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El punto débil de Marcus

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El punto débil de Marcus

A la mañana siguiente Gabriela abrió los ojos despacio, aturdida por el sueño, y lo primero que notó fue la ausencia del calor sofocante que la había perseguido toda la noche. Se llevó una mano a la frente, la fiebre había cedido.

Giró la cabeza hacia el sillón junto a la ventana y se quedó inmóvil.

Marcus dormía ahí, con la camisa arrugada, dos botones abiertos en el cuello y el saco doblado sobre el reposabrazos como única almohada. Tenía el rostro relajado, las ojeras marcadas bajo sus ojos delataban que no había dormido más que un par de horas, y una postura torcida contra el respaldo que dejaba claro que no había logrado dormir bien.

Se quedó ahí toda la noche.

Un nudo incómodo se le formó en el pecho. Sintió culpa al pensar en lo que él abandonó, en los compromisos que seguramente canceló, en el hombre más poderoso de la ciudad durmiendo sentado en un sillón de hospital solo porque a ella le había subido la fiebre.

Se movió despacio para sentarse, y el crujido leve del colchón bastó para que Marcus abriera los ojos, como si llevara la alerta encendida incluso dormido.

—¿Cómo se siente? —preguntó, levantándose y cruzando los pocos pasos hasta la cama.

—Bien... mejor —dijo ella—. Señor Vance, usted... ¿Se quedó toda la noche aquí?

—Alguien tenía que estar pendiente si le volvía a subir la temperatura.

—Pero tenía compromisos, yo... no debió faltar a todo eso por mí.

—Gabriela. No hay ninguna cena, ninguna reunión ni ningún compromiso en este mundo que valga más que asegurarme de que usted y su bebé estuvieran bien.

Marcus se frenó justo a tiempo, tragándose la palabra que tenía en la garganta. Estuvo a punto de decir nuestro bebé, pero apretó los dientes a tiempo para no arruinarlo. Por muchas ganas que tuviese de gritar la verdad, de reclamar su lugar y cubrirla a ella y a esa criatura con toda libertad, sabía que aún no era el momento. Un error ahora solo la asustaría y levantaría barreras que no se podía permitir.

—Deje de disculparse por eso —añadió.

Ella bajó la vista hacia la sábana, sin saber qué responder, con las mejillas sonrojadas por una vergüenza que no tenía nada que ver con la fiebre.

La doctora entró minutos después, revisó los signos vitales, confirmó que la temperatura se había normalizado por completo y firmó el alta con la recomendación de reposo, buena alimentación y control en cinco días si los síntomas del virus no cedían del todo.

—Puede irse a casa —indicó, guardando el estetoscopio—. Pero nada de esfuerzos ni de saltarse comidas.

En cuanto la doctora salió, Marcus se cruzó de brazos, ya con un plan armado en la cabeza.

—No va a volver a su casa en este estado.

La pelirroja levantó la vista, desconcertada—. ¿Cómo dice?

—Tengo un departamento disponible, cerca de la empresa. Personal de limpieza, cocinera, todo lo necesario para que usted descanse sin tener que preocuparse de nada mientras se recupera. Quiero que se quede ahí unos días, hasta que esté bien.

—No —respondió ella de inmediato, sentándose más erguida—. No, señor Vance, se lo agradezco, de verdad, pero no puedo aceptar eso. Ya hizo demasiado trayéndome aquí, y cuidándome. No voy a dejar mi casa para irme a vivir a un departamento que no me pertenece solo porque tuve un virus.

—Gabriela…

—No —repitió—. Tengo mi casa. Es humilde, pero es mía, y ahí está el cuarto que preparé para mi bebé con mis propias manos. No me voy a mudar a la fuerza a ningún lado.

Marcus apretó la mandíbula, sin embargo, al segundo siguiente comprendió que de nada serviría presionarla.

—Está bien —cedió, aunque cada fibra de su cuerpo protestara contra esa decisión—. La llevo a su casa. Pero quiero que me avise en cuanto sienta el más mínimo malestar. Cualquier hora, cualquier día. Y María —se giró hacia ella, que esperaba de pie junto a la puerta con el bolso en las manos—. Si algo pasa, me llama a mí antes que a cualquier otra persona.

—Así será, señor—asintió la mujer, con un brillo de gratitud en los ojos.

El trayecto de vuelta transcurrió en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Cuando el auto se detuvo frente a la casita, Marcus bajó primero, rodeó el vehículo y le abrió la puerta a Gabriela, ofreciéndole la mano para ayudarla a bajar con el mismo cuidado con el que la había cargado la noche anterior.

—Cuídese —le dijo, sin soltarle los dedos, como si se negarse rotundamente a dejar de sentir la calidez de su piel—. Y no vaya a la oficina hasta que yo se lo diga.

—Gracias, Marcus.

Él se quedó de pie en la vereda hasta que la puerta de la casa se cerró detrás de las dos mujeres, y solo ahí volvió al auto. Encendió el motor y se acomodó el cuello de la camisa arrugada mientras se adentraba al tráfico de la mañana.

Apretó el volante con una sola mano y se quedó mirando el movimiento de la calle, aunque en realidad su mente seguía en ella. Podía jurar que aun sentía el calor de sus dedos y esa forma en que lo había mirado antes de cruzar la puerta. Le daba rabia no haber logrado convencerla de irse al departamento donde estaría más cómoda y protegida, pero al mismo tiempo no podía evitar sentir una admiración por esa dignidad con la que defendía su espacio, sin ceder un solo centímetro solo porque él tuviera dinero.

Esa pequeña burbuja de calma le duró poco. A medida que avanzaba hacia la empresa, la mandíbula se le tenso. Sabía perfectamente lo que le esperaba al estacionar y cruzar esas puertas, llamadas sin contestar, explicaciones que no pensaba dar y a su hijo esperando para cobrarle la afrenta de la noche anterior.

Estacionó el auto en su lugar reservado del subterráneo y subió directamente por el ascensor privado a su despacho. En cuanto cruzó la puerta de la oficina, se quitó el saco y lo tiró sobre el respaldo del sillón de cuero. Se soltó los primeros botones de la camisa y se sirvió un vaso de agua, intentando enfocar la cabeza en los documentos pendientes, pero no pasaron ni cinco minutos cuando la puerta se abrió de golpe.

Jaxon irrumpió furioso. Los ojos rojos por no haber dormido casi nada y el cabello desordenado por la prisa.

—¡Me humillaste, papá! —gritó Jaxon—. ¡Dejaste a la familia de mi prometida plantada en la mesa! ¿Tienes idea del ridículo que me hiciste pasar frente a Eduardo y Beatriz? ¡Era la noche más importante de mi vida y te largaste por un capricho! ¿Tienes idea de lo que tuve que inventar para explicar por qué mi padre salió corriendo sin siquiera despedirse?

Marcus no parpadeó. Dejó el vaso sobre el escritorio, y fijó en su hijo una mirada fría. Escuchar a Jaxon ahogarse en un berrinche ridículo por etiquetas y apariencias sociales, mientras la mujer que llevaba a su hijo había estado temblando de fiebre en un hospital, le provocó un desprecio que tuvo que tragar a la fuerza.

—Mide tus palabras. Me retiré por una emergencia real, algo de lo que no tienes la menor idea ni la madurez suficiente para entender.

—¡Siempre es lo mismo contigo! —insistió Jaxon, dando dos pasos hacia el escritorio, ciego de rabia—. Siempre hay algo más importante, algo más urgente. Ya estoy cansado de esto—salió del despacho dando un portazo que hizo vibrar el cristal de la puerta.

Verónica lo esperaba en el auto, sentada en el asiento del copiloto con las piernas cruzadas. Cuando Jaxon subió y cerró de golpe, ella extendió la mano y le acarició el antebrazo con suavidad.

—¿Cómo te fue, mi amor?

—Como siempre —masculló él, arrancando el auto con más fuerza de la necesaria—. No me dio ninguna explicación. Solo me dijo que tenía algo urgente que resolver, como si yo no valiera nada.

Verónica dejó pasar un instante de silencio, mordiéndose el labio con gesto pensativo antes de hablar.

—Jaxon... llevo un tiempo notando algo, y no sabía cómo decírtelo sin que te enojaras conmigo.

—¿Qué cosa?

—Tu papá no te respeta. Se nota en la forma en que te trata, como si fueras un niño y no el heredero de todo lo que él construyó. Y me da miedo pensar qué va a pasar si sigue viéndote así el día que tenga que decidir a quién le deja la empresa.

Jaxon apretó las manos sobre el volante, sintiendo que cada palabra de Verónica encendía una mecha que llevaba encendiéndose desde hace años.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Qué le exija?

—Quiero que dejes de esperar su aprobación como si fueras un empleado más —susurró, con la voz suave pero firme, tejiendo la trampa con una paciencia perfecta—. Deberíamos adelantar la boda. Y de paso, exigir tu parte en la empresa ahora, no cuando él decida que ya estás "listo". Eres su único hijo, Jaxon. Eso te da derecho a algo, ¿no crees?

Él no respondió de inmediato, y el silencio con el que aceptó la idea fue suficiente respuesta para Verónica, que se recostó en el asiento con una sonrisa ladina.

Mientras tanto, Marcus permanecía de pie frente al ventanal de su oficina, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en el horizonte de la ciudad. El reclamo de su hijo le retumbaba en los oídos, no obstante, lo que más le pesaba no era la acusación en sí, sino la imposibilidad de defenderse sin revelar la verdad.

Jaxon lo acusaba de arruinar una cena.

Marcus había salido corriendo para cuidar a la mujer que llevaba a su hijo en el vientre.

El contraste le resultó tan cruel que negó con la cabeza. Su hijo peleaba por protocolos, por apariencias, por el qué dirán en una mansión llena de gente falsa, al mismo tiempo que él había pasado la noche sosteniendo la mano de una mujer con fiebre, escuchando el latido de un corazón diminuto en una pantalla de ecografía.

Algún día, si las cosas salían como él esperaba, Jaxon entendería por qué esa noche no había alternativa posible.

Pero por ahora, tendría que soportar el peso del reproche en silencio.

.

.

En la mansión de los Baker, Beatriz caminaba de un lado a otro de la sala, con el teléfono pegado a la oreja y el ceño fruncido.

—¿Estás segura de lo que me dices? —preguntó, deteniéndose junto a la ventana—. ¿La Clínica del Bosque?

Verónica entró a la sala en ese momento, y se sentó en el borde del sofá con la curiosidad brillándole en los ojos.

—¿Qué pasa, mamá?

Beatriz colgó y se giró hacia su hija—. Le pedí a mi contacto que averiguara algo. Marcus Vance llegó esta madrugada, cargando él mismo a una mujer hasta una suite privada del tercer piso. Pidieron que no se registrara su nombre en el sistema general, solo bajo un código de seguridad.

Verónica se irguió de golpe, con una sonrisa lenta y afilada dibujándose en su rostro.

—Así que había alguien más en esa emergencia grave.

—Exacto —la mujer se sentó junto a ella, bajando la voz—. Y si Marcus está protegiendo tanto a esa mujer, escondiéndola así, algo me dice que no es una amante pasajera.

Verónica apoyó la espalda en el sofá, cruzándose de brazos mientras la ambición le transformaba la mirada—Jaxon es un inútil, mamá —soltó con desprecio—. Le falta carácter. Si no logra sacarle su parte de la empresa a su padre, no me voy a quedar a vestir santos con él. Si la herencia se complica, prefiero ir directo por el pez gordo y quedarme con el padre. Marcus tiene el dinero real, el poder y la clase que su hijo jamás va a tener.

Beatriz la miró por un segundo, sorprendida y complacida por la audacia descarada de su hija.

—Marcus Vance no es un hombre fácil de manipular como Jaxon, mi amor. Es un hueso duro de roer.

—Todos tienen un punto débil. Y esa mujer en la clínica es el suyo. Quiero saber exactamente quién es. Si averiguamos quién es esa muerta de hambre y qué relación tiene con él, tendré la carnada perfecta para destruir el estatus de Marcus y tenerlo acorralado donde yo quiera.

—Entonces vamos a averiguarlo. Moveré los contactos de tu padre hoy mismo. Cueste lo que cueste.