Cuando alguien te cuida
María no gritó ni se movió con torpeza. Llevaba cuarenta años cuidando fiebres y raspones en esa familia y en la anterior, y esa experiencia se le notaba en la firmeza de las manos mientras escurría un paño sobre la frente de Gabriela cuando Marcus cruzó la puerta sin tocar.
—Está muy caliente, señor Vance, ya le puse paños tibios—dijo, sin levantar la vista.
Marcus no le respondió. Se arrodilló junto a la cama y apoyó el dorso de la mano contra la mejilla de Gabriela. El calor de su piel le encendió una alarma en el pecho que ninguna crisis financiera había logrado provocarle jamás.
—¿Cuánto lleva así?
—Desde la tarde. Le bajé un poco con paracetamol, pero le volvió a subir hace media hora.
Marcus ya había tomado una decisión antes de que María terminara la frase. No pensaba quedarse ahí a esperar que un remedio hiciera efecto, ni arriesgarse a que la fiebre siguiera subiendo toda la noche.
—María, tome el bolso con sus documentos y los de ella. Nos vamos.
—¿A dónde?
—A una clínica, ahora.
Se inclinó, deslizó un brazo bajo las rodillas de Gabriela y otro tras su espalda, y la levantó de la cama. Ella se quejó y giró la cabeza contra su pecho, buscando el lugar donde el calor de su cuerpo ardía menos.
María corrió detrás cargando el bolso y un chaleco de lana, cerrando la puerta con llave a toda prisa. Marcus acomodó con delicadeza a Gabriela en el asiento trasero del auto y se aseguró de que quedara cómoda. Luego, esperó a que María subiera y se instalara justo al lado de ella para cuidarla durante el camino.
En cuanto ella cerró la puerta trasera, Marcus rodeó el auto a pasos rápidos, se sentó en el asiento del conductor y ajustó el espejo retrovisor para no perder de vista a Gabriela ni un solo segundo. Antes de poner la marcha, sacó su teléfono del bolsillo y se lo extendió hacia atrás a María.
—Llame a Mateo, mi asistente de reemplazo. Dígale que reserve la suite privada del tercer piso en la Clínica del Bosque.
María tomó el móvil con el corazón acelerado, marcó de inmediato sin dejar que el nerviosismo le temblara en la voz. Marcus encendió el motor y aceleró a fondo.
El trayecto duró once minutos. Cuando el auto se detuvo en el estacionamiento de la clínica, dos enfermeras y un guardia de seguridad privado ya esperaban con una camilla, avisados con antelación por una simple llamada del apellido Vance. Nadie preguntó nada, nadie pidió papeles. La suite del tercer piso tenía las cortinas gruesas, un sillón de cuero para acompañantes y un pasillo de acceso restringido que solo el personal autorizado podía cruzar, exactamente lo que Marcus necesitaba para que ningún periodista, ningún socio y ningún empleado curioso llegara a enterarse de que el presidente de Vance Holdings había entrado a esa clínica cargando en brazos a su asistente.
Recostó a Gabriela sobre la cama con un cuidado. Ella entreabrió los ojos, y su mano subió despacio hasta la mandíbula de él, rozando la barba corta con las puntas de los dedos.
—Esa voz... —murmuró, arrastrando las palabras—. Esa noche...
Marcus se quedó completamente quieto. Le sostuvo la muñeca con suavidad, sin apartarla, mientras algo se le tensaba por dentro ante la posibilidad de que esa fiebre estuviera destapando un recuerdo que él estaba enterrando a propósito. Pero la miró: los párpados le pesaban, la voz se le perdía a medio camino de cada frase. Estaba delirando, no razonando. Solo llevaba un par de días de conocerla en persona; no era el momento para sacar conclusiones de un murmullo.
—Descanse —le dijo, bajándole la mano con cuidado hasta el colchón—. Ya llegamos.
La doctora de turno entró minutos después, una mujer de mediana edad con el cabello recogido. Revisó la temperatura, la presión, el pulso, y le pasó una vía al brazo de Gabriela sin que ella opusiera resistencia, demasiado agotada para hacer otra cosa que dejarse hacer.
—Vamos a hidratarla y a bajarle la fiebre con medicación intravenosa —explicó la doctora, colgando la bolsa de suero en el soporte metálico—. Por los síntomas y el cuadro, esto tiene toda la pinta de ser un virus. Nada extraño en su situación: viene de un desmayo hace pocos días, un embarazo con bastante estrés encima y, por lo que veo en la ficha, un cuerpo que no ha estado comiendo ni descansando como debería. Con las defensas bajas, cualquier virus que ande circulando la agarra sin resistencia.
—¿Es grave? —preguntó Marcus.
—No, para nada. Va a ceder solo en unos días. Lo único que necesito de ustedes es que la mantengan hidratada y bien alimentada en cuanto se le pase el malestar. Nada de saltarse comidas ni de aguantar hambre.
—Yo la he estado alimentando bien, doctora, se lo juro —intervino María desde el otro lado de la cama, con la voz quebrada por la preocupación—. Le hago sopas, le doy fruta. Voy a seguir cuidándola así, no le va a faltar nada.
—Lo sé, señora, no la estoy culpando a usted —la tranquilizó la doctora con una sonrisa breve—. A veces el cuerpo simplemente colapsa cuando lleva mucho tiempo sosteniendo demasiado.
Marcus se pasó una mano por la mandíbula, tragándose la furia que le quemaba el pecho contra todo lo que Gabriela había tenido que soportar sola antes de que él pudiera intervenir. Se obligó a hablar con voz calmada.
—Doctora, quiero pedirle algo. ¿Podría hacerle una ecografía? Necesito saber que el bebé está bien.
La doctora lo observó un segundo, evaluando la petición, y asintió sin hacer preguntas.
—Claro que sí. Voy a traer el equipo.
Regresó minutos después empujando una máquina portátil. Bajó la sábana lo justo para dejar al descubierto el vientre de Gabriela, que se marcaba bajo la piel pálida, y extendió sobre él una capa de gel transparente y frío. Gabriela, adormecida por el suero y el cansancio acumulado de meses, reaccionó con un murmullo incomprensible y giró la cabeza hacia la almohada.
Marcus se acercó un paso, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón para disimular que le temblaban.
La doctora movió el transductor sobre la piel, y en la pantalla apareció una forma pequeña, curvada sobre sí misma, en blanco y negro. Ajustó el volumen del equipo, y un sonido rápido llenó la habitación.
Tum-tum-tum-tum.
Marcus dejó de respirar.
—Ahí está —dijo la médico, sin apartar la vista de la pantalla—. Frecuencia cardíaca normal, se mueve bien, todo dentro de los parámetros para las semanas que tiene. El bebé está perfectamente.
Marcus no pudo apartar los ojos de esa forma diminuta latiendo en la pantalla. Sintió que algo se le desbordaba desde el fondo del pecho, algo que no supo nombrar ni le importó nombrar en ese momento, y los ojos se le inundaron de lágrimas sin que pudiera evitarlo. Parpadeó rápido, tragó, pero una lágrima se le escapó igual y le cayó por el costado de la nariz antes de que alcanzara a limpiársela con el dorso de la mano.
María, sentada en el sillón del rincón, lo miró en silencio. Vio la forma en que ese hombre —dueño de media ciudad, capaz de comprar edificios enteros sin pestañear— se quebraba frente a un sonido de latidos, y agradeció en silencio a Dios por haber puesto en el camino de su niña a un hombre tan bueno y atento.
—¿Quieren saber el sexo? —preguntó la doctora—. Se le puede ver bastante claro desde este ángulo.
Él negó con la cabeza de inmediato—. No. Muchas gracias, pero eso le corresponde a ella. Cuando quiera saberlo, lo va a saber primero por su propia boca, no por la mía.
La doctora asintió con respeto, limpió el gel del vientre de Gabriela con una toalla suave y volvió a acomodarle la sábana.
—Va a seguir durmiendo un buen rato con el suero puesto. Vuelvo en una hora a revisarla.
Cuando la puerta se cerró, María se puso de pie, se acomodó el chaleco sobre los hombros y caminó hacia la salida sin que nadie se lo pidiera.
—Voy a esperar afuera, señor Vance. Cualquier cosa, me llama.
Marcus se quedó solo, sentado en el borde del sillón, con la vista fija en el perfil dormido de Gabriela. Después de un rato, se inclinó hacia adelante y apoyó la mano, suavemente, sobre la sábana que cubría su vientre.
—Escuché tu corazón, chiquito —murmuró, bajito—. Late fuerte. Igual que el de tu mamá, que no se rinde ni cuando el mundo entero se le viene encima.
Pasaron los minutos. La respiración de Gabriela se hizo más tranquila, y el color regresó de a poco a sus mejillas. Al abrir los ojos, la habitación ya no le daba vueltas, pero tampoco reconocía el techo blanco ni el zumbido bajo del suero goteando a su lado.
—¿Dónde... dónde estoy? —preguntó, con la voz ronca, intentando incorporarse.
—Tranquila —Marcus se levantó y le puso una mano en el hombro para contenerla contra la almohada—. Está en una clínica. Le subió mucho la fiebre, la traje para que la revisaran. Tiene un virus, nada grave, le van a bajar la fiebre con el suero y en unos días va a estar como nueva.
La pelirroja parpadeó, procesando la información, y su mirada recorrió el cuarto, la vía en su brazo, la ropa arrugada de Marcus, las ojeras que le marcaban el rostro.
—Señor Vance... —susurró, con las mejillas ardiéndole de vergüenza más que de fiebre—. Discúlpeme por molestarlo tanto. Usted es mi jefe, no tenía por qué dejar de hacer sus cosas ni traerme hasta acá. Yo puedo arreglármelas sola, de verdad.
Él tomó asiento en el borde de la cama, sin soltarle la mano.
—Deje de llamarme señor Vance como si eso fuera lo único que soy para usted. Sé que no tengo ningún derecho a pedirle esto, solo llevamos un par de días conociéndonos. Pero quiero que deje de verme solo como su jefe, Gabriela. Quiero estar aquí, en su embarazo, en lo que necesite de su vida. No por obligación ni por lástima, porque quiero.
Ella bajó la vista hacia la sábana, incómoda, sacudiendo despacio la cabeza.
—Eso no está bien. Usted es mi empleador, esto no es correcto...
—Lo sé —la interrumpió él—. Sé exactamente lo que estoy pidiendo y sé que no me corresponde. Pero le estoy pidiendo confianza, nada más. Déjeme ser algo más que un jefe para usted, su amigo, su apoyo, solo eso.
Gabriela lo miró, y un rubor cálido le subió por el cuello hasta las mejillas—. No sé qué decir —murmuró, con la voz débil por el cansancio—. Nadie... nadie se había preocupado tanto por mí desde hace mucho tiempo.
Y sin buscarlo, la imagen de su madre le cruzó la mente. Las manos suaves que le apartaban el cabello de la frente en las noches de fiebre de la infancia, la única persona que alguna vez la había cuidado sin pedir nada a cambio. Un nudo se le formó al notar cuánto tiempo llevaba sin sentir algo remotamente parecido a eso.
—No tiene que decir nada ahora —añadió Marcus, envolviendo la mano de ella entre las suyas, empezó a acariciarle el dorso con el pulgar, trazando círculos lentos—. Lo único que necesito es que descanse. Que deje que el medicamento haga su trabajo y que me permita cuidar de usted y del bebé. Eso es todo lo que le pido.
Algo en ella cedió, una carga que llevaba meses sosteniendo con las uñas. Asintió despacio y dejó caer la cabeza contra la almohada, sintiendo la caricia de esos dedos sobre los suyos, y el peso de la incertidumbre, del miedo, de las noches calculando cuánto dinero quedaba para la próxima semana, pareció aligerarse un poco. No desaparecía del todo, pero por esa noche, alguien más lo estaba sosteniendo con ella.
—Gracias, Marcus —susurró, ya casi vencida por el sueño.
Escuchar su nombre en los labios de ella le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda, un temblor que no tenía nada que ver con el frío de la habitación de clínica.
Se quedó sentado junto a la cama, sin soltarle la mano, hasta que la respiración de Gabriela se volvió profunda, señal de que había caído de nuevo en el sueño. Solo ahí se permitió sacar el teléfono del bolsillo con la mano libre.
La pantalla se encendió mostrando una fila interminable de llamadas perdidas de Jaxon y mensajes de Beatriz y Eduardo, cargados de reproches sobre su salida abrupta de la cena, sobre el protocolo, y demás.
Una mueca de desprecio se reflejó en su rostro. Ninguna de esas palabras pesaba nada comparada con el latido que había escuchado momentos antes, ni con la mano pequeña y tibia sostenía entre las suyas.
Apagó la pantalla y guardó el teléfono, dejando que la habitación volviera al silencio.
Afuera lo esperaba un imperio entero exigiendo su atención. Ahí dentro, en cambio, solo existía el sonido suave de su respiración y la seguridad de que, finalmente, había encontrado el único lugar del mundo donde quería estar.