La esperanza de volver a amar
Marcus no la dejó volver a su escritorio. La tomó de la mano y la guió hacia el sillón de cuero junto a la ventana. Se quitó la chaqueta sin decir una palabra y la extendió sobre sus hombros, acomodándole las solapas con cuidado.
—Quédese aquí sentada —le dijo, luego el botón del intercomunicador—. Tráigame un té caliente con miel para la señorita Baker, por favor.
Colgó y se arrodilló frente a ella sobre la alfombra, tomando uno de sus pies entre las manos con tanta delicadeza que Gabriela contuvo la respiración.
—¿Qué hace? —preguntó, intentando apartar el pie.
—Tiene los tobillos hinchados desde hace dos días, lo noté en la reunión del lunes—respondió él, sin levantar la vista, mientras le quitaba el zapato y empezaba a masajearle la planta del pie con los pulgares—. Déjeme hacer esto.
El contacto la hizo suspirar. Ser cuidada de esa manera, con esa dedicación que no pedía nada a cambio, era una sensación tan extraña como abrumadora.
—Tengo miedo —dijo de pronto, en un hilo de voz, sorprendiéndose a sí misma al escuchar la frase salir de su boca—. Tengo miedo de acostumbrarme a esto. A que me cuiden así, a que alguien se arrodille para quitarme los zapatos. Y que un día, de repente, desaparezca.
Marcus levantó la vista de inmediato, dejando el masaje a medias, y le sostuvo la mano—. Esto no va a desaparecer, Gabriela —afirmó—. Esto es lo que hay de ahora en adelante. No es un favor ni un capricho de un día. Es mi nueva realidad, y pienso tenerla todos los días que usted me deje.
Ella bajó la cabeza hacia las manos entrelazadas, sin saber qué responder, justo cuando el teléfono de Marcus comenzó a vibrar con insistencia sobre el escritorio.
Él se puso de pie para revisarlo, y la expresión se le endureció al leer el nombre en la pantalla. Presionó el botón de altavoz antes de contestar, dejando el aparato sobre la mesa frente a Gabriela.
—Robert.
—¡Marcus! ¿Me puedes explicar qué diablos pasó hoy? —la voz del hombre llegó cargada de furia—. Mi hija me llama histérica diciendo que la sacaste del edificio como si fuera una criminal, que cancelaste la sociedad por un problema con una empleada. ¡Años de trabajo juntos, Marcus, y lo tiras todo por una pelea de pasillo!
—No fue una pelea de pasillo, Robert. Tu hija intentó abofetear a mi asistente, después de insultarla por su embarazo. Esa decisión ya está tomada. La sociedad queda cancelada, con efecto inmediato.
—¡No puedes hacer esto, tenemos contratos firmados, el proyecto de la costa depende de...!
—Puedo, y lo estoy haciendo. Lo que hizo tu hija es imperdonable. No hay vuelta atrás, Robert. Que tengas buena tarde.
Colgó sin esperar respuesta, dejando el teléfono otra vez sobre la mesa. Gabriela se quedó mirándolo, procesando lo que acababa de presenciar.
—Acaba de arriesgar millones de dólares en un segundo —susurró, casi sin creerlo—. Por mí.
—Hay cosas que valen más que un proyecto inmobiliario —contestó él, sentándose de nuevo a su lado, tomándole la mano otra vez como si nada de lo que acababa de pasar mereciera más explicación.
Para cuando la empleada tocó la puerta con el té, el resto de la tarde transcurrió tranquila, con Marcus insistiendo en revisar cada correo pendiente desde el sillón, sin soltarle la mano, hasta que llegó la tarde.
Salieron juntos cuando el edificio ya estaba casi vacío. Marcus cargó el bolso de Gabriela sobre un hombro sin que ella se lo pidiera, y caminaron hasta el estacionamiento en un silencio que, no tenía nada de incómodo.
En el auto, ya en marcha, Marcus estiró la mano derecha sobre el apoyabrazos y entrelazó los dedos con los de ella, sosteniéndola durante el resto del trayecto. Gabriela miró por la ventanilla, sintiendo algo que jamás había experimentado. Era la primera vez en toda su vida que alguien la sostenía de esa forma: no para arrastrarla tras de sí, ni para exigirle un lugar que no quería ocupar, sino por la necesidad de sentirla cerca, como si la mano de Gabriela fuera el único refugio al que él deseaba regresar tras un largo día, el único lugar del mundo donde las manos de un hombre como Marcus Vance finalmente encontraban descanso.
Cuando llegaron a la casa, él apagó el motor y bajó primero para abrirle la puerta. Gabriela se inclinó para recoger la cartera que se le había deslizado al piso del auto, y al estirar la mano hacia el compartimento lateral de la puerta, los dedos tropezaron con un papel arrugado, metido en el fondo como si llevara tiempo olvidado ahí.
Lo sacó por inercia, pensando que sería alguna factura de peaje o un ticket de estacionamiento.
No lo era.
El membrete dorado en la parte superior del papel pertenecía al Club Élite. Debajo, una fecha impresa que reconoció de inmediato, una fecha que llevaba grabada en la memoria desde hace meses. Más abajo, las palabras Suite Presidencial, y al final del recibo, un nombre.
Marcus Vance.
El corazón le dio un vuelco tan fuerte que por un segundo sintió que se quedaba sin aire. El perfume de su piel, la voz grave susurrándole al oído en la oscuridad, las caricias de sus manos. La misma fecha, exacta, sin margen de error.
Las piezas se alinearon solas en su cabeza. Pero un segundo después, la vieja costumbre de desconfiar de sí misma, de pensar que nada bueno ni extraordinario podía estarle pasando a ella, se encargó de apagar la idea casi tan rápido como había aparecido. Soltó un resoplido bajo, una risa dirigida a sí misma.
Qué tontería. Un hombre como Marcus, dueño de media ciudad, seguramente tenía reservada media docena de suites presidenciales en distintos hoteles a lo largo del año, para reuniones, para socios, para cualquier excusa de negocios que a ella ni se le ocurriría imaginar. Una coincidencia de fecha no significaba nada. No podía significar nada.
Aun así, dobló el papel con cuidado y lo deslizó en el bolsillo interior de su chaqueta justo cuando la puerta del auto se abrió, y Marcus ya estaba de pie esperándola con la mano extendida.
—¿Todo bien? —preguntó, notando algo distinto en su expresión.
—Sí, se me había caído la cartera —forzó una sonrisa mientras aceptaba su mano para bajar del auto.
La acompañó hasta la puerta de la casa, y cuando Gabriela se giró para despedirse, alcanzó a decir
Buenas noches, señor ... antes de que Marcus la tomara por la cintura, acortando la distancia de un solo movimiento.
—No me llame así cuando estamos solos —murmuró, con los labios a milímetros de los de ella.
El beso que siguió fue lento y apasionado. Gabriela apretó las manos contra las solapas de su abrigo, intentando en vano poner una muralla, recordándose a sí misma todas las razones por las que esto era una locura, por las que no debía ni podía sentir nada. Sin embargo, la razón se le desvaneció entre los labios. Por mucho que su mente buscara negar lo que estaba pasando, su cuerpo y su corazón la traicionaban, entregándose sin reservas al calor de sus brazos, a la devoción con la que él la besaba y a esa certeza avasalladora de saber, que en el fondo, ya no había vuelta atrás.
Al separarse, él esperó a que ella cruzara la puerta de la casa y la cerrara detrás de sí antes de volver al auto.
Gabriela entró con el corazón latiéndole fuerte en la garganta, y llevó una mano al bolsillo del abrigo, acariciando el borde del papel doblado sin sacarlo.
—¡Ay, mi niña, mírate la cara! —la voz de María llegó desde la cocina—. Ven acá, que tienes algo distinto.
Gabriela se acercó despacio, y María la estudió de arriba abajo con una sonrisa que le creció a cada segundo, le notó los labios un poco hinchados, las mejillas con un rubor que no se le iba, los ojos brillándole de una manera que hacía meses, quizás años, que María no le veía.
—Cuéntamelo todo —dijo, tomándola de las manos y arrastrándola hacia la mesa de la cocina.
Y ella, incapaz de seguir guardándose nada, lo soltó todo de un tirón: la modelo que la insultó en el pasillo y casi la abofetea, a Marcus deteniendo el golpe en el aire, la llamada al padre de la mujer cancelando una sociedad de millones sin pestañear, el masaje en los tobillos arrodillado sobre la alfombra de su propio despacho, el beso, el segundo beso en la puerta, y por último, con la voz más baja, el recibo del hotel que acababa de encontrar en el auto con la fecha de hace más de cuatro meses.
María escuchó todo sin interrumpir, con las manos apretadas contra el pecho, y cuando Gabriela terminó, se quedó un momento en silencio antes de soltar una risita, negando con la cabeza.
—Niña, tú eres una mujer joven, hermosa, y vales muchísimo más de lo que tú misma crees —le tomó las dos manos por encima de la mesa—. Date la oportunidad de ser feliz, aunque te dé miedo.
—Pero María, el recibo, la fecha, yo pensé que...
—Ese hombre —la interrumpió María— no es ningún niño jugando a enamorar empleadas, Gabriela. Es un hombre hecho y derecho, serio, con los pies en la tierra, que sabe exactamente lo que quiere y no pierde el tiempo en cosas que no le importan. Si un hombre así te está buscando de esta manera, cuidándote de esta manera, arriesgando lo que arriesgó hoy por ti... es porque eres tú, de verdad, a quien quiere. No lo dudes más.
Gabriela bajó la vista hacia sus propias manos, envueltas entre las de María. No fue una revelación mágica ni una certeza instantánea que le borrara los miedos de un plumazo; la vida la había lastimado demasiado como para creer en cuentos de hadas de la noche a la mañana.
Fue, más bien, el peso de una verdad que ya no podía seguir esquivando. Sus ojos se empañaron y la primera lágrima se le escapó, rodándole por la mejilla. Se pasó los dedos por los labios, sensibles por la huella de los besos de Marcus, y no sintió culpa por desear que todo eso fuera real. Sintió miedo, sí, un pánico atroz a caerse de nuevo, a ese fantasma que la perseguía desde hacía tanto tiempo: el temor a ser rechazada por su cuerpo, a ser escondida por vergüenza, a que la trataran como un secreto porque no encaja en lo que el mundo considera suficiente. El pánico a que, cuando la ilusión se apagara, volviera a ser la mujer que estorba, la que tiene que disimular su peso, su embarazo y su cansancio para no resultar una carga. Pero debajo de ese terror, floreció una luz de esperanza. La ilusión de que tal vez, solo tal vez, su historia no estaba condenada a la sombra.