Capítulo 3: Knox
Capítulo 3: Knox
Al llegar a casa, encuentro a mi hermano desparramado en el sofá, leyendo una revista. No tiene un libro entre las manos, ni una computadora abierta, ni nada que sugiera que ha dedicado los últimos minutos a una actividad productiva. A estas alturas, debería haber dejado de sorprenderme, pero todavía me cuesta y no pierdo la esperanza de que cambie.
Me arrepiento de haberle dado acceso al fideicomiso. Mis padres lo malcriaron demasiado y ahora parece alérgico al trabajo. Debería echarlo y dejar que aprenda a valerse por sí mismo, aunque una parte de mí teme que termine hundiéndose más de lo que ya está. Por desgracia, rescatar a mi hermano de las consecuencias de sus propias decisiones se ha convertido en una costumbre difícil de abandonar.
Dejo el maletín en la entrada y me aflojo la corbata mientras me acerco al sofá.
—Hermano, ya llegaste —comenta Roy, sin apartar la vista de la revista.
—Eso parece. ¿No tienes nada mejor que hacer?
—Estoy descansando.
—Llevas descansando desde que tengo memoria.
Esta vez levanta la mirada y me dedica una sonrisa despreocupada, como si acabara de hacerle un cumplido. No pierdo el tiempo discutiendo. Si algo he aprendido después de treinta y tantos años conviviendo con él, es que Roy siempre encuentra la manera de salir de una conversación sin asumir ninguna responsabilidad.
—¿Dónde está Talia? —pregunto mientras me aflojo la corbata.
—Con tu esposa, en la habitación.
Me detengo al escuchar su respuesta. No es habitual que mi hermano sepa dónde está su mujer y, por una vez, parece tener una respuesta bastante sencilla.
—¿Y por qué no estás con ella?
Roy deja escapar un suspiro y vuelve a mirar la revista.
—Porque no me apetece.
—Qué sorpresa.
—Además, hoy está rara. Ni siquiera se ha molestado en preguntarme dónde estuve anoche. Normalmente quiere saberlo todo.
Lo observo unos segundos, intentando decidir si de verdad espera que me interese por la falta de atención de su esposa o si simplemente necesita hablar de sí mismo.
—Tal vez se cansó de preguntarte.
—No creo. Seguro que está con el período.
Lo miro con tanta incredulidad que, por un momento, espero que se dé cuenta de lo absurdo de su conclusión. Roy, sin embargo, vuelve a pasar la página, satisfecho con su propia explicación.
Decido que discutir con él sería una pérdida de tiempo y me dirijo a mi habitación.
Cuando entro, Sage y Talia están sentadas en el suelo, rodeadas de papeles y con una tableta entre ambas. Las dos levantan la cabeza al verme, aunque Sage parece especialmente sorprendida, como si no esperara encontrarme allí.
—¿Qué haces aquí? —pregunta.
Me quedo junto a la puerta, mirándola.
—Vivo aquí. Y esta es mi habitación.
Sage parpadea y mira a su hermana antes de volver la atención hacia mí. Talia, por su parte, se apresura a reunir algunas hojas y las coloca sobre una pila, aunque no antes de que alcance a distinguir varios documentos que parecen relacionados con su negocio.
—Estábamos trabajando —explica Talia.
—Para eso tienen un estudio.
—Ya lo sabemos —responde, con una sonrisa que no termina de convencerme—. Solo necesitábamos revisar unas cosas.
No insisto. Si quieren pasar la tarde sentadas en el suelo, rodeadas de papeles, es asunto suyo. Me quito el saco y lo dejo sobre una silla antes de aflojarme los primeros botones de la camisa.
—Necesito ducharme. ¿Ya terminaron?
Talia se levanta de inmediato, recogiendo la tableta y las hojas que tiene más cerca.
—Por mi parte, sí. No quiero interrumpir nada, y menos si vas a empezar a desnudarte. Aunque tienes un buen cuerpo, pero como eres el esposo de mi hermana no voy a mirar nada.
La miro sin saber qué responder. Talia nunca ha sido especialmente tímida, pero tampoco acostumbra a hacer comentarios sobre mi aspecto físico.
—¿Y eso qué significa?
—Nada. Buenas noches, Sage —dice, dirigiéndose a su hermana—. Mañana seguimos.
Sale de la habitación sin darme tiempo a decir algo.
Vuelvo la atención hacia mi esposa. Sage sigue en el suelo, con unos cuantos papeles entre las manos y una expresión que no consigo interpretar. No parece avergonzada por el comentario de su hermana ni molesta conmigo. Más bien da la impresión de estar intentando comprender algo.
En vez de averiguar en lo que piensa, empiezo a desabrocharme la camisa y Sage se pone de pie de golpe.
—¿Qué haces?
Me detengo y la miro.
—Quitarme la ropa para ducharme.
—Pues podrías hacerlo en el baño.
Frunzo el ceño. Durante nuestro matrimonio nunca ha tenido inconvenientes con que me cambie delante de ella. De hecho, suele prestarme tan poca atención que a veces tengo la impresión de que podría atravesar la habitación vestido de payaso y solo lo notaría si bloqueara su acceso al armario.
—¿Desde cuándo te molesta que me cambie aquí?
—No me molesta.
—Acabas de pedirme que lo haga en el baño.
Sage se queda callada y baja la mirada hacia los documentos que todavía sostiene. Durante unos segundos, parece buscar una respuesta entre las hojas.
—Es que… necesito ordenar unas cosas.
—¿Y no puedes hacerlo mientras me cambio?
—Preferiría que no.
La observo con creciente desconcierto. No sé qué le ocurre, pero empieza a parecerme que la conversación se ha complicado mucho más de lo necesario.
—De acuerdo. Me cambiaré en el baño.
Recojo la ropa que necesito y entro sin añadir nada más. Una ducha caliente es exactamente lo que me hace falta después de un día de reuniones, llamadas y decisiones que nadie más parece dispuesto a tomar. No pienso dedicar el resto de la noche a intentar averiguar por qué mi esposa ha decidido que verme quitarme una camisa constituye un inconveniente.
Cuando regreso, Sage está sentada en la cama con el teléfono entre las manos. Lleva el cabello suelto sobre los hombros y parece tan concentrada en la pantalla que no advierte mi presencia hasta que me acerco a la cama vestido solo con el pantalón del pijama. Entonces levanta la mirada.
Sus ojos se detienen en mí durante unos segundos antes de regresar a mi rostro. No digo nada, aunque me resulta curioso que parezca observarme con tanta atención. Normalmente, Sage no necesita mirarme demasiado para saber qué estoy haciendo; llevamos suficiente tiempo compartiendo la misma habitación como para que mi presencia no represente ninguna novedad.
Me meto en la cama y acomodo la almohada detrás de la cabeza. Ella vuelve a mirar el teléfono, aunque ya no parece tan interesada en lo que aparece en la pantalla.
—¿Todo bien? —pregunto.
—Sí. Perfectamente.
Asiento y dejo que el silencio se acomode entre nosotros. No tengo motivos para pensar que algo anda mal, salvo por el comportamiento extraño que ha mantenido desde que llegué. Quizá esté cansada o tenga algún problema con el trabajo. Sea lo que sea, supongo que me lo dirá cuando esté preparada.
Al cabo de unos minutos, deja el teléfono sobre la mesita. Me vuelvo hacia ella y le aparto con suavidad un mechón de cabello que le ha quedado sobre la mejilla. Es un gesto sencillo, uno que no debería sorprenderla, y me inclino para besarla, pero no llego a sus labios.
Sage se tensa en cuanto me acerco y me pone una mano en el pecho para apartarme. El movimiento no es particularmente brusco, pero sí lo bastante inesperado como para que me detenga y la mire con el ceño fruncido.
—¿Qué haces? —pregunta.
Tardo un instante en responder, más por la forma en que me observa que por la pregunta en sí.
—Besarte
—¿Por qué?
La miro, esperando que se explique. No encuentro ninguna razón para que tenga que justificar un beso con mi esposa, mucho menos después de haber pasado todo el día fuera de casa.
—Porque es viernes —respondo finalmente.
Sage frunce el ceño y mira hacia la mesita, como si necesitara comprobar la fecha. Después vuelve a mirarme con una expresión que no consigo descifrar.
—¿Y qué tiene que ver que sea viernes?
Ahora soy yo quien la observa con desconcierto. No entiendo si está bromeando o si de verdad ha olvidado algo tan sencillo.
—Es uno de los días de la semana que acordamos para tener relaciones sexuales.
La expresión de Sage cambia. Parece sorprendida, pero intenta disimularlo con una rapidez que, en otras circunstancias, quizá habría pasado inadvertida.
—Ah. Claro. Nuestro día.
Asiento, convencido de que la conversación ha terminado. Sin embargo, en lugar de acercarse de nuevo, se aleja todavía más y se tapa casi por completo.
—¿Qué te pasa?
—Nada. Estoy muy cansada y solo quiero dormir. Buenas noches, Knox.
Antes de que pueda decir algo, se vuelve hacia el otro lado de la cama y se cubre hasta el cuello con las sábanas, dejando bastante claro que la conversación ha terminado.
Me quedo mirándola unos segundos. No recuerdo que alguna vez haya reaccionado de esa manera, pero tampoco encuentro una explicación para su extraño comportamiento, así que lo tomo como que está realmente cansada y podemos dejarlo para mañana.
Finalmente, apago la lámpara y me acomodo en mi lado de la cama. No pienso insistir cuando ha dejado tan claro que quiere dormir.
Aun así, mientras observo su espalda bajo las sábanas, no puedo evitar preguntarme qué demonios le sucede a mi esposa.
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Pobre Sage, no entiende nada. Pero conocemos un poco más a Knox. En el próximo conoceremos más a Roy, y él con Talia sí que será de risa.
Disfruten el capítulo.
Besos. Lirio