Una mirada conocida
Me miré en el espejo del pequeño baño del departamento, ajustándome la ropa con las manos temblorosas. Llevaba una blusa blanca y una falda tubo oscura que enmarcaba mis curvas. Al ponerme de perfil, pasé la yema de los dedos sobre mi vientre; apenas se me abultaba, era pequeño, casi pasaba inadvertido.
Me peiné el cabello rojizo dejándolo caer en ondas sobre mis hombros y me apliqué un maquillaje suave, lo justo para ocultar las ojeras de cansancio bajo mis ojos. Necesitaba transmitir seguridad, proyectar la imagen de una mujer capacitada y lista para asumir un cargo de responsabilidad.
Al salir, María me esperaba en la sala de estar, sonriente—. Mírela nada más… parece una verdadera ejecutiva—señaló acomodándome el cuello de la blusa con instinto maternal.
—Tengo los nervios de punta, María —confesé—. ¿Y si al llegar allá se arrepienten? Nadie quiere contratar a una mujer embarazada.
Ella me tomó las manos, mirándome a los ojos con esa fe inquebrantable que siempre me devolvía la esperanza.
—No diga eso, niña Gabriela. Confíe en usted. Si la llamaron de un lugar tan importante sabiendo desde el principio sobre su bebé, es porque reconocieron su talento. Esta es la oportunidad que tanto le pedimos a Dios. Vaya tranquila, que nosotras no estamos solas. A la vuelta le voy a tener una comida rica preparada para que celebremos ese contrato, ya lo verá.
Sus palabras me dieron el impulso que me faltaba. Le di un abrazo, tomé mi carpeta con los documentos y salí a la calle. El trayecto en autobús se me hizo eterno. A medida que nos acercábamos al centro, me di cuenta que ninguno de los enormes rascacielos se comparaba con la imponente torre de Vance Holdings. Cuando me bajé y me quedé de pie frente al edificio, sentí que la garganta se me secaba, el lugar proyectaba un poder intimidante. Tragué saliva, me recompuse lo mejor que pude y crucé las puertas giratorias hacia el vestíbulo.
Tras identificarme en la recepción, la encargada me detalló de pies a cabeza con una mirada despectiva, deteniéndose un segundo de mas en la curva pronunciada de mis caderas y en el volumen de mi pecho, como si intentara descifrar que clase de milagro había logrado que una mujer con mi talla llegara hasta el área ejecutiva de esta empresa. Tras el examen visual, me indicó el ascensor con una falsa cortesía.
Entré a la cabina metálica y, en cuanto las puertas se cerraron, aproveché los segundos de subida para mirarme en el reflejo. Me arreglé el cuello de la blusa, acomodé la caída de la falda tubo y tiré de la tela hacia abajo para ganarle un par de centímetros al dobladillo. Sabía perfectamente que no había manera de disimular el tamaño de mis caderas ni la forma de mi cuerpo, pero al menos me veía elegante y profesional. Me acomodé detrás de la oreja los pocos mechones rebeldes que se me escapaban del peinado. Las puertas se abrieron en el último piso hacia un pasillo tan silencioso como un cementerio.
La secretaria levanto la cabeza de inmediato—. Señorita Gabriela, bienvenida. El señor Vance la está esperando. Puede pasar directamente a su despacho.
Asentí y caminé hasta detenerme frente a la puerta donde una placa de bronce grabada con el nombre Marcus Vance brillaba bajo la luz del techo. Apoye la mano en mi vientre un momento, presionando la carpeta contra el pecho y toqué dos veces con los nudillos.
—Adelante.
Una voz ronca se escuchó desde adentro. Giré la manija y empujé la puerta, pisando con cuidado la alfombra del lugar. La oficina era gigantesca, rodeada por un ventanal que mostraba la panorámica de toda la ciudad. De pie junto al cristal, con un traje que remarcaba la anchura de sus hombros y la elegancia de su postura, se encontraba un hombre. Tenía las manos en los bolsillos del pantalón y la vista fija en el exterior.
—Buenos días, señor Vance —susurré, apretando los documentos para que no se me notara el temblor de los dedos—. Soy Gabriela Baker... vengo por la entrevista.
Él se giró despacio.
Cuando sus ojos se clavaron en los míos, sentí que el suelo se movía bajo mis tacones. Poseía rasgos esculpidos, una mandíbula definida y una mirada tan intensa y oscura que se me detuvo la respiración. Tuve la sensación de que podía ver a través de mí, como si supiera exactamente lo nerviosa que me encontraba o lo mucho que necesitaba este trabajo. Me aferré a la carpeta aún más fuerte, obligándome a no bajar la cabeza.
—Buenos días, señorita Gabriela.
Al oírlo, el aire se me atascó en los pulmones. No fue solo su presencia lo que provocó que se erizaran los vellos de mis brazos, sino el timbre de su voz, que vibró en mi mente como algo conocido, que no sabía de donde venia pero que me revolvió el estómago. Era una percepción extraña, yo ya había oído ese tono antes. Lo tenía guardado en algún rincón del cerebro, relacionado con la penumbra de esa noche.
{Mírate... eres una diosa}El corazón saltó dentro de mi pecho como un loco. Sacudí la cabeza, sintiendo como mis mejillas se sonrojaban. Me forcé a reaccionar, pues era una estupidez, imposible, este tipo era un magnate inalcanzable y el otro un desconocido de hotel. Mi mente me estaba jugando una broma de pésimo gusto por culpa de los nervios.
Pero el movimiento brusco me traicionó. Los dedos se me aflojaron, la carpeta se me resbaló del pecho y cayó contra el suelo, esparciendo mis hojas sobre la alfombra.
—Lo siento... disculpe —murmuré avergonzada, agachándome para juntar el desastre.
Antes de que pudiera alcanzar la primera hoja, una sombra enorme se me vino encima. Marcus Vance se agachó a mi lado y sus manos grandes y de nudillos firmes, rozaron los bordes de los papeles al mismo tiempo que las mías.
Nuestras pieles se tocaron.
Una descarga ardiente me subió por la muñeca y me hizo dar un brinco. Levanté la cabeza de golpe y me encontré con su rostro a centímetros del mío.
Estábamos tan cerca que el calor que emanaba de su cuerpo y su perfume, me nublo el juicio por un segundo. Él no retrocedió ni un milímetro. Tenía los ojos fijos en mi boca, con una intensidad que no tenía nada que ver con una entrevista de trabajo. Su respiración se volvió agitada, su pecho subía y bajaba con fuerza.
Sosteniendo las hojas entre los dos, su mano subió despacio por la mía y me rodeó los dedos con firmeza.
—Tenga cuidado, Gabriela —susurró, inclinándose un poco más hacia mi oído, dejando que su aliento me quemara la piel—. A veces las cosas que se caen al suelo terminan siendo exactamente lo que uno estaba buscando.
La frase me hizo abrir los ojos de par en par, pero antes de que pudiera responder, o procesar lo que me estaba diciendo, Marcus me tomo por los antebrazos y me ayudó a ponerme de pie.
—Toma asiento, por favor —dijo, señalando con la barbilla el sillón frente a su escritorio—. Tenemos mucho de qué hablar.