Secretos a media luz
Marcus—Dígame, señor Vance... —comenzó María, tomando un sorbo de su taza y mirándome—. ¿Usted tiene pareja? ¿Una esposa que lo espere en casa?
Gabriela casi se ahoga con su té. Dio un pequeño brinco en su silla y se apresuró a dejar la taza sobre el plato, mirándome de reojo con las mejillas sonrojadas.
—No, María. No tengo pareja —respondí—. Pero creo que pronto la tendré... porque acabo de encontrar a la mujer de mis sueños.
Al decir las últimas palabras, giré despacio la cabeza y fijé la mirada directamente en los ojos de la pelirroja. Ella se quedó perpleja, reteniendo la respiración, con los labios entreabiertos. A su lado, vi cómo María captaba el gesto; una sonrisa de complicidad se le dibujó en el rostro, aunque disimuló tomando de nuevo su taza.
—¿Y planea tener hijos, señor? —insistió la señora, apoyando los codos sobre la mesa.
—Ya tengo uno —contesté—. Fui padre muy joven, cuando apenas era un adolescente. Ya es un hombre adulto.
María asintió—. Ah, mire usted... La vida a veces se le adelanta a uno, señor. Pero los hijos siempre son una bendición, no importa la edad en que lleguen. Me imagino que debe sentirse muy orgulloso de él.
Apreté un poco la taza entre mis manos—. A veces los hijos toman caminos complicados, María —comenté con la voz baja, dejando entrever una sombra de pesar—. Uno intenta darles todo y guiarlos por el buen camino, pero no siempre toman las mejores decisiones.
—Entiendo... La crianza es dura, señor Vance. A veces a uno le toca verlos tropezar y no queda más que rezar para que sienten cabeza.
Gabriela nos escuchaba en silencio, sin ningún tipo de expresión en su rostro.
—¿Y ustedes... cuánto tiempo llevan viviendo juntas en este barrio? —pregunté suavemente, queriendo saber más de su situación.
—Solo unas semanas, señor—respondió María—. Desde que salimos de... bueno, de donde estábamos antes. Nos costó mucho encontrar un lugar tranquilo que pudiéramos pagar con lo poco que teníamos.
—Al principio todo daba mucho miedo —intervino Gabriela, dejándose llevar por la conversación—. Cuando pasas de tener un techo seguro a estar en la calle de un día para otro, sientes que el mundo se te viene encima. Si no fuera por María, yo no sé qué habría hecho.
—Ay, mi niña, no digas eso. Yo la vi nacer a usted, la vi crecer en esa casa... Para mí no había otra opción. No la iba a dejar sola.
Se me hizo un nudo en el estómago al escucharlas. Me resultaba conmovedor ver cómo esta mujer sin nada en los bolsillos se había convertido en el único refugio real de Gaby, demostrando una nobleza y una valentía que jamás vi en mi mundo.
—El amor y la lealtad que se tienen es algo muy difícil de encontrar. Construir una vida desde cero requiere un valor gigante. Admiro profundamente lo que han hecho.
Gabriela bajó la vista hacia su taza, mientras una pequeña sonrisa se le dibujaba en los labios. María la miró de reojo, luego me miró a mí. Me sostuvo la mirada un par de segundos, y en ese instante me di cuenta de que para una mujer como ella, atenta y protectora, mi interés por Gabriela no estaba pasando desapercibido. Mi atención, la forma en que la miraba, la manera en que cuidaba cada palabra cuando me dirigía a ella... todo me delataba. Sin embargo, lejos de ver reproche en sus ojos, María solo sonrió despacio, reconociendo el afecto que yo no podía disimular.
El ambiente entre los tres se sintió relajado, sin paredes de oficina, sin jerarquías ni apariencias. Estar allí sentado, escuchándolas hablar, me producía una calma que no recordaba haber sentido en años. Por un momento me olvidé por completo de la empresa, de las reuniones y del peso que siempre llevaba en los hombros.
De pronto, Gabriela se puso de pie disculpándose y caminó hacia el baño al fondo del pasillo. En cuanto escuché el clic de la puerta al cerrarse, no perdí un segundo. Eché la mano al bolsillo interior de mi saco, saqué el cheque por cincuenta mil dólares que había firmado antes de salir de la oficina y me acerqué a María.
—Tome esto, por favor —le dije en voz baja, extendiéndole el papel.
María leyó la cifra y se echó hacia atrás en la silla, llevándose una mano al pecho.
—¡No, señor! Por Dios, no... de ninguna manera —protestó, negando con la cabeza y empujando suavemente mi mano de vuelta—. Nosotras nos ganamos la vida de forma justa. No podemos aceptarle una suma semejante, no estaría bien.
Sonreí de lado, sintiendo un profundo respeto por esa mujer.
—Usted es exactamente igual a Gabriela —murmuré.
—Es que a mi niña me tocó criarla a mí —contestó, con los ojos empañados por el recuerdo—. Su madre murió cuando ella era muy pequeñita. Todo lo que sabe de la vida se lo enseñé yo, y mi niña es de una sola línea.
Asentí lentamente—. Por favor, acéptelo —insistí, bajando aún más el tono de voz—. Hágalo por ella. Yo sé perfectamente que Gabriela jamás me lo va a aceptar si se lo doy directamente a ella.
María se veía confundida—. Dígame la verdad, señor Vance... ¿Por qué hace todo esto por nosotras? ¿Por qué se toma tantas molestias?
Me quedé en silencio. La miré fijamente, debatiéndome internamente entre guardar silencio o jugármela. No sabía si era prudente confiar en ella, pero al ver el cariño que le tiene a Gabriela, supe que María era el único escudo real que esa chica tenía.
—¿Usted sabe guardar secretos? —pregunté, inclinándome un poco.
Ella apretó con la mano derecha una pequeña cruz que llevaba colgado al cuello—. Por supuesto que sí. Ante Dios se lo juro.
—Necesito que me prometa que lo que le voy a decir no va a salir de esta cocina. ¿Puede prometérmelo?
—Se lo prometo por la memoria de la madre de mi niña—afirmó sin dudar.
—¿Qué pensaría usted... si le digo que el hijo que espera Gabriela es mío?
María se quedó completamente perpleja. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en los míos, un gesto de sorpresa le cruzó el rostro. Justo cuando pareció reaccionar y tomó aliento para pedirme una explicación, el sonido de la puerta del baño al abrirse se escuchó al fondo del pasillo.
Gabriela venía de regreso.
Rápido, desdoblé el cheque, me acerqué a María y le extendí la mano con la excusa de despedirme.
—Bueno, me tengo que ir. Le agradezco muchísimo el té y la recepción.
Al estrechar su mano, le presioné el papel firmemente en la palma. María, aún en shock y sin poder articular una sola palabra, deslizó la mano hacia el bolsillo de su delantal, escondiendo el cheque. La miré fijo y le guiñé un ojo disimuladamente antes de soltarla.
—Señor Vance, lo acompaño a la puerta —indicó Gabriela, apareciendo en la cocina y acomodándose el cabello detrás de las orejas.
Salimos a la calle. Caminamos en silencio hasta la puerta de mi auto. Me detuve junto a la manilla del copiloto y me giré para quedarme de frente a ella. Verla allí parada, tan frágil bajo la luz tenue del farol de la calle, me producía un dolor físico en el pecho.
—Por favor, cuídese mucho —susurré, con cuidado de no asustarla, aunque por dentro quería tomarla en brazos y no soltarla más—. Mañana no quiero que vaya a la oficina. Descanse. No vuelva hasta que se sienta completamente bien.
Ella negó con la cabeza—. ¡No, señor Vance, eso es una locura! Estoy perfectamente bien, solo fue un mareo tonto. Es mi primer día de trabajo, no puedo faltar así como así...
—Gabriela —la interrumpí, avanzando para cortar la distancia—. Su única prioridad en este momento es su salud y la de su bebé. Por favor... vuelva cuando esté bien. Hágalo por mí.
Parpadeó seguidamente, como si le costara procesar la protección tan directa que le estaba ofreciendo. Se le escapó un suspiro, y sin oponer más resistencia, terminó aceptando—. Está bien... muchas gracias, señor Vance.
Le di una última mirada, me subí al auto y encendí el motor. Antes de arrancar, la vi por el retrovisor: seguía parada en la vereda, viéndome marchar. Avancé y justo antes de doblar en la esquina para salir del barrio, volví a mirar hacia atrás. Ella continuaba allí, inmóvil, siguiéndome con la mirada hasta que me perdí.
El trayecto de vuelta a mi departamento fue un tránsito lento hacia la realidad. Aparqué en mi plaza subterránea y tomé el ascensor privado que subía directamente al penthouse.
Al abrir la puerta de mi departamento, el silencio del lugar me cayó encima como un balde de agua fría. Las luces automáticas iluminaron el mármol del piso y la amplitud del departamento, pero lejos de sentirme en casa, todo me pareció desolado, ajeno y gigante. Me quité el reloj, lo dejé sobre la mesa de la cocina y me serví un vaso de whisky. Di un sorbo cuando la silueta de un hombre en el salón principal me hizo tensar los hombros.
—¿Te parece forma de entrar a mi casa, Jaxon?
Mi hijo se giró. Tenía esa sonrisa petulante y despreocupada que siempre me había costado digerir.
—Hola, papá. Vine a darte una buena noticia —declaró, sirviéndose licor sin pedir permiso—. Me voy a casar.
Me quedé inmóvil. La última vez que había mencionado una relación fue sobre aquella chica que parecía realmente no importarle.
—¿Te vas a casar? —pregunté—. ¿Con la muchacha de la que me habías hablado antes?
Jaxon soltó una carcajada, llena de un desprecio que me revolvió el estómago.
—¿Con esa? Por favor, papá, claro que no. Eso fue un desastre. Una gorda repulsiva que solo servía para quitarme el tiempo. Ni siquiera estaba a mi altura.
—Cierra la boca ¿De cuándo acá te enseñé yo a hablar así de una mujer? ¿Quién te crees que eres para expresarte con semejante ordinariez y actuar como un poco hombre?
Se le borró la sonrisa, sorprendido por mi dureza.
—A esa mujer solo la utilicé para lo que me convenía —se justificó con cinismo—. Era el puente para acercarme a quien realmente importaba: Verónica, su hermanastra. Verónica sí es una mujer de verdad, elegante y hermosa. La otra solo era un estorbo.
Lo miré con repulsión, que vergüenza me daba—. Asegúrate de no hacer nada que afecte la reputación de nuestro apellido, Jaxon —le advertí con amargura.
—Tranquilo. Los padres de Verónica han organizado una cena en su mansión para anunciar nuestro compromiso y estás invitado. Tienes que ir.
—Iré —contesté a regañadientes—. Pero solo para cumplir con el protocolo.