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25. REENCUENTRO

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25. REENCUENTRO

Alice.

Pasan apenas unos minutos cuando escucho un leve quejido.

Mi respiración sigue acelerada mientras observo a Christian moverse sobre el suelo. Kai, que hasta hace un momento permanecía tranquilo a mi lado, pasa por mi lado y arquea el cuerpo. Su cola se eriza ligeramente mientras fija la mirada hacia él. Es ese movimiento el que me hace entender que ya recuperó la conciencia.

Christian parpadea varias veces antes de llevarse una mano a la cabeza. Hace una mueca de dolor y permanece unos segundos inmóvil, como si intentara recordar dónde está.

No pierdo el tiempo.

—¿Qué demonios haces aquí? —le reclamo apenas abre bien los ojos—. ¿Y cómo fue que me encontraste?

Él sigue tocándose la cabeza, todavía confundido. Frunce el ceño y se palpa la parte donde lo golpeé.

—Creo que me va a salir un chichón poco decente.

No respondo.

Levanta la vista hacia mí y para mi incredulidad, sonríe de lado.

—No esperaba un beso como bienvenida... pero tampoco esto.

Lo miro con absoluta indignación.

—¿Perdón? ¡Entraste a una propiedad privada! ¿Cómo querías que reaccionara? ¿Que te recibiera con café y galletas?

Él echa un vistazo alrededor con calma.

—La casa es bonita.

Abro la boca sin creer lo que acabo de escuchar.

—¿En serio? ¿Eso es lo único que tienes para decir?

—Tiene buena iluminación.

—¡Christian!

—Y un porche bastante bonito.

Siento que la paciencia se me evapora.

—¿Puedes dejar de comentar mi casa como si te hubiera invitado?

Él no responde. Solo sigue masajeándose la cabeza con expresión de dolor.

Cruzo los brazos.

—Te hice una pregunta. ¿Cómo me encontraste?

En mi cabeza no deja de repetirse lo mismo.

Había pensado todo para que nunca pudiera hacerlo. Elegí un lugar donde nadie me conociera, cambié mi rutina, limité el contacto con todo el mundo. Había calculado cada detalle precisamente para evitar este momento.

Christian inspira hondo y finalmente logra ponerse de pie. Da un par de pasos hacia mí con tranquilidad.

—No existe un lugar donde puedas esconderte de tu marido.

Lo miro con frialdad.

—No eres mi marido.

Él niega una sola vez.

—Sí lo soy y seguiré siéndolo.

Levanta la mano y roza mi barbilla con una suavidad que hace unos meses me habría desarmado.

Ahora le aparto la mano de un manotazo.

—No vuelvas a hacer eso.

Él baja la mano sin molestarse.

—Nos vamos a divorciar —digo con firmeza.

Vuelve a negar despacio.

Su expresión cambia. La arrogancia desaparece y, por primera vez desde que llegó, sus ojos se ven sinceros.

—Malinterpretaste todo.

Suelto una risa incrédula.

—¿Malinterpreté qué exactamente? Porque yo recuerdo perfectamente haberte visto abrazando a Madison. Y por si acaso tu memoria también falló, parecías bastante cómodo haciéndolo.

Una pequeña sonrisa aparece en su rostro.

—Estás celosa.

Lo fulmino con la mirada.

—Claro que no. Solo estoy diciendo lo que vi. Así que deja de cambiar el tema.

La sonrisa desaparece.

Su voz también cambia.

—Todo tiene una explicación.

—¿Explicación para lo obvio?

—Sí.

Niego lentamente.

—Lo que vi fue bastante claro.

Da un paso más hacia mí.

—Por favor... escúchame.

Permanezco callada.

—Solo te pido una oportunidad para explicarte todo. Después decides lo que quieras.

Lo observo durante unos segundos.

No quiero escucharlo.

No debería escucharlo.

Pero también sé que, si no lo hago, una parte de mí siempre se preguntará qué era eso que quería decir.

Exhalo despacio.

—Tienes cinco minutos.

Antes de que pueda arrepentirme de haberle dado esos cinco minutos, Christian empieza a hablar.

Lo hace despacio, con una calma que nunca le había conocido. No es el hombre seguro de sí mismo que siempre tenía una respuesta preparada para todo ni el que parecía incapaz de mostrar una sola grieta. Frente a mí solo veo a alguien agotado, como si hubiera pasado demasiado tiempo cargando un peso que ya no puede sostener. Mantiene la mirada fija en el suelo durante unos segundos antes de reunir el valor para empezar, y por primera vez desde que lo conozco siento que cada palabra le cuesta un esfuerzo enorme.

Me empieza contar como nació la empresa familiar y como poco a poco se fue haciendo un lugar en la industria.

No digo nada.

Permanezco inmóvil frente a él con los brazos cruzados, aunque ya no lo hago para mantener distancia, sino para contener el temblor que empieza a recorrerme. Quiero conservar la cabeza fría. No puedo olvidar todo lo que pasó entre nosotros solo porque ahora decida contarme una historia. Sin embargo, algo en su voz consigue que lo escuche con una atención que no tenía intención de darle.

—Mi familia... nunca fue como la conociste.

Hace una pausa y pasa una mano por su rostro.

—Mi familia no es odiosa ni egoísta, es una familia unida, amorosa y profundamente protectora con los suyos.

Cuando vuelve a levantar la vista, descubro que sus ojos empiezan a humedecerse.

—Yo tenía una hermana.

Mi respiración se detiene por un instante.

Una hermana.

Nunca me habló de ella. Ni durante su tiempo que estuvo con Madison ni en sus momentos más vulnerables. Ese simple detalle basta para hacerme comprender que hay una parte enorme de su vida que desconocía.

—Era mayor que yo. Era una mujer fuerte, segura de sí misma y decidida. Tenía claro que quería hacerse cargo de la empresa. Además de mi madre, era la mujer que más admiraba. La amaba profundamente.

Su voz empieza a quebrarse.

Amaba...

¿ Que paso con ella ?

Aprieta la mandíbula antes de continuar.

—Ellos la mataron.

Siento un vacío en el pecho.

No es una sensación de sorpresa solamente. Es algo mucho más difícil de explicar. Mi cabeza intenta encontrar otra interpretación para esas palabras, cualquier otra que tenga sentido, pero no existe.

Lo único que consigo hacer es mirarlo.

—¿Qué...?

Él baja la cabeza y cierra los ojos unos segundos.

Me cuenta cómo mis padres intentaban sabotearlos y todo lo que hacían para impedir que alguien más triunfara, aunque intentarán relacionarse con ellos de buena manera.

Pero lo que dice a continuación me destruye por completo.

—Entonces descubrió demasiadas cosas de tu familia y quiso denunciarlos. Creía que todavía podían hacer lo correcto... y decidieron callarla antes de que pudiera hacerlo.

El silencio que se instala entre los dos resulta insoportable.

No encuentro una sola palabra que decir.

Solo observo cómo sus manos tiemblan mientras intenta seguir hablando.

—Hicieron que pareciera un accidente. Nadie sospechó nada.

Siento que los ojos empiezan a arderme al comprender todo.

Durante años supe perfectamente de lo que eran capaces las personas que me criaron. Viví bajo su control, soporté sus manipulaciones y aprendí demasiado pronto que para ellos las personas solo eran piezas que podían mover a su conveniencia. Aun así, siempre pensé que existían límites. Que por muy despiadados que fueran, jamás llegarían al extremo de acabar con la vida de alguien .

Escuchar a Christian decirlo con esa seguridad destruye la última imagen que aún conservaba de ellos. Ya no puedo seguir llamándolos simplemente malas personas. Lo que hicieron va mucho más allá de eso.

Intento imaginar a esa chica sin siquiera conocer su rostro. Pienso en alguien joven, con sueños, con ganas de hacer algo bueno por los demás. Pienso en todo lo que pudo haber vivido y en todo lo que le arrebataron antes de tiempo. No logro comprender cómo alguien puede decidir que una vida vale tan poco. Hay una crueldad en eso que escapa por completo a mi entendimiento.

Un sollozo termina escapándose de mis labios.

Christian continúa hablando, pero ahora su voz está completamente rota.

—Ese día prometí que iba a destruirlos. No me importaba cuánto tiempo me tomara. Iba a quitarles todo, exactamente igual que ellos me quitaron a mi hermana.

Da un paso hacia mí.

Instintivamente pienso en apartarme.

No lo hago.

Cuando sus brazos me rodean, descubro que tampoco tengo fuerzas para rechazar ese abrazo.

Es extraño.

Hace apenas unos minutos estaba dispuesta a echarlo de mi casa, y ahora solo siento el peso de todo el dolor que ha llevado encima durante tantos años. Apoyo la frente contra su pecho y las lágrimas empiezan a salir sin que pueda detenerlas. No lloro únicamente por él. Lloro por una chica a la que nunca conocí, por la injusticia de su muerte y por el vacío que debió dejar en la vida de su hermano.

Siento cómo él también intenta contener el llanto.

—Todo lo que hice después fue por ella.

Permanezco en silencio.

No quiero interrumpirlo.

Necesito escuchar todo.

—Me acerqué a Madison porque era una pieza importante para llegar hasta ellos. Pasé años fingiendo que me importaba porque era la única forma de acercarme sin levantar sospechas. Pero nunca la amé, Alice. Nunca. No sentí por ella ni una mínima parte de lo que siento por ti.

Cierro los ojos.

Sus palabras empiezan a derrumbar muchas de las certezas con las que llegué hasta aquí.

—Mi familia empezó a tratarte de esa manera porque creyó que tú sabías lo que estaba haciendo. Pensaron que eras parte de mi plan y decidieron castigarte por eso.

Hace una pausa antes de continuar.

—Y yo fui un completo imbécil contigo.

No puedo discutir eso.

Sería mentirme a mí misma.

—Me desquité contigo cuando eras la única persona que no merecía nada de lo que hice. Cada palabra, cada desprecio, cada vez que te hice sentir menos... me arrepiento de todo. Si pudiera volver atrás, cambiaría cada uno de esos momentos.

Aprieto los labios con fuerza.

Todavía recuerdo demasiadas cosas.

Demasiadas heridas que siguen abiertas.

—Lo de Madison fue una casualidad. Ni siquiera recordaba que estaría allí. Ella apareció de repente y me abrazó. No sé qué pretende ahora, pero voy a averiguarlo.

Respira hondo.

—La fotografía la tomaron justo antes de que la apartara.

Levanta la vista hasta encontrar la mía.

—Y justo antes de decirle que amo a mi esposa.

El tiempo parece detenerse.

No respondo.

Ni siquiera soy capaz de moverme.

Solo lo miro mientras esas cuatro palabras no dejan de repetirse dentro de mi cabeza.

« Amo a mi esposa »

Lo dice con una tranquilidad que me desconcierta. No suena como alguien que intenta convencerme ni como quien improvisa una excusa para salvar una relación. Lo dice con la naturalidad de quien lleva demasiado tiempo guardándose algo y por fin, deja de esconderlo.

No sé qué hacer con esa confesión.

Durante semanas me esforcé por convencerme de que todo había terminado, de que la única salida era alejarme de él y empezar una vida nueva. Me repetí una y otra vez que ya no había nada que pudiera decir para cambiar lo ocurrido. Sin embargo, ahora estoy aquí, escuchando una verdad que jamás imaginé y descubriendo que muchas de las cosas que daba por hechas nunca fueron como creía.

Me muerdo el labio inferior mientras intento ordenar mis pensamientos.

Sigo dolida.

Sigo enfadada.

Pero, por primera vez desde que me fui, también empiezo a sentir una duda que no esperaba.

No sé cuánto tiempo permanezco en silencio.

Cada cosa que acaba de contarme cambia por completo la historia que me había repetido durante semanas para convencerme de que marcharme había sido la única opción. Aun así, una parte de mí se niega a olvidar. Porque una cosa es entender el motivo de alguien y otra muy distinta borrar las heridas que dejó.

Christian respira hondo.

—Créeme, por favor —susurra con la voz completamente rota—. Todo lo que te dije es verdad. No estoy intentando manipularte. Estoy siendo sincero.

Cierro los ojos durante unos segundos.

Quiero creerle.

Y lo peor es que lo hago.

Nunca había visto esa mirada en él. Nunca lo había escuchado hablar de esa forma. No hay orgullo, no hay arrogancia ni rastro del hombre que siempre tenía que ganar una discusión. Solo veo a alguien consumido por el arrepentimiento.

Hay un pequeño atisbo de esperanza en sus ojos.

Como si estuviera esperando que dijera exactamente lo que necesita escuchar.

Trago saliva.

—Te creo.

Veo cómo sus hombros se relajan de inmediato.

Sus ojos brillan con una ilusión que apenas dura un segundo.

Porque niego lentamente con la cabeza.

—Pero eso no cambia nada.

La esperanza desaparece de su rostro con la misma rapidez con la que había llegado.

—Alice...

—No cambia la forma en que me trataste.

Mi voz sale mucho más firme de lo que esperaba.

—No cambia todas las veces que me hiciste sentir miserable.

Christian baja la mirada.

No intenta interrumpirme.

No intenta justificarse.

Simplemente escucha.

—Me hiciste sentir exactamente igual que ellos.

Las palabras salen solas.

Durante semanas me repetí que nunca volvería a decirlas en voz alta. Pensé que guardarlas sería más fácil que revivirlas. Sin embargo, ahora que por fin las pronuncio, siento que llevo demasiado tiempo cargándolas.

—¿Sabes cuál era la diferencia? —pregunto sintiendo un nudo en la garganta—. Que de ellos nunca esperé cariño. Pero de ti sí.

Él aprieta la mandíbula.

Las lágrimas resbalan lentamente por sus mejillas.

—Yo te amaba, Christian. Lo único que sentía por ti era amor. Nunca quise hacerte daño. Nunca estuve en tu contra. Nunca tuve la intención de traicionarte.

Mi voz empieza a quebrarse.

—Y aun así me mirabas como si fuera igual que ellos.

Él cierra los ojos.

No dice una sola palabra.

—No tenía que pagar los pecados de mi familia.

Su respuesta apenas es un susurro.

—Lo sé.

Vuelve a abrir los ojos.

Están completamente enrojecidos.

—Lo sé... y voy a arrepentirme de eso toda mi vida.

Lo observo unos segundos.

Nunca imaginé verlo llorar.

Mucho menos por mí.

Pero eso no hace desaparecer el dolor.

Solo hace que todo sea mucho más complicado.

—Lo curioso es que terminé sufriendo por personas que ni siquiera eran mi familia.

Él frunce ligeramente el ceño.

Permanece en silencio.

—Lloré, soporté humillaciones y terminé creyendo que había hecho algo terrible... por gente que jamás me quiso de verdad.

Christian aprieta los labios con fuerza.

Su expresión cambia.

Hay algo más.

Algo que todavía no ha dicho.

Lo miro fijamente.

—¿Lo sabías?

Él tarda unos segundos en responder.

Finalmente asiente muy despacio.

—Me enteré hace poco.

Su voz vuelve a romperse.

—Cuando descubrí toda la verdad... sentí que el mundo se me vino encima. Entendí todo lo que te hicieron pasar desde que eras una niña. Entendí que ni siquiera compartías su sangre... y aun así cargaste con todas las consecuencias.

Desvía la mirada.

—Eso me mató, Alice.

Permanezco completamente quieta.

Asiento una sola vez.

No porque el dolor desaparezca.

Sino porque entiendo que, al menos en eso, está diciendo la verdad.

Respiro profundamente antes de hablar otra vez.

—De verdad lamento lo de tu hermana.

Mi voz es suave.

Sincera.

—Nadie merece pasar por algo así.

Él levanta la vista.

—Pero eso no cambia lo que pasó entre nosotros.

Esas palabras parecen sacudirlo.

De un momento a otro se deja caer de rodillas frente a mí.

—Christian...

Antes de que pueda reaccionar, rodea mi cintura con ambos brazos y apoya la frente contra mi abdomen.

Siento cómo su respiración se entrecorta.

—Por favor... perdóname.

Su voz apenas sale.

—Ya no sé vivir sin ti.

Los sollozos le impiden continuar durante unos segundos.

—Sé que me equivoqué. Sé que te hice daño. Lo sé todos los días desde que te fuiste.

Aprieta con más fuerza mis manos.

—Y me arrepiento de cada segundo.

Las lágrimas empapan la tela de mi pijama.

—Si para recuperarte tengo que dejar la venganza... lo haré.

Levanto la cabeza con sorpresa.

—No me importa nada más.

Niego lentamente.

Mientras lo observo de rodillas frente a mí, no puedo evitar pensar en la hermana de la que acaba de hablar. En una chica que perdió absolutamente todo por culpa de las mismas personas que destruyeron gran parte de mi vida. Ella merece justicia. Merece que alguien luche por ella. No puedo pedirle que renuncie a eso solo para quedarse conmigo. Sería egoísta. Sería convertir el amor en una condición, y nunca quise eso para nosotros.

—No.

Él levanta la cabeza de inmediato.

—No puedes hacer eso por mí.

Frunce el ceño.

—Alice...

—Tu hermana merece justicia. Merece que termines lo que empezaste. No me importa lo que ocurra con las personas que durante años llamé mis padres. Ellos eligieron el camino que querían seguir. Pero no conviertas mi regreso en el precio para abandonar a tu hermana.

Él rompe a llorar de nuevo.

—Lo único que quiero es que seas feliz.

—Entonces no hagas esto por mí. Porque, si algún día descubro que dejaste todo de lado creyendo que era lo que yo quería, solo conseguirás que me sienta peor.

Siento cómo vuelve a esconder el rostro contra mí.

Sus lágrimas siguen mojando mi ropa.

—Perdóname... por favor. Haré cualquier cosa. Lo que sea. Solo dime qué necesitas y voy a hacerlo. No me importa cuánto tiempo tome.

Paso una mano por su cabello con suavidad.

Es un gesto instintivo.

Uno que nace de la compasión y no del deseo de volver.

—Lo siento, Christian.

Mi voz apenas tiembla.

—Pero no hay nada que puedas hacer para cambiar mi decisión.

Christian permanece inmóvil unos segundos más, todavía abrazado a mi cintura. Puedo sentir cómo intenta controlar la respiración, pero cada vez que parece conseguirlo un nuevo sollozo lo vence. Nunca imaginé verlo así. Siempre fue el hombre que daba la impresión de tener el control de cualquier situación, incluso de las peores. Verlo completamente derrumbado frente a mí hace que el pecho me duela, pero no cambia la decisión que llevo días repitiéndome una y otra vez desde que llegué aquí.

Pongo una mano sobre su hombro.

—Levántate, por favor.

Él niega con la cabeza.

—No.

Su respuesta apenas es un susurro.

—No voy a levantarme hasta que me digas que todavía tengo una oportunidad.

Cierro los ojos un instante.

—Christian...

Él levanta la cabeza. Sus ojos están completamente rojos, las pestañas húmedas y el rostro lleno de lágrimas que ni siquiera intenta limpiar.

—Dime qué tengo que hacer —me suplica—. Lo que sea. No me importa si me toma meses o años. Solo dime qué esperas de mí y voy a hacerlo. No pienso rendirme contigo.

Mi garganta se cierra.

Ojalá fuera tan sencillo.

Ojalá existiera una lista de cosas capaces de borrar el dolor, de reparar la confianza rota o de devolvernos a la pareja que fuimos antes de que todo se desmoronara. Si existiera, se la daría sin pensarlo. Pero no existe.

Niego lentamente con la cabeza.

—No hay nada, Christian.

Él baja la mirada, como si esperara otra respuesta.

—De verdad no hay nada.

Vuelvo a insistir.

—Levántate.

Permanece quieto.

Termino suspirando y, después de unos segundos, sujeto sus brazos para obligarlo suavemente a ponerse de pie. Al principio se resiste, pero finalmente cede. Cuando queda frente a mí, seguimos estando muy cerca. Tanto que puedo distinguir el cansancio en su rostro y las pequeñas ojeras que antes no tenía.

Respiro hondo antes de hablar.

—No, Christian. No hay nada que puedas hacer.

Lo digo despacio, procurando que entienda cada palabra.

—Todas las personas que estaban allá terminaron destruyéndome de una forma u otra. Tus padres, mi familia... todos hicieron algo para hacerme sentir menos. Y tú... —hago una pausa porque decirlo sigue doliendo— tú tampoco fuiste la excepción.

Él aprieta los labios.

No intenta defenderse.

Simplemente escucha.

—Yo ya no quiero seguir viviendo rodeada de todo eso. Aquí encontré algo que llevaba años buscando.

Miro por la ventana unos segundos antes de continuar.

—Encontré tranquilidad. Puedo salir a caminar sin miedo, puedo respirar sin sentir que alguien está esperando el momento perfecto para hacerme daño. Tengo vecinos que me reciben con una sonrisa, un lugar que siento mío y una vida sencilla que me hace feliz. Eso era todo lo que necesitaba y ni siquiera lo sabía.

Vuelvo a mirarlo.

—Lo mejor para los dos es aceptar que nuestros caminos ya no van en la misma dirección.

Él niega inmediatamente.

—No.

Su voz sale firme a pesar del llanto.

—No vuelvas a decir eso.

— Es la verdad. Algún día encontrarás a una mujer a la que amarás de la forma correcta, y yo encontraré a un hombre que me ame de esa misma manera.

—¡No!

Da un paso hacia mí y antes de que pueda reaccionar, sostiene mi rostro entre sus manos.

Esta vez no lo aparto de inmediato.

Sus ojos no dejan de buscar los míos.

Estamos tan cerca que puedo sentir su respiración rozando mis labios.

—Nunca voy a amar a otra mujer como te amo a ti.

Su voz es baja, pero no tiembla.

Cada palabra sale con una seguridad que me obliga a sostenerle la mirada.

—Puedes decirme que me odias, puedes decirme que necesitas tiempo, puedes pedirme que espere todo lo que haga falta... pero no me pidas que imagine una vida con alguien más, porque eso simplemente no va a pasar.

Trago saliva.

Él continúa.

—Durante mucho tiempo confundí el amor con el orgullo. Pensé que protegerme era más importante que demostrar lo que sentía. Me escondí detrás de la rabia, de la desconfianza y de una venganza que terminó llevándose por delante a la única persona que siempre estuvo de mi lado.

Sus pulgares acarician con cuidado mis mejillas.

—Cometí errores que no puedo borrar y sé que probablemente voy a arrepentirme de ellos el resto de mi vida. Pero también sé una cosa con absoluta certeza: tú eres la mujer con la que quiero compartir mi vida. No porque seas mi esposa en un papel, sino porque eres la persona que me enseñó lo que significa sentirse en paz. Contigo descubrí una versión de mí que ni siquiera sabía que existía. Una versión que sonreía más, que dormía tranquilo y que, por primera vez en muchos años, dejaba de pensar únicamente en la venganza.

Siento una lágrima deslizarse por mi mejilla.

Él la limpia con el pulgar antes de seguir hablando.

—No voy a presionarte para que vuelvas conmigo mañana ni pasado. Si necesito demostrarte durante meses o durante años que cambié, lo haré. Si tengo que reconstruir tu confianza desde cero, también lo haré. Voy a respetar tus decisiones, tu espacio y el tiempo que necesites. Pero no voy a renunciar a nosotros, porque renunciar a ti sería renunciar a la mejor parte de mi vida.

Mi respiración se vuelve inestable.

No sé qué responder.

Una parte de mí quiere creer cada una de sus palabras.

La otra sigue recordando todo el daño que vivimos.

Christian se inclina despacio y deposita un beso suave sobre mi frente.

Permanece unos segundos así antes de soltar mi rostro.

Después se dirige hacia la puerta.

—Puedes quedarte esta noche —digo casi por impulso—. Ya es tarde. Mañana temprano puedes irte.

Él se detiene, pero no se gira enseguida.

Cuando finalmente lo hace, una pequeña sonrisa cansada aparece en su rostro.

Niega despacio con la cabeza.

—No.

Frunzo el ceño.

—No quiero volver a invadir tu espacio. Ya hice suficiente por hoy.

Hace una breve pausa.

—Pero quiero que recuerdes una cosa, Alice.

Lo miro en silencio.

—No voy a rendirme contigo. Voy a recuperarte, pero esta vez voy a hacerlo de la manera correcta.

Abre la puerta y sale de la casa.

El silencio que deja detrás de él resulta extraño.

Kai aparece unos segundos después y se acerca frotando la cabeza contra mis piernas, como si hubiera esperado a que todo terminara para venir conmigo.

Me dejo caer lentamente sobre la cama.

Él salta de un solo movimiento y se acomoda a mi lado. Empieza a ronronear mientras se acurruca contra mi costado.

Paso la mano por su pelaje sin dejar de mirar el techo.

Las lágrimas vuelven a aparecer.

No sé por quién lloro esta vez.

Si por la hermana que nunca conocí.

Por Christian.

O por nosotros.

Lo único que sé es que agradezco profundamente no estar completamente sola esta noche.

Kai permanece conmigo hasta que el cansancio termina venciendo al torbellino de pensamientos que no deja de dar vueltas dentro de mi cabeza.

***

Los días siguientes vuelven a parecerse entre sí.

Al principio me convenzo de que mantener la mente ocupada será suficiente para dejar de pensar en Christian. Me obligo a seguir una rutina, a llenar las horas con cualquier cosa que no me permita quedarme sentada recordando nuestra conversación. Descubro que aquí eso resulta mucho más fácil que en cualquier otro lugar.

Casi todas las mañanas Emilia pasa por mí para ir a montar a caballo. Salimos temprano, cuando el aire todavía es fresco y los amaneceres son dignos de unas pinturas. Ella habla de cualquier cosa: de los cultivos, de los vecinos, de alguna anécdota divertida de Verena o de los planes que tiene para el fin de semana. Yo la escucho, me río cuando corresponde y, aunque por momentos mi cabeza vuelve inevitablemente a Christian, esos paseos consiguen darme la tranquilidad que tanto necesito.

Cuando regresamos suelo visitar a Verena en su casa y la ayudo con pequeñas tareas, aunque nunca me deja hacer demasiado porque insiste en que soy una invitada, pero siempre termino encontrando algo en lo que colaborar. Después paso un buen rato jugando con Kai. Él parece haberse acostumbrado por completo a esta nueva vida. Me sigue a todas partes, duerme largas siestas al sol y exige atención cada vez que considera que llevo demasiado tiempo sin acariciarlo.

Poco a poco empiezo a sentir que vuelvo a respirar con normalidad.

No porque haya olvidado todo lo ocurrido, sino porque este lugar sigue recordándome que existe una vida mucho más sencilla de la que alguna vez imaginé. Una donde nadie espera nada de mí, donde puedo salir a caminar sin mirar constantemente por encima del hombro y donde el silencio deja de ser incómodo para convertirse en una compañía agradable.

Sin embargo, hay algo que rompe esa tranquilidad apenas tres días después de la visita de Christian.

Esa tarde regreso de casa de Emilia con un pequeño postre de limón que insistió en prepararme para llevar. Entro distraída, dejando las llaves sobre la mesa del recibidor mientras Kai se adelanta corriendo hacia la cocina.

Entonces me detengo.

Frunzo el ceño.

Estoy completamente segura de que antes de salir la mesa del comedor estaba vacía.

Ahora ya no.

Sobre ella descansa un ramo de flores.

Me acerco despacio.

La reconozco al instante.

Es una Middlemist roja.

No es una flor natural.

Está hecha completamente en crochet.

Lo tomo con cuidado entre mis manos. Paso los dedos por cada pétalo, observando los pequeños detalles del tejido. No es perfecta. Algunos puntos son más apretados que otros y uno de los pétalos está ligeramente torcido.

Pero precisamente por eso resulta imposible no imaginar el tiempo que alguien tuvo que dedicarle.

Aunque sé perfectamente quién la envió, mis ojos terminan encontrando una pequeña nota doblada junto al tallo.

La abro despacio.

"Este será el primero de muchos detalles que quiero tener contigo. Lo hice yo mismo. Nora me enseñó a hacer crochet y, aunque ahora tenga los dedos llenos de vendas por pincharme con la aguja más veces de las que quiero admitir, valió completamente la pena.

P. D.: Antes de que te enfades, no volví a entrar a tu casa. Una simpática anciana recibió el regalo y fue ella quien lo dejó aquí. Prometí respetar tus condiciones... y pienso hacerlo.

No puedo evitar soltar una pequeña risa al imaginarlo intentando aprender crochet.

Christian.

Haciendo crochet.

La imagen resulta tan absurda que por un momento olvido todo lo demás.

Levanto la vista hacia la ventana que da al jardín.

Verena.

Claro.

Tiene sentido.

Ella es la dueña de la casa. Si Christian habló con ella, seguramente no tuvo inconveniente en recibir el paquete y dejarlo dentro mientras yo no estaba. Después de todo, también es su casa, y entre nosotras ya existe la confianza suficiente para hacerlo sin que nadie lo vea como algo extraño.

Vuelvo a mirar la flor entre mis manos.

Trago saliva.

Parece que hablaba en serio cuando dijo que iba a intentar recuperarme.

No sé si sentirme preocupada o enternecida.

Finalmente llevo el ramo hasta mi habitación y la coloco sobre la cómoda.

Me quedo observándola unos segundos.

Los puntos no son perfectos.

Hay pequeños errores que cualquier persona con experiencia notaría enseguida.

Pero también se nota, incluso a simple vista, que puso empeño en hacerla. Que no fue algo comprado a última hora para salir del paso. Cada imperfección parece confirmar que realmente la hizo él.

Los días continúan pasando y, contra todo pronóstico, aquel no fue el único detalle.

Cada dos o tres días aparece algo nuevo.

Una tarde encuentro un pequeño marcapáginas de cuero con mi nombre bordado para mis libros de arte. También bordó unos suéteres para Kai y para mí porque no quería que pasáramos frío. Llegan semillas de distintas flores, porque sabe lo mucho que me gustan, después una taza de cerámica pintada a mano con un gato parecido a Kai y hasta un llavero de madera donde, aunque las letras están un poco torcidas, consiguió grabar mi nombre.

Ninguno de los regalos es costoso.

Ninguno pretende impresionarme.

Sin darme cuenta, los regalos pasan a formar parte de mi rutina. Cada vez que regreso de casa después de estar con mis amigos o de dar un paseo por el pueblo, una parte de mí busca instintivamente la mesa del comedor antes incluso de dejar el bolso. Me descubro preguntándome qué habrá pensado esta vez, con qué ocurrencia aparecerá o qué nueva nota absurda escribiría para intentar sacarme una sonrisa.

Nunca lo admito en voz alta.

Ni siquiera delante de Kai.

Pero termino esperando esos pequeños detalles con una ilusión que me esfuerzo por ocultar incluso de mí misma.

Y entonces, un día, no hay nada.

Al siguiente tampoco.

Pasan tres días.

Después cinco.

Una semana entera.

La mesa permanece vacía.

Por primera vez desde que todo empezó, siento una decepción que no esperaba sentir.

Intento convencerme de que es mejor así.

Que seguramente se cansó.

Que era cuestión de tiempo.

Sin embargo, esa sensación de vacío sigue ahí.

Hasta que, una mañana, Verena golpea suavemente la puerta de mi habitación.

—Alice, llegó un sobre para ti.

Bajo las escaleras sin pensar demasiado.

Lo tomo entre mis manos.

Reconozco la letra antes incluso de abrirlo.

Un nudo se forma inmediatamente en mi garganta.

Lo abro despacio.

Y el mundo parece detenerse.

Son los papeles del divorcio, ya firmados por Christian.

***

Esto se prendió, el próximo capítulo será narrado por Christian.

Debo admitir que en el capítulo anterior me olvidé de Kai (su gatito ) ignoren ese detalle pero el siempre estuvo presente jajaja.

Los amo y espero les guste.