Por ella y por mi hijo
MarcusEl impacto de sentir el cuerpo de Gabriela cediendo contra mi pecho desató pánico en el centro de mi cuerpo. La sujeté con una firmeza desesperada, ahogándome en la fragilidad de sus hombros y en el calor helado de su piel, que contrastaba con la textura suave de su blusa blanca. Por un segundo interminable, todo el control de hierro con el que manejaba un imperio de miles de millones se desmoronó por completo. Tenerla en mis brazos, sin fuerza, con las pestañas cobrizas descansando sobre sus mejillas pálidas, fue un golpe devastador que me dejó sin aire.
Escuché el murmullo lejano del pasillo, el sonido de unos pasos al otro lado del cristal, y me obligué a recuperar la máscara de piedra.
—Llama al médico de la presidencia. Ahora —le ordené a la secretaria, que asomaba la cabeza con una expresión de desconcierto.
—Señor Vance, ¿Llamo a la enfermería de Recursos Humanos para que la trasladen a...?
—Dije al médico personal. En este despacho. Ahora mismo —la frené con un tono tan afilado que la mujer desapareció al instante, dejando la puerta entreabierta.
No iba a permitir que nadie la tocara, nadie movería a Gabriela de este sillón.
En cuanto la puerta se cerró, el aire se me volvió irremediablemente sofocado. La vi ahí, tan pequeña y vulnerable en la inmensidad de mi oficina, que la distancia que nos separaba se me hizo insoportable. Me acerqué despacio y, sin importarme nada, me dejé caer de rodillas sobre la alfombra, justo a su lado.
Mi mano se desplazó nuevamente hacia su vientre. Aliviané el peso de mis dedos antes de tocar la tela de su blusa, temiendo que hasta mi roce más suave pudiera perturbarla. Apoyé la palma abierta sobre esa curva sutil, sintiendo el calor que emanaba. Me incliné un poco más hacia ella, casi pegando la frente al borde del sillón, y susurré con una voz que jamás le había pertenecido a nadie más, una que me oprimía el pecho:
—Vas a estar bien, pequeñito... Te lo prometo —murmuré, trazando un círculo lento y protector sobre la tela con la yema de mis dedos—. Tienes que ser fuerte, ¿sí? Sé fuerte por tu mamá... y por mí. Tu papá está aquí ahora. Ya no están solos en esto, ninguno de los dos.
Sentí una punzada recorrerme cada fibra del alma. Mantuve la mano firme sobre ella, enviándole todo el calor de mi cuerpo, velando cada una de sus respiraciones mientras la luz de la tarde caía sobre nosotros. Solo me puse de pie cuando escuché los pasos apresurados del médico aproximarse por el pasillo, obligándome a retirar la mano a regañadientes y a tragarme el nudo de emoción que me quemaba la garganta.
El doctor Arancibia cruzó el umbral con su maletín de cuero en la mano. Antes de que pudiera emitir cualquier saludo formal, me acerqué a él a paso rápido y me interpuse en su camino, hablándole con una voz baja, grave y tan filosa que lo hizo detenerse en el acto.
—Necesito que la revise ahora mismo. Pero exijo la más absoluta discreción con esto, Arancibia, absoluta. Nadie en este piso, ni en esta empresa, se enterará de una sola palabra de lo que ocurra dentro de esta oficina. ¿Queda claro?
El médico, notando la vena tensa en mi cuello y la sombra feroz con la que cubría a la mujer en el sillón, comprendió la gravedad del asunto de inmediato. Asintió en silencio con profesionalismo, se acercó despacio a Gabriela y comenzó la revisión sin hacer preguntas innecesarias.
Me mantuve de pie a medio metro de distancia, velando cada uno de sus movimientos con los brazos cruzados y la mandíbula apretada mientras él le tomaba la presión, le revisaba el pulso acelerado en la muñeca y examinaba la palidez de sus mejillas.
Transcurrieron unos minutos que para mí fueron eternos. Finalmente, Arancibia se incorporó, guardó el estetoscopio y se giró hacia mí con el rostro serio.
—Está fuera de peligro, Marcus, pero el cuadro es claro —dijo en voz baja, bajando el tono para que solo yo lo escuchara—. Hay una desnutrición leve, una baja de azúcar severa y una acumulación de fatiga preocupante. Esta mujer ha estado sometida a un estrés prolongado y es evidente que no se ha estado alimentando bien. En su estado de gestación, esto es un riesgo gravísimo. Requiere descanso y buena comida.
Escuché cada frase con una expresión seria, no obstante, por dentro la furia me carcomía. No estaba enfadado con ella. La rabia me hervía contra el mundo entero, contra los infelices que permitieron que una mujer embarazada llegara a este punto de desgaste solo para ganarse el pan. ¿Cómo demonios había logrado sobrevivir estos cuatro meses sola? ¿En qué clase de infierno se estaba ahogando, haciendo rendir monedas invisibles, sin que yo estuviera ahí para cubrirla con mi protección?
Un leve gemido, pequeño, me sacó de mis pensamientos. Gabriela parpadeó despacio, e intentó sentarse con un impulso torpe.
—Despacio —intervine, dando un paso rápido y apoyando la palma de mi mano, sobre su hombro para contenerla contra los cojines.
Se pasó la mano por la frente sudorosa y, al notar la presencia del médico al borde del sillón y mi figura alta sobre ella, el tono de sus mejillas se tiñó de rojo.
Me quedé sin aire al observarla, ante ese rubor cálido en su piel, que combinaba de una forma hipnótica con las ondas cobrizas de su cabello. Era una locura. Había recorrido el mundo entero, tratado con mujeres de la alta sociedad y visto rostros esculpidos a la perfección, pero ninguna le llegaba a los talones. Gabriela era, sin el menor margen de duda, la mujer más hermosa que había visto en toda mi vida.
La única capaz de volverme completamente loco.
—Lo siento, señor Vance... Yo no quería causarle problemas en mi primer día —murmuró, intentando arreglarse la falda con los dedos temblorosos.
—Desmayarse no es causar problemas—respondí, sosteniéndole la mirada.
Esperé en silencio a que el médico guardara sus aparatos, hiciera una inclinación de cabeza y se marchara. Cuando nos quedamos solos, me incliné un poco más hacia ella, apoyando una mano en el respaldo del sillón y dejando que la dureza de mi voz se ablandara apenas un poco.
—¿Cuándo fue la última vez que comió algo que la nutriera de verdad?
Gabriela guardó silencio, bajó la mirada hacia la alfombra oscura, estrujando la tela de la blusa entre sus dedos con una angustia que se le transparentaba en la barbilla.
Esa evasiva me atravesó el pecho como un cuchillo afilado. La certeza de su miseria me golpeó en el rostro y la rabia me apretó la mandíbula hasta hacerme doler los dientes. Estaba sacrificando su propio cuerpo, para salir adelante, y no iba a tolerarlo un segundo más.
—A partir de hoy, las cosas van a cambiar —declaré, levantándome y cruzándome de brazos frente a ella—. Nada de jornadas sin pausa. Tendrá un horario de almuerzo, sin excepciones. Si hay cajas, carpetas o documentos pesados, no los tocará; para eso hay un batallón de personal de apoyo. Tendrá descansos a mitad de la mañana y de la tarde. Y si en algún momento vuelve a sentir el más mínimo mareo, me avisará a mí directamente.
Me miró con los ojos abiertos de par en par—. Señor Vance, le agradezco su preocupación, pero no necesito privilegios ni tratos especiales. Vine a trabajar como cualquiera.
—No son privilegios, Gabriela —la interrumpí, dando un paso hacia adelante y clavando mis ojos en los suyos con una fijeza que no admitía réplica—. Son las condiciones mínimas para que trabaje aquí. Si no las acepta, no puedo permitir que se quede.
No eran normas corporativas. Era el instinto desesperado de un hombre protegiendo a su hijo y a la única mujer que me había cautivado para siempre, mucho antes de ser capaz de admitir esa devoción en voz alta.
—Y ahora, se va a su casa a descansar —añadí, tomando mi chaqueta del perchero de madera.
—¿Qué? No, señor Vance, aún es la tarde, puedo continuar con la clasificación de los contratos...
—Se va a su casa—cerré la carpeta sobre la mesa, cancelando de un plumazo mi agenda, mis reuniones y los millones que estuvieran en juego ese día.
Giré sobre mis talones y le abrí la puerta. Gabriela, entendiendo que chocar contra mi terquedad era como intentar mover una montaña con las manos, tomó su bolso con resignación. Cuando salimos al vestíbulo principal, no caminé como un presidente guiando a una empleada; caminé pegado a su costado, chocando mi hombro contra el suyo en una postura de custodia.
Sentí el murmullo de los demás y cómo los empleados que cruzaban el pasillo se congelaban al verme abandonar la oficina a mitad de la jornada solo para escoltar a la nueva asistente, pero me importó un carajo el qué dirán. Lo único que ocupaba mi mente era asegurarme de que ella diera cada paso sobre el suelo hasta llegar al ascensor privado.
Al llegar al subterráneo, nos dirigimos hacia mi vehículo. Me adelanté, tomé la manija de la puerta del copiloto y la abrí, esperando a que ella se acercara.
Gabriela se detuvo a un par de metros, viendo la puerta abierta y mi figura esperándola. Vi el asombro y la duda cruzando sus facciones; como si jamás en la vida un hombre hubiera tenido un detalle tan básico con ella, como si estuviera acostumbrada a ser ignorada o apurada. Subió despacio, deslizándose en el asiento de cuero negro, y cerré la puerta. Rodeé el auto, me acomodé al volante y encendí el motor.
—Deme la dirección de su casa —dije, metiendo el cambio mientras el auto avanzaba hacia la rampa de salida.
Me la dijo en voz bajita, casi un susurro. Manejé durante varios minutos, y al cabo de unas cuadras, desvié el auto hacia una avenida principal en sentido completamente contrario a su barrio.
—Señor Vance... esta no es la ruta hacia mi casa.
—Lo sé —contesté sin apartar los ojos del camino—. Vamos a hacer una parada antes. Pasaremos al supermercado a comprar comida.
—No es necesario, de verdad. Tengo comida en la casa —dijo, intentando forzar un tono firme, aunque la voz se le quebró en la última palabra.
—¿De verdad tiene? —pregunté, frenando en un luz roja y girándome para lanzarle una mirada directa, penetrante, que le desnudó el alma y no le dejó el menor margen para seguir mintiendo.
Se quedó sin palabras. Apretó el bolso viejo contra su regazo, bajando los ojos hacia sus rodillas, incapaz de sostener la mentira frente a mí. Su silencio resignado me lo confirmó todo. Sentí una ola de dolor y furia azotándome el pecho al entender la escasez real en la que despertaba cada mañana. Aceleré en cuanto la luz cambió a verde y giré hacia el estacionamiento del centro comercial, determinado a llenar esa despensa hasta el tope y a asegurarme de que a ella y a mi hijo jamás, mientras yo respirara, les volviera a faltar absolutamente nada.