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La verdad que sana

La Tentación Del Patriarca 18+ — booknet.com · All chapters

La verdad que sana

Marcus se arrodilló frente al sillón y le tomó el rostro entre las manos, buscándole los ojos hasta que Gabriela dejó de temblar lo suficiente como para sostenerle la mirada.

—Aquí no —dijo, pasándole los pulgares por las mejillas húmedas—. No vamos a hablar de esto en la oficina, expuestos, con medio piso murmurando lo que acaba de pasar. Vamos a mi casa.

La ayudó a ponerse de pie, le acomodó el abrigo sobre los hombros con el mismo cuidado de siempre y la guió del brazo hasta el estacionamiento, sin soltarla en ningún momento. Ya en el auto, Gabriela se atrevió a preguntar lo que llevaba atragantado desde que salieron del despacho.

—¿Estás seguro de esto, Marcus? De llevarme a tu casa, sin saber todavía lo que voy a contarte. Podría cambiarlo todo.

Él le sostuvo la mano, apretándola con una seguridad que no dejaba espacio a la duda—. Soy un hombre adulto, Gabriela. Sé exactamente lo que quiero, y lo que siento por ti no va a cambiar por nada de lo que me digas allá adentro. Eres mi prioridad. Eso ya está decidido.

El departamento de Marcus ocupaba un piso entero, con ventanales altos que dejaban entrar la luz de la tarde y una calidez que a Gabriela la sorprendió, muy distinta a la frialdad que hubiera imaginado. La sentó en el sofá de la sala, le trajo una manta del dormitorio y se la acomodó sobre las piernas antes de desaparecer hacia la cocina, remangándose la camisa por el camino.

Volvió quince minutos después con una bandeja: una taza de té y dos sándwiches de huevo con jamón, cortados en triángulos prolijos, como si hubiera puesto en eso el mismo cuidado que ponía en cada decisión de la empresa.

—Come algo primero —se sentó a su lado y dejó la bandeja sobre la mesa de centro—. Después hablamos todo lo que necesites hablar.

Esperó, sin apurarla, sosteniéndole la mano mientras ella comía despacio, hasta que Gabriela finalmente dejó el plato a un lado y tomó aire, decidida a no seguir postergando lo que había estado guardando durante meses.

—Jaxon fue mi novio —empezó, con la voz temblorosa—. Al principio parecía perfecto, pero después... —se detuvo, buscando las palabras—. Después empezó a avergonzarse de mí. De mi cuerpo. Me hacía comentarios todo el tiempo, sobre lo que comía, sobre cómo me veía en la ropa que elegía. Nunca me presentó con sus amigos de verdad. Me escondía, Marcus. Como si yo fuera algo que había que ocultar.

Marcus apretó la mano de Gabriela con más fuerza, sin decir nada, dejándole el espacio para seguir.

—La noche en que todo cambió —continuó ella, con la vista fija en sus propias manos—. Fui a buscarlo al Club Élite para confrontarlo, para pedirle una explicación... Y cuando llegué, lo encontré ahí con mi hermanastra. Estaban riéndose de mí, burlándose a mis espaldas. Los confronté, pero me forzaron a beber una copa. Me dieron un afrodisiaco—continuó mientras las lágrimas le caían por las mejillas sin control —. Su plan era vil: querían dejarme completamente a merced de los meseros de ese lugar, querían destruirme de la forma más cruel. Pero saqué fuerzas de donde no tenía y logré huir.

Marcus apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La sola idea de que su propio hijo y esa mujer hubieran tramado semejante monstruosidad le revolvía las entrañas.

Gabriela, temblando, se inclinó un poco hacia adelante.

—Lo que ahora te diré... sé que puede cambiar la manera en que me ves —susurró con el corazón latiendo rápido—. Me puedes juzgar y lo entiendo, yo lo he hecho muchas veces conmigo misma... pero por favor, escucha toda mi verdad.

Marcus no soltó sus manos; al contrario, se las envolvió con más firmeza.

—No recuerdo bien cómo logré llegar a esa habitación. Solo recuerdo la desesperación, la confusión que sentía en el cuerpo y el miedo a que me alcanzaran. Terminé entrando al cuarto de un desconocido. Tenía tanto miedo, Marcus... Le pedí ayuda a ese hombre en medio de la oscuridad. Y esa noche... con él perdí mi virginidad. Al mes después supe que estaba embarazada. Durante mucho tiempo cargué con una culpa que no me dejaba dormir, pensando que todo era mi responsabilidad por haber ido a ese club y por haber aceptado esa copa.

Marcus ya no necesitaba escuchar ni una palabra más. Conocía esa noche de memoria, cada segundo, cada detalle que llevaba meses repasando solo, en silencio, sin poder contárselo a nadie. Había sido él quien estaba dentro de esa habitación cuando ella entró aterrada, él quien la recibió en la penumbra al verla tan desorientada. Fue él quien la sostuvo entre sus brazos, quien la besó y la acarició con infinita delicadeza para calmar el temblor de su cuerpo, y él quien, después de esa noche, pasó meses enteros buscándola.

La escuchó hasta el final con el corazón dividido entre la compasión y una ternura que ya no tenía forma de contener. Le besó la frente despacio, luego se levantó sin decir nada y caminó hacia el pasillo que llevaba a su estudio privado.

Gabriela se quedó sola en el sofá, secándose las lágrimas con la manga del suéter. El silencio se sintió inmenso, pesado. Un nudo doloroso se le formó en la garganta al ver la espalda de Marcus alejarse. Dentro de su cabeza, las sombras de la culpa volvieron a cobrar fuerza: asumió que él simplemente no había aguantado la vergüenza, que la historia era demasiado turbia, demasiado grotesca para un hombre como él. Se abrazó el vientre con ambas manos y comenzó a ponerse de pie despacio, convencida de que lo que venía ahora era el rechazo inevitable, la mirada de lástima y el final definitivo de lo que empezaban a construir.

Sin embargo, antes de que pudiera dar dos pasos hacia la salida, los pasos de Marcus resonaron de vuelta.

Él no venía con la cabeza baja ni con frialdad en el rostro. Traía en las manos una pequeña caja, un joyero de terciopelo negro. Se aproximo hasta ella e hincó una rodilla en el suelo.

—Marcus... ¿Qué haces?

Él no respondió inmediatamente. Levantó la vista hacia ella desde el suelo y abrió el joyero despacio.

Dentro de la caja, sobre la seda, descansaba una medalla de plata pulida. La cadena, que esa noche se había roto, lucía ahora completamente nueva, restaurada en su totalidad. Era su medalla. La joya familiar que ella dio por perdida en la suite hace más de cuatro meses.

Pestañeó una, dos veces, negándose a creer lo que sus ojos le mostraban. Un mareo sutil le recorrió las sienes mientras su mente intentaba asimilar lo imposible. Sintió que las piernas le fallaban, un cosquilleo bajándole desde la nuca hasta los hombros. Los fragmentos borrosos de aquella noche—el aroma a madera que la envolvió en la penumbra, el peso de unas manos grandes y protectoras sobre su espalda, la voz firme y profunda que le susurraba al oído—se estrellaron de golpe contra el presente.

—Tú... —alcanzó a articular Gabriela con un hilo de voz que se rompió antes de terminar la frase—. Esta es mi medalla... Cuando la perdí, la cadena estaba rota... ¿De dónde la sacaste?

Marcus se levantó y la rodeó con sus brazos, pegándola contra su pecho, cuidando de no presionar su vientre.

—Fui yo. Esa noche, en la suite. Fui yo quien te encontró, quien te cuidó, quien se quedó contigo hasta la mañana, hasta que me dejaste y desapareciste. Te busqué durante meses, sin saber tu nombre, sin tener ninguna pista real, hasta que apareciste en esa entrevista de trabajo y el mundo entero se detuvo para mí.

Gabriela sintió que cada pieza del rompecabezas que había estado ignorando a propósito, de pronto, encajaba a la perfección.

—La bebe que llevas en el vientre es mía, Gabriela —afirmó—. Es mi hija. Y no hay una sola parte de mí que se arrepienta de haberte encontrado esa noche, ni de haberte buscado después, ni de nada de lo que siento por ti ahora.

Ella se quedó mirándolo, las lágrimas corriendo sin freno—. Yo... Marcus, no puedo creerlo. No... no puede ser...

—Amor mío, créelo... es la pura verdad —le pasó los pulgares por las mejillas para secarle el llanto—. Tú eres mía, esa bebé es mía. Ustedes dos son mi familia, y nada ni nadie cambiará eso, te lo juro.

Gabriela soltó un sollozo que le brotó desde lo más profundo del alma. La vergüenza y la culpa que no la había dejado dormir durante meses se desmoronaron en mil pedazos en ese instante. Apoyó la frente contra el cuello de él, aferrándose a su camisa, sintiendo el latido desbocado de un corazón que la había estado buscando desde aquella misma noche.

Ya no había fantasmas, ni sombras, ni dudas. Estaba en casa.

Continuará...