Algo en él
—Deberíamos tomar algo caliente —propuso Marcus, carraspeando, como si también él necesitara cambiar el aire de la sala—. Podríamos beber té.
María se levantó de un salto, siempre dispuesta, pero Marcus levantó una mano.
—Yo me encargo. Si me lo permiten, claro está.
Lo dijo con un tono que no admitía discusión, y antes de que pudiéramos protestar, ya había cruzado hacia la cocina con los saquitos de té que María le indicó desde su silla.
Me quedé observándolo desde la mesa, donde terminé sentándome bajo la insistencia de María de que "las piernas hinchadas no se cuidan solas". Marcus llenó la tetera, buscó las tazas en la alacena equivocada dos veces antes de encontrarlas, y se quedó de pie frente a la cocina con los brazos cruzados, esperando que hirviera el agua.
Había algo en la manera en que se paraba, en sus hombros anchos, en cómo se pasó una mano por el cabello para apartárselo de la frente. El gesto me erizó la piel de los brazos sin que supiera explicar por qué. En ese segundo, la memoria no vino de mi mente, sino de mi piel. Reconocí esa sombra, el tamaño de esas manos y ese aroma que se me había quedado grabado a fuego en la oscuridad de aquella noche.
—Eres tú... —susurré, con la mirada todavía clavada en su espalda.
Marcus se giró con la tetera en la mano.
—¿Qué?
—No, es que... —busqué algo que decir, cualquier cosa que no sonara tan absurda como lo que acababa de pensar—. Me parece que dije algo, perdón, estoy medio dormida.
Dejó la tetera sobre la cocina y caminó hacia la mesa despacio.
—¿Qué dijo? —insistió, apoyando ambas manos sobre la mesa, inclinándose un poco.
—Es que... —mis mejillas se sonrojaron—. Te encuentro muy parecido a alguien.
No debí haberlo dicho. En cuanto las palabras salieron de mi boca, Marcus se acercó, tanto, que tuve que levantar la cabeza para seguir sosteniéndole la mirada.
—¿A quién me parezco, Gabriela?
Su voz bajó y se inclinó un poco más, hasta que la distancia era prácticamente nula, su nariz rozaba la mía. Pude sentir su respiración contra mis labios, el calor que desprendía, y por un segundo olvidé completamente la pregunta que él mismo acababa de hacerme.
—No... a… nadie — tartamudee.
Sonrió de lado, esa sonrisa que ya le había visto un par de veces en la oficina, y levantó una mano para apartarme un mechón de cabello del rostro, dejando los dedos un segundo de más contra mi mejilla.
—¡Ay, perdón! —de pronto se escuchó la voz de María.
Marcus se enderezó de inmediato, y yo me eché hacia atrás tan rápido que la silla rechinó contra el piso. María estaba parada en la entrada de la cocina con una sonrisa que no se molestó en esconder, mirándonos a los dos con las cejas levantadas.
—Vine a ver si ya estaba el agua, pero veo que están ocupados.
—El té está casi listo —contestó Marcus, y dejó caer el agua caliente sobre los saquitos como si no hubiera pasado nada.
Me quedé con la vista fija en la taza que me puso enfrente, sintiendo que las orejas me ardían, mientras María se sentaba con nosotros y empezaba a hablar de cualquier cosa —el clima, una receta de pan que quería probar, el vecino que había pintado la reja de un color espantoso— con una sonrisa de oreja a oreja, que me pareció demasiado sospechoso. Marcus siguió la conversación, relajado, soltando algún comentario que hacía reír a María y mostrando una calidez que jamás me habría imaginado en un hombre de su porte.
Verlo ahí, sentado en la mesa pequeña de mi cocina, tomando el té de mi humilde vajilla como si no existiera un lugar mejor en todo el país, me provocaba un sentimiento extraño en el centro de mi pecho.
La conversación fluyó de manera agradable durante casi media hora. Sin embargo, cuando empezó a anochecer, Marcus miró el reloj de su muñeca y dejó la taza sobre el plato.
—Se me hace tarde y Gabriela necesita descansar —se puso de pie—. Muchas gracias por el té y la compañía.
—Vuelva cuando quiera, señor Vance, esta es su casa —respondió María mirándolo con cariño.
Lo acompañé hasta la puerta, caminamos en silencio por el pasillo corto de la entrada. Al llegar a la vereda y rodear el vehículo, se detuvo antes de abrir y me miró.
—¿Puedo pasar a buscarla mañana? Para ir a la oficina.
—No es necesario, de verdad, puedo tomar el autobús como siempre —contesté, aunque la idea de rechazarlo me costó más esfuerzo del que hubiera querido admitir.
—Gabriela.
Solo dijo mi nombre, con ese tono que ya empezaba a reconocer como el que usaba cuando no pensaba aceptar un no por respuesta.
—Está bien. Pero no hace falta que sea todos los días.
—Va a ser todos los días —respondió, sin dejar lugar a dudas.
Se despidió sonriendo, una sonrisa que provocó mariposas en mi estómago. No supe que decir, ni como actuar, simplemente me quedé de pie hasta que las luces traseras desaparecieron al final de la calle.
El viento helado me obligó a volver adentro.
—María —dije, apoyando la espalda contra la madera—, me pasó algo rarísimo en la cocina.
—¿Qué cosa?
—Por un segundo... —dudé, sintiéndome tonta solo de pensarlo en voz alta—. Por un segundo pensé que Marcus era el hombre de esa noche. El de la suite. No sé, el olor, la voz, la forma en que se le pone la espalda cuando está parado... no sé.
María se quedó quieta, mirándome de una manera que no supe interpretar.
—Tal vez sí fue él.
Solté una carcajada, negando con la cabeza—. No, no, mírame —me señale con ambas manos—. No me puedo comparar con las mujeres que seguro lo rodean, María. Esas deben ser modelos que se alimentan de pura ensalada y agua con limón.
Me reí de mi propio comentario, con la vista perdida en la puerta por donde Marcus acababa de irse.