08. CONTROL
Christian.Se queda mirándome con los ojos abiertos, sin decir una sola palabra, mientras la sostengo del mentón obligándola a verme.
Lo sabía.
Sabía que estaba ahí esa noche. Sabía perfectamente que estaba ahí mirándome, pero decidí ignorarla. Dejé que esa mujer se sentara en mis piernas y dije todo eso a propósito. Quería provocar una reacción en ella y no fue muy díficil hacerlo.
—Eso fue, ¿no? —le digo en voz baja.
Sus ojos brillan, con lágrimas contenidas.
No responde y me acerco mi cara a la suya.
—¿Se te comieron la lengua los ratones o qué? —murmuro—. Hace rato estabas muy valiente respondiendo.
De un manotazo aparta mi mano de su barbilla.
—No —contesta—. Pero si vas a estar con una mujer, al menos ten la decencia de no hacerlo público.
Frunzo un poco el ceño, no esperaba esa respuesta.
Ella traga saliva y continúa.
—Sé que no me amas —dice —. Pero al menos en público, por apariencias, trátame como tu esposa y no me humilles.
La miro fijo durante unos segundos.
—¿Eso es lo que quieres? —pregunto—. ¿Que te trate como mi mujer?
Ella asiente lentamente.
—Entonces empecemos desde ahora.
La suelto y salgo de la habitación sin decir nada más. Voy directo a mi habitación. Abro el armario, reviso rápido y saco un vestido negro y unos tacones que pertenecían Madison. Lo cierro y vuelvo a la habitación. Ella sigue exactamente en la misma posición, sentada en la cama mirando hacia la puerta.
Lanzo el vestido y los tacones sobre la cama.
—Prepárate. Te espero abajo en cinco minutos.
—¿Por qué me tengo que preparar? ¿A dónde vamos?
—Solo haz lo que te digo.
—Ya me quité el maquillaje.
—Entonces no pierdas el tiempo y aprovecha los minutos que te di.
Salgo antes de que siga preguntando. Bajo las escaleras y Nora intenta acercarse.
—Christian, tenemos que hablar…
—No —la corto—. No necesito sermones ahora.
—Pero…
—Nora, vete a descansar.
Me mira unos instantes, claramente frustrada, pero al final se da la vuelta y se va. Me quedo solo en la sala, meto las manos en los bolsillos y aprieto la mandíbula.
La famila baker va a pagar las consecuencias de sus actos y no habrá tiempo de
arrepentimiento .
Pasados unos minutos escucho los tacones en la escalera y levanto la mirada.
Se me corta la respiración un segundo.
El vestido negro y corto le quedan a la perfección, tiene aberturas a los lados que dejan ver parte de su cadera y un escote recto que le marca los pechos.
Siento una punzada directa en la entrepierna.
Lo mismo me pasó horas antes cuando la vi con el vestido esmeralda. Ese vestido se le pegaba como una segunda piel y sus senos…
Siempre termino mirando esa parte primero.
Fueron mi padre favorita.
Por eso tuve que apartar la mirada antes de que siguiera mis instintos.
Ahora baja las escaleras más despacio. Veo que se maquilló un poco, pero sus ojos verdes siguen un poco hinchados y su cabello rubio luce peinado.
Cuando llega hasta mí, la agarro del codo y la llevo directo hacia el garaje sin decir nada.
Abro la puerta del Lamborghini negro, prácticamente la meto en el asiento del copiloto, cierro la puerta, doy la vuelta y me subo. Enciendo el motor y salgo a toda velocidad.
Durante el trayecto la miro de reojo, su pecho sube y baja rápido. Acelero más, el viento entra por la ventana y le mueve el cabello. Ella se agarra del asiento y cierra los ojos.
No digo nada en todo el camino.
Llegamos, me estaciono y le doy las llaves a uno de seguridad. Salgo del carro, rodeo y abro su puerta. Pero ella no se mueve.
—Afuera —ordeno autoritario.
—¿A dónde me trajiste? —pregunta mirando el lugar.
—Que salgas, Alice.
No se mueve, así que la agarro del brazo y la saco.
Entramos por una entrada especial. Apenas cruzamos la puerta, ella mira a los lados, entendiendo en donde estamos, ve a las mujeres semidesnudas bailando y hombres con trajeados haciendo de todo. La llevo directo a la zona VIP. Me siento en un sofá y la jalo para sentarla sobre mis piernas.
Hay un show de strippers en el escenario y una de las meseras se acerca. Se inclina más de lo necesario para servir el trago y me sonríe.
La conozco. Siempre ha querido una oportunidad conmigo, de todas las maneras posibles me ha hecho saber que siempre estara disponible para chuparme la polla. Incluso ahora que le da igual que tenga a mi esposa en mi regazo.
Siento cómo Alice se pone rígida.
Y aunque podría provocar una escena con ella para molestarla, no lo hago y dejo que la mesera se vaya.
Me acerco al oído de Alice.
—Esto es lo que hacía con Madison —le digo—. Si quieres que te trate como mi mujer, tienes que estar donde yo esté y hacer lo que ella hacía.
—¿Qu-que quieres decir con eso?—titubea —Aún sigo sin entender que hacemos en un club...
La agarro del mentón y la beso, callándola. Con un beso agresivo y fuerte sin suavidad alguna. Ella tarda un segundo, pero luego reacciona, moviéndose con torpeza, como si no supiera bien cómo seguirme, soltando un leve gemido.
Deslizo mi mano por su abdomen hasta colarme por debajo de su vestido y es ahí cuando me doy cuenta de algo.
—¿Por qué no traes bragas? —le pregunto con voz ronca, contra su oído.
—Se notaban —musita con voz temblorosa—. Y no se veían bien.
Ladeo una sonrisa y mis dedos suben un poco más, hasta que rozo su coño. Se tensa de inmediato, cerrando ligeramente las piernas por reflejo, pero noto lo húmeda que está.
—Es-espera… ¿qué haces? —pregunta, mirando a su alrededor, claramente nerviosa, como si no supiera dónde meterse, observando a las mujeres que actúan con normalidad.
No la escucho.
Mi dedo se desliza y ella jadea de golpe, su cuerpo se sacude contra el mío y sus uñas se clavan en mi brazo con fuerza.
—Joder, estás empapada—le digo, deslizándome en sus pliegues resbaladizos. —¿Esto era lo que querías? ¿No es así?
Ella niega apenas con la cabeza, pero no se aparta. Solo respira rápido, demasiado rápido. Mira a su alrededor, aún inquieta, pero poco a poco las mujeres van dejando el lugar hasta que nos quedamos completamente solos.
—¿Querías que viniera y te follara con los dedos? ¿Eh?—No responde. Solo gime, más agudo, más inestable, como si no pudiera controlar, introduzco un segundo dedo dentro de ella y pega un grito
—Maldita sea, estás muy apretada.
Su cuerpo se pone aún más tenso, intentando cerrar las piernas otra vez, pero la mantengo donde está.
Con la otra mano, la agarro del cuello, para que sienta el peso de mi dominio, para que sepa que no tiene escapatoria. Ella traga saliva.
—Abre más las piernas —le ordeno, mi voz un gruñido contra su piel.
Duda.
Pero al final obedece, separando los muslos un poco más, dándome mejor acceso. Mis dedos se mueven dentro de ella, entrando y saliendo con fuerza, sintiendo cómo sus paredes se aprietan alrededor de mí, cómo su respiración se vuelve más agitada, más desesperada. Su cuerpo se tensa pero cede poco a poco. La otra mano baja, arrancándole el escote del vestido hacia abajo, liberando uno de sus pechos.
Lo sostengo en mi mano, disfrutando lo perfecta que se siente, es redondo, firme y mi pulgar roza lentamente su pezón endurecido.
Son más grandes que los de madison.Y no sé porque me gusta.
Se estremece apenas lo toco y me percato de lo sensible que es. Retuerzo su pezón entre mis dedos, juego con ellos. Desesperándola un poco más.
Su cuerpo se arquea y sus caderas se mueven en círculos, buscando más. Y sus manos ya no saben dónde sujetarse.
—¡Oh, Dios! —dice entre gemidos.
Toco sus puntos sensibles, pellizcando su clitoris, me muevo más duro cada vez y puedo sentir cómo se acerca, cómo su cuerpo se tensa, cómo sus gemidos se vuelven más agudos y más incontrolables.Con la otra mano, sigo jugando con su pezón retorciéndolo, hasta que ella ya no puede contenerse. Su cuerpo se sacude, sus paredes se aprietan alrededor de mis dedos y entonces se viene un orgasmo intenso, que la deja temblando, jadeando, con las piernas débiles y la respiración entrecortada.
Saco mi mano, con mis dedos cubiertos por sus jugos y los llevo a su boca.
—Chupa.
Ella abre los ojos, confundida.
—Pero…
—Chupa —le ordeno con voz más fuerte.
Duda unos segundos, como si estuviera decidiendo si obedecerme. Al final, toma mis dedos y se los lleva a la boca lentamente. Sus labios se cierran alrededor y su lengua los roza con timidez, probándose así misma.
Verla hacer eso hace que mi polla se ponga más dura de lo que ya está, al punto de querer liberarse de los pantalones.
—¿Ahora sí estás satisfecha? —pregunto.
—¿Eh…? —dice aún un poco perdida.
—Dime... ¿Quedaste complacida?—Gira la cabeza de golpe para mirarme, sin entender —Cumpliste tu objetivo, ¿no? De convertirte en mi puta ¿No es así?
—¿De qué hablas? —pregunta nerviosa.
La agarro del cuello, no con fuerza para lastimarla, si no para acercarla a mi.
—No te hagas la inocente, sé que anhelas que meta mi polla entre tu coño virginal.
Su pecho sube y baja con fuerza, respirando rápido.
Lo supe desde el primer momento en que la toqué. Nunca le conocí un novio o que saliera con alguien, al menos que lo hiciera a escondidas pero en cuánto vi cómo reaccionaba ante mi toque lo entendi todo.
—Aunque las vírgenes no sean lo mío —continúo—, quizá pueda divertirme un poco contigo. Luego tal vez probemos algo más como una orgía, por ejemplo
—¿Qué? —susurra, mirándome como si no me reconociera.
—Eso es lo que hacen las putas —respondo con frialdad.
—¿Porqué me estás diciendo estas cosas? —murmura, con ojos brillantes y no precisamente por la excitación. —Pensé que...
—¿Que pensaste? ¿Que algo iba a cambiar entre nosotros? No seas ilusa—la interrumpo y aprieta los labios —A tu hermana le hacía el amor en la cama, no en un club lleno de putas.
Una lágrima le cae por la mejilla, pero no tengo tiempo de reaccionar cuando de repente se levanta y su mano impacta contra mi cara con una fuerza que no esperaba. Mi cabeza gira hacia un lado por el golpe.
—¡Eres un idiota! —grita.
Se acomoda el vestido lo más rápido que puede y sale corriendo, desapareciendo de mi vista.
Pero no la sigo, me quedo sentado, en silencio, sintiendo el golpe todavía arder, tratando de procesar cómo mi maldita esposa acaba de abofetearme.
***
Sé que en este momento está muriendo de la rabia pero les prometo que todo valdrá la pena