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Capítulo 9: Talia

Las esposas de los Paterson — booknet.com · All chapters

Capítulo 9: Talia

—Siempre he querido ir a Islandia y sacar fotos a las auroras boreales.

—Vives en Canadá. Es más cerca si quiere verlas —me dice Gideon.

Cierto. A veces olvido que vivo en Canadá, porque mi mente todavía parece estar en Nueva York, aunque puede que haya ido y no lo recuerde. Llevamos más de un año viviendo aquí, pero no puedo contarle que vengo del pasado o terminará creyendo que estoy loca. No es que esté muy lejos de la realidad, pero tampoco tengo por qué darle motivos para pensarlo.

—Es verdad, aun así, quiero ver las de Islandia o Noruega —respondo con una sonrisa.

—Son impresionantes. Deberías ir a Noruega en Navidad. Te encantará.

Asiento, agradecida de haber encontrado a alguien a quien le apasiona la fotografía. Aunque Gideon asegura que no es bueno tomando fotos, disfruta de todo lo relacionado con ella y parece conocer bastante del tema. Así que venir a esta fiesta aburrida no ha sido tan mala idea.

—Será lo primero que haga cuando me divorcie de mi marido impotente.

Gideon suelta una carcajada y ladea la cabeza, como si intentara averiguar cuánto hay de verdad en mis palabras.

—¿De verdad lo es? Se dice que ha estado con otras mujeres por ahí y que te fue infiel.

Frunzo el ceño mientras lo observo. No sé de dónde salen tantos rumores, aunque tampoco puedo quejarme demasiado si algunos me resultan convenientes.

—Todo es posible—suspiro con dramatismo—. Si te enteras de algo y consigues fotos, por favor, envíamelas. Así será mucho más fácil conseguir el divorcio.

—Siempre puedes contratar a una mujer para que lo seduzca y tomar fotos.

Abro un poco los ojos mientras considero la sugerencia. ¿Por qué no se me ocurrió antes? «No, Talia, no empieces a hacer tonterías». Ya tengo suficientes problemas sin necesidad de organizarle una aventura a mi marido.

—No necesito contratar a ninguna. Basta con mandar a alguien a seguirlo y atraparlo en el acto, aunque sigo pensando que esas cosas no funcionan tan fácilmente.

Gideon vuelve a reírse y se mete las manos en los bolsillos.

—Bueno, si necesitas ayuda, dímelo. No soporto a esa clase de idiotas.

Enarco una ceja, curiosa por saber si habla en serio.

—Hablas como si hubieras lidiado con alguien así.

—Sí. Mi exnovia me dejó por alguien así. Dijo que yo era demasiado aburrido y que quería algo nuevo. Ahora sale con un mujeriego que la engaña en su propia cara.

Lo miro con cierta compasión. No parece guardar demasiado rencor, aunque tampoco debe de ser agradable descubrir que la persona que te dejó por buscar emociones nuevas terminó encontrando más de lo mismo.

—¿Dónde estabas hace un año, cuando estaba planeando casarme?

Se ríe y niega con la cabeza.

—No lo recuerdo. Supongo que de novio con mi exnovia infiel.

—Lógico.

No puedo evitar sonreír. Claro que sí. Aunque yo tampoco puedo explicar dónde estaba hace más de un año ni qué hacía exactamente. Todavía hay demasiadas incógnitas en mi vida y, por desgracia, no parece que vayan a resolverse solo por pensar en ellas.

—Vamos a bailar —propone Gideon mientras me ofrece la mano.

La tomo, pero antes de que pueda dar un paso, alguien se interpone entre nosotros y me aparta con tanta fuerza que pierdo el equilibrio por un instante.

—Engañándome en mi propia cara después de esparcir rumores falsos.

Miro a Roy sin poder creer que esté aquí. Parpadeo un par de veces, como si eso fuera a hacer que desaparezca, pero sigue delante de mí con esa expresión de indignación que parece reservar exclusivamente para cuando algo no sale como quiere.

—¿Y tú qué haces aquí?

—Es la fiesta de mi familia y tú eres mi esposa.

Suelto una carcajada incrédula y me acomodo el vestido, todavía sorprendida por su repentina aparición.

—Le dijiste a tu hermano que no vendrías y ahora apareces recordándome que eres mi esposo. ¿Qué pasa? ¿Tu ego no soportó que circularan unos rumores? Entonces, ¿qué debería hacer yo? Por ahí me llaman cornuda, interesada, cazafortunas, ingenua y estúpida. No sé si me olvido de alguno más, aunque seguro que alguien puede ayudarme a completar la lista. ¿Qué piensas, Gideon?

Roy fulmina a Gideon con la mirada.

—¿Qué haces con una mujer casada? ¿Acaso quieres que digan que eres su amante?

Gideon ni siquiera se inmuta. Niega despacio con la cabeza y lo observa con una expresión que oscila entre la incredulidad y el cansancio.

—Vaya, sabía que eras un fiestero y un vago, pero no creí que también fueras hipócrita. La llamas esposa porque está hablando con otro hombre, pero no le das el lugar que le corresponde y permites que los demás la insulten.

—No te metas —le advierte Roy.

Ruedo los ojos, me suelto de su mano y vuelvo a mirar a Gideon.

—Ve adentro. Yo te sigo en un momento. Antes necesito arreglar las cosas con este idiota.

Gideon me estudia unos segundos, probablemente preguntándose si dejarme a solas con Roy es una buena idea.

—¿Segura?

Asiento y le dedico una pequeña sonrisa para tranquilizarlo. No necesito que nadie me defienda, aunque agradezco que esté dispuesto a hacerlo.

Él termina marchándose y, cuando nos quedamos solos, me vuelvo hacia mi supuesto esposo.

—Ya te dije que vamos a divorciarnos. Me da igual el contrato. Hay tantos testigos que te han visto de fiesta y acompañado de otras mujeres que, si demando el divorcio, no creo que tenga demasiados problemas para conseguirlo. Así que no vengas a hacerte el esposo mártir—me acomodo el vestido una vez más y lo miro con impaciencia. No sé qué pretende conseguir apareciendo de repente y reclamando unos derechos que nunca parece recordar cuando le conviene—. Ve detrás de tu amada y déjame en paz.

Roy aprieta la mandíbula y cruza los brazos.

—Llevo tiempo diciéndote que nos divorciemos y siempre te has negado. Te dejé claras las cosas y aun así seguiste con esto. ¿Ahora debería darte el divorcio solo porque tú quieres? ¿Acaso decides cuándo nos casamos y cuándo nos divorciamos? Ni hablar.

Lo observo unos segundos, intentando encontrar algo de lógica en su argumento, pero termino abandonando el intento. Sería más fácil discutir con una pared y, al menos, no tendría que soportar sus cambios de humor.

—Bien, no me des el divorcio, pero no te quejes si socializo con otros hombres. Ahora voy a irme con Gideon porque a él sí le interesa lo que tengo que decir y parece disfrutar de mi compañía.

Roy se mueve para cortarme el paso y tengo que detenerme antes de chocar contra él.

—No. Vas conmigo, les dices a todos que solo bromeabas con lo de mi impotencia y arreglamos esto.

Frunzo el ceño y lo miro de arriba abajo.

—No pienso decir nada porque para mí lo eres. No estoy mintiendo. Si tu ego no puede soportarlo, es tu problema, no mío.

—No me hagas enojar —dice, enfrentándome con el ceño fruncido.

Suelto el aire por la nariz y ladeo la cabeza. De verdad, ¿qué se supone que debería hacer con él?

—¿Y si te hago enojar qué? No eres más que un niño rico que nunca ha madurado. Eres un egoísta que se casó por dinero porque nunca te interesó trabajar. Un vividor, un vago y un desagradecido con tu maravillosa madre y hasta con tu hermano, que se preocupa por ti—lo señalo con el dedo mientras avanzo hacia él y Roy retrocede un par de pasos—. Quieres que todo gire a tu alrededor, que las cosas se hagan a tu manera y que los demás acepten tus decisiones sin rechistar. Siempre piensas que todos están equivocados menos tú, y ni siquiera te molestas en considerar que quizá el problema seas tú.

—Eso no…

—¿Eso qué? ¿Crees que tu hermano seguirá apoyándote eternamente? Pues no. Llegará un momento en que se cansará de que arruines todo y te dejará arreglártelas solo. Tal vez tu madre siga defendiéndote, pero tampoco va a vivir para siempre. ¿Y esos amigos con los que te juntas? ¿Crees que te prestarían atención si no tuvieras dinero? Llevas enamorado de una mujer que nunca ha querido estar contigo y que utiliza nuestro matrimonio como excusa para darte largas. Solo te mantiene cerca porque le gusta que la adules, pero nunca te tomará en serio. ¿Por qué se fijaría en alguien como tú cuando tiene tantas opciones mejores? Despierta, Roy, y madura de una maldita vez.

Me detengo y tomo aire. Tengo la sensación de que llevo hablando varios minutos sin respirar, pero, por alguna razón, no me había dado cuenta hasta ahora. Me froto la frente y finalmente lo miro.

—Ya me siento mejor.

Roy permanece inmóvil, sin decir una sola palabra. Tiene la mirada fija en mí y la boca ligeramente entreabierta, como si estuviera intentando encontrar una respuesta que no termina de llegarle. Por un momento parece una estatua, aunque dudo que las estatuas tengan tantos problemas para procesar una conversación.

Decido que ya he dedicado suficiente tiempo a esta situación y me doy la vuelta para regresar a la fiesta. Sin embargo, apenas doy un paso, Roy me toma del brazo.

¿Y ahora qué?

—No soy impotente.

Abro la boca y lo miro, intentando descifrar si habla en serio.

Acabo de decirle de todo, cosas que ni siquiera recuerdo en su totalidad, y lo único que parece haber conseguido atravesar todas sus defensas es que lo llamara impotente.

A veces siento que mis neuronas se desconectan sin previo aviso, pero a él parece que le fallan todas al mismo tiempo.

—Bien, eres todo menos impotente. ¿Feliz?

Roy me mira de una manera extraña y, antes de que pueda preguntarle qué le sucede, me toma de la nuca y planta su boca sobre la mía.

Me quedo paralizada por la sorpresa, sin corresponderle, hasta que consigo reaccionar y lo aparto de un empujón. Me llevo una mano a los labios y lo miro con los ojos muy abiertos.

—¿Qué rayos te pasa? ¿Acaso tienes un ataque cerebral? Si es el caso, deberías ir a que te traten.

—Yo… —murmura, pareciendo tan desorientado como yo.

—¿Tú qué? —sacudo la cabeza y doy un paso atrás—. Como sea, quédate aquí tomando el aire. Tal vez te haga bien.

Me doy la vuelta y me marcho sin comprender qué acaba de pasar con él.

Hay veces que creo que estoy loca y necesito un psicólogo, pero luego me encuentro con personas como Roy y me doy cuenta de que, comparada con algunas, estoy bastante bien.

Al entrar, me encuentro con mi hermana y Knox, que se acercan enseguida para preguntarme dónde está Roy. Me detengo frente a ellos y todavía me llevo una mano a los labios por pura inercia.

—Afuera —respondo antes de mirar a mi supuesto cuñado—. Controla a tu hermano. Creo que necesita ayuda psicológica.

Sage frunce el ceño y se acerca un poco más.

—¿Qué te hizo?

—Me besó.

Knox levanta las cejas y me observa con atención.

—¿Sin tu consentimiento?

Frunzo el ceño, porque la pregunta me obliga a detenerme a pensar en algo que, hasta ese momento, no había terminado de procesar.

—No me preguntó y yo tampoco quería que me besara, pero eso no significa que haya sido un abuso. ¿O sí?—Me llevo una mano a los labios y miro a mi hermana—. ¿Mis labios fueron víctimas de abuso, Sage?

Sage mira a Knox con una expresión que deja bastante claro lo que piensa de su pregunta.

—¡Qué pregunta tan estúpida! ¿Acaso siempre pides permiso antes de besar a alguien?

Knox la mira sin perder la calma y luego vuelve a fijarse en mí.

—No, pero sé reconocer cuándo la otra persona quiere o no. Roy debería saber que Talia no quería que la besara.

Agarro el brazo de mi hermana antes de que la conversación continúe. No tengo ganas de analizar mi beso no solicitado con un grupo de personas ni de descubrir qué otras preguntas pueden surgir.

—Me voy de aquí.

Sage toma mi mano y asiente, dispuesta a acompañarme. Antes de marcharnos, se vuelve hacia su esposo con una expresión seria.

—Me voy a casa con ella. Ponle una correa a tu hermano. A ver si así deja de hacer lo que le da la gana.

Y nos vamos juntas. Al menos le dije todo lo que tenía que decir y eso me sacó un peso de encima.

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Roy va a terminar con camisa de fuerza jajaja.

Abuso de labios.

Veremos que pasa.

Disfruten el capítulo. Y si quieren, mi novela Ya no soy tu esposa olvidada está en descuento.

Besos. Lirio