LNCrawler

Cita médica

La Tentación Del Patriarca 18+ — booknet.com · All chapters

Cita médica

Gabriela

Golpeé la puerta del despacho dos veces, tal como me había acostumbrado a hacerlo cada mañana, y esperé a que su voz me diera el permiso para entrar. Llevaba la carpeta de siempre apretada contra el pecho, aunque esta vez no cargaba ningún contrato ni ninguna cifra que revisar. Cargaba una pequeña mentira cuidadosamente ensayada durante el trayecto en el ascensor.

—Adelante.

Entré con pasos cautelosos, procurando que no se notara el peso extraño que sentía en el estómago, esos nervios y expectativa que llevaba arrastrando desde que desperté esa mañana. Marcus estaba de pie junto al ventanal, con las mangas de la camisa recogidas y un bolígrafo entre los dedos, revisando un documento que sostenía con la otra mano.

—Señor Vance, disculpe la interrupción —empecé, esforzándome para que la voz me saliera firme, sin ningún rastro del temblor que sentía por dentro—. Quería pedirle permiso para ausentarme esta tarde. Es un trámite médico de rutina, no debería tomarme más de un par de horas.

Levantó la vista de inmediato. Sus ojos me recorrieron el rostro con esa intensidad que provocaba que se me acelerara el pulso.

—Tómese el tiempo que necesite —respondió, sin dudar ni un segundo, dejando el documento sobre el escritorio—. No tiene que darme explicaciones ni pedirme permiso para atender su salud, Gabriela.

—Gracias, señor Vance —incliné la cabeza, aliviada de que no insistiera con preguntas, y me giré hacia la puerta antes de que la vergüenza me delatara en el rostro.

No podía decirle la verdad completa. No podía sentarme frente a él y confesarle que esa tarde vería en una pantalla el latido de mi bebé, que me pondrían gel frío sobre mi vientre y que, otra vez, tendría que enfrentar sola esa sala llena de parejas felices, tomadas de la mano, comentando nombres y colores para la habitación del bebé. Era demasiado personal, demasiado mío. Cerré la puerta del despacho a mis espaldas con el corazón latiéndome fuerte, sin saber que del otro lado, esa mentira a medias acababa de encender una alarma que no pensaba apagarse tan fácil.

.

.

Marcus

En cuanto la puerta se cerró y me quedé solo, dejé el bolígrafo sobre la mesa y me quedé mirando el punto exacto donde ella había estado parada segundos antes.

Trámite médico de rutina.

La frase se me quedó atravesada en la garganta como una espina. Podía ser cualquier cosa. Un análisis de sangre, un control de presión, una simple consulta. Pero el instinto, ese mismo que me había mantenido alerta durante meses de búsqueda incansable, me decía que había algo más detrás de esa mirada esquiva, de esa manera en que había evitado mis ojos al despedirse.

Intenté volver a mi trabajo. Abrí el informe financiero que tenía pendiente para el comité, leí la misma línea cuatro veces sin lograr que las palabras significaran nada. La pluma golpeteaba contra el escritorio en un ritmo nervioso que no lograba controlar. Miré el reloj, habían pasado solo quince minutos desde que ella salió, y ya sentía que la cabeza me iba a estallar de tanto imaginar escenarios.

¿Y si le había vuelto la fiebre? ¿Y si el virus había regresado con más fuerza? ¿Y si algo andaba mal con el bebé y ella, con esa terquedad suya de no querer ser una carga para nadie, prefería enfrentarlo sola antes que preocuparme?

No aguanté más.

Tomé el teléfono y marqué el número de María sin pensarlo dos veces.

—¿Aló? —respondió la mujer al segundo tono, con esa voz cálida que siempre me hacía sentir, extrañamente, como si hablara con alguien de mi propia familia.

—María, soy Marcus. Disculpe la molestia —me pasé una mano por la mandíbula, sintiendo el ridículo de mi propia ansiedad—. Gabriela me pidió permiso para un trámite médico esta tarde y no me quiso decir de qué se trataba. ¿Sabe usted si está bien? ¿Le volvió la fiebre?

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. Escuché a María suspirar, como debatiéndose entre guardar la confianza de Gabriela o calmar la angustia que debió notar en mi voz.

—No, señor Vance, no es nada de eso —dijo, bajando la voz como si temiera que alguien más pudiera escucharla—. Es la ecografía de control. La niña no quiso decírselo para no incomodarlo, dice que no es asunto de la empresa y que no quiere pedirle más de lo que ya le ha dado.

Sentí que el aire se me quedaba atrapado en el pecho.

La ecografía. El sonido de ese corazón diminuto que ya me había dejado consternado una vez, en la penumbra de la clínica, cuando aún no tenía derecho ni permiso para llorar por él delante de nadie.

—¿A qué hora es la cita, María?

—A las cuatro, señor. En el centro médico del Bosque.

No necesité escuchar nada más. Colgué la llamada, tomé el saco del respaldo del sillón y salí del despacho a paso firme, sin detenerme a explicarle a mi secretaria por qué cancelaba de un plumazo las tres reuniones que tenía agendadas para esa tarde.

Ninguna cifra en ningún informe iba a pesar jamás lo mismo que ese latido.