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Capítulo 5: Sage

Las esposas de los Paterson — booknet.com · All chapters

Capítulo 5: Sage

Me muevo con la pereza de un gatito que despierta poco a poco. Vaya, se siente bien. Estoy tan cómoda que por unos segundos me olvido de todo, hasta que una voz masculina interrumpe mi tranquilidad.

—¿Quieres que me quite el pijama?

Abro los ojos de golpe y me encuentro con la mirada de Knox, mi esposo sorpresa. Para empeorar las cosas, estoy prácticamente encima de él.

Me aparto con rapidez, pero él se incorpora al mismo tiempo y queda demasiado cerca de mí.

—Apártate.

—Tú me despertaste —responde con tranquilidad.

Niego con la cabeza mientras intento recuperar algo de espacio entre los dos.

—No fue mi intención.

—Anoche estabas cansada y no quisiste. Ahora…

Se acerca para besarme, pero lo aparto antes de que lo consiga y salgo de la cama. No pienso quedarme ahí para averiguar qué pretende.

—Tengo mucha hambre —digo, llevándome una mano al vientre—. Voy a desayunar.

Salgo de la habitación justo cuando mi hermana aparece en el pasillo. Talia se dirige hacia mí con una expresión de indignación que me hace sospechar que la mañana tampoco empieza bien para ella.

—Sage, ese Roy no me cae bien. Anoche le di una patada en sus partes fingiendo que estaba dormida y ni se movió.

Me río ante su confesión.

—¿Intentó algo?

—No. Parece que le da alergia acercarse a mí y reserva toda su pasión para la modelo que ama. Me pidió el divorcio y le dije que sí, pero ni siquiera sé cuál es el acuerdo que firmamos.

—Y yo evitando a mi esposo que intenta besarme y buscar intimidad.

Talia arquea una ceja, interesada de inmediato.

—¿El tuyo quiere intimidad?

—Sí. Por lo visto, acordamos unos días para hacerlo.

Mi hermana se queda callada durante unos segundos, procesando la información. Después me mira con una mezcla de incredulidad y envidia.

—Qué injusticia. A ti te toca el esposo guapo que quiere tu cuerpo, mientras que a mí me toca el menos guapo, un mujeriego que me trata como si tuviera una enfermedad contagiosa.

—¿Quieres que te toque?

—No él, pero sí alguien. Tenía la esperanza de que despertáramos en nuestro departamento de Nueva York. Es la primera vez que extraño al vecino de enfrente que hace ejercicio con una sunga de leopardo.

Me río porque solo Talia puede pasar de lamentarse por su matrimonio a recordar con nostalgia a un hombre al que apenas ve entrenar.

—Tranquila. Knox me envió el acuerdo que firmamos antes de casarnos. Lo leeremos y buscaremos una solución. No podemos esperar volver años atrás como si nada hubiera pasado. Al menos no dependemos económicamente de ellos.

Talia asiente, algo más tranquila.

—Bien. Haré lo que tú digas.

—Vamos a desayunar. Necesito café y alejarme un rato de mi esposo.

Mi hermana camina a mi lado, aunque no tarda en volver a la carga.

—¿No quieres estar con él? Ya que lo tienes ahí, podrías aprovechar. Yo lo haría en tu lugar.

—No voy a acostarme con alguien a quien apenas conozco desde ayer, aunque sea mi esposo y, por lo que parece, ya lo hayamos hecho.

—Pero si ya lo han hecho, no podrás esquivarlo para siempre. Yo no me preocupo por el mío porque basta con que dé un paso hacia él para que actúe como monje con voto de celibato y huya.

La miro de reojo. Talia tiene una facilidad extraordinaria para bromear con sus propios problemas, pero esta vez hay algo en sus palabras que me hace pensar. Sé que no puedo evitar para siempre la cuestión de la intimidad, aunque tampoco estoy dispuesta a dejarme llevar solo porque es mi esposo.

Para mí, compartir ese momento con alguien implica algo más que atracción física. No conozco a Knox y que sea guapo no basta para que me olvide de esa realidad. Si nuestro matrimonio es un arreglo, ¿de verdad las relaciones íntimas forman parte de las obligaciones o simplemente ocurrieron antes de que pudiera comprender lo que estaba pasando?

La idea me acompaña hasta el comedor, donde Carmen nos recibe con una sonrisa amable y nos informa de que el desayuno está listo.

—¿El joven Paterson desayunará? —pregunta mientras Talia toma asiento y se sirve un croissant.

—Hace un rato roncaba como un tronco. Imagino que no. Y me da igual.

Carmen parece sorprendida por la respuesta. Por lo que alcanzo a notar, quizá espera que mi hermana siga pendiente de Roy, intentando llamar su atención a pesar de su indiferencia. Sin embargo, Talia no es de las que se arrastran detrás de un hombre, por muy guapo que sea. Por eso mismo, todavía me cuesta entender qué la llevó a soportar aquella situación.

Carmen nos sirve café y se retira. No pregunta por Knox, aunque él aparece poco después, vestido con ropa deportiva. Incluso así se ve bastante bien. Al parecer, también es de los que se levantan temprano.

—¿Y mi hermano? —pregunta mientras toma asiento frente a mí.

—Duerme —responde Talia—. ¿Por qué todos me preguntan a mí?

—Porque eres su esposa —contesta Knox.

Mi hermana deja el croissant sobre el plato y lo mira con una expresión que anuncia otra de sus intervenciones.

—Solo de nombre. Afuera soy la estúpida que se casó con él y lo separó de su verdadero amor, o la interesada a la que no le importa que le sea infiel mientras le den dinero.

—¿Dormiste mal? Pareces de mal humor —comento.

—Sí. Estoy de mal humor porque ese marmota roncó toda la noche. Le di codazos y patadas para que se callara, pero ni se movía—bebe un poco de café antes de continuar—. Voy a mudarme a otra habitación. Total, no quiere verme y yo ya me cansé.

Le acaricio el brazo con delicadeza.

—Cálmate.

—Al menos tu esposo quiere tocarte y no tienes que andar en sequía.

Knox se atraganta con el café mientras yo bajo la mirada hacia mi plato, intentando disimular mi reacción. Cuando Talia no duerme bien, se pone irritante y pierde cualquier filtro, aunque no puedo negar que sus palabras contienen algo de verdad. El asunto es que preferiría no hablar de mi vida íntima delante de Knox, y mucho menos durante el desayuno.

—Talia, ve a otro cuarto y duerme un rato —le digo, intentando poner fin a la conversación.

—Sí. Me iré a dormir un rato y saldré a divertirme. Voy a mirar abdominales masculinos para autoconsolarme y nadie me detendrá.

Se levanta y se marcha tan tranquila, dejándonos a Knox y a mí frente a frente. Él sigue su salida con la mirada, confundido, pero no hace ningún comentario.

Yo tampoco sé qué decir. No quiero hablar de intimidad ni explicar por qué me incomoda el tema porque para mí lo conocí ayer, así que me concentro en el desayuno y abro en mi celular el acuerdo que Knox me ha enviado. Si vamos a estar atados durante tres años, lo mínimo es recordar qué aceptamos, aunque empiezo a sospechar que leerlo no va a mejorar mi opinión sobre este matrimonio.

La parte A, es decir, yo, debe complacer a la parte B, Knox, al menos dos veces por semana. Releo la cláusula, esperando haber entendido mal, pero no. ¿Dos veces por semana? ¿Esto es un matrimonio o una suscripción con consumo mínimo? Solo falta que tenga que marcar cada encuentro en un calendario.

El contrato vence tres años después de la boda. Entonces podremos divorciarnos o renovarlo, pero si alguno quiere terminarlo antes, tendrá que devolver el dinero recibido para su negocio. En otras palabras, mi matrimonio tiene fecha de caducidad y penalización por cancelación anticipada. Qué detalle.

Sigo leyendo y descubro que Talia y Roy tampoco pueden divorciarse antes de cumplir los tres años, aunque tienen permitido hacer sus vidas por separado mientras sean discretos. En cambio, Knox y yo debemos ser fieles, y si alguno engaña al otro, tendrá que pagar una indemnización. Así que, Roy puede pasearse con otras mujeres mientras mantenga las apariencias, pero Knox tiene que cumplir las reglas al pie de la letra. Qué romántico. Shakespeare estaría orgulloso.

Me quedo mirando la pantalla, preguntándome quién considera razonable organizar un matrimonio de esta manera. Aunque quizá no debería quejarme demasiado porque yo también firmé, lo que significa que estuve de acuerdo y, seguramente, tuve que ver con varias clausulas.

Levanto la mirada y descubro a Knox observándome. En cuanto nuestros ojos se encuentran, vuelve a concentrarse en su café. Tengo demasiadas preguntas, pero no sé por cuál empezar. Además, ya parece desconfiar de mí desde que me negué a tener relaciones con él, y lo último que necesito es darle más motivos para sospechar que algo no encaja.

—Si quieres preguntar algo, solo hazlo —dice de repente.

—Estaba leyendo el acuerdo.

—¿Para nuestro divorcio o el de nuestros hermanos? Si es el nuestro, no será posible.

Aprieto los labios. Su manera de hablar de nuestro matrimonio me recuerda que, para él, todo parece reducirse a las condiciones que ambos aceptamos.

—Aquí dice que Roy y Talia pueden hacer lo que quieran mientras no manchen la imagen pública. Pero, por lo que he visto en Internet, tu hermano aparece de fiesta con diferentes mujeres y, dentro de su círculo, todos conocen su relación con esa modelo. La imagen de mi hermana ya está manchada. No me parece justo.

Knox deja la taza sobre la mesa y me mira directamente.

—Eso es algo que tu hermana tiene que arreglar con Roy. Acordamos que no nos meteríamos en el matrimonio del otro. Si tu hermana quiere salir de fiesta o pedir compensación a Roy, puede hacerlo, pero yo no puedo intervenir en sus asuntos—se levanta y da por terminada la conversación con la misma tranquilidad con la que la inicia—. Me voy al gimnasio. Recuerda que esta noche tenemos la gala de la empresa.

Levanto la cabeza de inmediato.

—¿Esta noche? —Knox asiente—. ¿Y debo ir?

—Sí. Es tu obligación como mi esposa. Puedo aceptar que no quieras tener relaciones, pero no que faltes a un evento. Eso está…

—Sí, en el acuerdo.

Termino por él, pues parece que ese acuerdo domina nuestras vidas.

Knox se marcha sin añadir nada y yo me quedo mirando la pantalla del celular, con unas ganas enormes de lanzarle el acuerdo a la cabeza. Por desgracia, el documento está en el teléfono, así que tendría que arrojarle el aparato entero y quedarme sin él. No es una opción razonable, por mucho que la idea me resulte tentadora.

Dejo el celular sobre la mesa y termino mi café, intentando tranquilizarme.

Tengo un esposo que parece un robot, aunque el contrato le reconoce ciertas necesidades carnales, y una hermana que sufre por culpa de un idiota que ni siquiera se molesta en prestarle atención. Y, por si fuera poco, ambas estamos atadas a unos matrimonios que no podemos terminar antes de tres años sin afrontar las consecuencias económicas.

¿Qué hicimos mal para terminar así? ¿Acaso ser soltera se volvió pecado después de la pandemia? ¿Cómo salimos de esto?

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Jajajaja Sage le huye al esposo y Talia está de mal humor porque nadie la toca.

Disfruten el capítulo.

Besos. Lirio