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24. RENACER

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24. RENACER

Alice.

No voy a mentir. Irme me costó más de lo que imaginaba.

Durante horas me convencí de que es la decisión correcta y aun así, cuando llega el momento de cerrar la última maleta, siento un nudo en el estómago. Es extraño cómo un lugar puede dejar de hacerte feliz mucho antes de que encuentres el valor para abandonarlo. Yo llevo demasiado tiempo quedándome donde ya no encajo, soportando cosas que nunca debí soportar y convenciéndome de que algún día todo mejoraría.

Ese día nunca llegó.

Así que deje de esperarlo.

No siento que esté huyendo. Si alguien me preguntara por qué me voy, respondería simplemente que necesito empezar de nuevo y respirar nuevamente.

Por primera vez en mucho tiempo tomo una decisión pensando únicamente en mí.

Y, aunque me rompe un poco el corazón, también me devuelve algo que había perdido hace años: mi dignidad.

Me sirvió vender mis cuadros me ayudó mucho más de lo que esperaba. Algunos se vendieron por precios modestos y otros sorprendentemente bien, así que conseguí reunir el dinero suficiente para alquilar una pequeña casa. No es una mansión como las que alguna vez habité. Ni siquiera se le acerca. Pero desde el primer momento se siente cálida.

La pequeña casa se ubica en zona rural de Suiza. No sé exactamente por qué ese lugar llama tanto mi atención. Tal vez sean las montañas. Tal vez el silencio. O simplemente la idea de vivir donde nadie me conoce.

Cuando bajo del autobús con mis dos maletas y una mochila al hombro, el aire frío me golpea el rostro. Es muy diferente al que estoy acostumbrada a respirar. Se siente fresco. Respiro profundo casi por instinto.

El camino hasta la casa es corto. A ambos lados solo hay árboles, algunas cercas de madera y varias casas separadas entre sí por bastante distancia. No hay edificios altos ni ruido de tráfico. Lo único que escucho es el viento moviendo las hojas y el canto de algunos pájaros.

Creo que eso termina de convencerme de que hice lo correcto.

La dueña de la casa ya me está esperando en el porche cuando llego.

Es una señora mayor, de cabello completamente blanco recogido en un moño bajo. Lleva un delantal floreado y sostiene una taza entre las manos.

En cuanto me ve, sonríe.

—Debes ser Alice.

Asiento mientras dejo las maletas en el suelo.

—Sí. Mucho gusto.

Ella se acerca despacio y me da un abrazo corto pero cálido.

—Yo soy Verena, bienvenida.

Me ayuda a entrar mientras me enseña la casa.

—No es muy grande, pero siempre intento mantenerla en buen estado.

Sonrío mientras observo todo alrededor.

No necesito una casa enorme.

Nunca la necesité.

La sala tiene una chimenea de piedra bastante antigua, un sofá sencillo color crema y una ventana enorme desde la que se alcanzan a ver las montañas. La cocina está conectada con el comedor mediante una barra de madera. Todo es pequeño, pero acogedor.

Subimos al segundo piso.

Hay dos habitaciones. Una será mi dormitorio y la otra probablemente termine convertida en mi estudio.

La habitación principal está completamente vacía y tiene ventana enorme

Me acerco por curiosidad.

Desde ahí puedo ver un jardín amplio cubierto de césped, algunos árboles frutales y, más allá, un paisaje que parece no terminar nunca.

No puedo evitar sonreír.

—La vista nunca cansa —dice Verena al verme mirar hacia afuera.

—Creo que podría pasar horas aquí.

Ella ríe.

—Eso dicen todos.

Cuando termina de enseñarme la casa, saca una pequeña canasta que había dejado sobre la mesa.

—Te traje pan recién hecho, queso y mermelada. No quería que llegaras y no tuvieras nada para comer.

La miro sorprendida.

—No tenía por qué hacer eso.

—Claro que sí. Nadie debería llegar con hambre a una casa nueva.

Le agradezco varias veces antes de despedirnos. Me dice que vive a unos minutos caminando y que, si necesito cualquier cosa, solo tengo que avisarle.

Cuando cierro la puerta por primera vez, el silencio llena toda la casa.

Es un silencio distinto.

No pesa.

Dejo las maletas en medio de la sala y camino lentamente por cada habitación otra vez. Paso la mano por la encimera de la cocina, abro las ventanas para que entre aire fresco y me quedo unos minutos observando cómo las cortinas se mueven con el viento.

No hay cajas por todas partes.

No hay discusiones.

No hay tensión.

Solo estoy yo.

Y por primera vez en mucho tiempo, eso me basta.

No tardo demasiado en darme cuenta de que necesito comprar varias cosas si quiero pasar la noche ahí. Necesito un lugar para dormir y apenas tengo ropa y materiales de pintura.

Así que vuelvo a salir.

El pueblo queda a unos veinte minutos en autobús.

Es pequeño, tranquilo y fácil de recorrer caminando. No hay centros comerciales gigantes ni calles llenas de gente. La mayoría de los negocios son familiares.

Paso la tarde entrando y saliendo de tiendas.

Compro un colchón, almohadas, sábanas, una cobija gruesa para las noches frías, toallas, platos, cubiertos, una cafetera, una olla, una sartén, vasos, productos de limpieza y algo de comida.

Mientras espero que entreguen el colchón en la casa, entro a una pequeña floristería.

No tenía pensado comprar nada.

Pero termino saliendo con dos macetas de lavanda.

Pienso que se verán bonitas en el porche, también compro una libreta nueva.

Solo porque me gusta anotar ideas para futuros cuadros y llevar las cuentas.

Antes de regresar entro a una panadería.

El olor a pan recién horneado hace imposible seguir de largo.

La mujer que atiende me sonríe al notar mi acento.

—¿Eres nueva?

—¿Se nota tanto?

—Un poco.

Las dos reímos.

Compro una barra de pan caliente y un par de croissants.

Cuando salgo ya empieza a atardecer.

Al llegar a la casa, el camión con el colchón ya está estacionado afuera. Dos hombres lo dejan en la habitación y en menos de quince minutos vuelvo a quedarme sola.

Paso el resto de la tarde acomodándolo todo.

Lavo los platos antes de guardarlos, organizo la ropa en la cómoda, coloco mis pinceles en frascos de vidrio que encuentro en la cocina y apoyo todos los lienzos contra una pared del que será mi estudio.

No es mucho.

Pero poco a poco empieza a parecer un hogar. Antes de que oscurezca salgo otra vez al porche, pongo las macetas de lavanda a cada lado de la puerta.

Las observo durante unos segundos.

Cuando entro, preparo algo sencillo para cenar, pan, queso y una taza de té.

Después de lavar los platos subo a mi habitación.

El colchón está directamente sobre el suelo porque todavía no compro una base para la cama.

No me importa.

Me acuesto boca arriba y miro el techo.

Pienso en todo lo que dejo atrás y apago la lámpara.

No sé qué va a pasar conmigo a partir de ahora.

No sé cuánto tiempo me quedaré en este lugar.

Lo único que sé es que mañana, cuando despierte, empezaré una vida completamente distinta.

Y, por primera vez en muchos años, esa idea no me asusta.

Me da tranquilidad.

***

Despierto antes de que suene la alarma.

Durante unos segundos me quedo inmóvil, mirando el techo, intentando recordar dónde estoy. No es una sensación desagradable. Solo necesito un momento para acostumbrarme a que la habitación ya no es la misma de siempre. La luz entra por la ventana con suavidad y, cuando giro la cabeza, vuelvo a encontrar las montañas.

Sonrío sin darme cuenta.

Todavía me cuesta creer que esa vista sea ahora parte de mi rutina.

Me levanto, me pongo un suéter encima del vestido con el que dormí y bajo a la cocina. El piso de madera está frío bajo mis pies, así que lo primero que hago es poner agua a calentar para prepararme un café. Mientras espero, abro todas las ventanas de la casa. El aire fresco entra de inmediato y con él el aroma de los árboles húmedos.

Es un olor al que podría acostumbrarme muy rápido.

Saco una taza del armario.

Luego, por costumbre, saco otra.

Las dejo una al lado de la otra mientras sirvo el café.

Tardo unos segundos en reaccionar.

Me quedo mirando la segunda taza, sintiéndome un poco ridícula. No necesito dos. Ya no.

Resoplo para mí misma, vuelvo a vaciar el café en la cafetera y guardo la taza limpia en su lugar.

—Todavía tengo que quitarme algunas costumbres —murmuro.

No me permito pensar más en eso.

Tomo mi desayuno en el porche, envuelta en una manta fina, visualizando la hermosa vista. Mucho más tarde subo al estudio, elijo uno de los lienzos en blanco y preparo mis pinturas. No tengo un plan específico. Simplemente cargo todo en una mochila, me pongo un vestido largo color crema que me llega hasta los tobillos, dejo el cabello suelto y salgo de la casa.

Camino sin zapatos por el césped.

La humedad de la mañana me hace estremecer un poco, pero no pienso mucho en ello. Encuentro un árbol grande a unos metros de la casa y me siento bajo su sombra. Desde ahí puedo ver las montañas, el camino de tierra y algunas vacas pastando a lo lejos.

Paso horas pintando sin mirar el reloj.

No siento nada más que una paz que hace mucho no experimentaba.

Los días empiezan a parecerse entre sí, y por primera vez eso no me molesta.

Me despierto temprano, preparo café, salgo a caminar un rato y luego pinto.

Algunas tardes regreso al pueblo para comprar lo que me hace falta. Otras simplemente me quedo en casa leyendo un libro en el porche mientras el viento mueve las hojas de los árboles.

Poco a poco empiezo a darle personalidad a la casa.

Compro una alfombra pequeña para la sala, unas cortinas claras para la habitación y una lámpara antigua que encuentro en una tienda de segunda mano. También llevo varias plantas más. Helechos para el interior, romero y albahaca para la cocina, y algunas flores para el jardín delantero.

No necesito muebles caros.

Solo quiero que el lugar se sienta mío.

Una mañana Verena aparece con una bandeja entre las manos.

—Hola ¿Puedo pasar? —le doy una sonrisa mientras ella ya se encuentra a mitad de camino.

Mientras preparo café, ella observa algunos de los cuadros apoyados en la pared.

—¿Los pintaste tú?

Asiento y se acerca a uno donde retraté las montañas durante el atardecer.

—Tienes mucho talento.

—Gracias.

—¿Has pensado en venderlos aquí?

La idea no se me había ocurrido.

—La verdad... no.

—Hay una galería pequeña en el pueblo, el dueño siempre busca nuevos talentos. Podrías intentarlo.

Dos días después sigo su consejo.

La galería es mucho más pequeña de lo que imaginaba, pero tiene un ambiente agradable. Las paredes están llenas de obras de artistas locales y el dueño, un hombre llamado Gian, me recibe con amabilidad.

Observa mis cuadros durante varios minutos antes de decir nada.

—Me gusta tu manera de pintar.

Acepta exponer algunos de mis trabajos.

No espero que ocurra de manera inmediata. Sin embargo, días después después recibo una llamada.

Han vendido dos.

Después otro.

Y unos días más tarde, uno de los más grandes.

No me hago rica, pero gano lo suficiente para vivir cómodamente y seguir pintando sin preocuparme constantemente por el dinero.

Cada vez que vendo uno siento una satisfacción difícil de explicar.

Empiezo a conocer mejor a las personas del pueblo.

La mujer de la panadería ya me conoce. En cuanto entro, sonríe.

—¿Lo de siempre?

Asiento riéndome.

—Sí, por favor.

Siempre termino llevándome una barra de pan caliente y algún pastel.

También descubro una cafetería cerca de la plaza.

El dueño se llama Luca, un anciano que parece armagado pero en realidad es todo lo contrario.

La tercera vez que voy ya recuerda mi pedido.

—¿Café negro, sin azúcar?

—Ya me conoces demasiado.

Él ríe.

—Vivo hace años en este pueblo, conozco a todo aquel que habita aquí en incluso a los nuevos, querida.

Río con sus palabras.

Algunas conversaciones que fueron cortas al principio se vuelven largas con el pasar de los días, aunque la mejor parte de todas es que no me cuestionan o juzgan, simplemente me aceptan por quién soy. No por cuánto dinero tenga o si soy lo suficientemente atractiva para relacionarme con ellos.

Una tarde conozco a Emilia.

Vive unas casas más abajo y tiene una pequeña granja con gallinas y algunas ovejas.

Mientras regreso caminando, ella levanta la mano para saludarme.

—¡La pintora!

Miro detrás de mí por si le habla a alguien más, pero no hay nadie.

—¿Yo?

—Claro que tú.

Sonríe.

—Ven un momento.

Cruzo la cerca con curiosidad.

Me entrega una caja con media docena de huevos.

—Mis gallinas ponen demasiados.

—No puedo aceptarlos.

—Claro que puedes.

—¿Cuánto te debo?

Me mira como si hubiera dicho una tontería.

—Nada.

—Pero...

—Si insistes en pagarme, dejaré que mi caballo se cague en la entrada de tu casa.

No puedo evitar reír.

—Está bien. Gracias.

A partir de ese día, casi todos los días encuentro huevos o algunas verduras frescas esperándome sobre la cerca con una nota escrita por Emilia.

" Las zanahorias salieron buenas esta semana"

"Ojalá te gusten los tomates."

Siempre termino agradeciéndoselo cuando nos cruzamos.

Otra tarde conozco a Eliane y Daniel.

Son una pareja veinteañera que vive al otro lado del camino.

Me invitan a cenar un viernes.

Acepto pensando que será una visita rápida, pero termino pasando casi cuatro horas con ellos.

Hablamos de libros, de viajes, de pintura y de recetas de cocina.

Al despedirme, Eliane me abraza.

—Cuando quieras compañía, ya sabes dónde encontrarnos.

Camino de regreso a casa con una sonrisa.

No recordaba lo agradable que era conocer personas sin tener que fingir ser alguien más.

Con el paso de los dias mi rutina deja de sentirse improvisada.

Empiezo a sentir que pertenezco a este lugar.

Los sábados voy al mercado del pueblo.

Compro frutas, queso, miel, flores y pan recién horneado. Algunos vendedores ya me saludan por mi nombre.

Los domingos suelo caminar por senderos que atraviesan las montañas.

Llevo una botella de agua, un libro y, casi siempre, un cuaderno donde dibujo cualquier paisaje que llame mi atención.

A veces ni siquiera termino los dibujos.

Me basta con estar ahí.

Empiezo a dormir mejor, a reír más. A mirar menos el teléfono.

Hay días enteros en los que ni siquiera recuerdo dónde lo dejé.

Y no me desespera no encontrar mensajes o llamadas, ni de mis padres ni de mi esposo. No me interesan ya lo suficiente.

No porque ya supere a Christian.

Sino porque dejó de ocupar cada uno de mis pensamientos.

Empiezo a entender que seguir adelante no significa olvidar.

Significa dejar de vivir esperando que algo cambie.

Y, poco a poco, eso es exactamente lo que estoy haciendo.

***

Cada vez que vendo un cuadro compro algo que hace falta. Nunca gasto por impulso. Me tomo mi tiempo, comparo precios y vuelvo varios días después si realmente creo que lo necesito.

La primera compra importante es una estructura de madera para el colchón. Dormir directamente sobre el suelo deja de parecer una buena idea cuando mi espalda empieza a quejarse cada mañana.

Después compro una mesa grande para el estudio. Hasta ese momento pinto apoyando los materiales donde puedo, pero tener un espacio únicamente para trabajar hace una diferencia enorme. Coloco los pinceles en recipientes de vidrio, ordeno las pinturas por colores y apoyo los lienzos terminados contra una pared.

Es la habitación donde paso más tiempo.

La segunda es la cocina.

Nunca he sido una gran cocinera, pero aquí empiezo a disfrutarlo. Tal vez porque se convierte en un pasatiempo que disfruto.

Empiezo a llenar la despensa, el refrigerador y los estantes. Cuando abro los armarios ya no se ven vacíos. Hay tazas, especias, frascos de vidrio con pasta, arroz y harina, algunas plantas aromáticas cerca de la ventana y un pequeño florero que siempre intento mantener con flores frescas.

La casa empieza a sentirse realmente mía.

También adopto una costumbre que no tenía antes.

Cada tarde, después de pintar, camino sin un destino fijo.

A veces sigo el sendero que atraviesa el bosque. Otras veces bajo hasta un pequeño arroyo donde el agua corre entre las piedras con un sonido constante y tranquilo. Me siento un rato, observo el paisaje y luego regreso antes de que anochezca.

Es durante una de esas caminatas cuando descubro un prado desde donde se ve todo el valle.

No entiendo cómo nadie me había hablado de ese lugar.

Desde entonces llevo ahí varios lienzos.

Pinto el mismo paisaje una y otra vez.

Nunca queda igual.

Un día Gian me llama desde la galería.

—Necesito que pases cuando puedas.

Lo primero que pienso es que ocurrió algún problema con mis cuadros.

Cuando llego, él está acomodando unas obras nuevas y levanta la vista al verme.

—No te asustes. No pasa nada malo.

Respiro con alivio.

—Me asustaste un poco.

Él sonríe.

—Al contrario. Vendieron casi todos tus cuadros.

Parpadeo varias veces.

—¿Qué?

—La gente pregunta mucho por ti y hablan muy bien de tus pinturas.

Miro las paredes.

Solo quedan dos de los que llevé.

No sé qué decir.

Gian me entrega un sobre con el dinero correspondiente.

—Creo que deberías traer más.

Salgo de la galería con una mezcla de sorpresa y orgullo.

No me hago ilusiones exageradas. Sé que vender varios cuadros no significa que mi carrera cambie de un momento a otro.

Pero sí confirma algo importante.

Puedo mantenerme haciendo lo que más me gusta.

Esa noche regreso a casa con una sonrisa que no desaparece en horas. Con parte del dinero compro una bicicleta usada.

No es nueva ni especialmente bonita, pero funciona perfectamente.

Empiezo a usarla para ir al pueblo cuando hace buen tiempo.

El camino entre las montañas se vuelve todavía más agradable.

Conozco a niña llamada Emma que vive con sus padres unas casas más arriba.

Tiene unos ocho años y una gran curiosidad.

Cada vez que me ve pintando se acerca despacio.

—¿Hoy qué estás haciendo?

—Todavía no lo sé.

Ella mira el lienzo en blanco.

—¿Entonces cómo empiezas?

Me río.

—Supongo que descubriéndolo mientras pinto.

Se queda unos minutos observándome trabajar.

Un día aparece con una hoja de papel.

—Yo también hice un dibujo.

Es un paisaje lleno de flores moradas y un sol enorme ocupando medio cielo.

—Está precioso.

—Mi hermano dice que tú pintas mejor.

Niego con la cabeza.

—Tu hermano se equivoca. Solo pintamos diferente.

Emma sonríe satisfecha.

Después de eso empieza a traerme un dibujo distinto cada que puede y yo termino guardándolos todos en un cajón del estudio.

Los domingos, Eliane y Daniel suelen invitar a varios vecinos a almorzar.

No es nada elegante.

Cada uno lleva algo de comida y todos terminamos compartiendo una mesa enorme en el jardín.

Emilia siempre aparece con alguna historia sobre sus animales.

Luca, el dueño de la cafetería, discute con Daniel sobre fútbol.

Emma corre por todas partes con otros niños.

Y yo, casi siempre, termino escuchando más de lo que hablo.

Me gusta así.

Una tarde regreso caminando después de vender otro cuadro.

Mientras abro la puerta de casa, me doy cuenta de que ya no siento esa necesidad constante de mirar hacia atrás.

Al principio lo hacía todo el tiempo.

Cada coche desconocido me hacía pensar que alguien venía por mí. Cada llamada de un número desconocido me ponía nerviosa.

Ahora no.

Empiezo a entender que nadie sabe dónde estoy.

Y sinceramente, prefiero que siga siendo así.

Christian no podría encontrarme aunque quisiera.

Esa idea me da una tranquilidad inmensa.

No porque le tenga miedo.

Sino porque necesito este espacio para reconstruirme.Necesito descubrir quién soy cuando dejo de vivir para alguien más.

Hace días que no pienso en Christian.

No porque lo haya olvidado. Simplemente mi cabeza ya no gira alrededor de él.

Ya no me pregunto qué estará haciendo.

Si habrá cambiado.

Si alguna vez se arrepintió.

Esas preguntas dejan de tener sentido.

Mi vida sigue avanzando aunque él no forme parte de ella.

Y creo que eso es lo más sano que me ha pasado en mucho tiempo.

Apoyo la taza sobre la baranda del porche y observo las montañas iluminadas por el sol de la mañana.

Respiro profundamente.

***

Ya cuando anochece entro, cierro la puerta con llave y dejo las llaves sobre la pequeña mesa de la entrada. Antes de subir a dormir, doy una última vuelta por la casa para asegurarme de que todas las ventanas estén cerradas, recojo la taza de café que había dejado en el fregadero y apago las luces para irme a la cama.

No sé cuánto tiempo llevo dormida cuando un golpe seco me hace abrir los ojos de inmediato. Al principio pienso que lo imaginé, pero apenas pasan unos segundos antes de escuchar otro, mucho más fuerte. Me incorporo en la cama con el corazón acelerado y permanezco completamente inmóvil, intentando distinguir algún otro sonido.

Entonces después de frotarme los ojos y despertarme me percato de lo que sucede.

Alguien está intentando abrir la puerta principal .

Miro la hora en el teléfono; son casi las dos de la madrugada. Trago saliva, bajo de la cama procurando no hacer ruido y salgo de la habitación. La casa está completamente oscura y el silencio solo se rompe por los golpes que siguen retumbando contra la puerta.

Desciendo las escaleras despacio mientras mi respiración se vuelve cada vez más rápida. No tengo idea de quién puede estar ahí ni por qué, pero sé que no puedo quedarme paralizada. Entro a la cocina buscando cualquier cosa que pueda servirme para defenderme y, después de abrir un par de cajones con desesperación, encuentro un sartén de hierro.

Tocará aplicar la de Rapunzel .

Lo sujeto con ambas manos con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. Apenas alcanzo a esconderme junto a la pared cuando escucho cómo la cerradura termina cediendo y la puerta se abre lentamente. Una silueta alta entra en la sala sin decir una sola palabra y el miedo termina por hacer que deje de pensar. Salgo de mi escondite y, antes de darle tiempo a reaccionar, levanto el sartén y lo golpeo con todas mis fuerzas. Lo hago una vez, luego otra y otra más. Lo extraño es que no intenta defenderse, solo intenta agarrar mis muñecas pero eso me alerta más haciendo que lo golpee con más fuerza, recibe un último golpe que termina haciéndolo caer pesadamente al suelo. Con el pecho subiendo y bajando sin control, dejo escapar el aire que llevaba conteniendo, busco a tientas el interruptor de la luz y, cuando toda la sala queda iluminada, el sartén se resbala de mis manos al descubrir que el hombre inconsciente frente a mí no es un desconocido.

Si no un hombre que conozco.

Christian.

Mi esposo.

Pero la pregunta es:

¿ Como demonios me encontró?

***

Hola bebés, tengo dos cosas que decir :

1.Una disculpa por no actualizar la semana pasada, tuve cosas que hacer.

2.No saben lo difícil que fue escribir sobre Suiza cuando eliminaron a mi selección esta semana 😂

Bueno, espero les haya gustado este capítulo, quise que vieran lo que fue de la vida de Alice mientras Christian estaba desesperado por encontrarla.

Los amo <3