Capítulo 11: Talia
Capítulo 11: Talia
Roy no apareció en toda la noche, así que pude disfrutar de la cama sin inconvenientes. Por mí, que no vuelva. Mientras siga dándome dinero y no me moleste, podremos llevarnos estupendamente. En tres meses podré divorciarme y recibir la compensación acordada. No tengo idea de cuánto dinero será, pero confío en que se trate de una cantidad considerable. Al menos, espero que mi paciencia tenga una buena recompensa.
Tengo muchos defectos, pero estúpida no soy, y tampoco creo haber cambiado demasiado en estos seis años. Aunque no sé si es digno hacer lo que hago, la dignidad no me da de comer ni paga mis cuentas. Así que, mientras no tenga que renunciar a mi comodidad, seguiré adelante.
Alzo la mirada cuando veo entrar a mi hermana. Esperaba encontrarla radiante después de una noche de pasión con su esposo, pero tiene una expresión que no indica nada bueno. Se sienta frente a mí y, tras soltar un suspiro profundo, se sirve café.
—No hiciste nada, ¿verdad?
Me mira y bebe un sorbo antes de contestar.
—Sí, lo hice.
—¿Entonces por qué tienes cara de muerta viviente? Deberías estar feliz de haberle dado algo de actividad a tu cuerpo. A diferencia de mí, que a este paso voy a necesitar una limpieza para quitarle las telarañas.
Sage se levanta con la taza en la mano y viene a sentarse a mi lado.
—Fue malo.
Abro los ojos con sorpresa.
—¿Tan malo? ¿No supo hacerlo?
Niega con la cabeza y bebe otro poco de café, como si necesitara reunir fuerzas para contarme los detalles.
—Fue mecánico, en posición de misionero y sin ninguna técnica. Al principio besaba bien, con pasión, pero después fue como si se pusiera un freno. No sé cómo describirlo. Me sentí incómoda y fui feliz cuando terminó. Parecía un virgen.
Me llevo una mano al pecho, sinceramente compadecida.
—Hermana, lamento mucho lo que has tenido que soportar. Esperaba que fuera memorable y termina descubriendo que su marido tiene menos experiencia de la que aparenta.
—Pues sí. Me dejaste sola.
Niego con la cabeza mientras termino mi café.
—No digas eso. Aunque no hubiera ocurrido anoche, habría pasado en cualquier otro momento. Lo importante es que ya sabes a qué atenerte.
Sage vuelve a suspirar y contempla su taza.
—No sé qué hacer.
—Tienes varias opciones. Puedes decirle que no te interesa estar con él íntimamente y sugerirle que busque una amante, siempre que te compense económicamente por hacer la vista gorda. También puedes contratar a una mujer para que lo seduzca y conseguir así una razón para pedir el divorcio, o hablar con él y explicarle que necesita mejorar. Si te interesa, incluso puedes enseñarle cómo complacerte.
Me mira con una expresión difícil de interpretar.
—No sé qué pensar de tus ideas. Desde inventar una enfermedad hasta esto, cada vez me sorprendes más.
Me encojo de hombros. No veo qué tiene de malo buscar soluciones.
—Soy una mujer práctica. Además, lo de la enfermedad no es una opción a largo plazo. No puedes pasarte la vida fingiendo que estás enferma cada vez que tu marido quiere acercarse.
—¿Qué harías tú en mi lugar?
—Elegiría la primera o la tercera opción. La segunda no me convence porque implicaría gastar dinero y correr el riesgo de que descubrieran el engaño. No tendría sentido complicarse tanto.
—¿Cuál de las dos preferirías?
—Depende. Si él me gustara y creyera que vale la pena, me pondría en plan de maestra y le daría algunas lecciones. Pero si no me interesara demasiado y estuviera casada con él por compromiso, elegiría la primera. Incluso podría tener suerte, enamorarse de la amante y concederme la libertad junto con una buena compensación. Sería una solución bastante conveniente. —La miro con curiosidad—. Entonces, ¿Knox vale la pena?
Antes de que mi hermana pueda responder, aparece Knox. Tiene buen aspecto, demasiado bueno para alguien que supuestamente pasó una noche tan decepcionante con su esposa. Al parecer, él quedó bastante satisfecho.
Niego mentalmente. Típico de los hombres que solo se preocupan por su propio placer. Con razón es tan fiel y se casó por arreglo; quizá ninguna mujer estaría dispuesta a repetir la experiencia con él si todas sus noches fueran así.
Y yo que le tenía fe.
—Buenos días —saluda mientras toma asiento frente a Sage.
—Buenos días —respondemos al mismo tiempo.
Mi hermana se concentra en el desayuno, sin mostrar demasiado interés por su presencia. Knox la observa un momento y le sirve jugo.
—No tienes buena cara —comenta.
—Estoy cansada —responde ella.
—Perdón. Anoche te tuve despierta hasta tarde.
Si lo hubieras hecho bien, seguramente no te habría importado, pienso, aunque me abstengo de compartir mi opinión. No quiero que mi hermana tenga que soportar una segunda conversación incómoda antes de terminar el desayuno.
Sage termina de comer rápidamente y se levanta.
—Voy a dormir un rato más. Después revisaré el trabajo pendiente.
—Está bien. Descansa, total, es domingo.
Asiente y se marcha. Knox la sigue con la mirada antes de regresar a su desayuno. Cuando termina de servirse un poco más de jugo, parece reparar en que llevo un rato observándolo.
—¿Por qué me miras tanto? —pregunta.
—Estoy evaluándote —respondo, apoyando la mano en la barbilla—. Eres guapo, tienes buen porte y, a simple vista, pareces un hombre bastante competente.
—¿Gracias?
—No me agradezcas todavía. Quiero saber algo: ¿quieres a mi hermana o estar casado con ella es simplemente una obligación que debes cumplir?
Deja el vaso sobre la mesa y me mira con cierta desconfianza.
—¿Por qué preguntas?
—Porque tengo curiosidad.
—No es asunto tuyo. Deberías preocuparte por mi hermano.
Ruedo los ojos. Siempre tan dispuestos a cambiar de tema cuando las preguntas no les gustan.
—Tu hermano está desaparecido. Le doy cuarenta y ocho horas para que aparezca; si no lo hace, empezaré a considerarme viuda.
—Está en casa de un amigo y vendrá más tarde.
—Me alegra saber que sigue vivo, pero estábamos hablando de tu relación con mi hermana.
Se sirve una tostada y la unta con manteca.
—Tenemos una buena relación.
Suelto una pequeña risa.
—Claro. Eso parece.
—¿Qué se supone que significa?
Dejo la servilleta sobre la mesa y me pongo de pie.
—Nada que no puedas averiguar por tu cuenta. Solo te diré que, si te interesa conservar a mi hermana, deberías prestar más atención a ciertas cosas. No basta con compartir una casa, sentarse a desayunar juntos y cumplir con las obligaciones matrimoniales. Aunque, si Sage no te importa demasiado, puedes seguir como hasta ahora. Al final, cada uno decide qué clase de matrimonio quiere tener.
Knox me observa sin responder. No sé si ha comprendido lo que intento decirle, pero tampoco pienso explicárselo con dibujos.
Lo dejo solo en el comedor, esperando que reflexione. Si le interesa Sage, buscará averiguar a qué me refería. Si no, olvidará la conversación y continuará con su vida. Yo solo quiero que mi hermana sea feliz, y si puedo evitar que termine resignándose a un matrimonio insatisfactorio, haré lo posible.
Al regresar a la habitación, agarro el celular y encuentro una llamada perdida de mi supuesto esposo. Es de hace un rato. Considero devolverla, pero enseguida descarto la idea. No tengo ánimos de lidiar con ese abusador de labios. Ya tendré tiempo de escucharlo cuando sea inevitable.
Lo ignoro justo cuando entra otra llamada.
—Hola, querida nuera.
Sonrío al reconocer la voz.
—Suegra, no esperaba tu llamada.
—Después de lo que pasó anoche por culpa de mi hijo idiota, me preocupé por ti. Pensé que podríamos salir de compras.
Asiento, aunque ella no pueda verme.
—Es una buena idea. Le diré a Sage para que nos acompañe.
—Todavía mejor. No la invité directamente porque pensé que quizá tendría otros planes con mi otro hijo, aunque, ahora que lo pienso, esos dos tampoco hacen demasiadas cosas juntos. Sé que Knox los domingos va al club a jugar pádel y se entretiene con sus amigos.
Nueva información. No sabía que tenía esa costumbre, pero puede ser útil para mi hermana.
—Le diré que venga. Estoy segura de que aceptará.
—Perfecto. Nos vemos cerca del mediodía. Podemos almorzar y después pasear un rato.
Se despide sin alargar la conversación y cuelga. Dejo el teléfono sobre la cama con una sonrisa. He tenido suerte con mi suegra. Es una mujer estupenda que no justifica las tonterías de sus hijos solo porque compartan su sangre. Ojalá todas fueran así; nos ahorraríamos muchos dolores de cabeza.
Mi celular vuelve a sonar y respondo sin demasiado interés, suponiendo que será otra persona con algún asunto que resolver.
—Hola.
—Hola. ¿Eres la esposa de Roy?
Frunzo ligeramente el ceño.
—Depende. ¿Quién pregunta?
—Él y yo estamos juntos. Dice que me quiere, pero que no puede divorciarse de ti. ¿Podrías darle el divorcio para que podamos estar juntos? Es horrible estar con alguien que no te quiere.
Aparto un poco el teléfono y observo el número desconocido. ¿Cómo consiguió mi contacto? Seguramente lo sacó del celular de Roy. No es que me importe demasiado, pero resulta curioso que haya decidido llamarme para pedirme semejante favor.
Sacudo la cabeza. No siento celos ni ganas de discutir con ella. Si quiere quedarse con Roy, por mí puede llevárselo. Incluso puedo ayudarla a envolverlo para regalo. Lo único que no pienso hacer es renunciar a mi dinero.
—¿Cuánto tiempo llevas con él?
—Tres meses.
Estoy por decirle que hable con él sobre el divorcio, pero se me ocurre una idea que podría ser útil.
—Entiendo. ¿Podrías enviarme un audio contándome cómo empezó todo y algunas fotografías de ustedes juntos? Necesito comprobar que lo que dices es cierto antes de tomar cualquier decisión. Comprenderás que no puedo confiar en la palabra de una desconocida.
—No tenemos fotos. Él nunca ha querido hacerse ninguna.
Levanto las cejas. Eso sí que resulta conveniente para Roy.
—Entonces lo tienes complicado. Sin fotografías ni alguna otra prueba de que mantiene una relación contigo, no puedo creerte. Mucho menos voy a solicitar el divorcio basándome únicamente en lo que me cuentas. Si tienes algo que demuestre que estás diciendo la verdad, puedes enviármelo y lo revisaré. Las palabras se las lleva el viento, querida. Que tengas un buen domingo.
Cuelgo y dejo el teléfono sobre la cama.
¿Acaso esperaba que me pusiera a llorar o que le suplicara que dejara a mi marido? Por mí, puede quedarse con él. No tengo ningún interés en competir por un hombre que ni siquiera se toma la molestia de aparecer por casa. Pero una cosa es que no lo quiera y otra muy distinta que vaya a perder dinero por facilitarle las cosas. Yo no he hecho nada malo y no pienso asumir las consecuencias de sus decisiones.
Además, estas amantes de hoy en día parecen tener muy poca estrategia. Si pretende quedarse con Roy, lo mínimo que podría hacer es conseguir pruebas de su relación antes de llamar a la esposa. La mayoría mandan fotos o audios, pero a mí me toca una amante tonta o falsa.
¿Tanta mala suerte puedo tener?
Dejo de darle vueltas al asunto y me concentro en lo que tengo por delante. No voy a permitir que una desconocida me arruine el domingo, mucho menos cuando tengo una salida de compras pendiente con mi suegra y mi hermana.
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Jajaja Talia siendo muy practica. Veremos que hace Sage con su mala experiencia.
Disfruten el capítulo.
Besos. Lirio
Continuará...