Dos líneas rojas
El informe sobre la mesa de cristal no tenía más de una página. Marcus no necesitó leerlo dos veces para entender la gravedad de la falla de su equipo.
Frente al escritorio, Rivas, su jefe de seguridad, mantenía la espalda recta, con los brazos cruzados detrás de la espalda y la mandíbula apretada.
—Las cámaras del piso VIP del Club Élite fueron manipuladas entre las diez de la noche y las 7 de la mañana. El servidor sufrió un borrado. No dejaron respaldo en la nube ni registros en el centro de monitoreo. Fue un trabajo limpio, hecho por alguien que conocía la red interna del lugar.
Marcus encendió un cigarrillo, dejando que el humo subiera lentamente hacia el techo de su oficina.
—¿Y el personal de servicio? —preguntó.
—Los dos meseros que cubrían el pasillo de la suite no eran empleados del club.
Usaron pases clonados de dos garzones que estaban de baja médica. Les pagaron en efectivo por cubrir el turno. Nadie sabe sus nombres reales.
Marcus apoyó los codos en el escritorio, mirando fijamente la carpeta vacía.
Ella no era una cazafortunas. Las piezas no encajaban con el perfil de una mujer que buscaba chantajearlo. La habían drogado y la habían puesto en su camino.
—Sigue rastreando las placas de los taxis que salieron ese día por la mañana—ordenó, apagando el cigarrillo contra el cenicero de mármol—. Me da igual cuánto dinero haya que mover. Quiero el nombre de la mujer y el de la persona que la mandó a mi piso.
—Entendido, señor Vance.
Marcus se puso de pie y caminó en dirección al ventanal que daba a la ciudad. Aún sentía el calor de su piel en la palma de sus manos, el peso de sus curvas y la forma desesperada en que ella se amoldaba a su cuerpo en la oscuridad. Había tenido a decenas de mujeres en su cama, pero ninguna con esa belleza salvaje, esa inocencia y esa cascada de cabello pelirrojo que le nubló la razón.
Iba a encontrarla.
No por lástima, ni por resolver el misterio, sino porque por primera vez en su vida, una mujer le había destrozado el control... y no pensaba dejar que se le escapara.
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GabrielaUn mes de encierro termina por deformar la noción del tiempo.
Mi rutina se reducía a las cuatro paredes de mi habitación, al suelo de madera fría donde pasaba horas sentada y al sonido de las pisadas afuera de mi cuarto. Mi padre me había quitado el teléfono, la computadora y el acceso a mis cuentas. Beatriz se encargaba de dejarme claro diariamente que mi presencia en la casa era un castigo que soportaban por lástima.
Esa mañana, el olor del café que venía de la cocina me produjo un retorcijón violento en el estómago.
Corrí al baño a tientas, me senté frente al inodoro y vomité hasta quedarme sin aire. Tenía el sudor pegado a la frente y la boca amarga. No era la primera vez esa semana; llevaba cinco días seguidos despertando con la misma náusea y un mareo que por ratos no me dejaba mantenerme en pie.
El pomo de la puerta crujió despacio. Me sobresalté, pero cuando vi entrar a María, la empleada que llevaba en la casa desde que mi madre vivía, dejé caer los hombros.
María cerró la puerta con llave rápidamente, se acercó a mí en el baño y me recogió el cabello con una mano mientras me pasaba un vaso de agua con la otra.
—Tranquila, niña Gabriela, tranquila —murmuró, mirando hacia la puerta con miedo—. Le traje esto.
Sacó del bolsillo de su delantal una caja pequeña de farmacia, envuelta en una servilleta. La puso en mis manos temblorosas.
—No puede ser, María… es solo el estrés —dije con la voz entrecortada, observando las letras de la prueba de embarazo.
—Lleva días sin comer bien, tiene la piel pálida y se desmaya con los olores —susurró alarmada—. Hágasela. Si la señora Beatriz nota que usted está enferma, va a llamar al médico de la familia, y usted sabe bien de parte de quién está ese doctor.
Tragué saliva. El pánico me oprimió el pecho.
Entré al cubículo, seguí las instrucciones con las manos tiritando y dejé el plástico sobre el lavamanos. Nos quedamos en silencio, escuchando el reloj de la pared.
María rezaba en voz baja a medida que los minutos avanzaban.
Cuando el tiempo terminó, me acerqué lentamente.
Dos líneas rojas
El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. Me aferré al borde del mueble para no caerme….estaba embarazada.
Embarazada de un hombre al que no le vi el rostro, un desconocido con el que me acosté en una suite.
—Dios mío… —murmuró María, cubriéndose la boca.
—Si se enteran me van a destruir —sentí que las lágrimas me ardían en los ojos—. Mi papá va a pensar que esto confirma la mentira de Verónica. Beatriz y ella van a convencerlo de que soy una miserable, una cualquiera… me van a quitar al bebé o me van a obligar a abortar en algún lugar para no arruinar la reputación de la familia.
—Tiene que irse, niña —María me tomó con fuerza de los antebrazos—. Hoy en la noche Don Eduardo sale a una cena de negocios. Yo voy a dejar la puerta de la cocina sin cerrojo a las dos de la mañana. Junte lo que tenga de valor y váyase de esta casa. Aquí la van a matar lentamente.
Se metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó un puñado de billetes arrugados. Me los empujó contra la palma.
—Tome. No es mucho, pero son mis ahorros de estos meses.
—No, María, no puedo aceptártelo —negué con la cabeza e intenté devolvérselos—. Es tu dinero, no puedo dejarte sin nada.
—Se los lleva y punto —afirmó, apretándome los dedos para que no los soltara—. Su madre no fue solo mi patrona, fue mi amiga. Es lo mínimo que puedo hacer por ella y por usted.
Las lágrimas se me escaparon sin control. María me jaló hacia su pecho y me envolvió en un abrazo apretado, de esos que curan el alma. Noté cómo a ella también le temblaba la espalda por el llanto.
Se separó un poco, buscó un lapicero en su delantal y anotó un número de teléfono en un pedazo de papel.
—Llámame en cuanto llegues a algún lado o si necesitas algo. Lo que sea.
—María… no voy a poder llamarte en meses. Beatriz te va a tener entre ceja y ceja. Sabe que somos cercanas y va a revisar hasta tus llamadas.
—Que me revise lo que quiera —respondió con una sonrisa valiente y los ojos rojos—. No me importa lo que me hagan esas venenosas. Tú solo busca la manera de contactarme cuando puedas, ¿me oíste?
Dejé escapar una sonrisa en medio del llanto y asentí. Nos abrazamos una última vez antes de que saliera al pasillo, cerrando la puerta con cuidado.
El resto de la tarde se volvió una espera agonizante. Guardé en la mochila un par de mudas de ropa, mi documento de identidad y las cosas básicas que podía cargar a la espalda sin hacer bulto.
Cerca de la una y media de la madrugada, cuando la casa quedó en completo silencio y los autos de mi padre y Beatriz ya se habían ido, salí de mi cuarto a tientas. El corazón me retumbaba en los oídos. Caminé despacio por el pasillo hasta la habitación principal.
La puerta estaba entreabierta. Entré sin hacer ruido y fui directo a tocador de Beatriz. Sabía exactamente dónde guardaba el alhajero. Al abrirlo, lo vi en el fondo, el collar de plata con incrustaciones de zafiro de mi mamá. Una reliquia familiar que había pasado de generación en generación, de abuelas a madres, y que esa mujer se había adueñado sin vergüenza alguna.
Lo tomé y me lo colgué al cuello, escondiéndolo bajo la polera. Era lo único verdaderamente mío que quedaba en esa casa.
A las dos de la mañana, bajé las escaleras descalza, aguantando la respiración a cada paso. Llegué a la cocina, empujé la puerta trasera y el cerrojo cedió sin hacer ruido, tal como María lo había prometido. Salí al aire frío de la noche, crucé el portón de madera y no volví a mirar atrás.
Cuando llegué a la avenida principal y vi los faroles de la ciudad a lo lejos, me detuve bajo la lluvia que empezaba a caer. No tenía dinero, no tenía a dónde ir y toda mi familia me había dado la espalda, pero el instinto de protección me impulsaba. No tenía idea de quién era el hombre de esa noche, ni conocía su rostro ni su nombre. Pero esta criatura no tenía la culpa de la maldad de otros. Era mi hijo, una parte de mí, y si Dios lo había puesto en mi camino en medio de esta tormenta, así tenía que ser. Se había convertido en mi única familia real, y el instinto de protegerlo me daba una fuerza que no sabía que tenía. Iba a salir adelante por los dos, al precio que fuera necesario.