El latido
Dos semanas después, el escritorio de Gabriela ya no estaba en el pasillo. Marcus lo había hecho trasladar a su propio despacho sin pedirle opinión, uno de madera clara contra la pared lateral, orientado de manera que, desde su silla, él pudiera verla directamente. Junto al escritorio, un sillón reclinable de cuero esperaba siempre con una manta doblada sobre el respaldo y dos cojines acomodados en las esquinas, listo para cuando el cansancio del mediodía llegaba.
La rutina se adecuó de manera natural. El roce de las hojas al pasar, el tecleo de ambas computadoras, las miradas que se cruzaban sin motivo aparente, y que ambos no podían evitar. Marcus le dejaba un vaso de agua junto al teclado sin que ella se lo pidiera, le llevaba un té a media tarde, y cada vez que pasaba detrás de su silla camino a la ventana, los dedos le rozaban el hombro o el cabello, un segundo, como si no pudiera evitarlo.
Esa tarde, Gabriela dejó la carpeta que tenía entre manos y se quedó mirándolo trabajar. Tenía las mangas de la camisa recogidas, el ceño fruncido en concentración, en esa expresión severa que solía intimidar a media empresa. Sin embargo, para ella, esa figura imponente ya no infundía miedo. Al contrario, sentía demasiadas cosas que ya no podía negar, por mucho que lo intentase. Se levantó despacio y caminó hacia el sillón reclinable.
Marcus notó el movimiento al instante; dejó la pluma sobre la mesa y se puso de pie para acercarse a ella.
—¿Te sientes mal? —preguntó de inmediato, arrodillándose a su lado sobre la alfombra.
Gabriela tardó un momento en responder, buscando las palabras, con la vista fija en sus propias manos—. Necesito preguntarte algo, y necesito que seas honesto —levantó la cabeza para mirarlo de frente—. ¿Estás seguro de lo que estás haciendo, Marcus? Mírame. No soy flaca, estoy embarazada de otro hombre, vengo con heridas que ni siquiera te he contado del todo. ¿De verdad quieres cargar con todo este peso? ¿Conmigo?
La voz se le quebró en la última frase, el miedo de toda una vida saliendo a la superficie, heridas que el desprecio, la vergüenza y las inseguridades tallaron en su corazón.
Marcus no respondió enseguida. Le tomó el rostro entre las dos manos, y la miró casi sin pestañear.
—Eres una mujer hermosa, Gabriela. Maravillosa, increíble, exactamente como eres, sin que te falte ni te sobre nada —empezó, con una voz grave y pausada, cada palabra declarando lo que él llevaba guardado—. Y te voy a confesar algo. Cuando te dije que solo quería ser tu amigo, te mentí. Desde el primer día supe que quería ser tu pareja, tu compañero, tu refugio. Llevo años solo, Gaby. No porque me faltaran opciones, sino porque nunca encontré a la mujer indicada…hasta que llegaste tú.
Ella sintió que los ojos se le empañaban pero esta vez el nudo en la garganta no tenía nada que ver con el miedo.
—Déjame consentirte —continuó él, con el pulgar acariciándole la mejilla, limpiando una lágrima que ya había empezado a caer—. Déjame sanar lo que te lastimaron antes de mí. No quiero a nadie más. Te quiero a ti, con todo lo que traes.
Ella cerró los ojos un momento, dejando que las palabras acariciaran su alma y poco a poco quitaran el dolor. Cuando los abrió otra vez, asintió despacio, apoyando la frente contra la de él, rindiéndose a lo que sentía. No había barreras ni muros que pudiesen frenar el latido de su corazón cada vez que él estaba cerca, cada vez que la miraba o tocaba.
El amor que sentía por Marcus era mayor a todo.
—Hoy tengo la ecografía —sonrió timidamente—. La cita para saber el sexo del bebé. Quiero que vengas conmigo.
—¿En serio? —preguntó, con una emoción que se le notaba hasta en la voz.
Gabriela asintió, y Marcus ya estaba de pie, cancelando con dos llamadas rápidas todo lo que tenía agendado para esa tarde, sin dudar un segundo, tomando las llaves del auto antes de que ella terminara de ponerse el abrigo.
La doctora los recibió con calidez y amabilidad. Gabriela se acomodó en la camilla, subiéndose la blusa hasta dejar el vientre al descubierto, y Marcus tomó su lugar de siempre junto a la cabecera, entrelazando los dedos con los de ella en cuanto la doctora aplicó el gel frío sobre su piel.
El aparato se deslizó despacio, y se escuchó el fuerte e inconfundible latido del diminuto corazón.
La doctora entrecerró los ojos frente a la pantalla, hasta que asintió y sonrió de oreja a oreja.
—Miren aquí —señaló un punto en la imagen—. Es una niña. Van a tener una bebita hermosa, y está completamente sana.
El silencio en el que ambos procesaron la noticia duro un segundo, pero a Gabriela le pareció mucho más largo. Giró la cabeza hacia Marcus, buscando compartir la alegría, y lo encontró con la vista clavada en la pantalla, la mandíbula temblando y los ojos desbordados de lágrimas que caían por sus mejillas.
Una niña. Un pequeña y hermosa niña.
Le apretó la mano, sin apartar la vista de esa imagen.
La doctora, reconociendo estos momentos, le entregó a Gabriela una toalla para limpiarse el gel del vientre y se excusó con una sonrisa discreta, cerrando la puerta del box despacio al salir, dejándolos completamente solos.
Marcus se inclinó sobre ella en cuanto quedaron a solas, besándola en la frente, después en cada mejilla, recogiendo con los labios el rastro salado de sus propias lágrimas mezcladas con las de ella. Cuando encontró su boca, el beso fue lento, muy lento. Sus labios se quedaron unidos por un largo tiempo.
—Una niña —susurró, como si repetirlo en voz alta lo hiciera más real.
Gabriela asintió, sin poder hablar, y Marcus bajó una mano hacia su vientre, dejándola ahí, quieta, mientras con la otra le sostenía el rostro, ambos unidos por algo que, sin que ella aún no lo supiera, ya los unía desde mucho antes de ese consultorio.