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30. JUSTICIA

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30. JUSTICIA

Christian.

Alice queda maravillada con el lugar desde el primer momento. No intenta ocultarlo, aunque tampoco dice demasiado. Observo el lugar por mucho tiempo mientras caminaba por él. Note algo en su expresión que no había visto en mucho tiempo. No es exactamente felicidad, pero sí tranquilidad. Como si por unos minutos pudiera olvidarse de todo lo que dejó atrás.

Todavía no se atreve a pintar y no voy a presionarla para que lo haga. Sé cuánto significa para ella y también sé que obligarla a tomar un pincel ahora mismo sería hacer que algo que antes disfrutaba terminara convirtiéndose en otra obligación. Prefiero dejar que sea ella quien decida cuándo volver a hacerlo. Aun así, no puede ocultar la fascinación que siente por este lugar. Es tranquilo, apartado y tiene suficiente espacio para que pueda hacer lo que quiera. Un lugar completamente para ella. Creo que eso es precisamente lo que más le gusta.

Me quedo observándola desde la entrada mientras ella se sienta en un columpio que implemente a última hora. Apoya una mano en las flores de la cuerdas que los sostiene y después gira la cabeza hacia mí.

—¿De verdad este lugar es para mi?

—Sí.

—¿Todo?

—Todo.

Sonríe ligeramente.

—Es demasiado hermoso.

—Siento mucho haberte sacado de Suiza pero era necesario, tenía que velar por tu seguridad

—No importa, este lugar es lo más parecido a la belleza de allí.

Me da otra hermosa sonrisa y continúa caminando. No sé por qué, pero verla así me hace sentir bien. Quizá porque durante demasiado tiempo la vi preocupada y triste, por personas de mierda incluyéndome.

Ahora no tiene que hacerlo.

Porque quiero hacerla muy feliz y espero ella me de la oportunidad.

Han pasado dos días desde aquella vez y prácticamente he estado con ella todo el tiempo. Sé que mi presencia la hace sentir segura y tampoco me gusta la idea de dejarla sola cuando todavía está intentando procesar todo lo que ha pasado. No necesita que la interrogue ni que esté preguntándole cada cinco minutos cómo se siente. Simplemente necesita saber que estoy aquí. Y eso puedo dárselo.

La primera noche casi no dormimos. No porque hubiera ocurrido algo, sino porque Alice no conseguía conciliar el sueño. Se despertaba constantemente y cada vez que abría los ojos parecía comprobar que yo seguía allí. La tercera vez que me preguntó si estaba despierto, terminé encendiendo la lámpara y nos quedamos hablando durante un buen rato. Me contó cosas que nunca había escuchado de su infancia, algunas divertidas y otras que prefería no comentar demasiado. Yo también terminé hablando de cosas que normalmente no cuento. Cuando finalmente se quedó dormida, ya era de madrugada.

Desde entonces, nuestros días han sido bastante tranquilos. Por las mañanas desayunamos juntos. Alice suele sentarse cerca de la ventana con una taza entre las manos mientras yo reviso algunos asuntos del teléfono. Algunas veces hablamos y otras simplemente compartimos el silencio. No es incómodo. De hecho, creo que es una de las pocas cosas que me gustan de estar con ella. No necesito llenar cada minuto con una conversación para saber que estamos bien.

Una de esas mañanas la encuentro en el jardín. Está sentada en una de las sillas con las piernas recogidas y un libro abierto sobre el regazo, aunque lleva varios minutos sin pasar una página.

—¿Estás leyendo? —pregunto al acercarme.

Levanta la mirada.

—Sí.

Miro el libro.

—Llevas en la misma página desde hace diez minutos.

Ella baja la vista hacia el libro y frunce el ceño.

—Estaba pensando.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué se supone que significa?

—Que probablemente no estabas leyendo.

Me lanza una mirada seria durante un par de segundos y después termina riéndose.

Me siento frente a ella.

—¿En qué pensabas?

—En pintar.

La observo con atención.

—¿Quieres hacerlo?

Ella mira hacia el interior de la casa, donde está el espacio que preparé para ella.

—No sé.

—No tienes que hacerlo hoy.

—Ya lo se. Pero sé que quiero volver a hacerlo.

—Lo harás cuando estés preparada.

No le digo nada más. Ella vuelve a mirar el libro, aunque esta vez sí pasa la página.

Más tarde, decidimos preparar el almuerzo juntos. La idea fue mía. aunque después de unos minutos queda claro que ella tiene más experiencia que yo. Alice se encarga de preparar la carne y yo de cortar cortar algunas verduras. En algún momento me distraigo hablando y termino cortando un trozo demasiado grande.

—Eso no va a cocinarse bien —me dice.

—Sí va a hacerlo.

—No.

La miro fijamente.

—Déjame hacerlo.

—No.

—Entonces no critiques.

—No estoy criticando.

—Sí lo estás haciendo.

—Estoy intentando evitar que terminemos asfixiandonos con un pedazo de verdura

Termino riéndome y le paso el cuchillo.

—Hazlo tú.

—Eso pensé.

No puedo evitar reírme. Terminamos cocinando entre los dos y, aunque la comida no queda perfecta, por mí, nos la comemos igualmente. Después pasamos casi una hora recogiendo la cocina porque Alice insiste en que si cocinamos juntos también tenemos que limpiar juntos. No discuto porque, en el fondo, me gusta verla comportarse así. Normal. Sin estar pendiente de todo lo que ocurre a su alrededor.

Por la tarde salimos nuevamente al jardín. Ella se quita los zapatos y camina descalza sobre el césped, luego terminamos sentados juntos bajo uno de los árboles. Alice apoya la cabeza sobre mi hombro y permanece así durante varios minutos. No hablamos. El viento mueve ligeramente las hojas y ella cierra los ojos. Me quedo quieto para no molestarla.

Estos momentos son los que más estoy empezando a valorar. No hay problemas que resolver, nadie está persiguiéndonos y no hay decisiones urgentes que tomar. Solo estamos nosotros.

Cuando llega la noche, vemos una película. Alice escoge una que ya había visto varias veces y yo termino descubriendo que recuerda prácticamente todos los diálogos. A mitad de la película empieza a repetir algunas frases antes de que los personajes las digan.

No pasan ni veinte minutos antes de que Alice termine dormida apoyada contra mí.

Me quedo mirándola durante unos segundos antes de bajar un poco el volumen. La acomodo con cuidado y dejo que duerma. No quiero despertarla.

Y así pasan los días.

No ocurre nada extraordinario. Y eso es precisamente lo que necesito que ocurra. Alice empieza a levantarse más temprano, vuelve a desayunar con más apetito y poco a poco deja de mirar hacia la puerta cada vez que escucha un ruido. Una tarde incluso entra al jardín y se queda allí durante un buen rato. No pinta, pero organiza sus cosas. Limpia algunos pinceles, acomoda los materiales y revisa varios lienzos. No le digo nada. Solo la dejo hacerlo.

Es extraño. Hace unos días sentía que todo estaba a punto de romperse y ahora tengo la sensación de que, por primera vez, estamos construyendo algo.

Esta tarde, cuando entro a la habitación, Alice está dormida. Ha pasado buena parte del día conmigo, así que decido dejarla descansar. Bajo a la cocina y empiezo a preparar algo para comer. Nora aparece poco después y me encuentra cortando fruta.

—¿Quieres que te ayude?

—No.

—Puedo hacerlo.

Nora entiende que no voy a cambiar de opinión y se marcha. Continúo preparando la comida. Hago unos sándwiches calientes, corto fruta y preparo una bebida. Mientras termino, reviso la hora y me doy cuenta de que ya son las cuatro.

Tomo la bandeja y subo nuevamente a la habitación.

Cuando entro, Alice ya está despierta y sentada en la cama. Se frota los ojos y me mira.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Dormiste bien?

—Sí. ¿Qué hora es?

—Las cuatro de la tarde. Te preparé algo para merendar.

Su expresión cambia ligeramente y sonríe.

—Gracias. Voy a lavarme la cara primero.

—Está bien.

Dejo la bandeja sobre la mesa y espero. Cuando regresa, se sienta conmigo y empezamos a comer. Hablamos de cosas cotidianas, de lo que podríamos hacer al día siguiente, de si deberíamos salir a algún sitio o simplemente quedarnos aquí. En un momento Alice deja el sándwich sobre el plato y me mira.

—Gracias por estar conmigo.

—No tienes nada que agradecerme.

—Sí tengo.

—No, Alice.

Tomo su mano.

—No tienes que agradecerme por estar contigo. Quiero estar aquí.

Le doy un beso en el dorso de la mano y mantengo nuestros dedos entrelazados.

—Haría todo por ti.

Ella me observa en silencio. Después aprieta suavemente mi mano.

Seguimos hablando durante un rato. Después recogemos todo y salimos al jardín.

Tres días después .

El teléfono vibra en mi bolsillo y, al sacarlo, veo el nombre de Alexandra en la pantalla.

—¿Sí?

—Ya está —dice Alexandra al otro lado de la línea—. Tengo a la perra y a sus padres.

Cierro los ojos durante un segundo.

—Perfecto. Ya voy para allá.

—Te estamos esperando.

Cuelgo y guardo el teléfono. Durante unos segundos me quedo quieto, mirando hacia el jardín. Por fin llegó el día. Después de tanto tiempo pensando en ellos, buscándolos y esperando el momento adecuado, ya no tengo ninguna razón para seguir aplazándolo. Todo está listo.

Cuando regreso a la casa, Alice sigue en el mismo lugar. Me mira apenas me acerco.

—¿Qué pasó?

—Tengo que salir.

—¿Ahora?

—Sí.

Me dirijo hacia la habitación para cambiarme y ella viene detrás de mí.

—¿A dónde vas?

No respondo inmediatamente. Entro en la habitación, saco una camisa limpia y empiezo a abrocharme los botones. Puedo sentir su mirada sobre mí.

—Christian.

La miro a través del espejo.

—¿Qué?

—Te pregunté a dónde vas.

Aprieto los labios. No quiero mentirle. Después de estos últimos días, después de todo lo que hemos compartido, sería absurdo esconderle algo así. El problema es que no sé cómo decirle que voy a encontrarme con sus padres y con Madison para terminar con ellos de una vez.

Dejo de abrocharme la camisa.

Tengo que decírselo.

—Voy a ver a tus padres.

Alice se queda quieta.

—¿Y?

—También estará Madison.

—Eso no responde lo que te pregunté.

No digo nada.

Ella da un paso hacia mí.

—¿Qué vas a hacer, Christian?

La miro directamente.

—Voy a terminar esto.

—Sé más explícito.

Su voz cambia. Ya no suena tranquila.

—Alice...

—¿Los vas a matar?

Me quedo sorprendido por la manera tan directa en que lo pregunta. Esperaba miedo, rabia, quizá incluso que intentara detenerme. Pero no encuentro nada de eso en su rostro. Solo está esperando una respuesta.

Asiento.

—Sí.

Ella no aparta la mirada.

—¿Hoy?

—Sí, hoy.

—Entonces quiero ir contigo.

Frunzo el ceño.

—¿Qué?

—Voy contigo.

—Alice, no creo que sea buena idea.

—No te estoy preguntando si te parece buena idea.

—No tienes que estar ahí.

—Quiero estar ahí.

—No sabes lo que vas a encontrar.

—Sí lo sé.

—Alice...

Ella niega con la cabeza.

—No, Christian. Toda mi vida han decidido por mí. Mis padres, Madison, todos. Siempre tuvieron algo que decir sobre lo que debía hacer, sobre quién debía ser y sobre cómo tenía que vivir. Desde que decidí recuperar el control de mi vida, no pienso permitir que alguien vuelva a decidir por mí. Ni siquiera tú.

Sus palabras me hacen guardar silencio.

—Esto es lo que yo decido —continúa—. Quiero ir contigo.

La observo durante unos segundos. Sé que no voy a conseguir convencerla de lo contrario. Y también sé que, si intento obligarla a quedarse, estaría haciendo exactamente lo que ella acaba de decir que no quiere volver a permitir.

Finalmente asiento.

—Está bien.

Alice no sonríe. Solo asiente.

—Ponte un abrigo —le digo—. Está haciendo frío.

Ella se gira para buscarlo mientras yo termino de prepararme. Unos minutos después salimos de la casa. Durante todo el trayecto, Alice permanece en silencio. Yo tampoco digo demasiado. Mantengo una mano sobre el volante y, cuando tenemos que caminar desde el vehículo hasta el lugar, tomo la suya.

Ella no la suelta.

Cuando entramos, Alexandra ya está esperándonos. Levanta la mirada y nos saluda con un asentimiento. Hay dos hombres más junto a ella, además de los que traje conmigo.

—Finalmente —dice.

—¿Todo listo?

—Todo.

Alexandra mira a Alice durante un instante y después vuelve a fijarse en mí.

—Ve y haz lo que tengas que hacer. Yo tengo una sed terrible de acabar con esa zorra por meterse donde no debía.

La observo de arriba abajo. Lleva un conjunto elegante completamente blanco, algo que contrasta demasiado con el lugar.

Ella se da cuenta y sonríe.

—Me gusta cómo se ve la sangre sobre el blanco.

Alice permanece a mi lado sin decir nada.

—Y me gusta cómo se mancha la ropa cuando mato a alguien —añade Alexandra, como si estuviera hablando de cualquier cosa.

No respondo. Simplemente miro hacia la puerta.

Estamos a pocos metros.

Doy un par de pasos, pero noto que Alice se detiene. Giro la cabeza y la observo. Está tensa.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Alice.

—Son los nervios.

Me acerco a ella.

—No tienes que entrar. Puedo pedirle a uno de los hombres que te lleve de vuelta.

—No.

—No pasa nada si cambias de opinión.

—No la he cambiado.

Me mira directamente.

—Quiero hacerlo.

Asiento.

—Entonces vamos.

Abro la puerta.

Los tres están sentados en unas sillas, amarrados de las manos y con la cabeza inclinada. Por un momento parecen inconscientes.

Alexandra entra detrás de nosotros y hace una señal.

—Despiértenlos.

Dos de los hombres se acercan y les lanzan agua. Los tres reaccionan inmediatamente. Se mueven con desesperación, intentando entender dónde están.

—¿Qué significa esto?

—¡Suéltenme!

—¿Dónde estamos?

Sus voces se mezclan hasta que uno de ellos levanta la cabeza y nos ve.

Entonces mira a Alice.

Su expresión cambia por completo.

—Tú.

Su madre también la reconoce y comienza a insultarla. Madison no tarda en hacer lo mismo.

—¿Qué haces aquí? ¿Ahora vienes a hacerte la importante?

—Siempre fuiste una malagradecida.

—Esto fue lo que siempre quisiste, maldita zorra.

Siento que la rabia me sube inmediatamente. Doy un paso hacia ellos, pero Alice me aprieta la mano.

La miro.

Niega con la cabeza.

Ella quiere hacerlo.

Así que me quedo quieto.

Alice se adelanta.

—¿Ya terminaron?

Los tres se callan.

—Porque si ya terminaron, ahora me toca hablar a mí.

Su voz es tranquila.

—Mírense.

Señala a los tres.

—Y ahora mírenme a mí.

Nadie responde.

—Durante años me hicieron sentir como si yo fuera el problema. Como si todo lo que hacía estuviera mal. Como si necesitara su aprobación para poder hacer cualquier cosa. Me hicieron creer que tenía que agradecerles por cada cosa que me daban mientras ustedes podían tratarme como quisieran.

Mira a su padre.

—¿Sabes qué es lo que más me sorprende? Que todavía tengas el valor de insultarme después de todo lo que hiciste.

Su padre intenta responder.

—Alice, tú no entiendes...

—No. Tú no entiendes.

Lo interrumpe.

—No entiendes que ya no soy la niña que podía manipular.

Su madre baja la mirada.

—Mírame —dice Alice.

La mujer levanta los ojos.

—Quiero que me mires. Siempre fuiste muy valiente cuando yo no podía defenderme. Ahora mírame y dime que sigues pensando que soy inferior a ti.

Su madre permanece callada.

Alice sonríe ligeramente.

—Eso pensé.

Después se gira hacia Madison.

—Y tú.

Madison la observa con odio.

Alice se acerca y le toma el rostro.

—Siempre quisiste humillarme. Siempre quisiste hacerme sentir menos. Necesitabas compararte conmigo porque yo era tu inseguridad. Nunca lo entendí antes ,pero ahora sí. Siempre tuviste miedo de que yo fuera mejor que tú.

Madison intenta apartarse.

—Suéltame.

—No.

Alice la sostiene un segundo más.

—Quiero que me mires bien. Porque esta es la última vez que vas a verme.

La suelta.

—Y cuando todo esto termine, yo voy a seguir con mi vida. Voy a ser feliz. Voy a hacer todo lo que ustedes intentaron impedirme hacer.

Madison aprieta los dientes.

—Eres una infeliz.

Alice le da una bofetada.

El sonido hace que todos se queden en silencio.

Alice baja lentamente la mano.

—Siempre quise hacer eso.

Madison la mira con los ojos abiertos.

—Y ahora ya puedo hacerlo. No saben lo que me alegra verlos así mientras yo voy a vivir una vida plena y feliz.

Ellos la miran con odio y Alice se gira hacia mí.

—Ya terminé.

La observo.

—¿Segura?

Asiente.

—Sí. Necesitaba decirles todo esto, pero no quiero ver cómo los matan.

Me acerco a ella y le doy un beso en la frente.

—Te espero afuera —me dice.

—Está bien.

Alice sale.

La puerta se cierra detrás de ella.

Entonces vuelvo la mirada hacia los tres.

Por fin.

Después de tantos años, los tengo exactamente donde siempre quise tenerlos.

Durante unos segundos nadie dice nada. Me quedo frente a ellos observándolos, intentando reconocer al hombre que durante años imaginó este momento de una manera completamente distinta. Pensé que cuando finalmente los tuviera delante iba a sentir una necesidad inmediata de acabar con ellos. Pensé que iba a disfrutar cada segundo. Pero ahora que los tengo frente a mí, lo único que puedo pensar es en todo lo que ocurrió para llegar hasta aquí. En Evangeline. En mi familia. En todo lo que perdí mientras ellos seguían con sus vidas como si nada hubiera pasado.

—¿Creían que esto nunca iba a llegar? —pregunto.

Ninguno responde.

Su padre comienza a negar con la cabeza.

—Christian, podemos hablar.

—Ya hablamos demasiado.

—No fue nuestra intención...

Suelto una risa corta.

—¿No fue su intención?

Lo miro fijamente.

—¿Sabes cuántas veces escuché excusas? ¿Cuántas veces tuve que escuchar que las cosas habían ocurrido por necesidad, por miedo o porque no tenían otra opción? Siempre tuvieron una explicación. Siempre encontraron una forma de justificar lo que hicieron.

Su madre comienza a llorar.

—Por favor...

—No.

Doy un paso hacia ellos.

—No me pidan que tenga compasión ahora. No después de todo lo que hicieron.

Miro a Madison. Ella intenta mantener la mirada firme, pero ya no tiene la misma seguridad de antes.

—Tu no eras uno de mis objetivo, simplemente iba a hacer que tu vida fuera miserable, pero después de lo que hiciste no iba a permitirlo.

—Yo no hice nada —responde.

—Desde el momento en que intentaste tocar a Alice, te convertiste en uno de mis principales objetivos.

Madison se queda callada.

—Pudiste mantenerte al margen. Pudiste dejarla en paz. Pero decidiste meterte con ella, humillarla y hacerle daño. Y después de todo eso todavía pensaste que ibas a salir ganando.

Alexandra se acerca a ella.

—Además de meterte con un hombre que tenía una mujer, todavía tuviste el descaro de creerte superior a ella.

Madison la mira con rabia.

—Tú no sabes nada.

—Sé suficiente.

Alexandra sonríe.

—Y créeme, no necesito saber más para saber que eres una perra.

Madison intenta responder, pero Alexandra no le da oportunidad.

—Te metiste donde no debías y ahora estás aquí, amarrada a una silla, esperando a que alguien decida qué hacer contigo. Eres solo una zorra.

Los padres de Madison empiezan a suplicar. Su padre intenta negociar, ofreciendo dinero, propiedades, cualquier cosa que pueda comprar su libertad.

No me interesa.

Alexandra camina directamente hasta Madison y se detiene frente a ella. La observa durante unos segundos, como si estuviera decidiendo por dónde empezar, y después comienza a torturarla mientras sus padres miran sin poder hacer nada. No se apresura. La hace sufrir, la obliga a soportar el miedo y la humillación que durante tanto tiempo había hecho sentir a los demás. Madison intenta resistirse y sus padres suplican que la deje, pero Alessandra no les presta atención.

—Mírala bien —les dice—. Porque esto es lo que pasa cuando juegas con fuego y te quemas.

Madison apenas consigue mantener la mirada en alto. Alessandra continúa unos minutos más hasta que finalmente decide terminar con ella. Sus padres quedan destrozados al verla morir frente a ellos y comienzan a suplicar por sus propias vidas. Alessandra los observa y sonríe.

—Ahora es su turno.

Uno de mis hombres se acerca y me entrega un arma.

La tomo.

Durante unos segundos la observo en silencio.

He esperado este momento durante años. He imaginado tantas veces tenerlos delante, apuntarlos y terminar con todo de una vez. Quise hacerlo con mis propias manos. Quise ser yo quien cerrara esta historia.

Levanto el arma.

Me empiezan a suplicar y a pedir perdón.

Y, aun así, no siento lo que pensé que sentiría.

Bajo lentamente el arma.

—No.

Alexandra me mira.

—¿Qué?

Le extiendo el arma.

—Hazlo tú.

Ella arquea una ceja.

—¿Seguro?

—Sí.

No quiero sus muertes en mis manos. No porque me importen, sino porque después de todo este tiempo me doy cuenta de que ya no necesito hacerlo. La venganza que imaginé durante años ya está cumplida. Los tengo delante de mí, derrotados, asustados y conscientes de que todo lo que construyeron está a punto de desaparecer.

Alexandra toma el arma.

—Como quieras.

Me aparto.

Yo no necesito intervenir.

Escucho los gritos desde unos pasos atrás. No aparto la mirada por completo, pero tampoco necesito verlo todo. Sé lo que está ocurriendo. Sé que esta es la última vez que van a hacerle daño a Alice. La última vez que van a tener la oportunidad de hablar de ella como si fuera menos. La última vez que podrán decidir algo sobre su vida.

Cuando todo termina, la habitación queda en silencio.

Miro una última vez hacia ellos.

—Esto es por Evangeline—digo—. Por mi familia. Y por mí.

Me doy la vuelta y salgo.

Encuentro a Alice unos metros más adelante. Está de pie junto a una de las ventanas, mirando hacia afuera. Parece perdida en sus pensamientos. Cuando escucha mis pasos, se gira inmediatamente.

Sus ojos buscan los míos.

—¿Los mataste?

Asiento.

—Sí.

Se acerca un poco.

—¿Tú?

—No.

Frunce ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

—Porque no quería hacerlo.

—Pero dijiste que lo harías.

—Dije que iba a ponerle un punto final a la historia. Y lo hice.

Alice permanece en silencio.

Me acerco y tomo sus manos.

—Durante mucho tiempo pensé que necesitaba matarlos con mis propias manos. Pensaba que eso era lo que iba a darme paz. Pero cuando finalmente los tuve delante entendí que no era así. Los vi humillados. Los vi asustados. Los vi suplicar. Los vi perder todo el control que alguna vez tuvieron sobre los demás. Eso era lo que necesitaba ver.

Ella baja la mirada hacia nuestras manos.

—No quería terminar con las manos manchadas de sangre —continúo—. No después de todo lo que he hecho para llegar hasta aquí. Ya no quería cargar con eso también.

Alice asiente lentamente.

—¿Y ahora?

La miro.

—Ahora se acabó.

Ella no dice nada más. Simplemente se acerca y me abraza.

La rodeo con los brazos y cierro los ojos. Me quedo así, sosteniéndola, sintiendo cómo poco a poco toda la tensión que llevaba encima empieza a desaparecer.

No sé cuánto tiempo permanecemos abrazados hasta que escuchamos unos disparos provenientes del exterior. Alice se tensa y yo giro inmediatamente la cabeza hacia la entrada. Unos segundos después nos informan que es Brandon.

—Vete —me dice Alexandra—. Yo me encargo de esto.

La miro dudoso.

—He dicho que te vayas. Es hora de acabar con otro hijo de puta.

Le doy un asentimiento y salgo del lugar con Alice por la parte trasera.

Nos subimos a un auto y uno de mis hombres conduce. Paso un brazo alrededor de los hombros de Alice, y recostando mi cabeza sobre la suya.

Por primera vez en mucho tiempo, no siento que me falte algo.

Durante años pensé que la venganza iba a traerme paz. Que el día en que acabara con ellos iba a sentir algo parecido a alivio. Y, al final, resulta que la paz no vino tanto de verlos morir. Vino de saber que todo lo que construyeron a costa de otras personas se va a venir abajo, de que al final obtuvieron su merecido. No necesitaba ser yo quien apretara el gatillo. Necesitaba llegar hasta este momento y demostrarme que ya no soy el hombre que era cuando todo comenzó.

Aprieto un poco más a Alice contra mí.

Y, mientras ella permanece en silencio entre mis brazos, entiendo que esta vez sí puedo dejarlo atrás.

***

Bueno desde un principio lo quise de esta manera, Christian obtuvo su merecida justicia sin tener que mancharse las manos y no vivir con esa carga. Esta no es una historia en la que el se convertiría en un asesino, si no donde el obtendría su paz.

Tampoco quise meter más relleno en este asunto, creo que ya era justo y necesario llegar a este punto.

Con toda la certeza les puedo decir que la próxima semana está linda historia termina <3

Tambien quería agradecerles por su preocupación acerca el terremoto en Colombia, me encuentro muy bien gracias a Dios y estaba era preocupada por mi país. También les deseo lo mejor a todos mis compatriotas y a mis lectores peruanos que pasaron hace poco por un terremoto así. 💘