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La promesa de un padre

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La promesa de un padre

Marcus

El auto avanzaba en silencio por la avenida. Gabriela llevaba la cabeza apoyada contra el cristal de la ventana desde hace varios minutos, y en el último semáforo noté que se había quedado dormida con las manos cruzadas sobre el vientre.

No la desperté.

Conduje el resto del trayecto muy despacio, evitando los baches, atento a cada frenada para que el movimiento no la despertara. Cuando llegamos a la casa, apagué el motor y me quedé un momento observándola antes de decidirme.

Rodeé el auto, abrí la puerta del copiloto con cuidado y deslicé un brazo bajo sus rodillas y otro detrás de su espalda. Al levantarla contra mi pecho, su cabeza se acomodó sola en mi cuello, como si su cuerpo me reconociera. Caminé hacia la puerta de entrada cargándola así, procurando no tropezar con el escalón de la entrada, mientras María nos abría sin hacer preguntas, solo con una mano sobre el pecho y una sonrisa que no intentó disimular.

.

.

Gabriela

Desperté en el instante exacto en que mi espalda tocó la tela del sillón.

Abrí los ojos de golpe, desorientada, sin reconocer de inmediato el techo sobre mi cabeza ni la posición en la que estaba. Tardé un segundo en entender: la sala de mi casa, la manta de siempre doblada en el respaldo, y Marcus de pie frente a mí, con los brazos a medio retirar, como si acabara de dejarme ahí.

—¿Qué...? —me incorporé rapidamente, apoyando las manos a los costados—. ¿Me quedé dormida? ¿Usted me cargó hasta aquí?

—Se quedó dormida en cuanto salimos del estacionamiento de la clínica —respondió—. No tenía sentido despertarla para que caminara diez metros.

—Debí haberme bajado yo sola, no tenía que cargarme, peso... —busqué la palabra, sintiendo que las orejas me ardían—, no soy liviana, señor Vance, y…

—Gabriela.

Me quedé callada, mirándolo.

—Está embarazada y acaba de pasar una hora entera en una clínica. Tiene derecho a estar cansada, no tiene que pedirme disculpas por eso.

Bajé la vista hacia mis manos, sin saber qué hacer con la vergüenza, y en ese gesto encontré mi bolso, caído a un costado del sillón.

—Las fotos —dije de pronto, recordando, y me incliné para buscar el sobre blanco que la enfermera me había entregado al salir.

María, que había estado parada en el umbral de la cocina sin decir nada, se acercó de inmediato, secándose las manos en el delantal.

—¿Son de hoy? A ver, a ver —se sentó a mi lado en el sillón, casi arrebatándome el sobre de las manos con una ansiedad que no me sorprendió. Para ella, ese bebé ya era tan suyo como mío.

Saqué la primera imagen, y se la entregué. María soltó una exclamación suave, llevándose una mano al pecho, y me la devolvió para que yo también la mirara de cerca.

Marcus seguía de pie, un poco apartado, con las manos en los bolsillos. Pero cuando le acerqué la foto para que la viera, se inclinó hacia adelante y la tomó con una delicadeza que no esperaba en un hombre como él. La tomo por los bordes, como si pudiera romperse.

.

.

Marcus

Era lo único que necesitaba ver. La sostuve memorizando cada curva de esa silueta diminuta, y sentí que la garganta se me cerraba, igual que en el consultorio. Tuve que carraspear antes de hablar, porque la voz me salió ronca.

—¿Me daría una? —pregunté, sin pensar demasiado—. Para... para tenerla. Si no le molesta.

Gabriela me miró con una expresión primeramente de sorpresa, luego con curiosidad, como si se preguntara por qué a su jefe le importaría tanto una ecografía que no era suya. Por un momento temí que preguntara el motivo, que exigiera una explicación que yo no estaba listo para dar.

Pero no preguntó nada.

—Sí, claro —señaló el sobre—. Tengo dos de esa toma, puede quedarse con una.

Tomé la fotografía como si me entregaran algo mucho más valioso que un pedazo de papel, y la guardé en el bolsillo interior del saco, contra el pecho, antes de que la emoción se me notara más aún, y las lágrimas corrieran por mis mejillas.

El contacto de ese pequeño trozo de papel contra mi pecho me devolvió el aire. Gabriela me miraba con curiosidad, sin entender por qué a su jefe le temblaban las manos por una simple imagen en blanco y negro; no sospechaba que me estaba entregando lo único que me importaba en este mundo. En ese segundo, en el silencio de su sala, me juré a mí mismo que jamás, les iba a faltar nada a ninguno de los dos. Sería el mejor padre que mi hijo pudiera tener y me ganaría el derecho de ser el hombre en la vida de Gabriela, porque me prometí allí mismo que ella terminaría siendo mi esposa, costara lo que costara.