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Un encuentro peligroso

La Tentación Del Patriarca 18+ — booknet.com · All chapters

Un encuentro peligroso

Pasaron tres días en los que la oficina se sintió vacía. Tras la tarde en la casa de Gabriela, Marcus le había dejado claro por teléfono que no debía presentarse a trabajar hasta que se sintiera recuperada por completo. Ella, abrumada por la culpa de faltar en su primera semana y temiendo parecer irresponsable, le envió un par de mensajes insistiendo para volver.

Señor Vance, estoy mucho mejor, de verdad fue solo un mareo sin importancia. Puedo ir mañana.

Pero a él se le revolvía el estómago de solo pensar en tenerla de vuelta en el trabajo tan pronto; deseaba cuidar de ella y custodiar su protección por sobre todas las cosas, queriendo únicamente que se recuperara bien antes de poner un pie fuera de su casa. Por eso, intentando sonar firme para que no le discutiera, le respondió de inmediato: {Su salud y la de su bebé son la única prioridad. Su puesto no corre peligro. Descanse y vuelva cuando esté recuperada}

Esa negativa no tenía nada que ver con el trabajo ni con las reglas de la oficina. En el fondo, era una necesidad muy suya de saber que en esa casita humilde, con María al lado, Gabriela estaba tranquila y cuidada.

Esa calma, sin embargo, se quebrantó la noche del jueves. Marcus se vio obligado a cumplir con la cena de compromiso en la mansión de los padres de Verónica. Había ido únicamente por protocolo, consciente de que su ausencia desataría especulaciones que no necesitaba.

La mansión estaba en una de las zonas más caras de la ciudad. Era grande y ostentosa, pero no tenía el nivel ni la elegancia de las propiedades de Marcus, sus mansiones estaban inspiradas en la clásica arquitectura londinense de época, pensada para impresionar desde el diseño y la estructura. Esta mansión, en cambio, se sentía simplemente pretenciosa.

Al cruzar el umbral acompañado por Jaxon, los dueños de casa, Eduardo y Beatriz, salieron a recibirlo.

—¡Marcus, querido! Qué honor tan grande tenerte finalmente en nuestra casa —exclamó Beatriz, rodeándolo en un abrazo apretado que le sacó un poco el aire. A Marcus le picó la nariz de inmediato por culpa del perfume pesadísimo de la mujer.

Eduardo, por su parte, le palmeó la espalda con entusiasmo y le estrechó la mano, mostrando una familiaridad casi exagerada.

—Es un absoluto placer, Marcus. Tu reputación en el mundo empresarial habla por sí sola, pero tenerte aquí como parte de la familia es un privilegio —aseguró Eduardo, cuidando cada gesto para sonar cercano y servicial, buscando desde el primer instante ganarse la simpatía y la condescendencia del hombre que manejaba los verdaderos hilos del dinero.

Fue en ese momento cuando Verónica bajó por la gran escalera.

Llevaba un vestido demasiado corto y ajustado para la ocasión, de una tela brillante que no dejaba casi nada a la imaginación. Intentaba proyectar elegancia, pero el escote pronunciado y lo ceñido de la prenda rozaban directamente lo vulgar. A Marcus le bastó un solo vistazo para sentir un rechazo instantáneo. No solo por la falta de clase en su forma de vestir, sino por la actitud con la que caminaba, buscando llamar la atención de todos.

Hasta esa noche, Verónica nunca había visto a Marcus en persona. El impacto al verlo fue innegable. Esperaba encontrarse con un hombre mayor, cansado o desgastado por los años, pero en su lugar vio a alguien con un atractivo maduro, de presencia imponente y que imponía respeto solo con estar de pie: tenía los hombros anchos, una postura natural de mando y un aura de autoridad que opacaba por completo la actitud infantil de Jaxon.

Verónica se acercó despacio a Marcus y, con un gesto estiró la mano dejando la muñeca floja y la palma hacia abajo, esperando que él se la llevara a los labios.

Marcus apretó los dientes por dentro para no hacer una mueca de molestia. Con la mayor frialdad posible, le tomó los dedos y rozó levemente sus nudillos con la boca en un saludo estrictamente formal. Por dentro sentía un asco profundo, unas ganas de sacar el pañuelo del bolsillo de su saco y limpiarse los labios ahí mismo frente a todos. Le costaba trabajo comprender cómo Jackson había caído rendido ante una mujer como esa, alguien que, en solo diez segundos, le había dejado claro el tipo de mujer que era: superficial y ambiciosa.

Ella mantuvo la mano rozando levemente los dedos de Marcus un segundo más de lo necesario, inclinando la cabeza con una sonrisa de lado.

—Querido suegro... —susurró arrastrando las palabras—. Jaxonn jamás me había comentado que usted era tan joven.

Marcus la miró a los ojos, sin devolverle el gesto y con las facciones rígidas.

—Fui padre muy joven —respondió, cortante, marcando una distancia que no daba pie a más halagos.

Beatriz, notando las intenciones de su hija, pero apresurada por mantener el itinerario de la noche, dio un par de palmadas suaves para romper el hielo.

—Bueno, bueno, no nos quedemos aquí en el recibidor. Pasemos al salón principal, por favor.

Eduardo hizo un gesto de invitación con el brazo, indicando el camino hacia el comedor donde la mesa ya estaba dispuesta con todo el protocolo.

Al entrar al salón, se acomodaron para los aperitivos. Verónica se sentó frente a Marcus, pero se las ingenió para mantenerlo siempre en su campo de visión. Cada vez que alzaba la copa, le sostenía la mirada con una provocación descarada, un juego de ojos que buscaba incomodarlo a propósito. Se inclinaba hacia adelante con cualquier excusa, dejando que el escote de su vestido se luciera aún más, y le dedicaba sonrisas de lado cada vez que sus padres hablaban de dinero.

Y en medio de todo aquello, Jackson era un cuadro de ceguera. Sentado al lado de su prometida, irradiaba una felicidad boba, con los ojos brillándole de orgullo. Estaba tan fascinado por la idea de haber conseguido a una mujer despampanante y de buena familia que no notaba absolutamente nada de lo que pasaba bajo sus narices. Al contrario: miraba a Verónica con una devoción ciega, y luego giraba a ver a su padre, esperando que Marcus compartiera su entusiasmo y aprobara su elección con una sonrisa.

Ignoraba por completo que la mujer que tenía al lado observaba a su propio padre con ambición y coquetería.

Marcus, al cruzar una rápida mirada con su hijo y ver esa ilusión tan ingenua, sintió fastidio y lástima. Se pasó la mano por la mandíbula, aguantando a regañadientes el suspiro de enojo, mientras en su cabeza no dejaba de dar vueltas el mismo pensamiento:

¿Cómo era posible que su propio hijo fuera tan estúpido? Le parecía increíble que un hombre criado bajo su mismo techo fuera incapaz de ver lo que cualquier persona con dos dedos de frente notaría a leguas. Jaxon estaba encandilado con un espejismo barato, totalmente ciego ante la falsedad de la mujer que tenía al lado.

Inevitablemente, se le vino la imagen de Gabriela a la cabeza y no pudo evitar comparar a esa víbora con ella. Sus rasgos tensos se suavizaron al recordar la sencillez, la belleza despampanante y la calidez sin pretensiones de su pelirroja. La imagen de ella le sacó una pequeña sonrisa.

La muchacha, que no le quitaba los ojos de encima, malinterpretó por completo esa leve curva en los labios de Marcus. Pensando que la sonrisa era para ella y que por fin había logrado captar su atención, arqueó una ceja con coquetería. Por debajo de la mesa, aprovechando el mantel largo, estiró la pierna lentamente y deslizó la punta de su zapato de tacón a lo largo de la pantorrilla de Marcus, subiendo con un roce hacia su rodilla.