Una caricia inesperada
GabrielaEl papel quemaba entre mis dedos mientras la tinta de mi firma terminaba de secarse. Guardé la copia del contrato dentro de la carpeta con las manos temblando, incapaz de digerir la velocidad con la que mi destino acababa de dar un giro inesperado.
Tres veces el sueldo original, un seguro médico que cubría hasta el último detalle de mi embarazo, y un puesto a escasos metros del hombre más intimidante que había conocido en mi vida.
—Su escritorio está justo afuera —dijo Marcus, señalando la puerta—. La secretaria le entregará los accesos y las claves del sistema. A partir de este momento, sus funciones empiezan.
—Entendido, señor Vance. Gracias —susurro tratando de sostenerle la mirada sin que se me notara el nudo en la garganta.
Caminé con la sensación de que sus ojos no se despegaron de mí hasta que me perdí de su vista. Solo entonces solté el aire en un suspiro, como si llevara minutos sumergida bajo el agua. Me pegué a la pared del pasillo y cerré los ojos, sentía como mis piernas amenazaban con hacerme flaquear. Respire hondo, una y otra vez, con una mano en mi corazón, sobre ese palpito traicionero que no hacia mas que jugarme en contra. Me alejé unos metros hacia la zona de los ascensores, saqué el teléfono del bolso y marqué el número de casa. María respondió al segundo tono.
—¿Niña Gabriela? ¿Cómo le fue? Dígame algo, por favor.
Un nudo cálido me apretó el pecho. Lo habíamos logrado, teníamos la oportunidad que tanto esperábamos. Tuve que tragar saliva para que no se me escaparan las lágrimas.
—Me contrataron, María... Me dieron el puesto.
Escuché un jadeo del otro lado de la línea, seguido por una palmada contra la mesa—. ¡Ay, Dios mío Santo! Se lo dije, se lo dije... Dios no nos iba a dejar desamparadas.
—No solo eso —continué, bajando la voz, cuidando de que nadie pudiese oírme—. El sueldo es tres veces más alto de lo que decía la publicación. Y me dieron un seguro médico completo para todos los controles del bebé. No les importó mi embarazo, María. De verdad no les importó
—Se lo dije, mi niña. Su talento vale mucho. Vieron lo que usted es capaz de hacer. Venga a la casa en cuanto pueda para que le prepare algo de comer y celebremos.
—Aún no puedo ir. Me pidieron que empiece a trabajar ahora mismo. Te llamo en cuanto salga, ¿sí? Te quiero mucho.
Colgué con una sonrisa pequeña dibujándose en mis labios. Por primera vez en casi cuatro meses, el miedo y la opresión desapareció. Mi hijo iba a tener todo lo necesario; no íbamos a pasar necesidades.
Regresé hasta mi lugar de trabajo. Era un escritorio amplio de madera oscura, equipado con un computador, un teléfono de línea directa y papelería junto con lápices de diversos colores. Estaba ubicado justo en el vestíbulo privado, frente a la puerta del despacho del CEO. Para verlo, tenía que ponerme de pie y tocar con los nudillos la puerta; de lo contrario, quedaba completamente aislada en mi espacio.
La mañana transcurrió entre carpetas, manuales de procedimiento y llamadas. Intenté concentrarme al cien por ciento en los números y las agendas, obligando a mi mente a mantenerse en modo profesional. Sin embargo, cada vez que la puerta de su oficina se abría y él salía a dejarme un expediente o a darme una indicación rápida, el aire alrededor se me volvía pesado.
No era solo su rostro o su imponente porte. Era la forma en que se detenía junto a mi escritorio. Al inclinarse un poco para señalar un documento, su sombra que me cubría por completo y el calor de su cuerpo me ruborizaba las mejillas. Desprendía un aroma que me aceleraba el pulso de una manera absurda. Mi corazón latía como el galope de un caballo y se me secaba la boca en un santiamén.
No lograba entender por qué la presencia de este hombre me generaba un cortocircuito tan violento en el cuerpo, una familiaridad extraña y peligrosa que me obligaba a apretar las manos sobre el escritorio para no delatar mi temblor.
A eso de las dos de la tarde, el estómago empezó a pasarme la cuenta. El cansancio de la mañana, la tensión y el hecho de no haber probado bocado desde temprano se combinaron con los síntomas del embarazo. El sudor me bajó por la nuca y el olor a desodorante ambiental que la señora del aseo había dejado en cada pasillo empezó a revolverme las entrañas.
De pronto sonó el intercomunicador de la mesa. El zumbido me hizo dar un brinco.
—Gabriela, entre a mi despacho un momento, por favor. Necesito que revise los anexos de este contrato antes de enviarlo.
—Voy enseguida, señor Vance —respondí, aunque la voz me salió débil.
Me puse de pie despacio. Sentí las piernas pesadas, como si caminara sobre arena movediza. Me arreglé la falda, tomé aire profundamente para espantar las náuseas y toqué la puerta dos veces.
—Adelante.
Giré la manija y entré. Marcus estaba de pie detrás de su escritorio, con las mangas de la camisa blanca recogidas hasta los antebrazos, revelando la piel morena y marcada por las venas. Sostenía una carpeta abierta en la mano.
Al escucharme entrar, levantó la vista. En cuanto sus ojos oscuros se fijaron en mí, la mirada le cambió; su ceño se frunció.
—¿Se siente bien? —preguntó, bajando el documento sobre la mesa.
—Sí, perfecto... solo un poco de fatiga —mentí, dando dos pasos hacia él para tomar la carpeta.
Pero al dar el tercer paso, la luz de los grandes ventanales pareció ampliarse cien veces bajo mi mirada. La habitación dio vueltas a mi alrededor, el piso parecido desaparecer y el rostro de Marcus se volvió borroso.
Traté de sujetarme del borde de la mesa, sin embargo, mis dedos no encontraron nada. Un pitido agudo vibro en mis oídos. No alcancé a tocar la alfombra, pues unos brazos me atraparon en el aire antes de que mi cuerpo impactara contra el suelo.
Sentí el calor violento de su pecho pegado al mío. Me levantó como si no pesara nada. No me opuse, no podría hacerlo, la vista se me oscurecía rápidamente. Él me llevo despacio al sillón, un gesto suave, y tan cuidadoso, que hizo que mi corazón se estremeciera.
Justo antes de que la oscuridad me borrara del todo la conciencia, alcancé a ver la sombra de su figura arrodillada a mi lado. Vi cómo desplazaba su mano grande y tibia hacia mi vientre, apoyando la palma sobre la pequeña curva donde descansaba mi bebé. Su dedo trazó un roce lento, una caricia de una ternura tan abrumadora y honesta que me encogió el alma. Fue un gesto de protección, algo que jamás me habría esperado de él. No sabía por qué, pero consiguió calmar algo dentro de mí, algo que llevaba meses viviendo con miedo, desde que descubrí que estaba embarazada. Sentí una paz extraña, profunda… como si, de alguna manera, mi bebé y yo estuviéramos a salvo.
Y después, todo se volvió negro.