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Humillación y veneno

La Tentación Del Patriarca 18+ — booknet.com · All chapters

Humillación y veneno

Tienes cuarenta y cinco minutos para ver cómo tu prometido te engaña con su amante en la suite 1408 del Club Élite.

El mensaje anónimo había sido claro, pero nada me preparó para el impacto de estar parada frente a esa puerta.

Apoyé la palma de la mano contra la pared del pasillo VIP, sintiendo el temblor violento de mis dedos. Durante los veinte minutos del viaje en taxi intenté convencerme de que era una locura. Me repetí que Jaxon me amaba, que pronto nos casaríamos y que un texto de un número desconocido no iba a destruir dos años de relación.

Pero la puerta de la suite estaba entreabierta, y desde el interior salían las risas.

Una risa masculina, inconfundible y relajada que conocía de memoria, junto con una voz femenina aguda que me revolvió el estómago en el acto. Reconocí ese tono antes de que mi cerebro pudiera procesarlo.

Me asomé un centímetro por la rendija.

Jaxon estaba sentado en el borde de un sofá de piel con la camisa desabotonada. Y sobre sus piernas, rodeándole el cuello con los brazos y besándole la mandíbula, estaba Verónica.

Mi propia hermanastra.

—¿En serio ibas a llegar al altar con esa gorda? —preguntó Verónica con una mueca de asco, pasándole los dedos por el cabello a Jaxon—. Solo de imaginarla vestida de blanco me da risa.

Él soltó una carcajada, desprovista de cualquier rastro de culpa o remordimiento.

—Era un trámite. Su padre todavía tiene contactos que necesito en la firma, pero la situación ya era insostenible. Mírala, es deforme. Esas caderas gigantescas, ese cuerpo sin forma... Me daba una vergüenza terrible que me vieran con ella en las reuniones de la empresa.

—Pobrecita —ironizó mi hermanastra, acomodándose sobre él para lucir su figura delgada—. Tan ilusionada creyendo que un hombre como tú realmente la deseaba.

—Nunca la quise —asintió Jaxon con una frialdad que me atravesó el pecho como un cuchillo—. Siempre fue demasiado intensa, demasiado insegura y horriblemente fea. ¿Sabes por qué nunca se la presenté a mi papá ni la llevé a las cenas familiares? Porque me daba pena. Mi padre me habría desheredado si me veía con alguien así. Siempre la mantuve escondida en mi departamento porque no sirve para mostrarla en público. En cambio tú... tú eres perfecta. Eres elegante, delgada, fina. Todo lo que necesito como mujer y como esposa.

El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. Dos años de mi vida resumidos en esa crueldad. Dos años escondida, justificando sus ausencias, aguantando sus comentarios pasivo agresivos sobre mi peso, creyendo que el problema era mi propia inseguridad.

No sentí ganas de llorar. Sentí un vacío, seguido por un ardor hiriente que me encendió la sangre.

Empujé la puerta de golpe. El marco chocó contra la pared con un estruendo que retumbó en la suite. Verónica dio un pequeño brinco, pero en lugar de asustarse, una sonrisa maliciosa y victoriosa se dibujó en sus labios. Jaxon se acomodó la camisa sin prisa, mirándome con una molestia fastidiada, como si yo fuera una molestia que acababa de interrumpirlo.

—Vaya —dijo Verónica, cruzándose de brazos—. La novia arrastrada hace su entrada.

—¿Qué significa esto, Jaxon? —exigí, apretando las manos en puños para que no me traicionara el temblor.

Él se puso de pie, ajustándose el saco—Significa lo que estás viendo, Gabriela. Se terminó, me cansé de disimular la repulsión. Verónica es todo lo que tú jamás vas a poder ser.

—¿Y tuviste que citarme en este lugar para humillarme? —pregunté, dando un paso al frente con la barbilla en alto.

—Tú viniste sola —intervino ella, caminando hacia el minibar—. Aunque viéndote bien, este lugar te queda absurdamente grande. Nunca encajaste en nuestro mundo, Gabriela. Mírate, das lástima. Eres un monstruo al lado de Jaxon.

Sirvió un vaso de licor y se acercó a mí. La rabia me quemaba por dentro, pero antes de que pudiera darme la vuelta para marcharme con el último resto de dignidad, Bianca se interpuso en mi camino.

—Tómate algo para el susto —murmuró con una amabilidad venenosa, ofreciéndome el vaso—. Te ves pálida y más hinchada de lo normal. No queremos que te desmayes en el pasillo y nos hagas pasar un ridículo.

—No voy a tomar nada tuyo. Déjame pasar —intente dar un paso hacia la salida.

Pero no me dejaron.

En un movimiento rápido, Jaxon se cruzó en mi camino y me acorraló contra la pared. Antes de que pudiera reaccionar o soltar un grito, me sujetó los brazos por detrás con una fuerza bruta que me hizo gritar.

—¡Suéltame! —exigí, forcejeando con todas mis fuerzas, pero su agarre era de hierro.

—Cállate de una vez —siseó él cerca de mi oído, apretándome las muñecas hasta cortarme la circulación—. Vas a aprender a obedecer.

Verónica se acercó a mí con una sonrisa macabra. Con una mano me sujetó el rostro con violencia, enterrándome las uñas en la mandíbula para obligarme a abrir la boca, mientras con la otra me inclinaba el vaso directamente en la garganta.

Intenté cerrar los labios, tosí, más el líquido ámbar me quemó la lengua y no tuve más remedio que tragar a la fuerza entre ahogos. El licor amargo y espeso bajó raspándome el pecho.

—Listo —señaló, limpiándose los dedos con asco antes de arrojar el vaso vacío sobre la mesa—. A ver si así se te quita lo intensa.

Jaxon me soltó de golpe y caí de rodillas sobre la alfombra, tosiendo violentamente y llevándome las manos al cuello.

—Son una basura los dos —musité, levantando la mirada llena de rabia.

Verónica sonrió con frialdad. Caminó hasta la puerta, le hizo una seña con la cabeza a dos hombres corpulentos con uniforme del personal del club que esperaban afuera y luego tomó a Jaxon del brazo.

—Vámonos, mi amor. Dejemos que la gorda arregle sus problemas.

Cuando ambos se iban alcancé a escuchar a Verónica murmurarle al oído a uno de los meseros:

—Es toda vuestra. Que esa patética aprenda cuál es su sitio.

Los dos hombres entraron a la suite y cerraron la puerta tras de sí.

Pasaron apenas unos segundos cuando un calor sofocante y extraño comenzó a extenderse desde mi estómago hacia el resto de mi cuerpo. En un esfuerzo desesperado, me agarré del borde de una mesa para ponerme en pie, sintiendo el cuerpo pesado y la cabeza dando vueltas.

La bebida. Me habían drogado.

—Señorita, parece que no se siente bien —susurró uno de los tipos, sonriendo con saña, acercándose a mí—. Déjenos ayudarla.

El miedo me devolvió un destello de adrenalina. Cuando el primer hombre extendió el brazo para sujetarme, reuní todas las fuerzas que me quedaban y le propiné un empujón violento contra el mueble del minibar. Las botellas cayeron al suelo haciéndose pedazos. El tipo maldijo y el segundo intentó agarrarme.

Aproveché el segundo de confusión para abalanzarme sobre la manija de la puerta, quitar el seguro y salir disparada al pasillo.

Mis tacones tropezaban con la alfombra. El mundo daba vueltas a mi alrededor y el aire casi no me llegaba a los pulmones.

Escuché los pasos de los hombres saliendo de la habitación a mis espaldas.

—¡Agarren a esa mujer! —gritó uno de ellos.

Avancé a ciegas por el corredor, apoyándome en la pared para no caer al suelo. El sudor me pegaba el cabello a la frente y la piel me ardía como si estuviera sumergida en fuego. Necesitaba esconderme, necesitaba una salida.

Llegué al fondo del pasillo. La última puerta estaba entreabierta, dejando salir una luz tenue.

Sin pensarlo dos veces, me deslicé hacia el interior de la estancia, cerré la puerta de golpe y le pasé el pestillo con dedos torpes y temblorosos.

El esfuerzo me agotó por completo. Mis rodillas cedieron y caí sobre la alfombra jadeando, con la cabeza apoyada contra la madera de la puerta. Al otro lado, escuché los pasos de los tipos pasando de largo, perdiéndose en la distancia.

Estaba a salvo de ellos, pero mi cuerpo era una hoguera que no podía controlar.

La droga consumía mi capacidad de razonar.

—¿Qué demonios significa esto?

Una voz profunda, grave y cargada de una autoridad resonó en la penumbra de la suite.

Levanté la cabeza con extrema dificultad. La visión se me desenfocaba, pero logré distinguir la silueta de un hombre alto, imponente. Estaba de pie junto a un escritorio de caoba.

Avanzó dos pasos hacia mí.

—¿Quién eres y qué haces en mi habitación? —demandó, acortando la distancia.

Me esforcé por hablar, más de mi garganta solo salió un gemido a la misma vez que la marea de calor me nublaba por completo el sentido.