La peor de las coincidencia
Salieron del consultorio tomados de la mano. La sonrisa en el rostro de él no se había borrado desde que cruzaron la puerta.
—Tenemos que celebrar como corresponde —le abrió la puerta—. Conozco un restaurante que le va a encantar, reservo una mesa ahora mismo.
Gabriela sonrió, negando con la cabeza mientras se acomodaba en el asiento.
—Marcus, tenemos pendientes en la oficina. El informe para el directorio todavía no está terminado. Celebremos el fin de semana, con calma, te lo prometo.
Él rodeó el auto sin perder el entusiasmo, y una vez al volante, la miró de reojo con una sonrisa—. Está bien, volvemos a la oficina. Pero paramos en el camino y compramos un pastel. No pienso dejar pasar este día sin algo dulce de por medio.
—Está bien—ella rio, y el auto arrancó rumbo al centro.
La pastelería a la que Marcus la llevó ocupaba la esquina de un edificio, con vitrinas iluminadas donde cada torta parecía una pieza costosa más que un postre. Gabriela se quedó un momento parada frente al mostrador, recorriendo con la vista los precios escritos en una tipografía elegante. El corazón le daba un salto cada vez que leía una cifra.
—Pida lo que quiera—le dijo Marcus al oído, con una mano apoyada en la parte baja de su espalda—. No mires los precios.
Terminó eligiendo un clásico pastel de tres leches cubierto de chocolate, el mismo que su madre solía comprarle de pequeña en las fechas especiales, y Marcus pidió además un té caliente para ella y un café para él.
De regreso hacia la empresa, Gabriela sostenía la caja con cuidado sobre las piernas, procurando que el auto no la sacudiera demasiado en cada bache. En el primer semáforo en rojo, Marcus estiró el brazo y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Te ves hermosa hoy—murmuró, antes de inclinarse y besarla despacio.
En el siguiente semáforo, repitió el gesto, esta vez dejando los labios un momento más en su sien, respirando el aroma de su cabello antes de volver la vista al frente. Ella sintió que una risa se le escapaba del pecho, una sensación de felicidad que parecía querer explotar.
—Ahora que sabemos que es niña —comentó él, tomándole la mano libre y apoyándola sobre su propio muslo—, tenemos que empezar a pensar en nombres.
—¿Tenemos? —preguntó ella, con una ceja levantada y una sonrisa de medio lado.
—Tenemos —confirmó Marcus, sin dejar lugar a dudas—. ¿Qué te parece Amanda?
—Muy formal. ¿Y Sofía?
—Lindo, pero hay tres Sofías en mi edificio. Probemos con algo menos común.
Siguieron así el resto del trayecto, proponiendo nombres, descartando algunos y deteniéndose en otros mientras el tráfico los obligaba a avanzar despacio entre semáforo y semáforo, sin que a ninguno de los dos pareciera importarle demasiado la demora.
Ya en el despacho, acomodaron las cajas sobre la mesa de centro junto al sillón reclinable, y Marcus sirvió dos porciones generosas del pastel en los platos de loza que guardaba en el pequeño mueble junto a la ventana. Se sentaron juntos, las piernas de Gabriela extendidas sobre el sillón y las de Marcus a un costado, compartiendo el postre entre bocados y comentarios sobre lo absurdamente caro que había resultado un pedazo de bizcocho con leche.
—Tienes crema en el labio —dijo Marcus en un momento, y antes de que ella alcanzara a limpiarse sola, le pasó el pulgar despacio por la comisura, recogiendo el resto de dulce.
El gesto terminó en un beso lento, pausado, de esos que te hacen tocar el cielo con las manos.
De pronto un portazo llegó sin aviso.
—¡Señor Vance, disculpe, intenté detenerlo, pero no quiso escuchar...! —la voz de Carolina llegó agitada desde el pasillo, cortada de golpe por la figura que ya había cruzado el umbral sin pedir permiso.
Un hombre joven, de rasgos marcados y una actitud que ocupaba el espacio como si le perteneciera por derecho propio, entró al despacho con las manos en los bolsillos de un abrigo demasiado caro para la hora del día. Al escuchar el golpe de la puerta contra la pared, a Gabriela se le heló la sangre en las venas.
El tenedor que sostenía se le resbaló de entre los dedos, golpeando el plato de loza con un sonido estridente que cortó el aire del despacho en dos.
Jaxon se detuvo en seco al ver el sillón, al ver a quién tenía sentada ahí.
—¿Tú? —la palabra le salió con una incredulidad que no se molestó en disimular—. ¿Qué demonios haces tú aquí?
Marcus, todavía con el pulgar manchado de dulce, miró de uno a otro, notando la tensión repentina que se había instalado en la habitación sin entender el motivo.
—¿La conoces? —preguntó mirando a su hijo y luego a Gabriela.
La pelirroja sintió que el aire se le escapaba del pecho. El nudo en la garganta le impidió formular una palabra. Intentó hablar, pero solo soltó un hilo de voz inaudible:
—Yo…
Jaxon observó a Gabriela detenidamente: vio la manta en el sillón, el plato de pastel, y la cercanía con su padre. Una sonrisa
burlesca y amarga se le dibujó en los labios.
—No, no la conozco. ¿Cómo podría conocer a una gorda como ella?
Gabriela sintió que el labio inferior le empezaba a temblar, que los ojos se le llenaban sin que pudiera hacer nada para evitarlo, las lágrimas cayendo antes de que lograra contenerlas. No por el desprecio de sus palabras, sino porque cuando finalmente siente que está lejos y a salvo de sus verdugos, estos la terminan por alcanzar.
Marcus no lo dudó un solo segundo. Se puso de pie tan rápido que la taza de café quedó tambaleándose sobre la mesa. Cruzó los dos pasos que lo separaban de Jaxon, y el puñetazo le dio de lleno en la mandíbula, un golpe que tiró al joven al piso.
—¡Marcus, espera! —el grito de Gabriela llegó tarde, cuando Jaxon ya estaba en el piso, con una mano en la mandíbula y una expresión de desconcierto.
Él no esperó. Lo tomó de la camisa, levantándolo medio cuerpo del suelo con una fuerza que dejaba claro que no pensaba contenerse más.
—¿Quién te crió así? —la voz le salió ronca—. Yo no te eduqué para que le faltaras el respeto a una mujer de esta manera. Jamás.
—Suéltame, viejo loco —escupió Jaxon, intentando zafarse del agarre sin éxito.
—Te cancelé las tarjetas la semana pasada por despilfarrar en un yate y en alcohol para tus amigos y tu prometida, y aún te quedan ganas de venir a mi oficina a insultar a la gente —continuó Marcus, sin soltarlo—. Si vuelves a hablarle así a alguien, a cualquiera, pero sobre todo a ella, te quito el departamento, te saco de mi testamento, y te vas a la calle a ver cuánto te dura esa actitud sin un centavo detrás.
Jaxon, con la mandíbula ya hinchándose, lanzó una mirada venenosa hacia Gabriela.
—¿Te la estás cogiendo, o qué?
—Ella es una mujer muy importante para mí —respondió Marcus, soltándolo por fin de un empujón contra el sillón—. Y su embarazo no es asunto tuyo para que lo cuestiones. Vas a respetarla, o no vas a volver a pisar este edificio nunca más.
—Esto no se queda así —masculló Jaxon, incorporándose con dificultad, sosteniéndose la mandíbula mientras retrocedía hacia la puerta—. Te vas a arrepentir papá.
—Fuera —fue la única respuesta que obtuvo.
Jaxon cruzó el despacho a paso rápido, lanzando una última mirada cargada de odio hacia Gabriela antes de salir dando un portazo que resonó por todo el pasillo, dejando a Carolina parada en la puerta con las manos apretadas contra el pecho, sin saber si entrar o retirarse.
Marcus cerró los ojos un segundo, tomando aire, antes de girarse hacia el sillón donde Gabriela seguía sentada, destrozada, las lágrimas corriéndole por las mejillas sin que intentara ya contenerlas. Se arrodilló frente a ella, tomándole las manos entre las suyas.
—Gabriela, mírame. Lo siento muchísimo, no debí dejar que llegara hasta aquí, no tenía idea de que…
—¿Es tu hijo?
Sí... es mi hijo —admitió él, confundido por la magnitud del impacto en ella—. ¿Por qué? ¿Lo conoces?
Ella cerró los ojos un segundo, sintiendo que el suelo se le abría bajo los pies, y cuando los abrió, miró a Marcus a los ojos con el corazón hecho pedazos.
—Tengo que contarte algo.