Ella y mi hijo
MarcusEstaba de pie junto al gran ventanal de mi oficina, contemplando la ciudad desde las alturas, pero realmente no veía nada. Llevaba así varios minutos, con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada, pensando en la fotografía que había visto en Recursos humanos. Un currículum entre cientos, un rostro que llevaba casi cuatro meses sin encontrar.
Desde esa noche, mi vida se había dividido en un antes y un después. Ninguna otra mujer había vuelto a tocarme; ni siquiera podía tolerar la idea. Mis manos, mi mente y mi piel quedaron inexplicablemente encadenadas a una desconocida de la que solo conservaba el recuerdo de su piel, el aroma de su cabello y la convicción de que fui su primera vez.
Escuché dos golpes en la puerta.
—Adelante —dije, sin despegar los ojos del cristal.
Escuché la manija girar y el leve roce de unos pasos cautelosos pisando la alfombra.
—Buenos días, señor Vance —susurró una voz temblorosa—. Soy Gabriela Baker... vengo por la entrevista.
Me giré, y puedo jurar que el mundo se detuvo de golpe, se me hizo un nudo en la garganta e incluso olvidé como respirar.
Era ella.
No parpadee. Durante meses reconstruí su rostro de memoria, en la oscuridad de mi habitación, y ahora la tenia delante, y lo que recordaba no le hacia justicia. Era aún más hermosa que en mis sueños. Oh, claro que sí, llevaba una blusa blanca y una falda oscura que enmarcaba sus caderas. Su cabello rojizo recogido a medias, con algunos mechones sueltos. Mi mirada bajó instintivamente hacia su figura y lo vi, su vientre, apenas abultado, pequeño, casi imperceptible, pero innegable.
Está embarazada.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Ella era virgen, yo fui su primer hombre, ese bebe solo podía ser mío.
Me obligué a mantener las manos quietas a los costados. Los dedos me picaban por la necesidad de cruzar la distancia que nos separaba, de comprobar con las manos lo que los ojos ya habían confirmado. Cuatro meses de investigadores, de cámaras revisadas, de nombres descartados uno por uno, y ella había estado ahí todo el tiempo, en una ciudad que yo prácticamente controlaba. Quería decirle que la había estado buscando como un loco, que era el hombre de esa noche, no obstante, no podía. Dios sabrá lo que ella recordaba; esa noche ella no estaba en pleno uso de sus facultades, alguien la había drogado y yo la tomé en la penumbra. Si se lo decía así nada más, si me reconocía como el sujeto de esa suite, me vería como un monstruo, como un abusador. Se espantaría y huiría de mí para siempre, y no iba a arriesgarme a perderla otra vez.
—Buenos días, señorita Gabriela —mi propia voz sonó áspera, sobria, aunque por dentro me estuviera quemando vivo.
La vi palidecer. Escuché cómo el aire se le atascaba en la garganta al oírme y vi el terror confuso en su mirada. Trató de reaccionar, sacudiendo la cabeza, más los nervios le jugaron una mala pasada, la carpeta se le zafó de los dedos y las hojas volaron por el suelo.
—Lo siento... disculpe —murmuró avergonzada, agachándose.
Mi cuerpo reaccionó solo. Me acerqué a ella con pasos rápidos y me agaché a su lado. Al estirar la mano, mis dedos rozaron los suyos sobre el papel.
Fue como si el tiempo se hubiera detenido un instante. Reconocí esa piel, la memoria de mis dedos era más precisa de lo que hubiera imaginado, sabía exactamente como era esa textura, esa temperatura. Levanté la vista y la encontré más cerca de lo prudente, sus labios entreabiertos, la respiración un poco alterada por la caída de los papeles o por algo más que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
El impulso físico de sujetarle la nuca, pegarla a mí y devorarle los labios me cegó por un segundo. Quería volver a probarla, sentir su calor, reclamar lo que mi cuerpo llevaba meses pidiendo a gritos
Rodeé sus dedos con los míos, sintiendo su piel, reteniendo su mano contra la mía mientras me inclinaba un poco más hacia su oído, incapaz de contener la tentación de dejarle una huella.
—Tenga cuidado, Gabriela —le susurré, dejando que mi aliento le rozara la mejilla—. A veces las cosas que se caen al suelo terminan siendo exactamente lo que uno estaba buscando.
Vi cómo sus ojos se abrían de par en par, impactados por el peso de mis palabras. Antes de cometer una locura, le solté la mano, la tomé con firmeza de los antebrazos y la ayudé a ponerse de pie, sintiendo lo pequeña y delicada que era entre mis enormes manos.
Se me apretó el corazón. Iba a dar la vida por ella y por ese hijo si era necesario. Me enderecé, tratando de controlar mi pulso desbocado, obligándome a esbozar una leve sonrisa profesional.
—Toma asiento, por favor. Tenemos mucho de qué hablar.
Rodeé el escritorio y me senté en mi sillón de cuero, buscando una barrera física que me ayudara a mantener la cordura. Abrí el expediente de su candidatura para fijar la vista en algo que no fuera su deliciosa boca.
—Bien, Gabriela —comencé, entrelazando las manos sobre la mesa y clavando mis ojos en los suyos—. Veo en tu solicitud que postulaste para el puesto de auxiliar administrativa en el área general. Un cargo secundario, bastante alejado de este despacho.
—Sí, señor Vance —intervino ella con una firmeza que me fascinó. A pesar de que le temblaban las manos sobre la falda, sostenía la cabeza en alto con un orgullo francamente hermoso—. Buscaba una oportunidad para empezar, pero le aseguro que sé trabajar bajo presión y no le fallaré.
—Me alegra oírlo. Pero veo en tu ficha que estás esperando un hijo. ¿Cuentas con el apoyo de tu pareja o del padre del bebé para afrontar las jornadas de trabajo que la empresa demanda?
La vi tensarse. Un destello de dolor cruzó por sus ojos antes de recomponerse.
—No tengo pareja, señor Vance. Pretendo asumir mi maternidad como madre soltera. Mi estado no afectará en absoluto mi rendimiento ni mi compromiso.
Escucharla confirmar que estaba sola, que no había otro hombre en su vida, hizo que una marea de posesividad y alivio me bañara el pecho. Quería ponerme de pie, rodear el escritorio y prometerle que nunca más estaría sola en este mundo, pero mantuve la maldita máscara de hierro.
—¿Y has considerado cómo afectará esto a tu futuro a largo plazo? ¿Estás completamente decidida a seguir adelante con este embarazo en estas condiciones?
—Totalmente —contestó sin dudar un solo segundo, mirándome directo a los ojos—. Este bebé es lo más importante que tengo. Haré lo que sea necesario para sacarlo adelante por mí misma.
Mi respeto por ella se multiplicó por mil. Era valiente, pura y leal a su sangre.
Mi sangre.
Cerré el expediente despacio. Tenía que amarrarla a mí, asegurar su bienestar y la de mi hijo de inmediato. No iba a dejarla oculta en un piso inferior como una simple auxiliar.
—No vas a ocupar el puesto de auxiliar administrativa, Gabriela —dije con voz pausada, fijando mi mirada en la suya.
Ella parpadeó rápidamente, y vi cómo la palidez regresaba a su rostro, creyendo que la estaba rechazando.
—Señor Vance, por favor... —empezó a decir—. Deme la oportunidad, le prometo que…
—Vas a ser mi asistente personal directa —la interrumpí, sin darle espacio a dudar—. Tu escritorio estará justo afuera de esta oficina. Trabajarás codo a codo conmigo, manejando mi agenda y mis asuntos de máxima prioridad.
Mi hermosa colorina se congeló en el sillón, abriendo la boca. La sorpresa y el desconcierto en su rostro eran un poema; jamás imaginó pasar de una vacante menor al cargo más cercano al presidente de la compañía.
—Pero... señor Vance —balbuceó—. Ese es un puesto de tremenda responsabilidad... yo venía por una plaza muy diferente. No sé si...
—El puesto es tuyo si lo quieres —continué, tomando mi pluma—. Y dado que pasarás a ser mi mano derecha, la oferta salarial para ti será de tres veces la suma que estaba estipulada para el cargo al que postulaste, además de un seguro médico de cobertura completa desde el primer día.
Se llevó una mano al pecho, completamente desbordada, pero en lugar de ceder, apretó los labios y se irguió en su asiento.
—Varias empresas rechazaron mi solicitud en cuanto supieron que estaba embarazada. No quiero que me contrate por lástima, señor Vance. Es una cifra enorme y un cargo que no pedí. Quiero que me contrate porque cree que soy capaz de hacer el trabajo.
—No la contrato por lástima, Gabriela. La contrato porque es exactamente lo que necesito—sostuve su mirada—. A veces las cosas que se pierden terminan regresando al lugar donde pertenecen.
Ella me miró sin pestañear—. ¿Nos hemos conocido antes, señor Vance?
—No que yo recuerde.
La mentira me salió con una facilidad que no me enorgulleció. Por dentro, recordaba cada segundo de esa noche, jamás podría olvidarlo.
—Entonces... ¿mi embarazo de verdad no representa un problema?
—Su embarazo no cambia mi decisión.
Firmé el contrato y empujé los papeles hacia ella. Gabriela firmó, y cuando terminó, se levantó, me agradeció y caminó hacia la puerta. La observé irse, admirando su paso firme a pesar de todo, la espalda recta y esa dignidad que me volvía loco.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, me quedé solo en mi oficina, en el más terrible silencio.
Abrí el cajón de mi escritorio y saqué el pequeño colgante que había guardado, el mismo que ella perdió. Lo hice girar despacio entre los dedos mientras pensaba en la curva bajo su blusa blanca.
Después de buscar como un infeliz a una mujer cuyo nombre ni siquiera conocía, por fin la había encontrado. Y ahora su vida y la de mi hijo estaban bajo mi completa protección, y no pensaba volver a perderlos.