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Bajo su sombra

La Tentación Del Patriarca 18+ — booknet.com · All chapters

Bajo su sombra

Gabriela

Me subí al asiento del copiloto sin atreverme a mirarlo. El trayecto transcurrió en silencio, no me arriesgué a decirle nada. Tenía la vista clavada en mi regazo, apretando el bolso viejo contra las piernas con tanta fuerza que los nudillos se me estaban poniendo blancos. Me ardían las mejillas. Sentía una mezcla de vergüenza y confusión que no me dejaba respirar tranquila. Intentaba entender qué estaba pasando, qué pretendía este hombre al llevarme consigo en lugar de dejarme en mi escritorio o mandarme a casa en un taxi, pero no encontraba ninguna respuesta lógica.

Por el rabillo del ojo alcanzaba a ver sus manos sobre el volante. Marcus conducía con la mandíbula apretada y la mirada fija hacia adelante, como si estuviera librando una batalla en silencio dentro de su propia cabeza. De vez en cuando sentía la presión de su presencia, esa sombra que parecía ocupar todo el espacio del vehículo y que me hacía sentir pequeña.

A las pocas cuadras, el auto redujo la velocidad y dobló hacia el centro comercial. Marcus avanzó despacio entre las filas de vehículos estacionados hasta encontrar un espacio cerca de los accesos principales.

Apenas alcancé a soltarme el cinturón de seguridad cuando Marcus bajó. Lo vi rodear el auto a paso firme, y antes de que pudiera reaccionar o reunir el valor para bajarme por mi cuenta, la puerta del copiloto se abrió. Se inclinó un poco hacia el interior y me extendió su mano.

Mi corazón se sintió extasiado. La sola idea de rozar su piel me producía una electricidad que me erizaba los vellos. Miré su palma, luego sus ojos—que me observaban con una intensidad indescifrable, casi devoradora— y tragué saliva con dificultad. Sabía que si rechazaba el gesto sólo conseguiría alargar la tensión. Temblando, estiré los dedos y posé mi mano sobre la suya.

El calor de su piel me atravesó de pies a cabeza. Su agarre no fue brusco, pero me sujetó de una forma tan suave que me quito el aliento, mientras me ayudaba a ponerme de pie. Al salir del asiento, mi hombro rozó su pecho y el aroma varonil que desprendía me llenó la nariz.

—Gracias... —susurré, retirando la mano al instante como si me hubiera quemado.

Él no dijo nada. Se limitó a cerrar la puerta y me guio hacia el centro comercial. Caminé a su lado, sintiendo las piernas como gelatina. Mantuve los ojos fijos en el suelo, aterrada de que alguien pudiera reconocernos o de que la gente notara el estado de agitación en el que me encontraba.

Cruzamos las puertas automáticas del supermercado, y el murmullo de los clientes, el tintineo de las cajas registradoras y la luz me encandilaron por un segundo.

¿Qué es lo que hago yo aquí? Se suponía que este era mi primer día de trabajo, no una escena surrealista donde mi jefe me escoltaba a hacer compras.

Marcus avanzó hacia los carros metálicos. Tomó uno y luego, sin mirarme, desenganchó un segundo carro y lo empujó suavemente hacia mí.

—Tenga este —dijo.

Parpadeé, desorientada—. ¿Dos carros, señor Vance? Pero si yo no...

—Tome el carro, Gabriela —me interrumpió, sujetando la barra el suyo mientras empezaba a caminar.

No me atreví a discutir. Lo seguí unos pasos más atrás, sintiéndome la persona más ridícula del mundo paseando dos carros gigantescos por los pasillos relucientes.

Lo que vino después fue algo que me dejó consternada. Marcus no compraba como una persona normal; avanzaba por los pasillos y llenaba el carro sin mirar las etiquetas de los precios. Se detuvo en la sección de lácteos y empezó a tomar cajas de leche entera de la marca más costosa, yogures fortificados, quesos y envases de mantequilla importada, echándolos en mi carro en montañas ordenadas. Luego pasó a la fiambrería y pidió cortes finos de pavo, jamón serrano y trozos enormes de queso artesanal. De ahí nos trasladamos a las carnes: bandejas de lomo fino, cortes magros de vacuno, salmón fresco y pechugas de pollo que iban acumulándose hasta cubrir por completo el fondo de ambos carros.

La cabeza empezó a darme vueltas. Veía cómo las verduras más frescas, los sacos de frutos secos, el aceite de oliva y los frascos de miel caían en los carros uno tras otro. El valor de lo que llevaba allí acumulado superaba cualquier cifra que yo pudiera pagar en meses.

En la sección de frutas, Marcus se detuvo frente a un mostrador de fresas importadas. Tomó una bandeja transparente, la examinó con el ceño fruncido y se habló a sí mismo en voz baja:

—¿Aportará esto el hierro y las vitaminas que necesita para la formación del bebé?... Sí, la vitamina C ayuda a los nutrientes. Es indispensable.

Se respondió solo, totalmente seguro. Antes de que yo pudiera siquiera abrir la boca para intervenir. Echó tres bandejas de golpe en el carro que yo empujaba.

El pánico y la vergüenza se me anudaron en la garganta. La gente que pasaba a nuestro lado nos miraba con curiosidad, observando a este hombre impecable de traje llenar carros como si se preparara para un desastre natural, mientras yo permanecía detrás, roja como un tomate y a punto de romper a llorar por la impotencia.

Cuando ambos carros estuvieron repletos hasta el borde, la angustia me superó. No aguanté más. Avancé dos pasos, me interpuse frente a su carro y agarré el borde de la barra metálica para detenerlo.

—Señor Vance, por favor... ya no más —le supliqué con la voz temblorosa, sintiendo que los ojos se me llenaban de lágrimas de pura mortificación—. Se lo ruego. Esto que lleva aquí... esto cuesta más que mi sueldo de todo un año. No puedo aceptar algo así, de verdad. Por favor, deténgase.

Marcus se detuvo. Me miró desde su altura, y sonrió.

—Todavía falta algo —contestó.

Sin darme tiempo a reaccionar, giró sobre sus talones y empujó el carro hacia el pasillo posterior. Lo seguí a con el corazón martillándome en los oídos, solo para descubrir que me había llevado directamente al área de confitería y chocolates.

Los estantes estaban abarrotados de cajas de bombones, barras de cacao, galletas y golosinas de todo tipo.

—¿Qué se le antoja? —preguntó, paseando la mirada por la estantería.

Sentí que las mejillas me ardían. Bajé la cabeza, tratando de ocultar el rostro—. Nada, señor Vance. De verdad, no se me antoja nada...

No me escuchó. Extendió el brazo y empezó a tomar barras de chocolate, cajas de galletas finas y frutos secos confitados, echándolos sin miramiento sobre la montaña de víveres que ya teníamos.

—Señor Vance, le dije que no...

—Cuando le den ganas de comer algo dulce a medianoche, no quiero que tenga que salir a buscarlo ni que se quede con la gana —afirmó, girándose hacia mí—. Su única responsabilidad a partir de hoy es cuidar su salud y estar tranquila. Nada más. ¿Le queda claro?

Me quedé paralizada, con la boca entreabierta y la respiración agitada. Deseaba con todas mis fuerzas preguntarle qué demonios estaba haciendo. Quería gritarle por qué se comportaba así conmigo, por qué le importaba tanto mi embarazo o mi comida si yo no era nada para él, solo una contratada reciente a la que apenas conocía. Pero la fuerza de su mirada, esa protección feroz y ternura que no encajaba con su figura de empresario implacable, me dejo sin habla. La pregunta se me paralizó en la garganta y solo pude asentir lentamente con la cabeza.

Caminamos hacia la zona de cajas. La cajera nos miró con los ojos abiertos de par en par al ver la montaña de mercadería que comenzaba a deslizarse por la cinta transportadora. Durante diez minutos eternos, el pitido del escáner vibró como una condena en mis oídos. Con cada elemento que se registraba, el monto aumentaba la cifra hasta alcanzar una suma astronómica, un número que me hizo apretar los dientes.

Marcus sacó su billetera de cuero, extrajo una tarjeta negra y se la entregó a la cajera sin que se le moviera un solo músculo del rostro. Pagó la suma millonaria sin pestañear, como si estuviera comprando una botella de agua.

Yo permanecía medio paso detrás de él, estrujando la falda de mi vestido para contener el temblor de mis manos.

Cuando los empaquetadores terminaron de llenar más de una docena de bolsas gruesas y las acomodaron de nuevo en los carros, salimos hacia la luz tenue del subterráneo. El trayecto de regreso al vehículo fue un tormento de silencio.

Nos detuvimos junto al maletero de su auto. Él mismo, sin permitir que nadie lo ayudara, comenzó a cargar bolsa tras bolsa en el compartimento trasero.

—Señor Vance... —comencé, con un hilo de voz—. Yo... no sé qué decir. De verdad, muchas gracias. No tenía por qué hacer esto...

Marcus acomodó la última bolsa, cerró la tapa del maletero y volteó. Se acomodó los puños de la camisa blanca y me miró desde arriba.

—No tiene nada que agradecerme, Gabriela. De ahora en adelante, cualquier cosa que necesite, por mínima que sea, me la dice a mí. Se lo voy a resolver. No vuelva a quedarse callada ni a pasar necesidades.

El peso de sus palabras caló en lo más profundo de mi pecho, golpeándome hasta dejarme sin aire.

Un nudo doloroso se me apretó en la garganta al recordar todo el calvario que habíamos pasado con María en estos cuatro largos meses. El dinero que recibimos por el arriendo de su pequeña casa en el sur se nos fue casi entero en pagar el alquiler de la casita de la ciudad y los gastos básicos; solo nos alcanzaba para mantener un techo sobre nuestras cabezas. Lo último que nos había quedado de plata si nos había servido para comprar un par de cosas para comer, estirando las raciones, saltándonos comidas y disimulando el hambre para que la otra pudiera llevarse un bocado a la boca. Este trabajo en la empresa no era solo un empleo para mí; era la última esperanza que nos quedaba para no terminar en la calle o ver a mi bebé nacer en la miseria más absoluta.

Ver a este hombre llenándome la despensa sin pedirme nada a cambio, me dejó la cabeza hecha un lio. Miré el carro repleto y luego a él, atrapada entre la vergüenza de mi realidad y una gratitud tan inmensa y dolorosa que sentí las lágrimas empañando mis ojos, sin saber cómo procesar que, por primera vez en mucho tiempo, alguien estaba sosteniendo el peso de mi mundo para que yo no me derrumbara.

Me subí al asiento del copiloto sin decir una sola palabra. A medida que avanzábamos, nos acercábamos a uno de los barrios más humildes de la ciudad. Las avenidas anchas quedaron atrás y nos fuimos metiendo por pasajes angostos. Veía las casitas sencillas, pegadas unas a otras con sus fachadas desteñidas por los años, la ropa colgada en los antejardines y los cables bajitos cruzando la calle. Se notaba la necesidad en cada esquina, y estar ahí, dentro de un auto de lujo y con mi jefe al volante, hacía que todo se sintiera diez veces más doloroso y real.

Cuando el vehículo redujo la velocidad y se detuvo frente a la casita pequeña que alquilábamos con María, el corazón se me fue a la garganta.

Me acomodé en el asiento, apretando el bolso contra mi regazo:

—Señor Vance... de verdad, muchas gracias por todo esto. Pero quiero que sepa que se lo voy a pagar. De a poco, le iré devolviendo cada centavo con mis sueldos.

Marcus no apartó los ojos del camino,—. No me va a devolver nada, Gabriela. No me debe absolutamente nada.

—Insisto, señor Vance —dije de inmediato—. No puedo aceptarlo como un regalo. No estaría tranquila conmigo misma si no se lo pago.

Escuché cómo suspiró—. Está bien...Dejémoslo como un bono de contratación. Una asignación especial de la empresa por su ingreso.

—Señor Vance, eso no existe. Ninguna empresa da un bono de contratación en mercadería.

—Ahora sí existe. En mi empresa, las reglas las pongo yo.

Negué con la cabeza, rindiéndome ante su terquedad, aunque sentí que la presión en mi pecho cedía un poco.

—Está bien... si usted lo dice.

De pronto la puerta principal de la casa se abrió y María salió a la calle. Al ver un auto de lujo estacionado afuera, cruzó el patio rápidamente.

Bajé del auto volando para ir a su encuentro antes de que se hiciera ideas raras.

—¡Mi niña! —exclamó María, agarrándome las manos con desesperación—. ¿Qué pasó? ¿Por qué llegas a esta hora? ¿Te pasó algo malo en la oficina?

La abracé con fuerza—. Tranquila, María, todo está bien. Tuve una baja de presión y me desmayé por... pero ya estoy bien, de verdad.

—¡Ay, mi niña, pobrecita! —María se llevó las manos a la cara, con los ojos llenos de lágrimas.

En ese momento, el golpe del maletero al abrirse hizo que María se diera vuelta. Se quedó paralizada al ver a Marcus, tan imponente y elegante, sacando las primeras bolsas gigantescas de mercadería. La pobre no entendía nada; miraba las bolsas, el auto reluciente y a este hombre desconocido como si estuviera viendo un fantasma.

Le susurré al oído, explicándole que era mi jefe y que había insistido en traerme y comprarnos comida. A María se le transformó el rostro, de la angustia pasó a una sorpresa, y una sonrisa se le dibujó en sus labios.

—Señor, por favor, déjeme ayudarlo —dijo María, dando un paso adelante con los brazos abiertos hacia las bolsas.

—De ninguna manera —intervino Marcus, deteniéndola con un gesto—. Ustedes no van a cargar nada. Quédense tranquilas, yo entraré todo.

—Pero son demasiadas cosas, señor Vance... —protesté, sintiéndome morir de la vergüenza al verlo cargado como un mozo de carga.

Ni me escuchó. Tomó cuatro bolsas pesadas en cada mano y caminó hacia la entrada. Ver a Marcus Vance —el presidente de una corporación multinacional— cruzando la puerta de nuestra casita humilde me hizo sentir una vergüenza tan grande que no sabia donde esconderme. Hizo tres viajes seguidos, sin perder el paso ni la compostura, hasta que la mesa de nuestra cocina quedó sepultada bajo cerros de carne, lácteos, frutas y cajas de comida. Cuando dejó la última bolsa, se acomodó los puños de la camisa. María lo miraba con los ojos brillantes de la emoción, secándose una lágrima disimulada con el borde del delantal.

—Señor... de verdad no tengo palabras para agradecerle lo que ha hecho por mi niña susurró María—. Por favor, no se vaya así. Quédese a cenar con nosotras. No es mucho lo que tenemos, pero le preparo algo rico ahora mismo en agradecimiento.

No, no, definitivamente no. Me quería morir. Di un paso al frente, agitando las manos en el aire, deseando con todas mis fuerzas que la tierra se me abriera a los pies y me tragara.

—¡No, María, cómo se te ocurre! —intervine a toda prisa, sintiendo que la cara me ardía a mil grados—. El señor Vance es un hombre ocupadísimo. Tiene reuniones, asuntos muy importantes de la empresa... No podemos quitarle su tiempo.

Miré a Marcus suplicando en mi mente que dijera que no, que inventara cualquier excusa y se fuera. Pero él me sostuvo la mirada y vi cómo la comisura de sus labios se curvaba en una leve sonrisa.

Estaba disfrutando mi pánico.

—Me encantaría quedarme a cenar, María. Le agradezco mucho la invitación.

Me quedé de piedra en mi sitio, con la boca abierta, viendo como él estaba dispuesto a cenar en nuestra pequeña mesa como si fuera algo completamente planeado desde el principio.