Ya no estás sola
Gabriela me miraba con pánico y nerviosismo. Sabía que no me quería ahí, sabía que cada rincón de este lugar le daba cierta vergüenza, que le quemaba por dentro la idea de que su jefe estuviera parado a mitad de su sala.
Pero no me iba a ir. Necesitaba ver, necesitaba entender dónde dormía, qué respiraba, qué había detrás de esa mirada digna con la que intentaba mantenerse de pie a pesar del cansancio. Mi único pensamiento era protegerla, asegurarme de que nunca más tuviera que sostener el mundo sola.
—¡No, María, cómo se te ocurre! —dijo ella a toda prisa, con las manos agitándose en el aire y las mejillas de un rojo vivo—. El señor Vance es un hombre ocupadísimo. Tiene reuniones, asuntos muy importantes de la empresa... No podemos quitarle su tiempo.
Su voz sonaba acelerada, casi desesperada. Me sostuvo la mirada por un segundo, rogándome en silencio que inventara una excusa, que dijera que tenía un compromiso imprevisto y diera media vuelta. No obstante, una leve sonrisa se dibujó en mis labios. Estaba disfrutando esa manera tan dulce e ingenua de intentar marcar una distancia que yo ya no tenía intención de respetar.
—Me encantaría quedarme a cenar, María —dije, dirigiéndome a la mujer mayor con una educación impecable—. Le agradezco mucho la invitación.
Gabriela se quedó de piedra en su sitio, con la boca abierta y los ojos fijos en mí, viendo cómo me quitaba la chaqueta del traje para quedarme con la camisa, dispuesto a cenar en su mesa.
Mientras María se disculpaba por la sencillez del lugar y caminaba hacia la pequeña cocina, doblé la chaqueta sobre el respaldo de un sillón. Pasé la mirada por el lugar con la mayor delicadeza posible. La casita era humilde, extremadamente sencilla. Las paredes tenían una pintura clara algo gastada y el mobiliario era viejo, pero todo estaba impecable. No había lujos, pero había un orden pulcro, una dignidad doméstica que hacía que el espacio se sintiera cómodo, vivo, extrañamente acogedor. Un contraste violento con la frialdad gigante y vacía del departamento donde yo volvía cada noche.
—¿Dónde puedo lavarme las manos? —pregunté suavemente.
—Al fondo del pasillo, a la izquierda, señor Vance —respondió María desde la cocina.
Caminé por el pasillo angosto. El piso de madera crujió apenas bajo mi peso. Entré al baño, dejé que el agua fría me lavara las palmas y me sequé con una toalla pequeña y suave que olía a jabón neutro.
Al salir, la penumbra del pasillo me dejó ver una puerta que no estaba cerrada del todo. A la altura de la vista, pegado en la madera, había un pequeño letrero decorativo con la figura pintada de un bebé. Me detuve. Mi corazón dio un vuelco pesado y cálido en el pecho.
Empujé la puerta despacio, con la yema de los dedos, cuidando de no hacer el menor ruido.
El cuarto era pequeño, apenas más grande que un clóset amplio, pero la luz tenue de la calle que entraba por la ventana dejaba ver cada detalle. Había una cuna de madera sencilla, pintada de blanco, probablemente restaurada a mano. Encima, dobladas con un cuidado casi sagrado, había un par de mantitas polares, tres conjuntos de ropa diminutos y un par de zapatitos tejidos de lana gruesa. En una repisa baja, una caja de pañales empaquetada y un frasco de colonia para lactantes.
No había cosas caras ni de diseñador, más el lugar respiraba un amor tan real que me apretó el pecho. Me acerqué un paso y acaricié la tela de una de las mantas; estaba suave, impecable. Pensé en Gabriela y en todo el calvario que debió pasar durante estos meses: juntando moneda tras moneda para comprar esas mantas, cuántas veces habrá preferido saltarse una comida o fingir que no tenía hambre solo para que le alcanzara para comprar ese par de zapatitos o esa caja de pañales. Me dolía la cabeza imaginar bajo qué circunstancias, en medio del frío, la incertidumbre o el cansancio, tuvo que aguantar todo sola para que a su bebé no le faltara lo básico.
Sentí un nudo en la garganta. La culpa y la admiración se combinaron en mi pecho hasta dejarme sin aire.
De pronto sentí un toque sutil sobre mi hombro que me hizo reaccionar. Giré la cabeza y la vi parada detrás de mí.
—¿Qué hace aquí, señor Vance? —preguntó en un susurro tímido, como si tuviera miedo de romper el encanto del lugar.
Metí las manos en los bolsillos de los pantalones para disimular la inquietud que me corría por los dedos.
—Pasé por el pasillo y la puerta estaba abierta. Me dio curiosidad... Disculpe si entre donde no debía.
Gabriela miró hacia el interior del cuarto, pasando los ojos por la cuna y los pocos paquetes sobre la repisa. Sonrió, tan infinitamente dulce, que le iluminó el rostro cansado.
—Está bien, no importa —murmuró. Luego soltó un suspiro y añadió con la voz quebrada por la emoción—: Sé que no tengo tantas cositas todavía... pero gracias a usted y al empleo que me dio, voy a poder comprarle todo lo que le falta. Le voy a dar lo mejor a mi bebé.
Sus palabras cayeron sobre mí como una caricia dolorosa.
Gracias a usted . Si supiera que hasta hace unas horas su mundo entero se estaba cayendo a pedazos sin que yo hiciera nada. Empuñe las manos en los bolsillos para no ceder al impulso de tomarla por los hombros y prometerle que nunca más volvería a pasar necesidades.
—Tanto ama a este bebé, Gabriela... —dije, buscando mantener la voz plana, aunque sentía que el tono se me volvía demasiado íntimo.
Ella se rio, espontánea, y se pasó la mano por el vientre con un gesto de una ternura que me dejó mudo.
—Es mi pequeña bendición. Él y María son la única familia que tengo.
—¿Y el padre? —pregunté, dando un paso hacia ella—. ¿Dónde está el padre del bebé?
Ella negó despacio con la cabeza, sin esquivar mi mirada, manteniendo la cabeza en alto.
—No tiene padre, señor Vance. Soy madre soltera, pero eso no va a impedir que yo le dé todo lo que necesite. Me voy a asegurar de que no le falte nada, se lo juro.
Su respuesta fue tan llena de valentía que me terminó de rendir a sus pies. Asentí lentamente, sintiendo que un afecto profundo y feroz por esta mujer me embargaba por completo.
—¿Sabía usted que en la empresa hay un beneficio especial para las empleadas embarazadas? —solté, inventando la mentira más hermosa que se me pudo ocurrir.
Gabriela me miró confusa, parpadeando despacio.
—¿Un beneficio?
—Sí. La corporación otorga un bono completo de maternidad. Nos encargamos de todo lo que necesite: la remodelación y equipamiento del cuarto, la cuna, la ropa para los primeros meses, los pañales, todo.
Ella abrió los ojos enormemente. La sorpresa le borró la tensión de la cara y se quedó mirándome como si le estuviera ofreciendo un milagro.
—¿En serio? ¿De verdad existe eso?
—Muy en serio.
La empresa daba un ajuar básico y una asignación, pero todo lo que yo iba a mandar a instalar en esa casa saldría íntegramente de mi bolsillo, disfrazado de política corporativa para que su orgullo no rechazara mi amparo.
La emoción que le cruzó el rostro fue demasiado inmensa para que la pudiera contener. No lo pensó, no midió las distancias ni recordó los rangos. En un impulso de felicidad, dio un paso adelante y me rodeó con los brazos, acercando su cuerpo al mío.
Un temblor cálido me atravesó el pecho. El contacto de su cuerpo contra el mío, el calor de su respiración agitada, me detuvieron el corazón por un segundo. Mis brazos actuaron, la rodeé por la cintura con firmeza, atrayéndola hacia mí para sostenerla, y bajé la cabeza hasta enterrar el rostro en su cuello, dejando que el aroma dulce de su cabello me nublaran los sentidos.
—De nada... —susurré contra su piel, mientras subía una mano para acariciarle lentamente la espalda.
En cuanto sintió la lentitud de mi caricia y la cercanía de mi respiración en su cuello, Gabriela pareció reaccionar a la intimidad del momento. Se echó hacia atrás a toda prisa, rompiendo el abrazo como si el gesto la hubiera desbordado. Tenía las mejillas sonrojadas y los ojos resplandecientes por la confusión y el pudor.
—Lo siento... yo... no sé qué me pasó, señor Vance, por favor perdóneme —balbuceó, dando un paso atrás hasta apoyar la espalda cerca del marco de la puerta, mirando hacia el piso de madera con una timidez encantadora.
—No. No se preocupe —di un paso suave hacia ella pero manteniendo las manos abajo para transmitirle seguridad—. Fue algo que nació, no tiene absolutamente nada por qué disculparse.
Ella mantuvo la vista fija en el suelo, llevándose los dedos a los labios para disimular la agitación. El aire entre los dos se había vuelto diferente, con una electricidad sutil que ninguno de los dos podía disimular.
—¡Gabriela! ¡Señor Vance! —la voz de María se escuchó desde la cocina—. ¡Ya está listo el té!
Gabriela alzó la vista velozmente, como si esa llamada le devolvera el aliento, y se acomodó el cabello detrás de las orejas.
—Ya vamos, María —gritó con la voz todavía un poco dulce y alterada.
Me miró un momento y salió a prisa hacia el pasillo. La seguí a un par de pasos de distancia, admirando la forma en que intentaba recuperar la compostura.
María nos esperaba con una sonrisa acogedora. Sobre la mesa había tres tazas de té, un plato con galletas y un azucarero.
—Para hacer más amena la espera preparé un tecito y abrí estas galletitas —dijo María, haciéndome un gesto hacia la cabecera de la mesa—. Por favor, señor Vance, siéntese. No es un gran banquete, pero está hecho con mucho cariño.
—Es más que suficiente, María. Muchas gracias —contesté sinceramente. Corrí la silla de madera y me senté. La mesa era tan pequeña que mis piernas quedaron a centímetros de las suyas. Tomé la taza tibia entre las manos, con la seguridad de que finalmente estaba en el lugar correcto.