Capítulo 4: Roy
Capítulo 4: Roy
Miro la hora y me levanto para ir a la habitación cuando suena mi celular. Atiendo sin mucho ánimo.
—Roy, esta noche hay una fiesta y estará Martha.
—¿Y esa quién es?
Mi amigo Amir ríe.
—La morena guapa con la que estuviste coqueteando el mes pasado.
Pienso por un momento.
—Sí, la que quería conocerme y habló de matrimonio sin importarle que estuviera casado.
Amir ríe.
—No puedes culparla por no tomar tu matrimonio en serio si tú no lo haces—relamo mis labios—. Tranquilo, sé que tu corazón le pertenece a Gisell. Es ella con quien tendrías que haberte casado.
—Sí, pero en ese momento ella estaba ocupada con su carrera y dijo que tener novio complicaría las cosas. Luego tuve que casarme para poder tener mi dinero.
—Como sea. ¿Vienes o tu esposa te hará otro berrinche, aunque no le haces caso?
—No. Mi problema no es mi esposa, sino mi hermano controlador. Hoy paso. Mañana puede ser. Nos vemos.
Cuelgo sin más.
Mi cuerpo ya no aguanta el mismo ritmo de antes y necesito moderarme para que mi hermano no pierda la paciencia, porque él no controla mi dinero, pero si no lo administro bien, terminaré teniendo que pedirle ayuda y soportar otro de sus discursos sobre trabajar y ser responsable.
¿Para qué voy a trabajar si ya tengo dinero? Se supone que uno trabaja para ganarlo, pero yo ya lo tengo. No veo dónde está el problema, aunque mi hermano parece empeñado en convertirme en un ciudadano ejemplar, con empleo, horarios y preocupaciones innecesarias.
Antes de irme, reviso el Instagram de mi amada Gisell y veo que está en una sesión de fotos en Nueva York. Está preciosa, así que, en cuanto regrese, la invitaré a cenar y si ella está dispuesta a casarse conmigo, me divorciaré. He tenido que contenerme durante un año por estar casado y porque le prometí a mi hermano que no provocaría escándalos, pero ya estoy cansado de esta situación y pienso buscar la manera de divorciarme. Ya se lo he pedido dos veces a Talia y se ha negado en ambas ocasiones, aunque esta vez conseguiré convencerla.
Entro en la habitación, me quito la ropa y voy al baño, pero, al abrir la puerta, me encuentro con Talia semidesnuda. Ella abre los ojos y grita.
—¡¿Qué haces, pervertido?!
Me lanza una mirada furiosa, aunque no alcanza a decir nada más porque cierro la puerta de golpe.
Mierda, olvidé que duerme aquí. La mayoría de las noches me quedo en mi pequeño departamento de soltero y, cuando no estoy allí, suelo dormir en casa de alguna chica que no me da problemas. Parece que hoy he tenido la mala suerte de coincidir con mi esposa en nuestra propia habitación.
Sacudo la cabeza, me pongo el pijama y dejo la ducha para mañana. Después me meto en la cama, esperando que Talia salga del baño con alguno de sus camisones provocativos, pues suele aprovechar las noches que paso aquí para intentar llamar mi atención. Es guapa, tiene buen cuerpo y podría resultar tentadora si no fuera porque quiero el divorcio y no consumar el matrimonio. Además, he conocido a suficientes mujeres atractivas para no caer rendido ante mi propia esposa.
Espero unos minutos hasta que finalmente sale, pero lleva un pijama entero de color rosa que no deja nada a la vista.
—¿Qué llevas puesto?
Ella baja la mirada hacia su ropa.
—Un pijama entero. Sufro de frío en los pies —responde tranquilamente mientras se sienta frente al tocador y se aplica un producto en el cabello y otro en el rostro.
La observo a través del espejo, esperando que me pregunte algo o encuentre alguna excusa para conversar, pero termina de arreglarse sin prestarme atención. Esto es raro. Normalmente, no desperdicia una oportunidad de acercarse a mí.
—Ve a la cocina a traerme un vaso con agua.
Talia me mira a través del espejo.
—¿Tengo cara de sirvienta? Ve tú, princeso. Tienes pies y manos. Y si no puedes, muérete de sed, aunque en ese caso hazlo en el pasillo.
Me quedo mirándola, sorprendido por semejante respuesta, mientras ella termina de arreglarse, rodea la cama y se mete en ella sin molestarse en comprobar si sigo respirando.
—¿Es tu nueva técnica para llamar mi atención?
Ella gira la cabeza hacia mí.
—¿Por qué querría llamar tu atención?
Me río, convencido de que está fingiendo.
—Porque eso has hecho durante todo el año que llevamos casados. Como me he mantenido firme, supongo que has decidido probar otra estrategia.
Talia frunce el ceño.
—No he cambiado de estrategia. Simplemente me di cuenta de que no vale la pena perseguir a un playboy infiel, así que puedes hacer lo que quieras. Ya no pienso perder el tiempo intentando conquistarte. De hecho, hasta he pensado en hacer lo mismo que tú. Justo hoy me salió publicidad de un club muy bueno donde hay hombres guapos y quizá debería ir a conocerlo.
Me vuelvo hacia ella.
—Ni se te ocurra ir a un lugar de esos.
—¿Tú puedes y yo no? Estamos en el siglo de la igualdad, ¿no? Ya me cansé de ser una arrastrada. Tú puedes seguir persiguiendo a esa modelo que no te da ni la hora y yo puedo encontrar a alguien que sí quiera que lo persiga. Todos felices.
No me hace ninguna gracia imaginarla rodeada de hombres que podrían interesarse por ella, pero decido ignorar ese detalle y concentrarme en lo importante.
—¿Me vas a dar el divorcio?
Talia asiente sin vacilar.
—Sí. Excelente idea. No recuerdo por qué nos casamos, pero, si ambos queremos divorciarnos, nadie tiene por qué oponerse. Haz que tu abogado redacte el acuerdo, lo firmamos y cada uno sigue con su vida.
Me quedo en silencio. Después de dos negativas, esperaba otra discusión, no que aceptara tan fácilmente.
—¿En serio aceptas el divorcio?
—Sí. Si no me crees, trae los papeles y los firmo, aunque no pienses que me voy a ir sin nada.
Eso ya me resulta más familiar.
—Claro que no. Tu hermana y tú se casaron con mi hermano y conmigo por dinero. Estaban en la quiebra.
—Así es.
Parpadeo, desconcertado por su tranquilidad.
—¿Lo admites?
—¿Por qué no? No me avergüenzo de eso. Ni tu hermano ni tú se casaron por amor; lo hicieron porque nos necesitaban, igual que nosotras aceptamos porque necesitábamos dinero. Fue un intercambio justo, así que no intentes echarnos la culpa a mi hermana y a mí. Tú podrías haberte negado a casarte conmigo, aunque fuera por la presión de tu hermano, pero aceptaste.
—No es lo mismo.
—Lo que sea—Talia bosteza y se acomoda bajo las sábanas—. Vete de fiesta o quédate hablando solo, pero déjame dormir. Cuando tengas los papeles del divorcio, me avisas. Buenas noches.
Me da la espalda, apaga la luz de su lado y se tapa hasta los hombros, dejándome sin oportunidad de continuar la conversación.
Me quedo mirándola unos segundos. Durante un año ha intentado conquistarme y ahora, de repente, acepta el divorcio, me manda a buscar mi propia agua y amenaza con salir a conocer hombres. Algo no encaja, aunque seguramente ha encontrado a otro y pretende utilizarlo para darme celos.
Bueno, no pienso darle el gusto. Si espera el divorcio, se quedará esperando, porque estoy convencido de que sigue enamorada de mí y solo quiere que cambie de actitud. Retroceder para avanzar. Esa debe de ser su nueva estrategia, pero ya veremos cuánto le dura.
Me acomodo en la almohada y cierro los ojos, decidido a no darle más vueltas al asunto. Sin embargo, unos segundos después vuelvo a abrirlos al recordar que Talia quiere ir a un club lleno de hombres guapos.
Maldita sea. Ahora también necesito un vaso de agua.
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Ahora le toca a Roy sufrir.
Disfruten el capítulo.
Besos. Lirio