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El destino tiene otros planes

La Tentación Del Patriarca 18+ — booknet.com · All chapters

El destino tiene otros planes

En cuanto abordaron el autobús que las alejaría de la capital, María hizo una llamada a la vecina que durante años había custodiado la casa de su difunta madre. Le avisó que irían a ocuparla, y al llegar al pequeño pueblo, la mujer las recibió con los brazos abiertos y las llaves en la mano.

La vivienda era humilde, pero al cruzar el umbral se encontraron con una grata sorpresa; a pesar del inevitable transcurso de los años, los muebles se conservaban en perfecto estado. Solo los cubría una gruesa capa de polvo que el tiempo había dejado caer sobre ellos.

Con las pocas pertenencias que llevaban en sus bolsos —apenas lo justo y necesario para empezar de cero—, se pusieron a trabajar de inmediato. Limpiaron cada rincón, hicieron brillar la madera y, con especial ilusión, acondicionaron un pequeño espacio en la habitación principal que destinarían para la cuna del bebé cuando llegara el momento.

En medio del cansancio y la sencillez del lugar, podían sentir la calidez de la esperanza, la certeza de que entre esas cuatro paredes construirían un verdadero hogar.

Ese mismo día, sin perder tiempo, Gabriela tomó a María del brazo y la llevó al pequeño centro de salud del pueblo. A pesar de las protestas de María, Gabriela insistió en gastar parte del dinero que les quedaba para que un médico revisara la herida de su mano. El doctor le limpió la carne lacerada, le curó la lesión y le recetó antibióticos para evitar una infección grave.

Una vez que la salud de María comenzó a estabilizarse, ambas se pusieron en marcha para subsistir…

María empezó a trabajar lavando ropa, planchando y haciendo el aseo en casas ciertas veces a la semana, mientras Gabriela encontró trabajo como mesera en una cafetería local.

Pasaron dos meses en esa pacífica rutina. Gabriela intentaba disimular su embarazo de tres meses bajo los uniformes holgados, soportando el cansancio y las náuseas para cumplir con sus turnos y aportar al hogar. A pesar de lo duro del trabajo, sentía que finalmente tenían paz.

Hasta que un día, el pasado irrumpió de la forma más cruel.

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Gabriela

Todo parecía marchar en orden, hasta esa tarde.

El turno estaba pesado, pero la necesidad me obligaba a resistir. Me ajusté el delantal y me acerqué a la mesa cuatro, donde unos hombres acababan de tomar asiento.

—Buenas tardes, ¿qué les gustaría ordenar? —pregunté con la mirada en la libreta de los pedidos.

—Para empezar, una explicación de cómo terminaste en un hueco como este.

La voz, cargada de una arrogancia que yo conocía, me heló la sangre. Levanté la vista y me encontré frente a frente con Jaxon. Vestía un traje impecable y me miraba con una sonrisa de absoluta suficiencia.

—Vaya caída, ¿no? De la mansión a servir café a desconocidos —dijo alzando la voz para llamar la atención del lugar—. Aunque es el sitio perfecto para una ladrona. Beatriz no te ha denunciado solo por lástima, pero no durarás mucho escondida.

Mis manos comenzaron a temblar. Sentí el peso de las miradas de los otros clientes clavándose en mi espalda.

—No robé nada —afirmé, tratando de mantener la dignidad—. Esta mesa la atenderá mi compañera, yo me retiro.

Di media vuelta para alejarme, pero antes de que pudiera dar dos pasos, sentí un agarre firme en mi brazo. Jaxon se había levantado de la silla y me bloqueaba el camino.

—Yo no te he dado permiso para irte —espetó, tirando de mí hacia el pasillo que conducía a la cocina.

—¡Suéltame! —exclamé tratando de zafarme. No obstante, me empujó al área privada de la cocina y me arrinconó contra la pared.

—¿De verdad creíste que podrías escapar así? —su aliento me provocó una náusea violenta—. Me da curiosidad, Gabriela… ¿Así que al final le entregaste tu virginidad a un desconocido esa noche y a mí me dejaste con las ganas? ¿Qué se siente ser la mujer de nadie?

El veneno en sus palabras y el rencor por lo que me había hecho me nublaron la razón. No iba a permitir que nadie me volviera a acorralar.

Aprovechando su exceso de confianza, levanté la pierna con todas mis fuerzas y le propiné una patada certera directamente en la entrepierna.

Jaxon soltó un alarido, liberó mi brazo de golpe y se dobló cayendo de rodillas al suelo mientras se sujetaba con dolor.

—Vete al demonio, desgraciado.

Salí corriendo por la puerta trasera de la cafetería, sin mirar atrás. Corrí por las calles sin detenerme hasta llegar a casa.

María, al verme llegar en ese estado, soltó los trapos que tenía en las manos y corrió a sostenerme.

—¡Niña Gabriela! ¿Qué pasó? ¿Por qué viene así?

Con lágrimas corriendo por mis mejillas, le conté lo sucedido con Jaxon, la humillación y el peligro de que él le dijera a Verónica o a Beatriz dónde nos encontrábamos.

—Ese miserable… —murmuró María con el rostro rojo de rabia—. Ya no podemos estar tranquilas aquí. Si ese muchacho la encontró, la zona ya no es segura.

—Tengo miedo—confesé tocándome el vientre—. No quiero estar huyendo como si fuera una criminal. Necesito un trabajo de verdad, algo en una empresa grande con seguro médico para mi bebé, donde haya seguridad y no esté expuesta a tipos como él.

María se quedó pensando unos segundos, me tomó de las manos y asintió con determinación.

—Tiene toda la razón. Mañana mismo ponemos esta casita en alquiler. Con lo que nos paguen mensualmente de la renta, podemos pagar un pequeño departamento. Nos regresamos, pero esta vez a un lugar enorme donde nadie nos busque en los barrios humildes.

Y así lo hicimos. Ponernos en marcha fue nuestra única salvación. En cuestión de días, y con la ayuda de la vecina, dejamos la casita en alquiler a través de un contrato seguro. Con ese ingreso mensual garantizado y las pocas pertenencias que teníamos, abordamos un autobús de vuelta a la gran ciudad.

Nos instalamos en un departamento modesto pero tranquilo en una zona céntrica. La idea era desaparecer en el anonimato de la capital, donde nadie nos buscaría. Sin embargo, los gastos no perdonaban. Sabía que no podía permitirme un trabajo informal ni ocultar la verdad; por ética y por la necesidad de contar con un seguro médico para el nacimiento de mi bebé, decidí especificar en mi currículum que estaba embarazada.

Durante dos semanas consecutivas, la realidad me golpeó de frente. Mi expediente académico de la universidad era impecable, pero en cuanto las empresas leían la aclaración sobre mi embarazo, las puertas se me cerraban automáticamente. Nadie quería contratar a una mujer sin experiencia laboral y con una licencia de maternidad a la vuelta de la esquina.

Desesperada y con los ahorros apretándonos el cuello, envié mi última solicitud a la corporación más grande e imponente del país: Vance Holdings. Lo hice convencida de que un monstruo empresarial de ese nivel jamás se molestaría en mirar el perfil de alguien como yo.

Por eso, cuando mi teléfono sonó a la mañana siguiente y una voz formal me informó que había sido seleccionada para una entrevista presencial con el mismísimo Presidente de la firma, sentí que el corazón se me salía del pecho.

Respiré profundo, me preparé lo mejor que pude y fui al encuentro del puesto que prometía salvar nuestro futuro.

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Lo que Gabriela ignoraba mientras caminaba hacia las imponentes puertas de cristal de aquel rascacielos, era que el destino ya había movido sus piezas. Creía estar a punto de asegurar su independencia y proteger a su bebé, sin sospechar que estaría caminando directo hacia las garras del hombre que llevaba meses buscándola en la oscuridad.