos. Mi cabeza está en otro lugar. Siempre termina en el mismo lugar. Alice.
Despierto temprano al día siguiente, reviso los reportes que llegaron durante la madrugada, hago llamadas, recibo a los detectives, autorizo nuevos recursos y vuelvo a empezar. Cuando una línea de investigación no da resultados, abro tres más. No pienso permitir que la búsqueda se estanque por falta de personal o de medios. Si alguien cree que voy a detenerme porque pasaron uno o dos días sin avances, no me conoce. Mientras exista la mínima posibilidad de encontrarla, voy a seguir moviendo todo lo que esté a mi alcance.
Los detectives trabajan desde distintos lugares y cada pocas horas alguno se comunica para actualizarme. Hay quienes revisan cámaras de seguridad cuadro por cuadro, otros hablan con empleados de aeropuertos, compañías aéreas y hoteles, mientras un tercer equipo reconstruye todos los movimientos que Alice hizo durante las semanas anteriores a su desaparición. Quiero entender si esto fue una decisión tomada de un momento a otro o si llevaba tiempo preparándolo. Hasta el detalle más pequeño puede marcar la diferencia.
Una de las reuniones se prolonga durante casi dos horas. Frente a mí hay varios mapas, fotografías y una pantalla donde proyectan todos los datos recopilados hasta el momento. Escucho a cada uno sin interrumpirlos hasta que terminan de exponer. Algunos proponen concentrar la búsqueda dentro del país, otros creen que Alice salió al extranjero pocas horas después de irse. Ninguna teoría puede descartarse todavía. Cuando todos terminan de hablar, me levanto de la silla y observo nuevamente el tablero lleno de nombres, fechas y ubicaciones. No necesito elevar la voz para que entiendan que no pienso conformarme con un trabajo a medias.
—Quiero que vuelvan a revisar absolutamente todo. Si creen que ya revisaron una cámara, revísenla otra vez. Si hablaron con un testigo, vuelvan a entrevistarlo. Si una pista parece insignificante, síganla hasta comprobar que realmente no sirve. No quiero que nadie asuma nada. Quiero certezas.
Uno de los detectives cruza los brazos antes de responder.
—Estamos avanzando rápido, señor. Nunca habíamos tenido tantos equipos trabajando al mismo tiempo sobre un mismo caso.
—Entonces demuéstrenlo con resultados.
Nadie responde. Todos entienden que no estoy exigiendo lo imposible. Solo estoy pidiendo que hagan aquello para lo que fueron contratados.
Cuando la reunión termina, necesito salir unos minutos de esa oficina. Camino por los pasillos de la casa mientras sigo respondiendo llamadas. Uno de mis hombres me informa que ya verificaron varias propiedades donde Alice pudo haberse alojado. Otro confirma que ninguna de las personas cercanas a ella ha tenido contacto reciente desde sus teléfonos habituales. Escucho cada informe mientras avanzo sin prestar demasiada atención al camino. Solo cuando levanto la vista me doy cuenta de dónde estoy.
Sus únicos amigos eran Nora y Daphne.Y Daphne está de viaje con su marido desde hace dos semanas.
Me detengo frente a una puerta que permanece entreabierta.
Hace días que no entro aquí.
Empujo la puerta lentamente y el silencio de la habitación me recibe de inmediato. Todo permanece exactamente igual que la última vez que Alice estuvo aquí. No hay nada fuera de lugar. Los pinceles descansan sobre la mesa donde los dejó, los tubos de pintura siguen abiertos en el mismo orden y el olor a óleo todavía permanece en el ambiente. Camino despacio hasta detenerme frente al caballete. Allí continúa el cuadro.
El retrato sigue incompleto.
Observo cada trazo durante varios segundos. Puedo reconocer el momento exacto en el que decidió detenerse porque las últimas pinceladas quedaron a medio terminar. Conozco demasiado bien la forma en que trabaja para no notarlo. Había días en que podía pasar horas aquí encerrada sin darse cuenta del tiempo. Otras veces salía cubierta de pequeñas manchas de pintura y se molestaba cuando alguien intentaba ayudarla a limpiarlas. Decía que era parte del proceso y que desaparecerían solas tarde o temprano. Nunca imaginé que ese cuadro terminaría convirtiéndose en la última cosa que dejaría sin acabar antes de marcharse.
Paso la mano por el borde del caballete, pero evito tocar la pintura. No quiero alterar absolutamente nada de esta habitación. Por un momento pienso en cuánto tiempo pasó aquí mientras yo resolvía reuniones, negocios y problemas que hoy ni siquiera recuerdo. Es extraño cómo cambian las prioridades. Hace una semana creía que había asuntos urgentes que no podían esperar. Ahora daría igual perder una negociación millonaria si eso significara tener a Alice sentada frente a mí durante diez minutos.
Permanezco allí un poco más antes de soltar un suspiro y salir de la habitación. Cierro la puerta con cuidado. No porque tema que algo se rompa, sino porque siento que ese lugar todavía le pertenece. Algún día volverá a terminar ese cuadro. Me aferro a esa idea mientras regreso a la oficina.
Apenas cruzo la puerta, el teléfono vuelve a sonar.
—Habla.
—Señor, acabamos de recibir información de otro equipo.
Tomo una libreta mientras escucho.
—¿Qué encontraron?
—Estamos siguiendo una pista relacionada con un vuelo privado registrado hace unos días. Todavía no podemos confirmar si ella iba a bordo, pero estamos solicitando la lista completa de pasajeros.
—No esperen la autorización. Muévanse por otro lado mientras llega. Quiero saber quién pagó ese vuelo, quién lo organizó y hacia dónde se dirigía exactamente.
—Entendido.
Cuelgo y vuelvo a mirar el tablero lleno de documentos.
La búsqueda continúa.
Y no pienso detenerla hasta encontrarla.
Quinto día termina pareciéndose demasiado a los anteriores. Los informes siguen llegando a mi escritorio, las llamadas no se detienen y los detectives continúan descartando pistas una tras otra. Hemos movilizado a demasiada gente como para rendirnos ahora. Sé que estamos cerca, aunque todavía no tenga pruebas suficientes para afirmarlo.
Por las noches regreso a una casa que se siente vacía. Hace cinco días que no escucho su voz y el silencio empieza a pesar más de lo que imaginé. Termino sirviéndome un vaso de whisky, luego otro, mientras repaso una y otra vez todo lo que voy a decirle cuando la encuentre. Ya no me importa quién tenía razón ni el orgullo que durante tanto tiempo me impidió hablar con claridad. Si tengo la oportunidad de verla otra vez, voy a contarle toda la verdad. La amo demasiado como para seguir dejando que el orgullo decida por mí. La extraño más de lo que imaginé posible y no pienso perderla sin haber luchado por ella.
Hace mucho que dormir dejó de ser una prioridad. No puedo hacerlo sabiendo que Alice sigue ahí fuera y yo todavía no está en mis brazos.
Esa misma noche, cuando estoy revisando otro informe, la puerta de mi oficina se abre sin previo aviso. Uno de mis hombres entra con el teléfono en la mano y una expresión distinta a la de los últimos días.
—Señor... ya la encontramos.
Me pongo de pie al instante.
—¿Dónde está?
—Acaban de confirmarlo hace unos minutos. Alice está en Suiza.
Durante unos segundos me quedo completamente inmóvil. Después tomo las llaves que están sobre el escritorio y mi teléfono.
—Preparen el avión. Salimos de inmediato.
No pienso perder ni un minuto más. Ahora que sé dónde está, voy a traer a mi esposa de vuelta.
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