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Sus latidos

La Tentación Del Patriarca 18+ — booknet.com · All chapters

Sus latidos

Gabriela

—Gabriela Baker —llamó la enfermera desde la puerta del box.

Me puse de pie con las piernas un poco temblorosas, y Marcus se levantó a mi lado sin que se lo pidiera, siguiéndome hasta la puerta con un paso tan natural que ni siquiera la enfermera me miró con extrañeza, dando por sentado que éramos un matrimonio esperando con ansias la llegada de su bebé.

La doctora, una mujer de sonrisa amable y manos suaves, me indicó que me recostara en la camilla y me subiera la blusa hasta dejar el vientre al descubierto. Marcus se acomodó en la silla junto a la cabecera, tan cerca que su rodilla rozaba el borde del colchón, y cuando extendí la mano para aferrarme al reposabrazos, sentí sus dedos cubrir los míos con una delicadeza que me robó el aire.

—¿Lista? —preguntó la doctora, sosteniendo el bote del gel.

Asentí, y el frío me hizo contraer el abdomen un segundo antes de que el aparato empezara a deslizarse sobre mi piel.

La pantalla mostró esa forma pequeña y curvada que ya me resultaba tan familiar, y un instante después, el consultorio se envolvió con el sonido rápido y potente de un corazón latiendo.

Tum-tum-tum-tum.

Giré la cabeza hacia Marcus, buscando compartir con alguien ese momento que llevaba viviendo sola, y me encontré con algo que no esperaba ver.

Tenía la mandíbula tensa, los labios apretados en una línea recta y sus ojos, esos ojos que solían mirarlo todo con un control autoritario, brillaban húmedos, desbordados, incapaces de contener las lágrimas que amenazaban con caerle por las mejillas.

Apretó mi mano con más fuerza, como si ese latido diminuto le estuviera arrancando algo del pecho.

—Escucho un corazón muy sano y muy fuerte —anunció la doctora, sin apartar los ojos de la pantalla—. Todo está dentro de los parámetros normales para las semanas que tiene.

Marcus no dijo una palabra. Se limitó a asentir, con la garganta moviéndose al tragar saliva.

La médico levantó la vista un momento, y al ver el agarre firme de sus manos entrelazadas, la humedad brillante en los ojos de Marcus, sonrió con ternura.

—Felicidades a los dos. Pocas veces veo a un papá tan emocionado.

El calor me subió a las mejillas, tan intenso que sentí que ardía.

—No, no, disculpe —me apresuré a corregir, con la voz saliéndome atropellada—. Él no es... no es el papá. Es mi jefe, solo vino a acompañarme.

La doctora, algo desconcertada, murmuró una disculpa y volvió la vista a la pantalla, siguiendo con la revisión como si nada hubiera pasado. No obstante, yo sentí que el silencio que siguió a mi aclaración se volvió extraño, de un sentimiento que no supe nombrar.

Miré de reojo a Marcus. Tenía la vista clavada en la pantalla, la mandíbula tan tensa que se le marcaba un músculo. Por un segundo me pregunté si lo había ofendido con mi corrección. No dijo nada. No corrigió, no sonrió, no hizo ningún comentario para aligerar el momento como solía hacer. Solo se quedó ahí, con mi mano atrapada entre las suyas, mirando ese corazón latiendo.

.

.

Marcus

Cada palabra que Gabriela pronunció a la doctora me cayó encima como una piedra directo al pecho.

Él no es el papá.

Tuve que morderme la lengua con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de mi propia sangre. Quería gritarlo, quería ponerme de pie, tomarla de los hombros y confesarle ahí mismo, frente a la doctora, frente a cualquiera que quisiera escuchar, que ese corazón que latía era mío tanto como suyo, que la había buscado durante meses como un loco, que cada noche sin dormir, cada investigador contratado, cada pista falsa perseguida, había sido por encontrar justamente ese instante.

Pero no podía.

Sabía exactamente lo que pasaría si lo confesaba así, sin preparación, sin haberme ganado antes un lugar real en su vida. Ella se asustaría, vería solo al hombre que la engañó en la penumbra, al desconocido de esa noche, y todo lo que había construido con tanto cuidado—la confianza, la cercanía, esa manera en que ya no se apartaba cuando yo la tocaba— se derrumbaría en un segundo.

Peor aún: pensaría que la protección, la comida, el departamento que quise ofrecerle, todo lo que había hecho por ella, era solo una estrategia calculada para reclamar a mi hijo. Que nunca la quise a ella, sino solo a la criatura que llevaba dentro.

Y eso no podía estar más lejos de la verdad.

Me tragué el nudo que me quemaba la garganta y me obligué a sujetar la mano con la misma calidez de siempre, pese a que por dentro sintiera que el corazón se me desgarraba en pedazos.

Tenía que ganármela primero. Tenía que dejar que ella descubriera, día a día, con hechos y no con palabras vacías, que yo era un hombre capaz de cuidarla sin pedir nada a cambio, capaz de amarla sin condiciones, mucho antes de que descubriera la verdad sobre esa noche. Cuando llegara el momento —y llegaría, tarde o temprano, porque los secretos como este nunca duran para siempre— quería que el amor que sintiera por mí fuera lo suficientemente fuerte como para quedarse a mi lado.

Ayudé a Gabriela a incorporarse de la camilla cuando la doctora terminó, limpiándole el gel del vientre con una toalla que la enfermera le entregó, y la rodee con mis brazos, buscando con ese gesto, transmitirle, decirle lo que no me atrevo a poner en palabras. Ella me miró de reojo, con las mejillas sonrojadas por la vergüenza, sin sospechar ni por un segundo la tormenta que le rugía por dentro al hombre que caminaba a su lado.

Algún día lo sabría. Por ahora, tendría que conformarme con guardar la verdad un poco más, esperando el momento exacto en que ya no hubiera vuelta atrás para ninguno de los dos.