32. CONEXIÓN
Alice.—¿Esta es tu idea de una cita?
Miro a Christian mientras terminamos de colocarnos en la zona de inicio del circuito y no puedo evitar sonreír al ver la expresión que tiene en el rostro. Lleva varios segundos observando el lugar como si todavía estuviera intentando entender en qué momento aceptó venir conmigo. Hay parejas por todas partes, algunas estirando antes de comenzar, otras riéndose y unas cuantas que ya están esperando su turno. Todo el lugar está lleno de ruido, música y personas animándose entre sí. Definitivamente no es el tipo de lugar al que Christian habría venido por iniciativa propia.
—¿No es genial? —le pregunto, fingiendo estar ofendida.
Él aprieta los labios y me mira de una manera que me hace contener una risa.
—Pensaba que sería algo más romántico.
—¿Más romántico? —repito, levantando una ceja—. Christian, esto es bastante romántico.
—¿Esto?
—Síp.
Señalo el circuito frente a nosotros como si fuera la cosa más romántica del mundo.
—Además, ya tuvimos muchas citas así la semana pasada.
—¿Así cómo?
—Ya sabes. Restaurantes bonitos, cenas, paseos, flores, lugares tranquilos... —enumero mientras voy contando con los dedos—. Todo demasiado romántico.
—No sabía que existía algo como demasiado romántico.
—Existe. Créeme.
Él niega con la cabeza, pero puedo ver que está intentando no sonreír.
—Entonces decidiste traerme a competir con desconocidos.
—Exactamente.
—Qué detallista.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Esta vez sí se ríe y yo termino haciendo lo mismo. La verdad es que no esperaba que aceptara tan fácilmente cuando le propuse venir. Después de todo, llevamos varias semanas saliendo otra vez y hemos intentado hacer cosas diferentes. No quería que todas nuestras citas terminaran siendo cenas elegantes o paseos. Quería hacer algo que pudiéramos recordar por lo ridículo que probablemente terminaríamos viéndonos.
Y sinceramente, creo que esto va a funcionar.
—Será divertido —le digo y le doy un pequeño golpe con el hombro—. Además, no tienes que ganar.
—Sí tenemos que ganar.
Lo miro y suelto una pequeña risa.
—¿Tenemos?
—Sí.
—Vaya confianza.
Christian se ríe y me guiña el ojo para luego mirar hacia el circuito cuando anuncian que nuestro grupo está a punto de comenzar. Hay diferentes obstáculos distribuidos por todo el recorrido: estructuras para trepar, barras, zonas donde tenemos que avanzar juntos y varias partes en las que necesitamos ayudarnos para poder continuar. No parece imposible, pero tampoco es precisamente un paseo por el parque.
Nos colocamos en nuestra posición y Christian estira un poco los brazos antes de mirarme.
—¿Lista?
Sonrío.
—Siempre.
La señal de inicio suena y todos comenzamos a avanzar al mismo tiempo. Durante los primeros obstáculos vamos bastante bien. Corremos, nos ayudamos a subir una estructura y conseguimos pasar por debajo de unas barras sin demasiados problemas. Incluso llegamos a adelantar a una pareja que se había quedado atascada en una de las partes del circuito.
—¿Ves? —dice mientras seguimos avanzando—. Te dije que vamos a ganar. Son muy malos lo demás.
—Todavía no hemos terminado.
—Pero vamos primeros.
—No te emociones.
Llegamos entonces al pasamanos miro las barras que tenemos delante y después a las parejas que ya están avanzando por ellas. La idea es pasar de una barra a otra utilizando únicamente las manos mientras avanzamos hasta el otro lado. Parece sencillo hasta que realmente tienes que hacerlo.
Christian pasa primero y consigue avanzar con bastante facilidad.
—Vamos, Alice.
—Estoy intentando.
Me agarro de la primera barra y avanzo hasta la siguiente. Al principio todo está bien, pero después de varias barras empiezo a sentir el cansancio en los brazos. Intento aguantar un poco más porque no quiero detenerme, pero mis manos empiezan a resbalar.
—Christian...
Él se detiene inmediatamente y mira hacia mí.
—¿Qué?
—Me están doliendo las manos.
—¿Quieres bajar?
Miro hacia el suelo y después vuelvo a mirar las barras que todavía nos quedan.
—No. Podemos seguir.
Christian parece dudar, pero finalmente se acerca todo lo que puede.
—Espera.
Antes de que pueda preguntarle qué pretende hacer, me sujeta por las piernas y consigue levantarme lo suficiente para que deje de sostener todo mi peso con las manos.
—¡Christian!
—Descansa.
—Pero...
—Descansa.
Y lo hago, de tantos obstáculos ya empiezo a cansarme.
No puedo evitar reírme mientras me sostengo de sus hombros.
—Eres un tramposo.
—Estoy ayudando a mi compañera.
—Claro.
—¿Quieres que te deje caer?
—No.
—Entonces deja de quejarte.
Apoyo la cabeza durante un segundo sobre su hombro hasta que me dice que lo abrace por el cuello y rodee su cintura con mis piernas como un koala. Hago lo que me pide y en cuanto estoy bien sujeta a él, Christian puede sostenerse con ambos brazos y empieza a avanzar con cuidado por el pasamanos. Yo simplemente me dejo llevar, intentando no reírme mientras él hace todo el esfuerzo. Cuando finalmente llegamos al otro lado y volvemos a tocar el suelo, me aparto de él, me acomodo el cabello.
—Eres realmente fuerte.
—¿Te sorprende?
—Un poco.
—¿Solo un poco?
Lo miro de arriba abajo y sonrío.
—Bueno... ahora sé que no tendrás problemas para cargarme.
Christian levanta una ceja, claramente divertido.
—Espero que recuerdes eso cuando nos encontremos en otras situaciones.
Mis mejillas se sonrojan y el rie.
Seguimos con el circuito y aunque ahora avanzamos un poco más despacio, continuamos ayudándonos en cada obstáculo. En uno de ellos él me ayuda a subir mientras yo intento tirar de él desde arriba. En otro tenemos que pasar juntos por una estructura bastante estrecha y terminamos chocando varias veces porque ninguno consigue ponerse de acuerdo sobre quién debe ir primero.
—¡Espera!
—¡Estoy esperando!
—¡No, te estás moviendo!
—¡Porque tú me estás empujando!
—¡No te estoy empujando!
—¡Christian!
—¡Alice!
La pareja que está detrás de nosotros empieza a reírse y eso solo consigue que nos dé más risa a nosotros.
Al final conseguimos terminar el circuito, pero definitivamente no ganamos. Cuando cruzamos la línea de llegada, varias parejas ya están fuera del recorrido y nosotros llegamos bastante después de ellas.
Christian se inclina ligeramente hacia adelante para recuperar el aire y yo lo miro durante unos segundos antes de sonreír.
—Bueno...
Él levanta la cabeza.
—¿Qué?
—Creo que alguien fue un poco lento.
Frunce el ceño.
—¿Perdón?
—Nada.
—Dilo.
—Que fuiste lento.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Te cargué durante medio circuito.
—Precisamente. Si hubieras ido más rápido, no habría sido necesario.
Me mira con una expresión de incredulidad.
—¿Estás culpándome porque te cargué?
—Estoy diciendo que probablemente perdimos por tu culpa.
—Alice, tú fuiste la que se quedó sin fuerzas en el pasamanos.
—Porque tú ibas demasiado lento.
—Descarada.
Christian se queda mirándome unos segundos y después suelta una carcajada.
—Eres imposible.
—¿Yo? Solo estoy diciendo lo que pasó.
—Lo que pasó es que tuve que cargarte.
—Porque eres fuerte.
—¿Ahora sí lo admites?
—Ya te lo había dicho.
—Pero primero dijiste que era lento.
—Una cosa no quita la otra.
Christian niega con la cabeza, todavía sonriendo.
—No sé cómo haces para tener siempre una respuesta.
—Es un talento.
—Debería preocuparme.
—Probablemente.
Y así, entre bromas y pequeñas discusiones que ninguno de los dos se toma en serio, terminamos saliendo del lugar. No ganamos la competencia, terminé cansada y probablemente mañana voy a tener los brazos adoloridos, pero no me importa demasiado. Creo que justamente necesitaba una cita así.
Una en la que simplemente estamos juntos, riéndonos y aprendiendo otra vez cómo funciona esto de estar juntos sin que todo tenga que ser complicado.
***
Tres semanas después.Han pasado tres semanas desde aquella competencia y aunque no volvimos a intentar hacer un circuito de obstáculos, sí hemos seguido saliendo. No podría decir exactamente en qué momento las cosas empezaron a sentirse tan naturales otra vez. Supongo que simplemente ocurrió poco a poco. Una cita llevó a otra, después empezamos a pasar más tiempo juntos y. sin darme cuenta, Christian volvió a formar parte de mis días de una manera que ya no me incomoda.
No significa que haya olvidado todo lo que pasó ni que de repente nuestra relación sea perfecta, seguimos teniendo conversaciones difíciles y todavía existen cosas que tenemos que trabajar, pero puedo estar a su lado y simplemente disfrutarlo. Sin pensar demasiado en lo que pasó, sin preguntarme qué podría salir mal.
Solo disfruto del momento.Hoy por ejemplo, estamos en mi apartamento y Christian está sentado en el suelo mientras juega con Kai, que parece bastante entretenido con su presencia.
—Eres todo un coqueto, ¿lo sabías? —le dice Christian mientras le acaricia la cabeza.
Levanto la mirada desde la cocina y lo observo con una expresión de desaprobación.
—No le digas así.
Christian gira la cabeza hacia mí.
—¿Por qué no?
—Porque es un bebé.
Mira a Kai durante unos segundos y después vuelve a mirarme.
—Alice, solo estoy hablando de los hechos.
—¿Qué hechos?
—El hecho de que es un coqueto.
—No lo es.
—Claro que sí.
—Es un bebé.
—Eso no significa que no pueda ser coqueto.
Niego con la cabeza y dejo lo que estoy haciendo para acercarme a ellos. Me agacho y tomo a Kai entre mis brazos antes de que Christian pueda seguir molestándome.
—Ven aquí. No tienes que escuchar estas cosas.
Kai se acomoda tranquilamente contra mi pecho, completamente indiferente a la conversación. Lo miro y después vuelvo a mirar a Christian.
—Además, ¿cómo es que saliste y dejaste embarazada a una gata?
Aprieto los labios.
—¿Por qué me das nietos tan rápido? —le pregunto al gato con toda la seriedad del mundo—. ¿No te das cuenta de que todavía eres un bebé?
Kai simplemente levanta la cabeza y sin ningún tipo de consideración por mi discurso, empieza a lamerme la cara.
—¡Kai!
Intento apartarlo mientras Christian se ríe.
—Mira lo mucho que le importa.
—Cállate.
—Ni siquiera me está escuchando.
—Porque está ocupado ignorándome.
—Tal vez sabe que tengo razón.
—No tienes razón.
Christian vuelve a reírse y yo termino dejando a Kai en el suelo. El gato se aleja tranquilamente por el apartamento como si no acabáramos de tener una conversación completamente seria sobre su vida sentimental.
La verdad es que me enteré de todo esto gracias a una vecina del edificio. Hace unos días me la encontré cuando estaba entrando y me comentó que había visto a Kai salir varias veces por la zona. Al principio no le di demasiada importancia porque él siempre ha sido curioso y aunque intento mantenerlo dentro del apartamento, algunas veces consigue escaparse cuando abro la puerta. Lo que no sabía era que llevaba un tiempo encontrándose con una gata callejera que suele aparecer por los alrededores del edificio. Mi vecina me explicó que la gata estaba embarazada y que por las fechas, probablemente Kai era el padre.
No sé cómo consiguió descubrirlo, pero tampoco quise hacer demasiadas preguntas. Lo único que sé es que ahora tengo un gato que aparentemente decidió ampliar la familia sin consultarme primero.
Miro a Christian mientras él sigue acariciando a Kai.
—La gata es callejera.
—Lo sé.
—Y está sola.
—También lo sé.
—¿Crees que debería adoptarla?
Christian deja de acariciar a Kai durante unos segundos y me mira.
—Si eso es lo que quieres, sí.
—¿Eso crees?
—Si, si eso es lo que consideras y si no, te ayudo a buscarle un hogar.
Me quedo pensativa mientras miro hacia donde Kai se ha acostado.
—Podría hacerlo.
—Podrías.
—Pero creo que voy a adoptarla.
Christian sonríe.
—Sabía que ibas a decir eso.
—Además, Kai tiene que hacerse cargo de sus criaturas.
—¿Sus criaturas?
—Sí.
—Alice, ni siquiera sabemos cuántas son.
—No importa. Tiene que asumir sus responsabilidades.
Christian suelta una pequeña risa.
—No creo que Kai esté demasiado preocupado por eso.
—Pues debería.
—¿Y dónde piensas meter a todos?
Lo miro.
—Aquí.
Christian hace un gesto con la cabeza hacia el apartamento.
—¿No crees que es un poco pequeño para tantos gatos?
Lo miro durante unos segundos porque entiendo perfectamente la indirecta que acaba de hacer.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada.
—Christian.
—Solo hice una pregunta.
—No parecía una simple pregunta.
Sonríe.
—Tal vez fue una observación.
—Pues eso lo veremos después.
Su sonrisa se hace un poco más evidente.
Niego con la cabeza y vuelvo hacia la cocina. No pienso darle la satisfacción de admitir que entendí perfectamente lo que quiso decir.
A veces Christian puede ser insoportable.
Y otras veces también.
Mientras termino de preparar algunas cosas, pienso en lo diferente que ha sido este último tiempo. Hemos salido varias veces y aunque al principio me costaba bastante dejarme llevar, cada vez me siento más cómoda con él. Hemos ido a restaurantes, hemos salido a caminar, hemos tenido citas completamente normales y también hemos hecho planes que no tenían nada que ver con el tipo de vida que acostumbrábamos llevar. Creo que eso es lo que más me gusta de esta nueva etapa. No siento que estemos intentando volver exactamente a lo que éramos antes. Estamos conociéndonos otra vez.
Durante estas semanas también hemos hablado de muchas cosas que antes evitábamos. De nuestros miedos, de las cosas que nos incomodan, de lo que esperamos del futuro y de aquello que todavía nos cuesta manejar. Ambos seguimos asistiendo a terapia por separado y, además, hemos empezado a ir juntos en algunas ocasiones. No es algo que hagamos todas las semanas ni significa que necesitemos que alguien nos diga cómo llevar nuestra relación, pero creo que nos ha ayudado a entendernos mejor.
Hay cosas que puedo contarle a Christian ahora que antes no me habría atrevido a decirle. También hay cosas que él me ha contado que me han permitido entender algunas de sus decisiones, aunque eso no significa que las justifique. Simplemente creo que conocer mejor lo que había detrás de ciertas acciones hace que sea más fácil hablar de ellas sin terminar discutiendo.
Todavía tenemos diferencias. A veces pensamos completamente distinto sobre alguna situación y otras veces alguno necesita un poco de espacio. La diferencia es que ahora podemos decirlo.
Y eso para mí ya es un avance.
Christian se acerca a la cocina y se apoya contra la encimera, me pregunta si ya las termine de cocinar y cuando le respondo que ya casi vuelve al sofá.
Me río y continúo preparando las palomitas mientras él empieza a buscar algo en la televisión. Nuestra noche de películas termina convirtiéndose en una conversación mucho más larga de lo que esperaba. Ni siquiera nos damos cuenta de cuánto tiempo pasa porque seguimos hablando mientras preparamos todo.
Terminamos sentados en el sofá con un recipiente de palomitas entre los dos. Christian toma el control remoto y finalmente elegimos una película que ninguno de los dos ha visto. Apagamos las luces y dejamos solamente la iluminación de la televisión.
Me acomodo en el sofá y después de unos segundos, Christian pasa un brazo alrededor de mis hombros. No pienso demasiado en ello. El contacto físico entre nosotros se ha vuelto algo bastante normal con el paso de las semanas. Al principio todavía tenía cierta dificultad para acostumbrarme a que me abrazara o me tomara de la mano sin pensar inmediatamente en todo lo que había ocurrido, pero ahora simplemente lo dejo pasar.
Apoyo la cabeza contra su hombro mientras empieza la película.
Durante los primeros minutos prestamos atención, aunque ninguno de los dos tarda demasiado en empezar a distraerse. Christian toma algunas palomitas y yo intento quitárselas porque está tomando demasiadas.
—Estás comiendo más que yo.
—Es imposible demostrarlo.
—Christian.
—Alice.
—Deja mis palomitas.
—Son nuestras.
—Las preparé yo.
—Eso no significa que sean tuyas.
—Sí significa.
Él se ríe y toma otra.
—Eres muy posesiva.
—Con mis palomitas, sí.
—Lo tendré en cuenta.
Intentamos volver a prestar atención a la película, pero después de un rato volvemos a hablar. Esta vez de cosas completamente diferentes. Me cuenta algo que ocurrió en el trabajo, yo le hablo de una pintura que quiero comenzar y terminamos discutiendo sobre si debería buscar un lugar para mi futura galería antes de terminar todas las obras que quiero exhibir.
Vuelvo a acomodarme contra él y durante unos minutos ninguno dice nada. La película continúa y esta vez sí conseguimos concentrarnos. Siento sus dedos moviéndose distraídamente por mi cabello. Al principio no le presto atención. Simplemente sigue jugando con algunos mechones mientras mira la pantalla.
Pero después de un rato giro ligeramente la cabeza para mirarlo.
Christian también baja la mirada hacia mí.
Durante unos segundos ninguno dice nada.
Sus dedos se detienen en mi cabello y su expresión cambia apenas. No es algo demasiado evidente, pero conozco esa mirada lo suficiente para saber lo que está pensando.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Estás mirándome.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Sonríe ligeramente.
—Porque puedo.
Niego con la cabeza, pero termino sonriendo.
—Eres imposible.
Vuelve a acercarse un poco y, esta vez, no hace ningún comentario. Simplemente me mira durante unos segundos antes de inclinarse y besarme.
El beso empieza tranquilo, casi como si ninguno de los dos quisiera interrumpir demasiado el momento. Sus labios rozan los míos y enseguida correspondo, cerrando los ojos mientras me acerco un poco más a él. Su mano sigue entre mi cabello, mientras la otra permanece alrededor de mis hombros. No hay prisa. Solo esa sensación de familiaridad que hemos ido recuperando durante estas semanas.
Me separo apenas unos centímetros y lo miro.
Pero vuelve a besarme y esta vez el beso dura un poco más. Sus labios se mueven lentamente sobre los míos y siento cómo su mano baja desde mi cabello hasta mi mejilla. La forma en que me toca sigue siendo cuidadosa, como si todavía estuviera pendiente de mis reacciones, y eso me hace sentir tranquila. No necesito preguntarle si va a detenerse si quiero hacerlo. Sé que lo hará.
Mis dedos terminan sujetando ligeramente la tela de su camiseta mientras correspondo al beso. Cuando nos separamos otra vez, ambos sonreímos.
No espero a que diera el siguiente paso. Me lanzo sobre él, mis manos se enrendan en su cabello mientras mis piernas se abren para acomodarme sobre su regazo. Noto su erección al instante, dura y caliente contra mi entrepierna, y un gemido escapa de mi garganta antes de que pueda contenerlo.
Christian gruñe.
—¿Estás segura de esto?
—Si, totalmente. —Y lo vuelvo a besar.
Sus manos suben por mi espalda hasta desabrochar mi blusa de pijama con una facilidad. Los botones saltan uno a uno, y antes de que pudiera protestar por la prisa, sus labios ya estaban sobre mis pezones, chupando uno mientras pellizcaba el otro con sus dedos. Un escalofrío me recorre desde la cabeza hasta los dedos de los pies, y arqueo la espalda, empujando mis pechos hacia él.
—¡Dios, Christian! —jadeo, mis uñas se clavan en sus hombros. Él no deja de succionar, alternando entre mis senos con una devoción que me hace sentir adorada y deseada al mismo tiempo. Su lengua es experta, moviéndose en círculos antes de arrastrarse hacia mi cuello, lamiendo y mordisqueando la piel sensible justo debajo de mi oreja. Cada contacto me hace gemir más fuerte, mis caderas se mueven instintivamente contra su erección, buscando alivio del calor que se acumula entre mis piernas.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —pregunta entre besos húmedos que bajaban por mi esternón. Su aliento es cálido, y el contraste con el aire acondicionado del apartamento me hace temblar de anticipación.
—Demasiado —logro decir, mi voz entrecortada por el placer que me recorría. Hacía meses que no estábamos así, y mi cuerpo lo recordaba como si hubiera sido ayer. Cada terminación nerviosa estaba hiperconsciente de su presencia, de sus manos que ahora bajaban para desabrochar el botón de mi pantalón de pijama.
Él desliza sus dedos bajo la tela, acariciando la piel sensible de mi muslo antes de llegar a mi centro. Ya estaba mojada, desesperada por él, y cuando sus dedos encuentran mi clítoris, un grito ahogado se me escapa.
—¡Joder! —exclam, sus ojos azules ya oscuros de lujuria mientras me mira—. Estás empapada, nena. ¿Tan desesperada estabas por esto?
Asiento, incapaz de formar palabras mientras él desliza un dedo dentro de mí, curvándolo para rozar ese punto que me volvía loca. Gimo, mis caderas moviéndose contra su mano, buscando más fricción. Christian añadió otro dedo, estirándome con movimientos lentos y deliberados que me hacían jadear.
—No aguanto más... por favor —supliqué, mis manos tirando de su cabello para acercar su boca a la mía. Necesitaba besarlo, sentir su lengua en mi boca mientras sus dedos me llevaban al límite.
Él no me hizo esperar. Dejó de tocarme por un segundo solo para quitarme el pantalón y la ropa interior de un tirón, dejándome completamente desnuda frente a él. Me ruboricé, pero la mirada hambrienta en sus ojos me hizo olvidar cualquier vergüenza. Me empuja suavemente hacia atrás hasta que estuve tumbada en el sofá, con él arrodillado entre mis piernas.
—Mírame —ordenó, su voz un gruñido ronco mientras se desabrochaba el cinturón y luego el botón de sus pantalones. Vi cómo su polla, gruesa y larga, se liberaba, y lamí mis labios inconscientemente. Christian siempre había tenido un cuerpo que me volvía loca, y verlo así, con los músculos tensos y los ojos clavados en los míos, me excita aún más.
Se acerca, sus rodillas apoyadas a los lados de mis muslos, y con una mano guió su erección hacia mi entrada. Sentí la cabeza gruesa presionando contra mí, y aunque estaba húmeda, la presión inicial me hizo arquear la espalda con un gemido.
—¿Lista? —pregunta, sus ojos buscando los míos con una mezcla de preocupación y lujuria.
—Sí —jadeo, mis manos agarrando sus antebrazos—. Por favor, Christian, no me hagas esperar.
Él empuja, llenándome con un solo movimiento fluido que me hace gritar. La sensación de estar completa, de tenerlo dentro de mí después de tanto tiempo, fue abrumadora. Christian se quedó quieto por un segundo, dando tiempo a que me adaptara a su tamaño, pero yo no podía esperar. Empecé a mover mis caderas, buscando más, necesitando sentirlo moverse dentro de mí.
Él entendió la señal. Comenzó a embestir con movimientos lentos al principio, pero pronto la intensidad aumentó. Sus manos se enredaron en mis muslos, levantándolos para penetrarme más profundo, y cada embestida golpeaba ese punto sensible que me hacía ver estrellas. Gemí su nombre una y otra vez, mis uñas arañando su espalda mientras el placer se acumulaba dentro de mí.
—Más fuerte —suplico, mis piernas temblando alrededor de su cintura—. Dame más, Christian, por favor.
Él gruñe, sus embestidas volviéndose más rápidas y profundas. El sonido de nuestros cuerpos chocando, mezclado con nuestros gemidos y jadeos, lleno la sala. Sentía cada centímetro de él dentro de mí, estirándome, llenándome, y era demasiado. El orgasmo se construyó con una intensidad que me dejó sin aliento, y cuando finalmente llegó, grité su nombre, mi cuerpo convulsionando alrededor de su polla mientras el éxtasis me consumía.
Christian no se detuvo. Siguió embistiendo, alargando mi orgasmo hasta que me sentí completamente agotada. Cuando finalmente se corrió, su cuerpo se tensó sobre el mío, y sentí el calor de su semen llenándome mientras gruñía mi nombre. Se derrumbó sobre mí, su pecho subiendo y bajando rápidamente mientras intentaba recuperar el aliento.
Nos quedamos así un momento, sudorosos y satisfechos, sus labios rozando mi hombro en besos suaves y cariñosos. Sabía que esto no había terminado. Sabía que, una vez que empezáramos, no podríamos parar. Y por Dios, no quería que lo hiciera.
***
No sospecho nada.
Y quizá eso es lo que hace que, cuando ocurre, todo se sienta todavía más irreal.
Christian me ha dicho que quiere llevarme a un lugar especial, pero no me da demasiadas explicaciones. Durante todo el camino se muestra extrañamente tranquilo, aunque lo conozco lo suficiente para notar que está más callado de lo habitual. Tiene una mano sobre el volante y la otra descansa cerca de la mía, rozando mis dedos de vez en cuando.
Cuando finalmente llegamos, reconozco el lugar.
Es el jardín botánico que Christian.
Un lugar que construyó para mí, lleno de flores de todas partes del mundo, porque sabía cuánto me gustaban. Aquí tambien he pasado tantas tardes pintando, caminando entre los senderos o simplemente sentándome en algún rincón cuando necesitaba estar sola.
Pero esta vez es diferente .
Las flores siguen siendo las mismas, aunque todo está dispuesto de una manera distinta. Los senderos están iluminados con pequeñas luces que se entrelazan entre los árboles y las plantas, las flores han sido reorganizadas formando combinaciones que nunca había visto y, en medio de todo, hay pequeños detalles que hacen que el lugar parezca completamente nuevo.
Es precioso .
Al fondo hay una mesa preparada para dos, rodeada de velas y flores. Nada resulta excesivo ni parece sacado de una película. Es simplemente el jardín que conozco, convertido en algo todavía más especial.
Y, por alguna razón, sonrío antes siquiera de acercarme.
—¿Tú hiciste todo esto?
Le pregunto porque ha actuado sospecho los últimos días y muchas veces ha estado lleno de tierra.
Christian se encoge de hombros, intentando aparentar que no es gran cosa, pero la expresión en su rostro lo delata.
Durante la cena hablamos de cualquier cosa. De recuerdos que habíamos olvidado, de las cosas absurdas que hemos hecho juntos, de aquel día en que casi terminamos discutiendo por una tontería y de todas las veces que pensé que él iba a conseguir volverme completamente loca.
Me río tanto que termino olvidando que hay algo diferente en él.
Hasta que la cena termina.
Christian se levanta y rodea la mesa. Creo que simplemente quiere ayudarme a levantarme, pero cuando toma mi mano no la suelta.
Hay algo en su mirada.
Algo que hace que mi sonrisa desaparezca poco a poco.
—Christian...
No responde.
Solo entrelaza sus dedos con los míos y me conduce unos pasos hacia el centro del jardín.
Entonces se detiene.
Por un instante, ninguno de los dos dice nada.
Christian siempre ha tenido una respuesta para todo. Una provocación, una broma, alguna de esas sonrisas suyas que consiguen sacarme de quicio incluso cuando estoy intentando mantenerme seria.
Pero ahora no.
Ahora parece nervioso.
Y verlo así consigue ponerme todavía más nerviosa a mí.
Entonces lleva una mano al bolsillo de su chaqueta.
Mi corazón se detiene.
No necesito verlo para saber qué hay ahí.
Cuando se arrodilla frente a mí, siento que las piernas me tiemblan.
Christian abre una pequeña caja y dentro aparece un anillo delicado, elegante, exactamente del tipo que elegiría para mí.
Lo miro durante unos segundos, pero termino levantando la vista hacia él.
Y entonces comprendo que no importa cuánto haya imaginado este momento.
Nada podría haberme preparado para verlo ahí.
Para verlo mirándome como si, entre todas las posibilidades que existen en el mundo, yo fuera la única que hubiera elegido.
—Alice, he pasado mucho tiempo intentando encontrar las palabras correctas para este momento —comienza, con una sonrisa nerviosa—. Y ahora que estoy aquí, me doy cuenta de que probablemente nunca van a ser suficientes.
Siento que los ojos empiezan a llenárseme de lágrimas.
Christian aprieta ligeramente mi mano.
—No puedo prometerte que todo será perfecto. Sería absurdo, porque los dos sabemos que vamos a discutir, que voy a desesperarte y que probablemente tú vas a seguir teniendo esa costumbre de llevarme la contraria incluso cuando sabes que tengo razón.
Suelto una pequeña risa entre lágrimas.
Él sonríe.
—Pero sí puedo prometerte que quiero estar ahí para todo lo que venga después. Para los días buenos, para los difíciles, para los cambios, para las decisiones que todavía no sabemos que tendremos que tomar. Quiero seguir descubriendo quiénes somos juntos, incluso cuando la vida nos cambie los planes.
Hace una pausa.
Sus ojos no se apartan de los míos.
—Porque después de todo lo que hemos vivido, hay algo de lo que ya no tengo ninguna duda. Mi lugar está contigo.
Las lágrimas terminan escapándose.
Christian respira profundamente antes de continuar.
—Así que no quiero imaginar mi futuro sin ti. No quiero que seas solamente la persona que amo ahora. Quiero que seas la persona con la que pueda compartir todo lo que venga después.
Abre un poco más la caja.
—Alice, ¿quieres casarte conmigo?
Me quedo completamente quieta.
Podría decir tantas cosas.
Podría recordarle todas las veces que pensé que este hombre iba a acabar con mi paciencia, todas las veces que discutimos, todas las veces que me hizo reír cuando menos quería hacerlo.
Pero, al final, solo puedo mirarlo y sonreír.
Porque la respuesta ha estado en mi corazón mucho antes de que él hiciera la pregunta.
Me arrodillo frente a él y lo abrazo con tanta fuerza que casi hago que pierda el equilibrio.
Christian se ríe contra mi cabello mientras me rodea con sus brazos.
—Sí —susurro finalmente—. Claro que sí.
Y cuando se separa para mirarme, tiene esa sonrisa que conozco demasiado bien.
La misma que consiguió enamorarme sin que me diera cuenta.
Toma mi mano y coloca el anillo en mi dedo.
Lo miro durante unos segundos.
Después vuelvo a mirarlo a él.
Y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no me da miedo.
Porque puedo imaginarlo.
Y él está en cada parte de él.
***
Para ser sincera no pensaba que me fueran a salir tantos pero así fluyo. Mi Alice y mi Christian finalmente se comprometieron y tendrán la boda de sus sueños.Esta noche sale el último capítulo y el epílogo.