Marcus
Casi catorce semanas. Poco más de cien días sumergido en un infierno donde el autocontrol, ese que me había tomado una vida construir, se desmoronaba a pedazos.
Para el resto del mundo, yo seguía siendo Marcus Vance, el hombre de hielo, el implacable magnate que dirigía un imperio sin pestañear. Pero por dentro, la desesperación me estaba devorando vivo. Gasté una fortuna en los mejores investigadores privados, rastreé cámaras de seguridad, registros de la zona... y nada.
No había ni una sola pista.
Al no saber siquiera su nombre, buscarla era como intentar atrapar el agua con las manos. Se me escabullía entre los dedos sin que pudiese hacer nada para evitarlo. Había momentos en medio de la noche en los que me descubría dudando de mi propia cordura, preguntándome si esa pelirroja de curvas abundantes y piel de porcelana había sido real o si solo había sido una ilusión creada por mi mente. Parecía un ángel, una ninfa de ensueño que desapareció al amanecer tras dejarme su huella en la piel. Lo único que me devolvía a la realidad y me daba la certeza de que estuvo en mis brazos era aquella mancha de sangre sobre la sábana y el pequeño dije, el colgante que se le desprendió del cuello esa noche y que yo guardaba como un tesoro en mi bolsillo.
Me estaba volviendo loco, no dormía, y las pocas veces que lograba cerrar los ojos, el sueño era el mismo, el recuerdo de su cuerpo retorciéndose bajo el mío, la forma desesperada en que sus manos se aferraban a mi espalda, sus gemidos tan intensos que me calaron hasta los huesos.
Ninguna mujer había logrado provocarme algo similar. A mi alrededor desfilaban modelos, empresarias y mujeres de la alta sociedad buscando llamar mi atención, intentando seducirme en cenas o galas de negocios, dispuestas a todo por entrar en mi cama. Pero el simple pensamiento de tocar a otra me provocaba un rechazo que nunca antes experimente.
Después de probar su fuego, el resto del mundo se sentía insípido.
.
.
Esa mañana, la frustración alcanzó su punto de quiebre. Estaba de pie frente al ventanal de mi despacho, con un vaso de whisky en la mano y la cabeza a punto de estallar por la falta de sueño. El informe de la última pista falsa sobre mi escritorio me ardía en la mirada. Tenía una ira inexplicable, una rabia incrustada en el pecho por no poder encontrarla.
Incapaz de soportar las cuatro paredes de mi oficina, caminé a paso firme hacia la salida.
—Señor Vance, disculpe, recuerde que tiene la reunión del comité ejecutivo en treinta minutos —intervino mi secretaria, levantándose de golpe con tono tembloroso.
La ignoré por completo. La puerta del ascensor privado se abrió y subí sin decir una sola palabra, presionando un botón al azar con la única intención de calmar la furia que me quemaba las venas.
Necesitaba moverme, necesitaba aire.
El elevador se detuvo en el piso de Recursos Humanos. Salí con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. El murmullo del personal cesó al instante; los empleados se pusieron rígidos en sus asientos, reteniendo el aliento ante mi presencia inesperada. Jamás bajaba a esa área; mi rutina se limitaba estrictamente a mi despacho en el último piso, las salas de juntas o las reuniones con los socios. Verme caminar por sus pasillos era un evento totalmente insólito. Fui cruzando la hilera de escritorios sin prestar atención a nadie, hasta que pasé por el lugar de una de las encargadas de selección, quien revisaba expedientes en su computadora
Iba a seguir de largo, pero un destello en su monitor me frenó en seco.
Una melena roja, unos labios carnosos, entreabiertos, que en mi memoria guardaban el sabor de su inocencia. Pero lo que me atravesó como una estocada fueron sus ojos verdes, preciosos, con una luz que me detuvo el aliento en la garganta. La fotografía no le hacía justicia a la calidez de su piel de porcelana, sin embargo, cada línea de su rostro estaba grabada en mi cabeza. Era el rostro que me había perseguido en mis insomnios, la visión exacta de mi ninfa de esa noche.
El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí un pitido en los oídos.
—Detén esa pantalla —ordené.
La empleada dio un brinco en la silla, sobresaltada.
—S-sí, señor Vance… ¿pasa algo con este perfil?
Acerqué la mano al monitor, acariciando la pantalla con los dedos, rozando la imagen de su rostro. Leí el nombre en la ficha digital: Gabriela.
—Quiero a esta mujer contratada. Llámala de inmediato —afirmé, sintiendo que la sangre me volvía al cuerpo en una marea hirviente.
La encargada parpadeó despacio, bajando la vista a la pantalla con evidente confusión.
—Señor… ella acaba de ingresar su solicitud en el sistema. Tiene notas perfectas en su expediente académico, pero le falta experiencia en el campo para el puesto. Además… en la ficha médica adjunta especificó que tiene un embarazo reciente. Pensábamos descartarla por la futura licencia de maternidad y…
Mi mente se quedó en blanco ¿Embarazada? Un frío helado y un calor abrasador me recorrieron la columna al mismo tiempo. Las piezas empezaron a encajar violentamente en mi cabeza. Yo había sido su primer hombre. Ella era virgen cuando la tomé en la oscuridad de esa suite hace exactamente casi cuatro meses...
¿Ese bebé… es mío?
Apreté los puños con tanta fuerza que los nudillos me quedaron blancos. Una posesividad salvaje y primitiva se apoderó de cada fibra de mi ser.
—No me importa su experiencia ni su estado —dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener la voz firme, aunque los ojos me ardían—. Cítala ahora mismo para una entrevista presencial. Que la vacante sea suya.
—S-sí, señor, de inmediato —asintió la empleada con torpeza, comenzando a teclear rápidamente.
Giré sobre mis talones sin esperar respuesta y caminé a pasos agigantados de vuelta al ascensor. Mientras las puertas se cerraban, me pasé la mano por la mandíbula, podía sentir el pulso retumbarme en las sienes. La angustia y el insomnio de meses desaparecieron en un segundo, reemplazados por una corriente de adrenalina y expectativa.
Ella no solo había regresado a mí; llevaba a mi hijo en su vientre. Gabriela creía que venía a pedir un trabajo, sin saber que al entrar a esta torre, acababa de quedar atrapada en mi vida para siempre.