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Fuga al amanecer

La Tentación Del Patriarca 18+ — booknet.com · All chapters

Fuga al amanecer

Gabriela

El frío de la madrugada fue lo primero que me devolvió a la realidad.

Abrí los ojos despacio. El dolor de cabeza me latió con fuerza en las sienes y la garganta me quemaba, pero la neblina que me había nublado el juicio durante horas finalmente había desaparecido. La luz del amanecer comenzaba a colarse por las cortinas, revelando el desorden de la habitación: el vestido verde tirado en el suelo, mi bolso volteado sobre un sillón y las sábanas de seda revueltas alrededor de mi cuerpo.

En ese momento sentí el peso sobre mi cintura.

Un brazo firme y caliente me sujetaba contra el colchón, pegándome a su pecho. A mi espalda, la respiración pausada y profunda de un hombre.

El pánico me atravesó como una descarga eléctrica.

Me quedé completamente rígida, sin atreverme siquiera a tomar aire. Los recuerdos de la noche anterior regresaron en ráfaga, el mensaje anónimo, la voz de Jaxon burlándose de mí, el vaso de licor amargo que me obligaron a tragar y la huida a ciegas por el pasillo.

Y luego… él.

La voz grave en la penumbra, las manos que me sostuvieron para que no cayera al suelo y la entrega desesperada en esa misma cama.

No me atreví a girarme. No quería mirarlo, no quería verle el rostro ni arriesgarme a que un solo movimiento lo despertara. Lo único que necesitaba era salir de esa habitación.

La vergüenza me ahogó en la garganta. Si alguien se enteraba de esto, si mi padre descubría que su hija había terminado en la cama de un desconocido tras ser humillada por su prometido, el escándalo terminaría de destruirlo.

No podía permitirlo.

Deslicé su brazo fuera de mi cuerpo con lentitud, aguantando la respiración cada vez que él se movía levemente. Coloqué las piernas fuera de la cama y pisé la alfombra, manteniendo la vista fija en la puerta. Las piernas me temblaban y el cuerpo me dolía, pero me obligué a moverme.

Junté mi ropa con torpeza. Me vestí a toda prisa, con los dedos entumecidos por los nervios. Tomé los tacones en una mano, agarré mi bolso con la otra y me acerqué a la puerta con pasos sigilosos.

Quité el seguro y me deslicé hacia el pasillo, cerrando sin hacer el menor ruido.

Al salir a la calle, eché a caminar hacia la avenida principal sin mirar atrás, sintiendo en el pecho un nudo opresivo que no me dejaba respirar.

.

.

Narrador

Veinte minutos después, Marcus abrió los ojos.

Su primer instinto fue buscar al costado de la cama el calor del cuerpo que lo había mantenido despierto casi toda la noche. Su mano se deslizó sobre la seda, pero solo encontró el espacio vacío y la sábana fría.

Se incorporó de golpe, sentado en la orilla del colchón. Recorrió la habitación con la mirada afilada. El vestido verde ya no estaba, el bolso tampoco. La puerta de la suite tenía el cerrojo quitado.

Una mueca de rabia se dibujó en sus facciones.

En sus cuarenta y cinco años de vida, gobernando un imperio corporativo donde nada ni nadie se movía sin su autorización, jamás una mujer se había atrevido a abandonar su cama como si fuera un fantasma…y menos ella. La mujer que llegó a su puerta huyendo de una trampa, la que había temblado entre sus brazos revelando una inocencia que lo dejó cautivado, y que lo hizo perder el control como nunca antes, dejándole una huella que todavía le quemaba la piel.

Se puso de pie, desnudo, ignorando el frío del suelo. Se pasó una mano por el cabello desordenado

Al girarse y volver a mirar hacia el colchón, lo vio. Ahí, sobre la tela clara, descansaba una pequeña mancha de sangre.

Se quedó inmóvil ante la visión. El recuerdo del momento exacto en que tropezó contra su barrera lo recorrió. Ella no solo había sido una mujer entregada en la penumbra; él fue el primero, el único. Hizo suya una parte de ella que nadie más en el mundo conoció jamás. Una punzada de posesión oscura y territorial le apretó el pecho. La certeza de que esa mujer llevaba su marca encendió algo salvaje en sus entrañas.

Apoyó la mano un segundo sobre la cama, apretando la mandíbula con firmeza, antes de apartar la mirada.

Avanzó hacia la mesa, donde descansaba su reloj y su teléfono. Al dar el segundo paso, su pie tropezó con algo metalizado sobre la alfombra.

Se inclinó y lo recogió.

Era una pequeña medalla de plata con una cadena rota. Un dije sencillo, desgastado por el uso, que ella debía llevar al cuello. Lo apretó en su puño con tanta fuerza que los bordes metálicos le marcaron la palma de la mano.

Tomó el teléfono personal y marcó el número de su jefe de seguridad.

—Señor —respondió la voz al segundo tono.

—Quiero las cámaras de seguridad del piso VIP del Club Élite de las últimas seis horas —ordenó Marcus—. Necesito la identidad de la mujer que salió de la suite 1408 entre las seis y las siete de la mañana.

—Entendido, señor. ¿Paso el informe a la oficina?

—No —lo interrumpió, mirando la cadena en su mano—. Me lo entregas a mí personalmente, y hazlo rápido. Tienes dos horas.

Colgó la llamada. Con movimientos pausados, se acercó al sillón para recoger su pantalón de vestir, ponérselo y ajustarse el cinturón. Ya vestido, caminó hacia el ventanal que daba hacia la ciudad, contemplando la ciudad que comenzaba a despertarse.

Tenía decenas de reuniones, firmas de contratos y decisiones millonarias esperándolo en la emprensa, pero nada de eso ocupaba su mente.

No sabía su nombre, no conocía su historia, pero Marcus tenía algo claro: esa mujer no se le iba a escapar. La buscaría por debajo de la tierra si era necesario, y cuando la tuviera enfrente, no dejaría que volviera a salir de su dominio.