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Por encima de todo

La Tentación Del Patriarca 18+ — booknet.com · All chapters

Por encima de todo

En cuanto sintió el roce del tacón a través de la tela del pantalón, echó la pierna hacia atrás con un movimiento rápido, dejando que el pie de Verónica cayera al vacío.

Antes de perder la compostura frente a todos, apoyó ambas manos sobre la mesa y se puso de pie de golpe. La silla se arrastró hacia atrás con un chirrido contra el piso que interrumpió en seco el parloteo de Beatriz.

—Si me disculpan un momento —dijo Marcus—. Necesito ir al baño.

—Al fondo del pasillo a la derecha, Marcus —indicó Eduardo, algo sorprendido por la brusquedad.

—Yo te acompaño —se apresuró a decir Verónica, poniéndose de pie de un salto antes de que Jaxon pudiera reaccionar—. El corredor es larguísimo y las luces de ese lado se apagan a cada rato.

Marcus no le dio tiempo de objetar ni esperó su guía; caminó con pasos largos hacia el pasillo, deseando únicamente quitarse de encima el aire viciado del comedor. Sin embargo, escuchó el repiqueteo apresurado de los tacones de la muchacha siguiéndole los pasos de cerca.

En cuanto doblaron la esquina del corredor, completamente ocultos de la vista de la mesa, Verónica aceleró el paso. Con una maniobra torpe pero calculada, fingió tropezarse con el borde de la alfombra, dejó escapar un gemido y se abalanzó con todo su peso directamente hacia el pecho de Marcus, buscando que él la sostuviera entre sus brazos.

Él ni siquiera parpadeó.

Años de lidiar con intenciones oscuras en el mundo corporativo y personal le dieron un reflejo impecable. En lugar de sostenerla o abrazarla, estiró los brazos con firmeza, le puso las manos en los hombros y la frenó en el aire con un empujón, desviándola hacia un lado. Verónica trastabilló de verdad, perdiendo el equilibrio hasta chocar la espalda contra la pared del pasillo.

El rechazo de Marcus fue tan tajante que el aire en el pasillo pareció congelarse. Él se erguía en toda su altura, mirándola desde arriba con unos ojos oscuros, llenos de un desprecio tan evidente que a Verónica se le cortó la respiración.

—Tenga un poco de respeto —le recriminó en un murmullo, tan bajo que solo ella pudo oírlo, pero tan duro que sonó a amenaza—. Es la prometida de mi hijo y está en la casa de sus padres. Compórtese.

Verónica, descolocada y con el orgullo destruido, se acomodó el vestido a toda prisa. Intentó poner su mejor sonrisa cínica para cubrir la humillación, parpadeando con una falsa inocencia que solo le provocó a Marcus un profundo rechazo.

—Por Dios, querido suegro... no sea tan malpensado —inquirió ella con la voz temblorosa—. Solo me tropecé. Solo buscaba no darme un golpe contra el suelo.

Marcus ni se molestó en responderle. Le sostuvo la mirada un segundo más —el tiempo suficiente para dejarle claro que no le creía una sola palabra—, le dio la espalda con indiferencia y entró al baño, cerrando la puerta.

Se apoyó de manos sobre el lavatorio de mármol y abrió el grifo. Se lavó el rostro con agua helada mientras miraba su reflejo en el espejo. La podredumbre de esa mujer y la falsedad de toda esa casa le revolvían el estómago. Le daba rabia pensar en la ceguera de su hijo. No podía entender cómo todo lo que le había enseñado durante años no había servido de nada; Jaxon no estaba por buen camino. Tenía la claridad de que, si su hijo continuaba por ese rumbo de ingenuidad y superficialidad, jamás le dejaría heredar su imperio. Ese imperio que a él le había costado sangre, sudor y años de sacrificios levantar no podía caer en sus manos, porque en cuestión de meses terminaría totalmente destruido.

Cuando regresó al comedor un par de minutos después, Verónica ya estaba sentada en su lugar, tomando vino con la vista fija en la mesa, visiblemente tensa. Marcus ocupó su silla sin tocar la comida ni la copa, contando los segundos para largarse.

Fue en ese momento cuando el teléfono en el bolsillo de su saco vibró dos veces. Marcus lo sacó con discreción por debajo de la mesa. Era un mensaje de María:

{Señor Vance, disculpe la hora. Gabriela tiene una fiebre muy alta y no le baja con nada. No quería que le avisara, pero está hirviendo y no sé qué hacer}

Al leer la pantalla, el corazón de Marcus latió desenfrenado. María no le daba explicaciones de qué lo provocaba, solo que Gabriela estaba hirviendo y en su estado, con un embarazo de por medio, la fiebre era un peligro inminente. Toda la podredumbre de esa cena y la molestia con su hijo se evaporaron en un pestañeo, reemplazadas por una alarma feroz. La sola idea de que ella o el bebé estuvieran en riesgo encendió en él un instinto brutal de protección.

Se puso de pie velozmente, abotonándose el saco con un movimiento tan tajante que interrumpió a Eduardo a mitad de una frase.

—Siento interrumpir —anunció Marcus con una voz dura que silenció la mesa—Surgió una emergencia grave que requiere mi presencia inmediata. Debo retirarme.

Jaxon lo miró descolocado, sosteniendo los cubiertos en el aire.

—¿Ahora, papá? Pero si ni siquiera han servido el postre...

—Tengo que irme ya —reiteró Marcus, clavando en su hijo una mirada de autoridad que no dejó espacio para una sola protesta—. Sigan con su cena.

Sin darle la mano a Eduardo, sin mirar a Beatriz ni mucho menos a Verónica, dio media vuelta y caminó a pasos largos hacia la salida.

—¡Papá, espera! —gritó Jaxon, levantándose bruscamente de la mesa y siguiéndolo hasta alcanzarlo justo en el marco de la puerta principal. Lo tomó del brazo para detenerlo, con el rostro enrojecido por la vergüenza y la frustración.

—Esto es importante —le susurró desesperado—. Es la cena de mi compromiso. ¡Verónica es la mujer de mi vida! No puedes dejarme así plantado frente a sus padres.

Marcus se giró despacio, zafándose del agarre de su hijo con un movimiento brusco, y lo miró con los ojos echando chispas.

—No me importa quién es ella ni lo que quiere contigo, Jaxon. Ya es hora de que dejes de ser un niñato que enloquece por una mujer que solo sabe exhibirse. Preocúpate por lo que de verdad importa. Lo mío es mil veces más urgente que perder el tiempo en una cena con esa familia de buitres.

Jaxon se quedó paralizado, con la boca entreabierta y el rostro pálido por el impacto de las palabras de su padre.

Sin darle tiempo a decir nada más, Marcus le dio la espalda, cruzó el umbral y salió. Subió a su auto, encendió el motor y pisó el acelerador a fondo, dejando a su hijo solo en la puerta mientras el vehículo se perdía en la oscuridad de la carretera, directo hacia la casita donde Gabriela lo necesitaba.