Capítulo 6: Talia
Capítulo 6: Talia
Mi hermana y yo caminamos como dos diosas dispuestas a comernos el mundo. Ella luce un elegante vestido color champán, ceñido a sus curvas y con un escote que realza sus atributos sin resultar demasiado revelador. Yo llevo uno del mismo estilo, pero en color vino tinto. El mío tiene tirantes porque detesto los vestidos que no los llevan; siempre siento que algo va a escaparse en el peor momento y prefiero evitar el espectáculo. Llevo mi cabello castaño oscuro suelto, mientras que ella lo tiene recogido en un peinado que parece descuidado, aunque sé que cada mechón está exactamente donde debe estar.
Hay algo que me intriga desde que empezamos a reconstruir nuestras vidas: ¿en qué momento mi hermana dejó de usar colores hasta llenar su armario de prendas grises, beige y negras? Yo tampoco me quedo atrás. Pasé de tener ese estilo urbano tan propio de Nueva York a vestirme como una hippie que acaba de descubrir los beneficios de la ropa cómoda y los mercados artesanales. Quizá sean secuelas del COVID, aunque ni siquiera sabemos si lo tuvimos. A estas alturas, cualquier explicación es tan válida como las demás.
No tenemos idea de qué nos pasó durante estos seis años. Hemos intentado armar el rompecabezas, pero cada respuesta parece abrir nuevas preguntas y ninguna de las dos tiene ganas de convertir la búsqueda de nuestros recuerdos en una tortura. Por ahora, decidimos concentrarnos en el presente y vivirlo lo mejor posible. Ya tendremos tiempo de preocuparnos por el pasado cuando deje de parecer la historia de dos desconocidas que, por alguna razón, comparten la misma cara.
Llegamos a las puertas del salón del hotel donde se celebra el evento y tomo el brazo de mi hermana antes de que pueda seguir avanzando.
—Roy no está aquí. ¿Por qué tengo que estarlo yo? Pensaba ir a un club de striptease.
Sage sonríe, aunque conozco lo suficiente su expresión como para saber que está tratando de convencerme antes de que me arrepienta de haber venido.
—Porque necesito apoyo. No recuerdo a nadie y no tengo la menor idea de cómo comportarme con personas que debería conocer. Solo quédate un rato. Si te aburres, puedes irte, y si yo me siento incómoda, me voy contigo.
—Trato hecho.
Un guardia de seguridad nos detiene en la entrada y nos pide los nombres. Sage proporciona los nuestros utilizando los apellidos de solteras, pero él revisa la lista y nos informa que no aparecemos registradas. Intercambiamos una mirada antes de que yo recuerde el apellido que figura en nuestras identificaciones. Se lo digo, mostramos los documentos y, después de comprobarlos, nos permite pasar.
—Qué anticuado tener que usar el apellido de un hombre —comenta Sage mientras entramos.
—Tenemos el apellido de un hombre desde que nacimos. El de papá.
Ella me mira sin responder y yo me río, porque la ironía de su queja me parece bastante divertida, aunque entiendo lo que quiere decir.
Entramos en el salón con una confianza que Sage no siente y que a mí me da bastante igual. Hay lámparas elegantes, mesas decoradas con flores y gente vestida como si cada uno hubiera recibido una invitación acompañada de instrucciones para parecer importante. Recorro el lugar con la mirada en busca de mi cuñado guapo, aunque no paso por alto que hay más de un hombre atractivo entre los invitados. Empiezo a pensar que quizá no necesite ir al club de striptease después de todo. ¿Para qué pagar por ver abdominales cuando se pueden encontrar gratis en una fiesta? Aunque no estén a la vista. Además, aquí hay bebidas y nadie me obliga a dejar propina.
—Sage, Talia.
Una mujer mayor, elegantísima y con una sonrisa que parece iluminarle toda la cara, se acerca a nosotras con evidente emoción. Por la manera en que nos mira, cualquiera diría que llevamos años sin vernos y que nuestra llegada es el acontecimiento más importante de su noche.
—Ay, no. ¿Y esta quién es? —murmuro, inclinándome hacia mi hermana.
—No tengo idea, pero finge que la conoces.
La mujer llega hasta nosotras y nos abraza con una familiaridad que confirma que, al menos para ella, tenemos una relación cercana. Yo intento devolverle el abrazo con naturalidad mientras mi cerebro trabaja a toda velocidad para encontrar alguna pista que me permita identificarla.
—Por fin puedo verlas. Mis hijos me esconden a mis nueras.
Sage y yo compartimos una mirada fugaz. La palabra nueras despierta una sospecha que ninguna de las dos se atreve a expresar en voz alta, aunque la respuesta parece bastante evidente.
La mujer debe de ser nuestra suegra, la madre de Knox y Roy. Si no es ella, tendremos que inventarnos otra manera de salir de esta conversación sin ofender a alguien que, por lo visto, nos tiene mucho cariño.
—Querida suegra —exclama Sage, tomándole las manos—. Es un gusto verla.
La mujer parece encantada con el saludo y enseguida se vuelve hacia ella.
—¿Desde cuándo me tratas formal? ¿Por qué no viniste con Knox? —pregunta antes de mirarme—. ¿Y Roy?
—No tengo idea de dónde está. No soy su niñera —respondo, sin esforzarme demasiado por disimular mi fastidio.
Sage me da un codazo y yo frunzo el ceño, porque no veo qué tiene de malo decir la verdad. Si Roy prefiere desaparecer, no entiendo por qué debo fingir que estoy preocupada por su paradero.
—Seguro que tenía otros asuntos —interviene Sage con una sonrisa diplomática.
Nuestra suegra niega con la cabeza, como si acabara de escuchar una excusa que conoce demasiado bien.
—Ese inútil. Dieciséis horas de parto para que me saliera así. Si su padre estuviera vivo, se volvería a morir de la decepción.
Abro los ojos con sorpresa. Esperaba encontrarme con una madre dispuesta a defender a su hijo, no con una mujer que parece compartir mis opiniones sobre él sin necesidad de que le presente pruebas.
Me separo de mi hermana y me acerco a mi suegra con la sensación de que acabo de encontrar a alguien que podría entenderme mejor que cualquier terapeuta matrimonial.
—Sí, suegra, yo lo he intentado todo y estoy agotada. Hasta me están saliendo canas.
Ella me toma las manos con una expresión de solidaridad que agradezco sinceramente.
—No te preocupes, querida. No voy a permitir que sigas sufriendo. No sé qué clase de acuerdo tienen, porque mis hijos me mantienen al margen de todo, y preferí no meterme. Sin embargo, no apoyaré más a mi hijo menor.
Miro a Sage, que parece estar disfrutando tanto como yo de este inesperado descubrimiento.
—Parece que no tuvimos suerte con los esposos, pero sí con la suegra —le susurro.
Ella suelta una risa que intenta disimular cuando Knox aparece a su lado y la mira con una expresión que no consigo interpretar.
—Al fin llegas.
No sé si se refiere a que por fin encontró a su esposa o a que ella debería haber estado a su lado desde el principio, pero nuestra suegra no tarda en aclararlo.
—Oye, ¿qué forma es esa de hablarle a tu esposa? —lo reprende—. Si te molestaba que llegara tarde, hubieras esperado y venido con ella en lugar de adelantarte.
Knox suspira con la paciencia de un hombre que ha tenido esta conversación demasiadas veces.
—Mamá, soy el anfitrión.
—¿Y qué? ¿Eso te da derecho a tratarla como si fuera una invitada molesta? —Niega con la cabeza y después me mira—. Bueno, da igual. Vayan a saludar a los demás. Yo me llevo a Talia a dar una vuelta.
Me encojo de hombros y sigo a mi suegra sin preocuparme por la mirada de súplica que me dirige Sage. Lo siento por ella, pero su esposo está aquí y no pienso hace del mal tercio. Sage puede manejarlo, se le da bien, y sabe que solo debe llamarme porque estaré atenta al teléfono.
Mientras nos alejamos, vuelvo la cabeza para comprobar que Sage está bien. Knox parece dispuesto a conversar con ella, así que decido confiar en que podrá sobrevivir unos minutos sin mi ayuda.
—Espero que nadie me pregunte dónde está mi esposo idiota —comento cuando mi suegra y yo nos encontramos entre los invitados.
Ella se ríe con ganas, lo cual me anima a continuar hablando con absoluta franqueza. Me gustaría preguntarle cómo se llama, pero sospecho que sería una manera bastante torpe de descubrir que no recuerdo ni siquiera el nombre de mi propia suegra.
—No te preocupes. Mientras estés conmigo, nadie te molestará con preguntas. Si pasa, puedes decir lo que quieras. Mi hijo no se merece tu lealtad.
—Ni siquiera recuerdo por qué me casé con él.
La mujer me observa durante unos segundos antes de responder, y su expresión pierde parte de la alegría que tenía hace un momento.
—Eso fue idea de Knox. Roy necesitaba una esposa para cobrar el dinero que su padre le dejó antes de morir, y tu hermana y tú necesitaban dinero. Me pareció mal que Knox pusiera como condición que te casaras con su hermano, pero nunca me toman en cuenta —niega con la cabeza—. En el fondo, Knox creyó que podrías rescatarlo, pero después de un año yo lo dudo. No es culpa tuya.
La información me deja pensando en lo desesperadas que debimos de estar Sage y yo para aceptar semejante trato. No recuerdo las circunstancias que nos llevaron a hacerlo, pero me cuesta imaginar qué clase de necesidad puede convencer a una mujer de casarse con un hombre al que, por lo visto, ni siquiera soporta. Al menos, por lo que sé hasta ahora, mi cuerpo sigue siendo mío y no tengo que lamentar haber compartido la cama con Roy.
Continuamos recorriendo el salón y varias personas se acercan a saludar a mi suegra. Gracias a ellas descubro que se llama Ester y que fue diseñadora de moda. Se retiró cuando nació Roy porque quería estar presente en la vida de sus dos hijos, aunque admite que nunca alcanzó la fama que esperaba. Me parece una profesión bastante genial, y me sorprende que haya renunciado a ella por la maternidad, pero también me gusta que hable de su decisión sin fingir que no tuvo un precio. Quizá por eso me resulta tan fácil conversar con ella, porque no parece empeñada en convencerme de que la vida que eligió fue perfecta.
Mientras estamos hablando con en un grupo de tres mujeres que parecen conocerla desde hace años, una de ellas se vuelve hacia mí con una sonrisa curiosa.
—¿Y tu esposo, Talia? ¿Otra vez anda detrás de modelos de bajo estatus?
Antes de que pueda responder, Ester interviene con absoluta tranquilidad.
—Agnes, en vez de preocuparte por el paradero de mi hijo, deberías preocuparte por el de tu esposo. Ayer lo vieron en un nuevo club de estrípers.
Casi me dan ganas de aplaudir a mi suegra por poner a esa mujer en su lugar con tanto estilo. La deja sin palabras, aunque no evita que las otras intercambien miradas y sonrían de una manera que me hace sospechar que saben perfectamente qué clase de compañía puede estar buscando Roy. Como no tengo ninguna intención de defenderlo, decido aportar mi granito de arena a la conversación.
—No pasa nada. Mientras no rompa el acuerdo estamos bien.
Las dos se miran con renovado interés. La rubia, cuyo rostro me recuerda vagamente a un huevo por la forma de sus mejillas, parece incapaz de contener la curiosidad.
—¿Acuerdo? ¿Qué significa eso? ¿Tú puedes estar con quien quieras y él también?
Me acerco un poco a ellas y bajo la voz, disfrutando de la oportunidad de convertir la ausencia de mi marido en un entretenimiento para la velada.
—No exactamente. Él tiene ciertos problemas que le impiden cumplir con sus obligaciones matrimoniales, ya me entienden. No quiero entrar en detalles porque es un asunto delicado, pero no puedo abandonarlo por algo que, al fin y al cabo, no es culpa suya. Él mejora su autoestima y yo me evito el estrés.
Las dos mujeres abren los ojos con sorpresa y Ester se lleva una mano al pecho, fingiendo una compasión que no engañaría ni a un niño.
—Ay, mi pobre hijo. No digan nada, por favor. Es un asunto muy doloroso para la familia.
Las tres prometen guardar el secreto, aunque sus expresiones me hacen sospechar que la noticia no permanecerá en silencio mucho tiempo. En cualquier caso, prefiero que me miren con lástima antes que con desprecio por tener un marido infiel. Si van a hablar de mí, al menos quiero que la historia me favorezca.
Agarro una copa de la bandeja de un camarero que pasa cerca y me bebo un sorbo mientras Ester se ríe a mi lado. La miro con una mezcla de admiración y desconfianza, porque todavía no decido si es la mejor suegra del mundo o una mujer que disfruta demasiado de los problemas de sus hijos.
—¿Eres su madre biológica?
Ester vuelve a reír, esta vez sin molestarse en ocultarlo.
—Amo a mi hijo, pero estoy cansada de su actitud y de la manera en que te trata. A ver si con este rumor aprende la lección, porque esas tres mujeres lo difundirán por todo el salón antes de que termine la noche.
Me encojo de hombros y vuelvo a beber, sin sentir la menor culpa. Yo no soy quien se ha portado mal y, como Roy no ha consumado el matrimonio, no veo por qué debería proteger su reputación a costa de la mía. Si intenta desmentir el rumor, tendrá que explicar por qué no cumple con sus obligaciones como esposo; si lo acepta, mi versión parecerá cierta. Y si decide acusarme de mentir, siempre puedo recordarle que fue él quien me dejó sola en una fiesta llena de desconocidos.
—Veremos si prefiere quedar como infiel o impotente.
—Elegirá la primera opción —afirma Ester con una seguridad que me hace mirarla con interés—. Y entonces podrás pedir el divorcio y una compensación. Te presentaré a mi abogado, que no pierde un caso.
Le sonrío y tomo su brazo, encantada de haber encontrado a una aliada que, además de comprender mi situación, parece dispuesta a ayudarme a salir de ella.
—¿Quién necesita un esposo idiota cuando tiene a la suegra más genial del mundo?
Ester me devuelve la sonrisa y aprieta mi mano con afecto.
—Puedes considerarme tu madre. Valoro a las mujeres que se dan su lugar y no permiten que nadie las pisotee, aunque ese alguien sea mi propio hijo—después tira suavemente de mi brazo y señala a un grupo de hombres que conversan cerca de una de las mesas—. Ven, voy a presentarte a algunos hombres guapos que puedes considerar cuando te divorcies.
Miro por encima del hombro en busca de Sage, pero no consigo encontrarla entre la multitud. Supongo que estará bien; si necesita que vaya a rescatarla, ya me habría escrito. Además, Knox está con ella y, aunque no sé qué clase de marido es, al menos parece más dispuesto que Roy a presentarse cuando se lo necesita.
Por ahora, decido concentrarme en mi propia noche. Tengo una suegra encantadora, una copa en la mano, varios hombres atractivos a pocos metros y un marido cuya ausencia empieza a resultar mucho más conveniente de lo que imaginaba.
Si todo sale bien, quizá termine esta fiesta con un candidato para mi próxima conquista y una estrategia bastante prometedora para recuperar mi libertad. Después de todo, perder seis años de recuerdos es una desgracia, pero no hay ninguna razón para desperdiciar también el presente.
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Si creen que la madre de los hermanos Carter es genial, ahora conocen a Ester jajaja.
¿Qué dirá Roy cuando se entere que su mujer y madre andand diciendo que es impotente? ¿Aparecerá en la fiesta?
Veremos que pasa con Knox y Sage que no recuerda nada jaja.
Disfruten el capítulo.
Besos. Lirio