La verdad a medias
Marcus no le dio tiempo a Gabriela de acomodarse ni de tomar aire. Le tomó el rostro entre las manos.
—¿Le hizo daño? —la voz le salió alterada, con un atisbo de adrenalina que no terminaba de bajarle del cuerpo—. ¿Llegó a tocarla? Dígame la verdad, Gabriela.
—No, no me tocó —respondió ella, abrumada por la cercanía repentina, por el temblor apenas perceptible que notaba en esas manos tan grandes sosteniéndole la cara con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que había visto segundos antes en el pasillo—. Fue solo el susto. Estoy bien, de verdad.
Marcus exhaló, un suspiro que le salió del pecho, y dejó caer la frente un segundo, como si esas palabras le hubieran quitado un peso real de encima. Deslizó una mano hacia su hombro, acariciándolo despacio, en un gesto que buscaba calmarla a ella tanto como calmarse a sí mismo.
Pero el instinto le pedía algo más.
Bajó la vista hacia el vientre de Gabriela, y la mano que un segundo ante descansaba en su hombro se deslizó despacio hasta posarse, con mucho cuidado, sobre su abdomen.
—¿Y el bebé? —preguntó, en voz baja, buscando sus ojos—. ¿Está bien?
—Sí —murmuró, sintiendo que el corazón le daba un vuelco—. El bebé también está bien.
Marcus no apartó la mano. Se quedó ahí, mirándola, con una intensidad que fue borrando poco a poco cualquier distancia que Gabriela intentaba poner.
Él no aguantó más.
La atrajo contra su pecho con un movimiento firme, rodeándola con los dos brazos, una mano subiendo por su espalda con una ternura que no tenía nada de la dureza con la que había enfrentado a Daniela. Gabriela, sin pensarlo, apoyó la palma abierta contra su pecho, sintiendo los latidos acelerados golpeando contra la tela de la camisa, tan descontrolados como los suyos.
Las manos de Marcus subieron a sus mejillas, acariciando lentamente sus mejillas sonrojadas, recorriendo con la punta de sus dedos cada una de sus pecas. En un momento deslizó su pulgar sobre los labios entreabiertos de ella.
Ese toque sutil le provocó a Gabriela un temblor desde la nuca hasta el centro del pecho. La cabeza le daba vueltas, pero el cuerpo le pedía a gritos no alejarse. Cerró los ojos por un segundo, buscando el calor de su mano, rindiéndose a la certeza de que nunca nadie la había tocado con semejante devoción.
Marcus se acercó despacio, dándole el tiempo justo para arrepentirse, e inclinó la cabeza.
Fue un beso que empezó despacio, con una paciencia casi dolorosa, como si él necesitara pedirle permiso a cada milímetro de sus labios antes de avanzar. Pero en cuanto sintió que Gabriela suspiraba contra su boca y no se alejaba, el agarre de Marcus en sus mejillas se volvió más firme, profundizando el contacto con una necesidad que llevaba demasiado tiempo guardada.
A ella se le aflojaron las rodillas. La sensación de sus labios tibios moviéndose sobre los suyos le borró cualquier pensamiento coherente. Sus dedos, que hasta hacía un segundo descansaban con timidez sobre el pecho de Marcus, se cerraron en la tela de su camisa, aferrándose a él para no perder el equilibrio.
Marcus soltó un murmullo contra su boca, acortando el último espacio que quedaba entre sus cuerpos hasta pegarla a él. Su mano bajó de la mejilla al cuello de Gabriela, sosteniéndola mientras la besaba con una vehemencia que la dejó sin aire, buscando cada rincón de su boca como si en eso se le fuera la vida.
Cuando finalmente se separaron, no fue por ganas, sino porque el pecho de los dos buscaba aire desesperadamente. Marcus no la soltó; mantuvo su frente apoyada contra la de ella, con los ojos aún cerrados y la respiración rozándole los labios.
—No tiene idea de cuánto tiempo llevaba esperando hacer esto...
Gabriela parpadeó despacio, tratando de acomodar los latidos desbocados de su corazón.
—¿Cómo que cuánto?
Marcus se dio cuenta, de lo que acababa de dejar escapar.
—Desde el primer día que cruzó esa puerta para la entrevista —sonrió—. Quedé completamente flechado, Gabriela. No he podido sacármela de la cabeza desde entonces.
Ella bajó la vista, y la realidad volvió con la misma fuerza con la que se había ido. Retrocedió medio paso, lo suficiente para poner distancia, cruzándose los brazos sobre el vientre.
—Esto no puede ser—una punzada de tristeza le empañaba la mirada—. Yo estoy embarazada, Marcus. Usted no es el padre de mi hijo. Un hombre como usted debería buscar a una mujer libre, sin compromisos, alguien que pueda darle un hijo propio, no... no meterse en esto conmigo.
Marcus soltó una carcajada, que le iluminó los ojos de una manera que a Gabriela la desconcertó todavía más.
—¿De qué se ríe? —preguntó, genuinamente ofendida—. Le estoy hablando en serio.
—Me río de las tonterías que dice —respondió él, dando un paso al frente, acortando otra vez la distancia que ella había puesto—. Yo la quiero a usted, Gabriela. No hay ninguna otra mujer a la que vaya a querer. Ni libre, ni comprometida, ni ninguna. La quiero a usted, tal como está, con todo lo que trae.