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En la penumbra

La Tentación Del Patriarca 18+ — booknet.com · All chapters

En la penumbra

Gabriela

El peso de su presencia fue lo primero que me alcanzó antes de que mis ojos pudieran enfocarlo.

La luz de la suite era un tenue destello dorado en medio de la penumbra. Veía una silueta alta, de hombros anchos e imponente, pero la marea de la droga me quemaba la vista, volviendo su rostro una mancha difusa y borrosa. Solo percibía la sombra de una mandíbula marcada y la postura implacable de alguien acostumbrado a gobernar cada espacio que pisaba.

—Le hice una pregunta —repitió. Su voz era un murmullo rasposo, cargado de una autoridad que me hizo estremecer.

Me apoyé en las manos para ponerme en pie, pero los brazos me temblaron como si fueran de papel. El veneno que Verónica y Jaxon me habían obligado a tragar me estaba consumiendo por dentro. Un calor abrasador se desplegaba desde mi vientre, sofocándome, volviendo mis pensamientos un caos de sensaciones descontroladas.

—Ayuda… — logré decir, aferrándome al marco de la puerta.

La silueta frente a mí dio dos pasos hacia adelante. El mundo daba vueltas a mi alrededor; las luces giraban y su rostro continuaba escondido entre la luz y las sombras. Sentí su mirada afilada recorriéndome con la lentitud de un cazador.

Avanzó con la elegancia peligrosa de un depredador. Pero, al inclinarse hacia mí, sintió el temblor en mi cuerpo. Vio mi respiración agitada y la piel ardiéndome de fiebre.

—Maldita sea… —murmuró, y antes de que mi cuerpo cediera por completo contra el suelo, sus brazos me atraparon en el aire.

El firme contacto con su pecho fue como una descarga eléctrica. Sentir la solidez de sus hombros, el aroma embriagador de su piel me hizo soltar un gemido involuntario. Mi mente estaba completamente nublada, pero mi cuerpo, ardiendo por el químico, reaccionó al instante a su cercanía, buscando instintivamente su calidez.

—Tranquila —ordenó con voz firme, sujetándome con facilidad mientras me acomodaba contra la pared junto al sofá—. No vas a caerte.

De pronto, unos pasos pesados y apresurados retumbaron en el pasillo, justo al otro lado de la madera.

—¡Búsquenla por las suites del fondo! ¡No puede haber ido lejos! —gritó la voz de uno de los hombres que me perseguían.

Me tensé en sus brazos, presa de un pánico atroz. Sin poder ver su cara con claridad, me refugié a ciegas contra la solapa de su saco, apretando la tela con los puños, las lágrimas se me escapaban.

—Por favor… no me deje volver con ellos… —le supliqué.

El hombre no dudó. Con un movimiento rápido y silencioso, estiró el brazo y giró el cerrojo de la puerta, bloqueándola por completo. Permaneció en silencio, cubriéndome con la sombra de su cuerpo.

Los pasos afuera pasaban de largo.

Estaba a salvo de ellos, más mi mente era una niebla total.

Él soltó un suspiro. Sin que yo pudiera distinguir sus ojos, sentí la intensidad de su mirada quemándome la piel. Se inclinó aún más cerca, y aunque solo veía sombras y destellos de luz, percibí cómo sus manos me sostenían.

—Estás drogada —concluyó, su respiración cálida rozó mi mejilla—. ¿Quién te hizo esto?

—Mi prometido… mi hermanastra… —dije con torpeza, sintiendo que la lucidez se me apagaba. La droga había tomado el control.

Alcé una mano temblorosa, rozando la piel tibia de su cuello y una barba tupida, sin lograr descifrar los rasgos de su cara.

Él se puso rígido bajo mi tacto, respirando entrecortado.

—Por favor… —murmuré contra su cuello, apretando la tela de su camisa con la otra mano. El calor dentro de mi vientre se volvía insoportable—. Ayúdame… ayúdame a apagar este fuego…

Él apretó los dientes con fuerza; sentí la tensión bajo mis yemas.

—Hazme el amor… por favor… no puedo más —supliqué en un hilo de voz, buscando a ciegas sus labios.

—Niña, no sabes lo que estás haciendo —musitó con la voz ronca, tomándome la muñeca para detenerme, aunque su agarre era cuidadoso—. No soy un buen hombre. Y si me provocas estando así, no voy a poder responder de mí.

—Me quema… —sollocé, buscando el calor de su cuerpo, perdida en el vacío de mi propia vista desenfocada—. Por favor…

El desconocido masculló una maldición. Luego de un minuto que para mí fue eterno, sus labios rozaron la comisura de mi boca, envolviéndome en la oscuridad de esa noche que, sin saberlo, cambiaría mi vida para siempre.

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Narrador

—Que Dios me perdone —susurró contra sus labios—. Pero esta noche no te vas a ir a ninguna parte.

El autocontrol del magnate, esa armadura de acero que construyó a lo largo de los años, se desmoronó en un solo instante.

Al levantarla en brazos, la sensación de su cuerpo lo dejó sin aliento. La llevó hacia la amplia cama en penumbras y la recostó sobre las sábanas de seda. Con manos firmes pero cuidadosas, le retiró el vestido verde hasta dejarla completamente desnuda ante su mirada.

Se tomó un segundo para apreciarla. Era una visión cautivadora: recostada, con la piel encendida y moviéndose con sensualidad, contorsionándose levemente buscando alivio al fuego que la droga le causaba. Sus caderas anchas, la curvatura de su abdomen y sus muslos exuberantes lo dejaron hipnotizado.

Para él no había nada imperfecto en ella; era la encarnación viva de la belleza.

Inclinándose sobre ella, capturó sus labios en un beso profundo y húmedo, antes de separarse unos milímetros. Desplazó la boca hacia el costado de su mandíbula, saboreando su piel, y descendió a pausas provocadoramente lentas. Trazó con el borde de la lengua el contorno de su cuello, sintiendo el latido desbocado de su pulso contra sus labios. Escuchó un pequeño jadeo escapar de la garganta de Gabriela cuando sus dedos, calientes y rugosos, rozaron las clavículas de la joven para delinear la forma de su garganta con la paciencia de un escultor.

Continuó su camino hacia abajo, sembrando besos abrasadores en el nacimiento de su pecho. Rozó con la punta de la nariz la piel del escote, respirando su aroma, disfrutando del leve temblor que recorría el torso de ella con cada una de sus respiraciones.

Lentamente, rodeó la base de su seno izquierdo con la mano, sosteniendo su peso con absoluta fascinación. Acercó los labios y rodeó la aureola con la punta de la lengua en círculos exasperantes, haciéndola arquear la espalda.

Cuando la cúspide estuvo lo suficientemente erguida por el deseo, la atrapó en su boca, saboreándola a la misma vez que la apretaba con delicadeza entre sus labios. Antes de liberarla, le dio un mordisco suave y preciso, sacando de la garganta de la pelirroja un gemido desgarrador.

Sus dedos recorrieron su torso, y su boca reclamaba la firmeza del segundo pezón, repitiendo la tortura deliciosa, besos, el calor de su aliento rozando la piel erizada, y esa mezcla exacta de succión y fricción que terminó por hacer perder a la joven el poco juicio que le quedaba.

La mano del hombre descendió lentamente hasta el centro de su calor. Al introducir dos de sus dedos en su intimidad, descubrió una humedad abrasadora. El roce de su mano la hizo perder del todo la razón; Gabriela entrelazó sus dedos en la nuca de él, tirando de su cuerpo hacia abajo, suplicándole entre jadeos que terminara con esa agonía y entrara en ella.

Incapaz de resistir más, el magnate se puso de pie un segundo. Se desabrochó la camisa y se liberó del pantalón y el bóxer.

Volvió a posicionarse sobre ella, cubriendo su cuerpo como un manto protector. La besó de nuevo y, al alinearse, comenzó a abrirse paso.

Fue en ese momento donde él se congeló.

Sintió una resistencia, una barrera intacta que detuvo su impulso en seco. La sorpresa lo golpeó en el pecho, ella jamás había estado con un hombre.

—Maldita sea… eres virgen —detuvo cada movimiento, luchando con todas sus fuerzas contra su propio deseo para no lastimarla.

Gabriela, con la vista nublada por la fiebre y la necesidad, apretó los muslos a los lados de sus caderas. Entre frases cortadas y respiraciones agitadas, dejó salir la verdad que tanto la había atormentado:

—Por favor… no te detengas… —suplicó en un susurro roto—. Siempre… siempre tuve vergüenza de mí… de mi cuerpo… por eso jamás dejé que él me tocara… pero tú… hazlo, por favor…

Escuchar eso encendió una llama feroz de protección y posesión en el hombre. La idea de que alguien la hubiera hecho dudar de su propia belleza le causó un profundo desprecio por el imbécil que la dejó ir.

—¿Vergüenza? —le susurró al oído, acariciándole las caderas—. Mírate… eres una diosa, una mujer espectacular…

Volvió a besarla para distraer su mente, cubriendo su piel de caricias. Con un impulso delicado, venció la barrera para unirse a ella por completo.

Él la tomó no con brusquedad, sino rindiéndole culto a su inocencia.

El poderoso patriarca quedó irremediablemente encadenado a la mujer que temblaba de placer bajo su cuerpo.