La línea que nadie cruza
El auto negro ya estaba estacionado frente a la casa cuando Gabriela abrió la puerta. Marcus bajó del vehículo apenas la vio salir, rodeando el capó con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, y esperó junto a la puerta del copiloto.
—Llegó temprano —dijo ella, ajustándose el cuello del abrigo contra el aire frío de la mañana, subiendo al auto con la mirada baja.
—El tráfico es impredecible —respondió él, cerrando la puerta detrás de ella con un cuidado que no pasó desapercibido.
Rodeó el auto y se acomodó en el asiento del conductor. Antes de encender el motor, estiró el brazo hacia el apoyabrazos central y tomó un vaso térmico que había dejado ahí, extendiéndoselo.
—Leche tibia, con un poco de canela —explicó, al ver que ella se quedaba mirando el vaso sin tomarlo—. María me dijo que las náuseas la atacan más fuerte cuando se levanta. Y hay un pan con jamón ahí adentro, por si el estómago no tolera nada más pesado.
Gabriela bajó la vista hacia la bolsa de papel que descansaba junto al vaso, sintiendo que algo se le apretaba en el pecho ante el detalle. Lo rechazó con un gesto de la mano, empujando suavemente el vaso hacia él.
—Se lo agradezco, de verdad, pero no hace falta que haga estas cosas —dijo, procurando que la voz le saliera firme—. Ya con llevarme al trabajo es más que suficiente. No quiero que en la oficina empiecen a pensar cosas que no son, señor Vance. No quiero malentendidos.
Marcus se giró en el asiento para mirarla de frente—Gabriela, mírame —esperó a que ella levantara los ojos antes de continuar—. No hago esto para que piensen nada. Lo hago porque usted lleva un embarazo sola, trabajando jornadas largas, y nadie además de María se está encargando de que coma, de que descanse, de que no le falte nada. Deje que yo me encargue de eso. No tiene que agradecerme ni tiene que rechazarlo. Solo déjeme hacerlo.
Ella abrió la boca para insistir, pero la intensidad de esa mirada le cortó las palabras. Terminó aceptando el vaso con ambas manos, sintiendo el calor atravesarle los guantes de lana, y lo sostuvo contra el pecho el resto del trayecto sin volver a mencionarlo.
El auto avanzó por las calles medio vacías. Gabriela mantenía la vista fija en la ventanilla, procurando que su incomodidad no se notara demasiado, aunque por dentro disfrutaba cada sorbo de esa leche tibia. El sabor de la canela le quedó pegado al paladar, como si alguien hubiera sabido exactamente lo que su cuerpo necesitaba antes de que ella misma lo supiera.
Marcus, por su parte, conducía con una mano sobre el volante y la otra apoyada en el muslo, lanzando miradas cortas hacia el vaso cada vez que el semáforo los detenía, comprobando sin palabras que ella seguía bebiendo.
Cuando el edificio de Vance Holdings apareció al final de la avenida, Gabriela se enderezó en el asiento y le señaló la entrada lateral del estacionamiento subterráneo.
—Puede dejarme en el subterráneo, o mejor a una cuadra —dijo, con una rapidez que delataba cuánto había ensayado la frase—. Así no nos ven llegar juntos y no empiezan los comentarios en la recepción.
—No —respondió él, sin siquiera bajar la velocidad, directo hacia la entrada principal.
—Marcus, por favor, solo le pido...—
—No me interesa lo que murmuren en la recepción —la cortó, estacionando el auto frente a la puerta de vidrio, girándose a verla con una seguridad que no dejaba espacio para la discusión—. Usted es mi asistente personal, trabaja bajo mi responsabilidad directa, y como jefe me corresponde asegurarme de que no le falte nada, ni dentro de este edificio ni fuera de él. Si alguien tiene algo que opinar sobre eso, que venga a decírmelo a mí.
Bajó del auto antes de que ella pudiera responder, rodeó el capó, y le abrió la puerta del lado del copiloto, extendiéndole la mano para ayudarla a bajar frente a la mirada de dos recepcionistas que, en efecto, ya cuchicheaban detrás del mostrador de entrada.
Ella intentó desviarse hacia las escaleras en un acto desesperado por ganar distancia, pero la voz de Marcus interrumpió su escape antes de que pudiera dar el primer paso.
—Por aquí —indicó él, señalando las puertas metálicas del ascensor con tranquilidad—. Es más rápido.
No hubo espacio para discutir. Marcus la dejó pasar primero al ascensor con un gesto educado pero firme, e ingresó inmediatamente después. La puerta se cerró, dejándolos atrapados en ese cubículo donde el aire pareció volverse denso al instante. Mientras él extendía el brazo para marcar el piso, ella clavó la mirada en la pantalla digital de los números, apretando la cartera contra su cuerpo.
Sentía la piel del cuello caliente y las palmas de las manos comenzando a sudar. El espacio era amplio, pero con él allí dentro se reducía a nada.
En un movimiento calculado, Marcus ajustó la postura e hizo que su hombro rozara el de ella. Fue una fricción mínima, pero el calor de su cuerpo atravesó la tela con la fuerza de una corriente eléctrica. A ella se le cortó la respiración; se quedó rígida, reteniendo el aire mientras el pulso le retumbaba en los oídos, suplicando en silencio que el indicador marcara de una vez su destino.
En cuanto las puertas se abrieron, ella salió prácticamente corriendo hacia el pasillo, casi tropezando con sus propios pasos en su afán por llegar a la seguridad de su escritorio.
Se dejó caer en la silla intentando recuperar un ritmo cardíaco normal, fingiendo estar concentrada en la pantalla de su ordenador. Segundos después, vio a Marcus pasar frente a su lugar con paso pausado y las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Llevaba en el rostro esa sonrisa de quien sabe exactamente el efecto que acaba de causar, convencido de que solo era cuestión de tiempo para que ella cediera por completo.
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Pasado el mediodía, un mensajero vestido con el uniforme de un restaurante del centro se presentó en su escritorio con una bandeja envuelta en papel madera, atada con un cordel prolijo. Gabriela levantó la vista de la pantalla, confundida.
—Disculpe, yo no pedí nada.
—Es para usted, señorita. Gabriela Baker, tercer piso, escritorio junto a la ventana —confirmó el muchacho, revisando una nota en su mano—. Ensalada de quinoa con salmón, jugo de naranja recién exprimido y un postre de yogur con frutos rojos. Todo bajo en sodio, según la orden.
—¿Quién lo mandó?
El mensajero se encogió de hombros, ya entregándole la bandeja—. No me dieron un nombre, señorita. Solo la instrucción de que se la trajera a usted sin falta, todos los días a esta hora.
Gabriela se quedó mirando la bandeja sobre su escritorio un buen rato después de que el muchacho se fue, con una sonrisa.
Destapó el recipiente dejando salir un aroma delicioso que terminó de convencerla. Con cierta cautela, tomó el cubierto y probó el primer bocado; el sabor era increíble. Mientras saboreaba la comida, los pensamientos la llevaron inevitablemente a Marcus. Sabía, o al menos sospechaba, que una atención de ese tipo solo podía venir de él. Desvió la mirada hacia la puerta cerrada del despacho frente a ella y dejó escapar un largo suspiro.
Se le vino a la cabeza la idea casi inevitable de que cualquier mujer que terminara a su lado sería inmensamente afortunada
Marcus era guapísimo, sí, pero también tenía ese lado atento y detallista que no se encuentra fácil. Era el tipo de hombre que lo tenía todo, el que cualquier mujer querría a su lado.
Trató de espantar el pensamiento antes de que calara más profundo, terminó de comer, acomodó todo en su escritorio, y se levantó. Se quedó de pie un momento, concentrada, leyendo las últimas líneas de una cláusula en los documentos que llevaba en la mano.
Con la mirada fija en los papeles, dio los primeros pasos para cruzar el pasillo hacia la puerta de Marcus. En ese instante, las puertas del ascensor ya se habían abierto y una mujer de abrigo de piel avanzaba a paso apurado. Gabriela no la vio, pero la desconocida sí notó su presencia y, en lugar de detenerse, apuró a propósito su camino para cruzarse justo en su trayectoria.
El choque fue brutal. El hombro de la mujer se estrelló contra el de Gabriela con tanta fuerza que la carpeta salió volando y los papeles se desparramaron por el piso. Gabriela trastabilló hacia atrás, logrando sostenerse de la pared.
—¿Acaso no ves por dónde caminas? —la voz de la mujer resonó por todo el pasillo, aguda y cargada de desprecio, mientras se acomodaba el abrigo como si el golpe hubiera sido culpa exclusiva de Gabriela—. Eres un camión, prácticamente me tiras al piso. ¿Qué haces aquí? ¿Quién te dejó entrar a este piso?
Un par de empleados que pasaban por el pasillo se detuvieron, fingiendo revisar sus teléfonos. Gabriela sintió el calor subirle por el cuello, la vieja costumbre de agachar la cabeza y pedir disculpas aflorando por instinto. Pero algo, quizás el peso del día, quizás la vida entera de aguantar comentarios ajenos sobre su cuerpo, se lo impidió.
—Usted salió del ascensor, sin fijarse por dónde caminaba —respondió, agachándose a juntar los papeles sin apartar la vista de la mujer—. Y le voy a pedir que me hable con respeto. No tengo por qué aguantar que me insulte en mi lugar de trabajo.
La mujer entrecerró los ojos, visiblemente descolocada de que alguien le respondiera en lugar de disculparse—. ¿Sabes con quién estás hablando? Soy Daniela Prescott. Mi padre es socio de Marcus Vance. ¿Y tú? Seguro una asistente cualquiera que él contrató por lástima, o vaya uno a saber por qué otra razón —dejó caer la mirada sobre el vientre de Gabriela con un desprecio que no se molestó en disimular.
—No le debo ninguna explicación sobre por qué trabajo aquí — se incorporó con la carpeta ya recogida contra el pecho, sosteniéndole la mirada sin que le temblara la voz, aunque por dentro el corazón le latiera con mucha fuerza—. Y mi trabajo no le incumbe a usted ni a nadie.
—¿Me estás contestando? —la voz de Daniela subió de volumen, atrayendo más miradas hacia el pasillo—. ¿Una asistente de tercera se atreve a contestarme a mí?
El brazo de la mujer se levantó con una rapidez que Gabriela no llegó a anticipar, la palma abierta directa hacia su rostro.
La puerta del despacho de Marcus se abrió de golpe antes de que la mano llegara a tocarle la piel. Cruzó el pasillo en tres zancadas largas y atrapó la muñeca de Daniela en el aire con una fuerza que hizo que la mujer soltara un grito, más de sorpresa que de dolor.
—No —la palabra salió de su garganta con una dureza que Gabriela nunca le había escuchado.
Soltó la muñeca con la misma brusquedad con la que la había sujetado, y Daniela trastabilló hacia atrás sobre sus tacones, perdiendo el equilibrio hasta caer sentada contra el piso de mármol. Un segundo después, estalló en un llanto exagerado, cubriéndose el rostro como si el dolor fuera insoportable.
—¡Marcus, me lastimaste el brazo! —sollozó, levantando la vista hacia él con los ojos húmedos—. ¿Vas a dejar que tu asistente me hable así? Recuerda que mi padre y tú tienen una sociedad, un trato que lleva años, no puedes tratarme de esta manera por defender a una simple emple…
—Esa sociedad se termina hoy —la interrumpió Marcus.
Daniela se quedó con la boca entreabierta—. ¿Qué dices? Mi padre te necesita para el proyecto de la costa, y sin su terreno tú no puedes....
—Tu padre me necesita a mí mucho más de lo que yo lo necesito a él —cortó Marcus, sin alzar la voz—. Y a partir de este momento, cualquier acuerdo entre nuestras familias queda cancelado. Puedes decirle que fue por esto, exactamente como pasó, delante de testigos. En esta empresa, todos saben una sola regla: a Gabriela no se la toca, no se la insulta y no se le falta el respeto. Nadie está exento de esa regla. Ni siquiera tú.
Hizo una seña breve hacia el guardia de seguridad que ya se acercaba por el pasillo, alertado por el alboroto. —Acompáñela hasta la salida.
Daniela se levantó del piso con la ayuda del guardia, lanzando una última mirada cargada de odio hacia Gabriela antes de dejarse arrastrar hacia los ascensores, murmurando amenazas sobre lo que su padre tendría para decir al respecto. Nadie en el pasillo se movió hasta que las puertas del ascensor se cerraron.
Recién entonces Marcus se giró hacia Gabriela. El brazo que un segundo antes había detenido el golpe en el aire ahora la rodeaba por los hombros con una delicadeza completamente distinta, guiándola lejos de las miradas curiosas que seguían clavadas en los dos.
—¿Está bien? ¿Le hizo daño? —preguntó, en voz baja, inclinando la cabeza para revisarle el rostro, buscando cualquier señal del golpe que no había llegado a tocarla.
—Estoy bien —susurró Gabriela, aunque las manos le temblaban un poco, la adrenalina del momento recién empezaba a bajar.
Marcus no dijo nada más. La condujo con el brazo firme sobre sus hombros hasta su despacho privado, y una vez adentro, cerró la puerta detrás de los dos con un golpe que dejó el pasillo, los murmullos y las miradas ajenas completamente afuera.