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31. OPORTUNIDAD

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31. OPORTUNIDAD

Alice

Han pasado dos meses desde que ellos murieron y aunque durante todo este tiempo me he encargado de aparentar que estoy bien, no voy a negar que todo lo que ocurrió dejó algo en mí. Supongo que es imposible salir completamente ilesa de una situación así, sobre todo después de descubrir que estuve exactamente en el lugar donde terminaron sus vidas.

Al principio intenté convencerme de que no me afectaba, que simplemente había terminado una etapa y que lo mejor era seguir adelante, pero después empecé a tener momentos en los que ese recuerdo regresaba sin avisar. No siempre era algo grande. A veces bastaba con recordar una habitación, un sonido o una conversación para sentir una incomodidad que no sabía explicar.

Me hice la fuerte porque era lo que necesitaba hacer en ese momento, pero ahora puedo reconocer que aquello sí generó un trauma en mí. Y no me arrepiento de lo que dije antes de que todo terminara. No me arrepiento de haber hablado ni de haber dejado salir todo lo que llevaba tanto tiempo guardándome.

Por primera vez sentí que no estaba obligada a callarme para proteger a personas que nunca hicieron lo mismo conmigo. Me sentí liberada después de decirlo todo, aunque eso no significa que no haya tenido días en los que me preguntara si debería sentirme diferente. A veces me siento mal por no haber sentido tristeza por ellos, por haber podido continuar con mi vida mientras otras personas probablemente esperaban que estuviera destrozada, pero entonces recuerdo todo lo que provocaron y entiendo que mis sentimientos también son válidos.

Christian y la mujer que conocí bajo el nombre de Alexandra se encargaron de poner en marcha el plan para hacer que el clan de Brandon cargara con la responsabilidad de todo lo ocurrido. No fue algo sencillo y durante un tiempo, tampoco tuve claro cómo iba a terminar, pero las fuerzas policiales finalmente realizaron un operativo y consiguieron atraparlos. Después de todo lo que habían hecho, terminaron en prisión y por primera vez en mucho tiempo, sentí que ya no tenía que estar mirando constantemente por encima del hombro. El día del funeral fue otra historia.

Tuve que fingir que estaba destrozada y para mi propia sorpresa, lo hice bastante bien. Supongo que después de pasar tanto tiempo fingiendo cosas, una termina aprendiendo. Me puse frente a todas esas personas, di mi discurso de despedida y conseguí mantener la expresión adecuada durante todo el tiempo. Incluso sonreía por dentro mientras decía palabras que en realidad no sentía.

Sé que puede sonar horrible, y probablemente lo sea, pero no quería que nadie descubriera lo que realmente pasaba por mi cabeza. No quería que me vieran como una persona insensible, aunque en algunos momentos yo misma llegara a sentirme así. Pero ellos provocaron que llegara hasta ese punto. Yo no elegí convertirme en alguien que sintiera alivio por la muerte de otras personas. Las circunstancias me llevaron allí y ahora estoy intentando aprender a vivir con todo lo que pasó sin permitir que eso termine definiéndome.

Por eso empecé a ir a terapia. Al principio no estaba convencida de que fuera a servirme de algo. Me costaba hablar de ciertas cosas y mucho más admitir cómo me sentía realmente, pero poco a poco fui entendiendo que no tenía sentido seguir guardándolo todo.

Ir a terapia ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en estos meses. No porque haya solucionado todo de un día para otro, porque definitivamente no funciona así, sino porque estoy aprendiendo a reconocer lo que siento en lugar de esconderlo. Estoy aprendiendo que puedo estar enojada, triste, confundida o incluso sentir alivio sin tener que justificar cada emoción. También estoy aprendiendo a diferenciar entre lo que ocurrió y lo que quiero para mi futuro. Y eso último es importante para mí porque, por primera vez en mucho tiempo, estoy empezando a pensar en mi propia vida sin que todo gire alrededor de las personas que me hicieron daño.

Una de las cosas que más me ha ayudado durante este proceso ha sido volver a pintar. Después de tanto tiempo sintiéndome bloqueada, finalmente pude terminar aquella pintura que llevaba meses sin poder tocar. Todavía recuerdo todas las veces que me senté frente al lienzo intentando encontrar una forma de continuar y simplemente no podía. Ahora, en cambio, la miro terminada y siento algo que no esperaba: orgullo.

En ella hay una mujer frente a su versión infantil. Ambas están tocándose las manos, como si la adulta estuviera intentando decirle a esa niña que finalmente está a salvo. El lado de la niña es oscuro, mientras que el de la mujer está lleno de luz. Retratando que aunque si infancia no haya Sido buena, aun así consiguió encontrar su propia felicidad. Supongo que esa pintura terminó siendo mucho más personal de lo que pensé cuando empecé a hacerla.

Es una representación de todo lo que estoy intentando hacer conmigo misma. No quiero olvidar a la niña que fui, pero tampoco quiero seguir viviendo atrapada en lo que le pasó. Quiero que pueda mirar hacia adelante y entender que sobrevivir a algo no significa que tengas que cargarlo para siempre.

Y esa pintura no pienso venderla.

Podría ofrecerme una buena cantidad de dinero, pero no me interesa. Es mía . La voy a conservar porque representa una parte de mí que finalmente estoy empezando a aceptar.

Además, tengo un nuevo sueño. Quiero abrir mi propia galería y exhibir mis obras. Todavía no sé exactamente cómo voy a hacerlo ni cuánto tiempo me tomará conseguirlo, pero quiero intentarlo. Quiero tener un espacio donde pueda mostrar mis pinturas sin esconderme detrás de un nombre falso, donde pueda firmar mis propias obras y saber que las personas las están viendo porque quieren conocer mi trabajo. Antes pintaba porque era la única manera que tenía de escapar de ciertas cosas. Ahora quiero pintar porque me hace feliz. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas y me gusta mucho más la segunda. Quizá todavía me falte bastante para llegar hasta donde quiero, pero por primera vez siento que estoy construyendo algo que realmente me pertenece.

Y después está Christian.

Nuestra situación ha sido un poco más complicada. Cuando volvimos a casa después de todo lo ocurrido, dormimos abrazados y pasamos otra semana juntos. Durante esos días intentamos recuperar cierta normalidad, aunque ambos sabíamos que las cosas ya no eran exactamente iguales. Había demasiadas cosas que habían ocurrido y demasiadas preguntas que todavía no tenían respuesta. Yo lo quería, eso nunca dejó de ser cierto, pero también necesitaba pensar en mí y en lo que quería hacer después de todo aquello. Por eso, cuando esa semana llegó a su fin, tomé una decisión y se la comuniqué. Prefería irme.

Christian no estuvo contento con mi decisión. Lo entendí desde el primer momento, pero tampoco podía quedarme solamente porque él quisiera que lo hiciera. Le expliqué que no pensaba desaparecer ni marcharme de la ciudad. Solo necesitaba mi propio espacio, un lugar donde pudiera ordenar mis pensamientos y aprender a estar conmigo misma después de todo lo que había pasado. Cuando me preguntó qué iba a pasar con nosotros, no pude darle una respuesta inmediata. Le dije que necesitaba pensarlo y que necesitaba tiempo.

Así que han pasado dos meses desde entonces.

No estamos incomunicados. Nunca dejamos de hablar por completo, pero tampoco somos tan cercanos como antes. Christian respeta el espacio que le pedí, aunque eso no significa que haya dejado de intentar acercarse. Me manda detalles casi todo el tiempo. A veces son cosas pequeñas que sabe que me gustan, otras veces simplemente aparece con algún mensaje para preguntarme cómo estoy. Nunca me presiona para volver ni intenta hacerme sentir culpable por haberme ido. Desde el principio le dije que yo misma le avisaría cuando estuviera lista y él me respondió que estaría esperándome con los brazos abiertos, sin importar cuánto tiempo necesitara. Que podía tomarme el tiempo que quisiera y que, cuando estuviera preparada, él seguiría allí.

Creo que ese momento finalmente llegó .

No significa que haya olvidado lo que hizo. Tampoco voy a fingir que todo está solucionado porque no lo está.

Christian me hizo daño, incluso si todo formaba parte de un plan y sus intenciones eran otras. Para mí sigue siendo algo que ocurrió y no quiero justificarlo solamente porque lo amo. Pero también sería injusto ignorar todo lo que ha hecho después. Se ha esforzado de verdad por recuperar mi confianza y ha tenido paciencia conmigo incluso cuando probablemente lo más fácil habría sido rendirse.

Tampoco voy a enaltecerlo por eso. Es lo mínimo que merezco.

Y todavía existe una pequeña parte de mí que tiene dudas, una parte que se pregunta si estoy tomando la decisión correcta, pero quiero darle el beneficio de la duda. No porque necesite tener una relación ni porque crea que mi vida está incompleta sin él. Quiero hacerlo porque esta vez la decisión es mía.

No quiero vivir con rencor.

Quiero darme la oportunidad de descubrir qué puede pasar si vuelvo a abrirle la puerta, pero esta vez bajo mis propias condiciones. Quiero ver si podemos empezar de nuevo, sin fingir que nada ocurrió y sin saltarnos las conversaciones que necesitamos tener. Christian ha hecho todo lo posible para demostrarme que está dispuesto a esperar y ahora quiero descubrir si realmente podemos hacer las cosas bien.

Por eso, esta mañana me termino de preparar con una sensación extraña en el estómago. Abro mi armario y elijo uno de mis vestidos favoritos. Es blanco, con pequeños puntos negros y tiene ese estilo sencillo que siempre me ha gustado. Me pongo unos tacones blancos, me arreglo el cabello y después de unos minutos frente al espejo, termino aplicándome un poco de labial. No quiero exagerar. Solo quiero verme bien.

Tomo mi bolso y miro una última vez el apartamento que he alquilado durante estos meses. Ha sido mi pequeño espacio, el lugar donde he tenido tiempo para pensar, pintar, llorar cuando lo he necesitado y volver a encontrarme conmigo misma. Cierro la puerta detrás de mí y bajo hasta la calle.

Voy directamente a su trabajo.

No le aviso que voy. Tampoco quiero que nadie le diga que estoy allí antes de tiempo. Cuando llego, la secretaria me reconoce inmediatamente y después de saludarme, me dice que puede anunciarme. Le sonrío y niego con la cabeza.

—No le digas nada. Quiero sorprenderlo.

Ella parece entenderlo enseguida y una pequeña sonrisa aparece en su rostro mientras asiente. Después me indica que puedo pasar.

Camino por el pasillo intentando convencerme de que estoy tranquila, aunque claramente no lo estoy. Mi corazón late un poco más rápido mientras me acerco a la puerta de su despacho. Durante un segundo pienso en tocar, pero termino descartándolo. Después de todo este tiempo, no quiero quedarme parada frente a la puerta pensando si debo entrar o no.

Así que entro directamente.

Christian levanta la cabeza de inmediato. Lo primero que veo es cómo frunce ligeramente el ceño, probablemente molesto porque alguien haya entrado sin anunciarse. Su expresión es seria y su mirada se dirige hacia mí con cierta incomodidad, pero todo cambia apenas me reconoce. Sus facciones se relajan, su mirada pierde dureza y una sonrisa suave aparece lentamente en sus labios.

Se pone de pie.

—¿Qué haces aquí?

No puedo evitar sonreír un poco.

—Necesitaba verte.

La sonrisa desaparece apenas un poco de su rostro cuando nota mi expresión.

—¿Pasó algo?

Niego con la cabeza.

—No.

Me acerco hasta quedar frente a él y antes de que pueda decir otra cosa, tomo sus manos entre las mías.

Lo miro directamente a los ojos.

—Estoy lista.

Durante unos segundos no dice nada.

Simplemente me mira como si necesitara asegurarse de que realmente escuchó lo que acabo de decir. Después, su sonrisa vuelve a aparecer, mucho más grande esta vez.

—¿De verdad?

Asiento.

—De verdad.

No consigue contenerse. Suelta mis manos solamente para llevar las suyas hasta mi rostro y acercarme a él. Sus labios encuentran los míos en un beso que empieza con cuidado, casi como si todavía tuviera miedo de que pudiera arrepentirme, pero poco a poco se vuelve más seguro. Es dulce, pero también está cargado de todo lo que hemos tenido que esperar durante estos dos meses. Siento sus manos sosteniendo mi rostro con delicadeza mientras correspondo al beso y por un momento dejo de pensar en todas las dudas que tuve antes de llegar aquí.

Cuando finalmente nos separamos, seguimos muy cerca. Lo miro y puedo ver que sus ojos están brillantes. Está sonriendo como si acabara de recibir la mejor noticia de su vida.

—No sabes lo feliz que estoy —murmura.

Sonrío.

—Sí, creo que puedo notarlo.

Suelta una pequeña risa y acaricia suavemente mi mejilla.

—No voy a arruinarlo. Te lo prometo.

—Eso espero.

—Voy a hacer las cosas bien esta vez.

Lo observo unos segundos antes de asentir.

—Eso es lo que quiero.

Su sonrisa vuelve a crecer.

—Entonces dime que sí a algo.

—¿A qué?

—¿Quieres salir a comer conmigo?

Lo miro con una sonrisa.

—¿Eso es una cita?

—Quiero que lo sea.

—Entonces sí.

Me vuelve a besar, esta vez más rápido, como si no pudiera evitar hacerlo, y termino riéndome contra sus labios.

Tal vez, después de todo, sí estoy lista.

Después de ese segundo beso nos quedamos mirándonos durante unos segundos y no puedo evitar reírme al verlo tan feliz. Es extraño verlo así después de todo lo que hemos pasado. Durante estos meses me acostumbré a mantener cierta distancia, a no dejarme llevar demasiado por lo que siento cuando estoy cerca de él, pero ahora que finalmente he tomado una decisión, siento que una parte de mí se relaja. No significa que todas mis dudas hayan desaparecido, pero sí que estoy dispuesta a descubrir qué puede pasar. Christian entrelaza sus dedos con los míos y me mira con una expresión que no le había visto en mucho tiempo.

—Entonces... ¿realmente tengo una cita contigo? —pregunta.

—Eso parece.

—No sabes cuánto tiempo llevo esperando escuchar eso.

—Creo que sí lo sé.

Sonríe y vuelve a mirar nuestras manos entrelazadas.

—Voy a intentar no arruinarlo.

—Más te vale.

—¿Sabes qué? —dice mientras se inclina un poco hacia mí—. Estoy bastante nervioso.

Lo miro sorprendida.

—¿Tú?

—Sí, yo.

—No te creo.

—Pues deberías. Hace mucho que no tengo que invitar a una mujer a salir de la manera normal.

—¿Y cómo lo hacías antes?

—No quieres saberlo.

Suelto una carcajada y él también. Creo que necesitaba precisamente eso. Reírme con él sin sentir que estoy haciendo algo incorrecto. Después de todo lo ocurrido, poder estar allí, frente a él, hablando de una simple cita, se siente extraño, pero también bastante bien.

Salimos de su despacho poco después. La secretaria levanta la mirada cuando nos ve aparecer juntos y no necesita preguntar nada. Su sonrisa se vuelve todavía más evidente cuando nota que Christian lleva mi mano entre la suya.

—Que tengan una buena tarde —dice.

—Gracias —responde él.

Yo solo sonrío y seguimos caminando.

Durante el trayecto al restaurante hablamos de cosas completamente normales. No hablamos del pasado, ni del plan, ni de las personas que murieron, ni de las cosas que todavía tenemos pendientes. Por primera vez en mucho tiempo simplemente hablamos de nosotros. Me pregunta cómo han ido mis pinturas, le cuento que terminé la obra que tenía bloqueada y que estoy pensando seriamente en empezar a buscar lugares para abrir una galería. Cuando le digo esto último, se sorprende y me pregunta si realmente quiero hacerlo.

—Sí. Es algo que llevo tiempo pensando.

—Entonces deberías hacerlo.

—No es tan sencillo.

—Nunca dije que fuera sencillo.

Lo miro.

—¿Y si no funciona?

—Entonces buscas otra manera de hacerlo funcionar.

Sonrío ligeramente.

—Suena fácil cuando lo dices tú.

—No tiene que ser fácil, Alice. Solo tiene que ser algo que quieras.

Me quedo callada unos segundos porque, en el fondo, sé que tiene razón. Quiero hacerlo. Quiero tener mi propio espacio, mostrar mis pinturas y dejar de esconder una parte de mí. Quizá todavía no estoy preparada para dar todos los pasos, pero eso no significa que tenga que abandonar el sueño.

Cuando llegamos al restaurante, Christian se comporta de una manera que casi me hace olvidar quién es. Me abre la puerta, espera a que entre y después caminamos hasta nuestra mesa. Todo resulta tan normal que por momentos me parece extraño. Nos sentamos frente a frente y él toma el menú mientras yo hago lo mismo.

—¿Qué vas a pedir?

—Todavía no sé.

—Entonces tenemos un problema.

—¿Por qué?

—Porque yo tampoco sé qué pedir.

Me río.

—Entonces estamos igual.

—Podemos pedir varias cosas y compartir.

—Eso suena mejor.

Y así terminamos haciendo precisamente eso. Pedimos diferentes platos y pasamos bastante tiempo hablando mientras comemos. Me cuenta algunas cosas de su trabajo, yo le hablo de la terapia, de la pintura y del apartamento que alquilé. Incluso terminamos hablando de Kai y de todas las cosas que ha hecho desde que llegué allí. Christian se ríe cuando le cuento que algunas noches prácticamente tengo que moverme con cuidado para no despertarlo cuando se queda dormido encima de mis piernas.

—Ese gato tiene demasiados privilegios.

—Se los ha ganado.

—No estoy seguro de eso.

—No tienes voz en este asunto.

—Entendido.

La conversación fluye con una facilidad que no esperaba. No tenemos que forzar nada. No hay silencios incómodos ni preguntas que parezcan interrogatorios. Simplemente estamos allí, conociéndonos otra vez, aunque técnicamente ya nos conocemos bastante.

Cuando terminamos de comer, ninguno parece tener demasiada prisa por marcharse. Caminamos un rato antes de ir al auto y regresar al apartamento, mientras lo hacemos, Christian toma mi mano otra vez. Esta vez no pienso demasiado en ello. Simplemente dejo que nuestros dedos se entrelacen.

Tal vez eso es lo que necesitamos.

No volver exactamente al punto donde estábamos, sino empezar desde otro lugar.

Cuando llegamos al edificio, subimos juntos hasta mi apartamento. Apenas abro la puerta, escucho unas pequeñas patas acercándose rápidamente y segundos después, Kai aparece frente a nosotros. Lo primero que hace es mirarme y después dirige toda su atención hacia Christian.

—Mira quién vino.

Kai se acerca a él y Christian se agacha para acariciarlo.

—Hola, pequeño.

—¿Pequeño? Ya sabes que no es tan pequeño.

—Para mí siempre lo será.

—Claro.

Kai se deja acariciar y yo niego con la cabeza.

—Traidor.

Christian se ríe.

Entramos y nos quedamos un rato hablando. No hacemos nada especial. Él se sienta conmigo, yo le enseño algunas de las cosas que he estado haciendo y terminamos hablando sobre lo que queremos hacer durante los próximos días. Es agradable. Demasiado agradable, quizás, porque cuando miro el reloj me doy cuenta de que ha pasado mucho más tiempo del que pensaba.

Christian se levanta finalmente.

—Tengo que irme.

—Lo sé.

Se acerca a mí y se queda frente a mí durante unos segundos.

—¿Puedo verte el viernes?

Lo miro.

—¿Otra cita?

—Si quieres.

Sonrío.

—Sí. Quiero.

—Entonces paso por ti.

—Está bien.

Me toma suavemente de la cintura y se inclina para besarme. Al principio es un beso tranquilo, parecido a los anteriores, pero poco a poco se vuelve más intenso. Sus labios se quedan sobre los míos durante unos segundos más y siento cómo una de sus manos baja ligeramente hasta apoyarse sobre mi trasero. Me separo apenas para mirarlo y él también se detiene.

Los dos sonreímos.

—Creo que estamos avanzando demasiado rápido —digo.

—Probablemente.

—Acabamos de tener nuestra primera cita.

—Lo sé.

—Y ya estás haciendo eso.

—Me dejé llevar.

Suelto una pequeña risa mientras él retira la mano y levanta ambas en señal de rendición.

—Está bien. Me voy a controlar.

—Más te vale.

—Ya llegaremos a ese paso.

Lo miro divertida.

—¿Estás haciendo una lista?

—Estoy intentando ser un caballero.

—Qué considerado.

—Estoy haciendo mi mejor esfuerzo.

Vuelve a acercarse y me da otro beso, esta vez mucho más corto.

—Buenas noches, Alice.

—Buenas noches.

Antes de abrir la puerta, recuerdo algo y sonrío.

—Por cierto, normalmente no dejo que un hombre me bese en la primera cita.

Christian se queda mirándome con una sonrisa enorme.

—Entonces supongo que debería sentirme especial.

—Un poco.

—Lo haré.

Abro la puerta y él sale al pasillo. Nos despedimos una última vez y cierro detrás de él.

Me quedo apoyada contra la puerta durante unos segundos, mirando al techo con una sonrisa que no puedo esconder. No sé exactamente en qué momento empecé a sonreír así, pero tampoco quiero dejar de hacerlo.

Kai se acerca a mí y levanto la mirada hacia él.

—Estoy feliz —le digo mientras me agacho para acariciarlo—. Creo que por fin estoy volviendo a abrir mi corazón.

Kai me mira como si entendiera absolutamente todo.

Me levanto y camino hacia la sala mientras él me sigue.

Todavía tengo miedo. Sería mentira decir que no. Hay una pequeña parte de mí que sigue preguntándose si estoy tomando la decisión correcta, pero ya no quiero vivir pensando en todas las cosas que podrían salir mal.

Quiero permitirme descubrir qué puede pasar. Christian me dio tiempo, respetó mi decisión y esperó hasta que fuera yo quien diera el primer paso. Ahora quiero hacer lo mismo por mí.

Quiero volver a intentarlo.

Pero esta vez quiero hacerlo despacio.

Sin olvidar lo que pasó.

Sin ignorar lo que siento.

Y sobre todo, sin perderme a mí misma en el proceso.

***

Finalmente nuestra linda Alice está brillando y siendo feliz :D