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La verdad que no quiso escuchar

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La verdad que no quiso escuchar

Gabriela

Apreté el bolso contra mi pecho mientras cruzaba el jardín de la casa. Me temblaban las piernas y sentía la piel del cuello arder, pero lo único que deseaba era llegar a mi habitación, meterme a la ducha y borrar el rastro de una noche que me había cambiado la vida.

Al abrir la puerta principal, el silencio de la estancia me erizó los vellos de los brazos.

En el centro de la sala, estaban todos.

Mi hermanastra, Verónica, permanecía hundida en el sofá, sollozando con amargura rodeada por los brazos de Jaxon. A su lado, su madre, Beatriz —la mujer con la que mi padre se había casado dos años después de la muerte de mi mamá—, le acariciaba la espalda con dramatismo. Y frente a ellos, de pie y con el rostro pálido, estaba mi padre.

Sus ojos se clavaron en mí.

—¡Gabriela! —la voz de mi padre retumbó en las paredes—. ¿Dónde pasaste la noche?

Di un paso atrás—. Papá… yo…

—¡No la presiones, Eduardo! —intervino Beatriz con una dulzura tan falsa que me resultó repulsiva—. Ya te dijimos lo que pasó. Pobre Verónica, está destrozada. Intentó proteger a su hermana y solo recibió desprecios.

Miré a Verónica. Tenía los ojos rojos y un pañuelo arrugado entre las manos, fingiendo un ataque de llanto impecable.

—¿De qué estás hablando? —pregunté, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones—. ¿Qué está pasando aquí?

La pelinegra levantó la cabeza, mirándome con una pena fingida que me dio náuseas.

—Lo siento, Gabriela… no pude seguir ocultándolo —dijo con la voz entrecortada, apretando la mano de Jaxon—. Papá tenía que saberlo. Intenté detenerte, te lo juro por la memoria de tu madre que lo intenté… Te vi en el Club Élite, vi cómo te ibas al piso VIP con ese hombre desconocido. Me abalancé sobre ti en el pasillo, te supliqué que pensaras en Jaxon, que pensaras en la reputación de nuestro padre… pero me empujaste. Dijiste que te daba igual tu compromiso y te encerraste con él en esa suite.

El impacto de sus palabras me dejó paralizada.

—¡Eso es mentira! —grité, dando un paso al frente. El corazón me martilleaba contra las costillas—. ¡Papá, eso no es verdad! ¡Ella me tendió una trampa! ¡Ellos dos me drogaron!

—¡Basta de difamar a tu hermana! —estalló Beatriz, poniéndose de pie—. ¿Cómo te atreves a acusarla después de la bajeza que cometiste? Verónica llegó a la casa hecha un mar de lágrimas, culpándose por no haber tenido la fuerza suficiente para evitar que destruyeras tu dignidad y la de esta familia.

—¡Papá, escúchame a mí! —supliqué, mirandolo a los ojos. Él parecía haber envejecido diez años en una sola noche, confundido y herido—. Jaxon me mandó un mensaje, me citó en ese lugar… me obligaron a tomar algo y yo solo intentaba huir…

—¿Huir? —intervino Jaxon, con una frialdad ejecutada a la perfección—. Gabriela, por favor. Cuando Verónica me llamó asustada desde el club diciéndome que te había visto subir a la suite con otro, no quise creerlo. Vine corriendo aquí esperando que fuera una equivocación… pero mírate. Llegas a las siete de la mañana, despeinada y con la ropa arrugada.

—¿Y quieres pruebas, Eduardo? —sentenció Beatriz, señalándome con un dedo inquisidor—. Mírale el cuello. ¡Míraselo! Tiene una marca clarísima, un chupón fresco que no le dejó su prometido. Tu hija entregó su cuerpo a un desconocido en un hotel mientras su hermana lloraba intentando salvarla.

Mi mano voló instintivamente a la base de mi cuello, cubriendo el punto exacto donde la boca de aquel hombre me había devorado con ferocidad en la penumbra. El calor de la vergüenza me quemó las mejillas.

Mi padre fijó la vista en mi gesto. La pequeña duda que le quedaba en los ojos se apagó de golpe, reemplazada por una decepción que me aplastó el corazón.

—¿Es verdad, Gabriela? —preguntó—. ¿Cambiaste tu futuro, tu compromiso y tu respeto por una noche con un extraño?

—¡No, papá, por favor! —las lágrimas me nublaron la vista, cayendo por mis mejillas—. ¡Ellos lo planearon todo! ¡Verónica y Jaxon están juntos, te lo juro! Tienes que creerme, soy tu hija… yo jamás haría algo así…

—¡Ya es suficiente! —rugió mi padre, golpeando la mesa de centro. El sonido hizo retumbar la sala—. ¡No voy a permitir que le eches la culpa a tu hermana para tapar tu deshonra! Te vas a ir inmediatamente a tu habitación. No tienes permitido salir de ahí, te cancelaré las tarjetas y no vas a pisar la calle hasta que entiendas el daño que has causado. ¡Lárgate arriba!

Tragué saliva, incapaz de defenderme contra tres personas que habían armado la trampa perfecta. Con el alma hecha pedazos, subí las escaleras corriendo, me encerré en mi cuarto y me tiré sobre la cama.

Un par de horas después, la manija de la puerta giró despacio.

La puerta se abrió, era Verónica. Entró lentamente, cerrando detrás de sí con una calma espeluznante. Ya no quedaba rastro de sus lágrimas ni de su actuación. En su rostro solo había una sonrisa fría, y una expresión de triunfo y veneno.

se acercó a la cama observándome desde arriba.

—Mírate… das lástima. Todo lo que era tuyo, Gabriela, me va a pertenecer a mí. Tu prometido, tu reputación, el cariño de tu padre… Te lo voy a quitar todo. Y ni se te ocurra intentar nada para desmentirme, porque la próxima vez te prometo que mi venganza va a ser peor.

Se inclinó lentamente sobre mí, hasta que su aliento me rozó la oreja.

—Dime una cosa… ¿te gustó cómo esos hombres abusaron de ti anoche?

Se puso de pie, soltó una risa y salió del cuarto, dejándome sola en la penumbra con el corazón destruido.

Escuché sus pasos alejarse por el pasillo y me quedé mirando al techo, sin fuerzas ni para limpiar mis lágrimas. El dolor más amargo no era la trampa de Verónica, sino descubrir la verdad. Desde la muerte de mi madre, mi padre se había vuelto una sombra manipulable, y hoy esa mujer y su hija terminaron de arrebatarme lo único que me unía a él.

En la vida de mi padre ya no hay un solo rincón para mí; me había quedado completamente sola.