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La familia que elegí

La Tentación Del Patriarca 18+ — booknet.com · All chapters

La familia que elegí

A la mañana siguiente, el grito de Beatriz retumbó desde su habitación. Había ido al tocador a revisar sus joyas, le bastó una mirada para notar la falta del collar de zafiro de la difunta esposa de Eduardo. Minutos después, al confirmar que la habitación de Gabriela estaba vacía y sin su ropa, la furia se apoderó de ella.

—¡Tráeme a María ahora mismo! —le ordenó a Verónica, apretando los dientes—. Y que Eduardo no se entere de nada todavía. Quiero a esa mujer a solas.

Poco después, la puerta se cerró con seguro. María permanecía de pie en el centro del cuarto, con la barbilla en alto. Frente a ella, Beatriz caminaba en círculos mientras Verónica se apoyaba contra la pared, cruzada de brazos.

—¿Dónde está? —exigió Beatriz, dando un paso al frente—. ¿A dónde se fue esa maldita desagradecida?

—No sé de qué me habla, señora —respondió María.

El primer impacto resonó en la habitación. La mano de Beatriz se estrelló contra la mejilla de María con tanta fuerza que le hizo girar el rostro.

—¡No me mientas! —chilló—. ¡Sé perfectamente que tú la ayudaste! ¿Crees que soy estúpida? ¿Crees que no me daba cuenta de cómo me mirabas? Todos estos años, siendo una simple sirvienta, siempre me miraste con desprecio y desdén, creyéndote más limpia que yo por haberle servido a la difunta.

María se pasó los dedos por el labio inferior. La piel se le había partido y una línea fina de sangre le manchaba la barbilla. Levantó la vista y sostuvo la mirada de la mujer sin una sola pizca de miedo.

—La miraba como lo que es, señora. Una mujer mala, envidiosa y desalmada. Y le repito: no sé dónde está la niña Gabriela, pero aunque lo supiera, prefiero morir antes que decirle a usted una sola palabra. Jamás la voy a traicionar.

La respuesta desató la ira descontrolada de Beatriz. Se lanzó sobre ella, asestándole una ráfaga de bofetadas que hicieron tambalear a la mujer mayor. María perdió el equilibrio y cayó de rodillas al suelo, apoyando las manos sobre la madera para no darse de golpe contra el piso.

Antes de que pudiera levantarse, el tacón de Beatriz cayó con rabia sobre la mano derecha.

El impacto fue tan despiadado que la punta atravesó la piel de María, hundiéndose hasta desgarrar la carne. Un chorro de sangre brotó de inmediato, manchando la madera clara del piso. El dolor fue punzante, pero María apretó los dientes con todas sus fuerzas y no soltó ni un solo grito, aguantando la tortura con una dignidad que sorprendió a las dos mujeres.

—Vas a pagar cada segundo que me pusiste mala cara en esta casa —siseó Beatriz, arrancando la punta del taco antes de dar un paso atrás—. Y ya que te crees tan leal, te vas a ir con la misma suerte que tu patroncita.

Beatriz abrió la puerta del despacho y comenzó a gritar con desesperación fingida, llamando a su esposo. Cuando Eduardo apareció, se encontró a su esposa llorando con dramatismo sobre la cama.

—¡Eduardo, por Dios! —sollozó—. ¡Gabriela se escapó en la madrugada y robó mis joyas! ¡El collar de tu exesposa, mis anillos, todo! Y esta mujer fue su cómplice. Le encontré la puerta de la cocina abierta y se niega a decirme dónde escondieron las cosas.

Eduardo miró a María en el suelo, con el labio y la mano sangrando. La decepción y la rabia lo cegaron por completo.

—¿Dónde está mi hija, María? —preguntó Eduardo con la voz quebrada.

—Señor… yo no sé dónde está la niña. Créame, por favor. Yo no he tocado nada de esta casa.

—¡Es una ladrona, Eduardo! —intervino Beatriz—. De seguro se pusieron de acuerdo para vender las joyas y repartirse el dinero.

—Por los años que llevas en esta casa no voy a llamar a la policía. Toma tus pertenencias y sal de mi propiedad inmediatamente. No quiero volver a ver tu cara aquí.

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Gabriela

En la estación central de autobuses, el murmullo de la gente me tenía al borde de un colapso nervioso. Llevaba más de media hora con el móvil en la mano. Mi mano temblaba tanto que me costó marcar el número que María me había anotado en la servilleta.

Al tercer tono, la voz agitada de María respondió al otro lado.

—¿Hola?

—¡María! Soy yo…¿estás bien? ¿Qué pasó cuando se dieron cuenta de que no estaba?

Un silencio se sintió al otro lado de la línea. Luego, un suspiro entrecortado.

—Se dio cuenta de que faltaba el collar, niña Gabriela. Montó un escándalo, me acusó de ser su cómplice y dijo que entre las dos le habíamos robado todas sus joyas. Me echaron de la casa.

Las lágrimas se me agolparon en los ojos—. Dios mío, María… perdóname. Todo esto es mi culpa, te metí en un problema horrible por haberme ayudado…

—No diga eso, mi niña. Ya era hora de que saliera de ese infierno. Si me quedé ahí soportando a esa mujer durante años fue solo por cuidarla a usted. Mi ciclo en esa casa terminó hoy.

—María… por favor —le rogué, agarrando el teléfono con las dos manos—. Ven conmigo. Yo todavía no me he ido de la ciudad, sigo en la terminal de buses. No me dejes sola.

—¿Qué? —exclamó desde el otro lado—. ¿Pero qué hace ahí todavía, niña? Sabe que esa mujer puede mandar gente a buscarla. ¿En qué estación está? Voy para allá de inmediato.

Le di la dirección exacta y me quedé esperando cerca de la entrada principal, apretando la mochila contra mi pecho. Veinte minutos después, vi aparecer la figura de María. Traía un bolso maltratado en la mano y la cara demacrada, pero al verme, sus ojos se iluminaron.

Corrí hacia ella y nos abrazamos con fuerza. Al separarnos un poco para mirarla, le vi su rostro. Tenía el labio inferior partido, hinchado y con un hilo de sangre seca, acompañado de un moretón en su mejilla.

—Mira lo que te hizo esa maldita… —murmuré rozando apenas su rostro, sintiendo cómo la rabia y la culpa me ahogaban.

—No es nada, mi niña, no le dé importancia —respondió María, sonriendo.

Quise tomarle las manos para darle fuerza, pero al apretar suavemente, María soltó un quejido y dio un paso atrás. Fue ahí cuando me fijé en su mano, la llevaba envuelta en un pedazo de tela, con una mancha roja.

—María… ¿qué te pasó ahí? —pregunté, sintiendo que un nudo se me formaba en la garganta.

—Nada, niña, no es nada —murmuró de inmediato, intentando esconder la mano detrás de su bolso—. Solo un tropezón mientras juntaba mis cosas.

—María, dime la verdad, por favor —insistí, tomándola con cuidado del antebrazo—. ¿Qué te hicieron?

Ella no fue capaz de sostener mi mirada. Mantuvo los labios apretados, la barbilla le empezó a temblar y giró la cabeza hacia el suelo, dejando que un par de lágrimas le rodaran por las mejillas. Su silencio lo dijo todo.

Con los dedos temblorosos, retiré despacio el nudo de la tela. Cuando el trapo cedió, el aliento se me congeló en los pulmones. En el dorso de su mano había una herida profunda y redonda, un agujero sangriento que le había desgarrado la piel.

—Dios mío… —apoyé la mano en la boca, el llanto me nublaba los ojos—. Fue ella… esa maldita, ¿verdad?

El dolor y la culpa me invadieron por dentro. Me abalancé sobre ella y la abracé con todas mis fuerzas, escondiendo el rostro en su hombro. Las lágrimas me caían sin control. Sentí la mano sana de María acariciándome la espalda con la misma ternura de siempre.

—Suficiente, niña, ya pasó —murmuró—. No llore, que esto no es nada comparado con verla a usted a salvo.

—Nos tenemos que ir ya mismo —dije, separándome un poco para secarme las mejillas con rabia y decisión—. No podemos quedarnos ni un minuto más, nos vamos las dos.

María me tomó de las manos, mirando a nuestro alrededor—. No tengo familia a dónde ir ni nadie que me espere. Si usted me quiere a su lado, yo la acompaño a donde sea. Vamos a cuidar a ese bebé juntas.

Le sonreí entre lágrimas, sintiendo por primera vez en semanas que el peso del mundo no caía únicamente sobre mis hombros. Nos tomamos del brazo y caminamos juntas hacia la ventanilla de boletos para abordar el primer autobús que nos alejara de la ciudad.

Me hice un juramento en silencio: no importaba el hambre, el miedo o lo difícil que fuera empezar de cero en un lugar desconocido, yo iba a proteger a María y a mi hijo con la vida. Ellos eran mi verdadera familia ahora.