Nadie volverá a hacerte daño
El regreso a la oficina esa mañana, fue más difícil de lo que pensó. Para Gabriela, fue simplemente un esfuerzo sobrehumano por ponerse en pie. Sentía los párpados pesados y las piernas le temblaban a cada paso. Se acomodó la blusa frente al espejo antes de salir de casa, y se repetía a sí misma que podía con esto, que necesitaba el trabajo y que lo de la clínica había sido solo un tropezón. Quería recuperar su rutina, su independencia y, sobre todo, esa distancia profesional que se le estaba volviendo tan difícil de sostener con su jefe.
Se sentó en su escritorio, encendió el computador y organizó los documentos pendientes, decidida a que nadie notara ni un rastro de la semana que había pasado.
Desde el otro lado del cristal de su despacho, Marcus la observaba sin disimulo. Llevaba ahí parado más de diez minutos, con una taza de café ya frío entre las manos, viendo cómo ella se acomodaba en la silla con un cuidado excesivo.
Él era un hombre acostumbrado a decidir el destino de fusiones millonarias sin que le temblara el pulso, y ahí estaba, incapaz de concentrarse en nada más que en el color de las mejillas de Gabriela, analizando si ese sonrojo era normal o algún síntoma de enfermedad.
Llamó a la secretaria del piso con el intercomunicador.
—Que le lleven un té a Gabriela, sin cafeína, con un poco de miel. Tibio, no caliente.
—Enseguida, señor Vance.
Diez minutos después, una asistente dejó la taza sobre el escritorio de Gabriela sin decir de parte de quién era. No hacía falta. Ella miró hacia el despacho de Marcus y lo encontró ya con la vista fija en unos papeles, fingiendo no haber tenido nada que ver, aunque la comisura de su boca delataba una satisfacción que no lograba esconder del todo.
A media mañana, Marcus salió de su oficina con una carpeta bajo el brazo y se detuvo junto al escritorio de Gabriela con la excusa de revisar unos números.
—Lleva dos horas sin levantarse de la silla —dijo, en voz baja, apoyando la carpeta sobre la mesa—. Vaya a caminar un poco, tome aire. El cuerpo necesita moverse, no quedarse pegado a una pantalla toda la mañana.
—Estoy bien, señor Vance, de verdad...
—No es una sugerencia.
Ella levantó la vista, encontrándose con esa mirada que no admitía discusión, pero que al mismo tiempo tenía una preocupación realmente genuina, distinta a cualquier orden que pudiera darle un jefe. Se puso de pie, un poco resignada, un poco conmovida, y caminó hasta la sala de café sin volver a protestar.
Cuando regresó, la oficina estaba prácticamente vacía; la mayoría del equipo había bajado a almorzar.
Marcus la interceptó junto a la ventana del pasillo, donde nadie más podía verlos—. ¿Cómo se siente? —preguntó.
—Cansada —admitió ella, sin fuerzas para seguir fingiendo—. Pero bien.
Un mechón de cabello se le había soltado del broche y le caía sobre la mejilla. Marcus levantó la mano despacio, dándole tiempo de apartarse si quería, y al ver que ella no se movía, le acomodó el mechón detrás de la oreja con delicadeza.
—No se sobre exija —murmuró, sin apartar los dedos—. Si necesita parar, pare. No tiene que demostrarme nada.
—Es solo... que no quiero quedar mal —susurró, sonrojándose al tenerlo tan cerca—. Me trajo aquí para trabajar, no para que me pase el día descansando.
Marcus se rio, le pareció tan bonita esa forma en que se sonrojaba frente a él, tan transparente, que por un segundo sintió el impulso de inclinarse, acunarle la carita y llenar de besos esos hermosos mofletes antes de rodearla bien fuerte con sus brazos para no soltarla en todo el día. Se tuvo que tragar la tentación, aguantándose a duras penas.
—Le prometo que la empresa no se va a venir abajo si usted baja el ritmo hoy —murmuró él, bajando la mano, muy cerca de la de ella—. Le pedí a la cocina que le traigan un té caliente y algo de fruta. No lo hago como su jefe, Gabriela. Lo hago porque no me perdono verla pasar un mal rato si puedo evitarlo.
Gabriela se le quedó mirando. En los ojos oscuros de Marcus no había frialdad ni condescendencia, solo la preocupación de un hombre que no sabía cómo más decirle que le importaba. El corazón le aleteó demasiado rápido dentro del pecho.
—Gracias... Marcus.
Él la contempló, satisfecho con haber escuchado su nombre, y le dio un toque suave en el hombro antes de volver a su oficina.
Sin embargo, la pequeña burbuja de calma se rompió poco después del mediodía.
Marcus se vio obligado a ausentarse para atender una llamada confidencial en el pasillo adyacente. Gabriela aprovechó ese momento para ponerse de pie, necesitada de estirar las piernas y tomar aire. Se dirigió con paso lento al área de archivo e impresión para buscar una carpeta que necesitaría más tarde.
Ahí se encontró con Renata, una de las secretarias del piso corporativo. Ella era una mujer madura que no había ocultado su desprecio desde el primer día que Gabriela puso un pie en la empresa, carcomida por los celos al ver cómo el presidente de la compañía, un hombre inalcanzable para todos, trataba a la nueva asistente con una consideración jamás vista.
Cuando Gabriela se inclinó despacio para abrir el cajón inferior, llevándose una mano a la parte baja de la espalda para aliviar la molestia del peso, Patricia tiró una pila de documentos sobre la mesa con un golpe seco.
—Qué conveniente, ¿no? —la mujer se cruzó de brazos con una sonrisa llena de desdén—. Trabajas a media máquina, te la pasas sentada y el jefe te trata como si fueras de cristal. Algunas sí tenemos que trabajar de verdad para ganarnos el sueldo.
—Solo estoy haciendo mi trabajo —respondió la pelirroja, levantando el mentón.
—Tu trabajo —repitió Renata, riéndose—. Todas sabemos cuál es tu verdadero trabajo aquí. Té tibio, pausas, el jefe pendiente de ti como si fueras de cristal. Dime, ¿qué se siente dar tanta lástima que hasta el dueño de la empresa tiene que cuidarte como si fueras una inválida? Porque, cariño, entre la barriga, que no se sabe si es de embarazo o grasa, y esas ojeras, no sé qué es lo que ven en ti.
Las palabras le cayeron encima como dagas. Gabriela apretó la carpeta contra el pecho, sintiendo que los ojos se le empañaban, negándose a que las lágrimas se le escaparan frente a esa mujer.
—No tienes derecho a hablarme así.
—¿Y quién me lo va a impedir? ¿Tú? ¿Vas a ir a llorarle al jefe? —Renata dio un paso más cerca, bajando la voz a un susurro venenoso—. Todas en este piso sabemos que no llegaste aquí por mérito. Das pena, gorda, y encima embarazada de quién sabe quién. Disfrútalo mientras dure, porque en cuanto se le pase el capricho al jefe, vas a volver a ser nadie.
—No va a hacer falta que le vaya a decir nada a nadie —retumbó una voz desde la puerta.
Marcus apareció en el umbral, avanzando con una presencia tan imponente que pareció congelar todo a su paso. Llevaba el rostro con una expresión de furia y los ojos clavados en Renata.
Había escuchado cada una de las palabras.
Se interpuso físicamente entre las dos, cubriendo a Gabriela por completo con su propio cuerpo como una muralla. La energía que emanaba de él era tan peligrosa que la secretaria dio dos pasos hacia atrás, palideciendo al instante.
—Señor Vance... yo... solo le estaba explicando a la señorita…
—Cállese.
La orden salió sin necesidad de levantar la voz, pero el peso con que la pronunció bastó para que todo el piso, que ya empezaba a asomarse desde sus cubículos atraídos por el tono, quedara en silencip.
—Junte sus cosas —continuó Marcus, sin apartar los ojos de ella—. Tiene quince minutos para desocupar su escritorio. Recursos Humanos le entregará su liquidación esta misma tarde.
—¿Qué? ¡Señor Vance, llevo seis años en esta empresa! No puede despedirme por…
—Su intención quedó perfectamente clara. En esta empresa hay tolerancia cero con quien humilla, denigra o maltrata a un compañero, cero. No me importa el cargo que tenga ni los años que lleve aquí. Si dentro de diez minutos sigue en este edificio, la seguridad la va a sacar a la calle a la fuerza.
Renata bajó la cabeza, con las mejillas ardiendo de vergüenza frente a las decenas de miradas que la observaban desde los cubículos, y caminó hacia su escritorio sin decir una palabra más.
Él se giró hacia el resto del piso, que seguía paralizado. Sus ojos recorrieron cada rostro presente.
—Que quede claro para todos —declaró, con una voz que llegó hasta el último rincón del piso sin necesidad de gritar—. Cualquiera que vuelva a faltarle el respeto a Gabriela, o a cualquier otra persona de este equipo, se va de esta empresa el mismo día. No hay segunda oportunidad. No hay excusa que valga. ¿Quedó claro?
Nadie respondió. Solo hubo asentimientos temerosos antes de que todos volvieran la vista a sus pantallas.
Volvió hacia Gabriela, que seguía de pie junto a los archiveros con la carpeta contra el pecho y los ojos brillantes de lágrimas—. Venga conmigo—la tomó de la mano con un cuidado que distaba por completo con la dureza que acababa de mostrar segundos antes, y la guio a través del pasillo hasta su despacho, cerrando la puerta detrás de ambos con un gesto firme que dejó fuera las miradas curiosas de todo el piso.
En cuanto quedaron solos, Gabriela dejó caer la carpeta sobre el sillón y se cubrió el rostro con ambas manos, incapaz de contener por más tiempo las lágrimas que había estado tragándose desde el pasillo.
—Está bien —murmuró Marcus, envolviéndola entre sus brazos sin pensarlo dos veces, apoyando la barbilla contra su cabeza—. Ya pasó. Ya pasó, Gabi.
Ella se aferró a su camisa con los puños cerrados, dejando salir todo lo que había estado guardando durante semanas: el cansancio, la vergüenza, el miedo, el peso de sostenerse frente a un mundo que no dejaba de recordarle lo vulnerable que era.
—No tenía que despedirla por mí.
—Sí tenía que hacerlo —respondió él, abrazándola aún más—. Y lo volvería a hacer las veces que fuera necesario. Escúcheme bien, Gabriela: mientras yo respire, nadie va a volver a hacerle sentir que vale menos, nadie. Se lo juro… usted es mas que suficiente, y quien no sepa ver eso, es el peor ciego de todos.
Tímida, posó la yema de sus dedos en la muñeca de él. Sintió el latido, ese pulso firme y acelerado que le golpeaba bajo la piel, revelando que ese hombre tan imponente y controladamente perfecto estaba tan conmovido como ella.
Marcus no respondió con palabras. Se le escapó un suspiro que le rozó las pestañas a Gabriela. Le regaló una sonrisa, de un afecto tan real que ya no le quedaba ningún espacio para las máscaras. Despacio, inclinó la cabeza y buscó su frente para depositarle un beso, un contacto dulce que pareció detener el tiempo en todo el edificio. Apoyó la frente contra la de ella un segundo más, antes de volver a acunarla contra su pecho.
Se quedaron allí, en el silencio del despacho, atesorando esa cercanía y el calor de sus cuerpos. Y de pronto, sintieron cómo el ritmo de sus pechos empezaba a ceder. Ninguno de los dos entendía muy bien cómo ni por qué, pero el galope de sus pulsos fue buscando el mismo compás hasta sincronizarse, sus corazones terminaron latiendo al mismo tiempo.