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Capítulo 1. Enorme sorpresa

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Capítulo 1. Enorme sorpresa

POV AMELIA ROSE

Sostener una tira de plástico con dos líneas rosadas marcadas con precisión en la mano debería haber sido motivo de alegría o planificación, pero para mí en ese momento se sintió como una sentencia insólita.

Llevaba tres días con náuseas matutinas insistentes, mareos sutiles al levantarme de la cama y un cansancio atroz que intenté justificar vanamente con el estrés del trabajo. Sin embargo, cuando los análisis de laboratorio que me había realizado de forma privada confirmaron las semanas de gestación, el mundo a mi alrededor pareció tambalearse por completo.

Las cuentas no fallaban. La fecha encajaba con precisión en una sola noche: hace exactamente seis semanas.

Un escalofrío helado me recorrió la espalda mientras permanecía sentada en la sala de espera del centro médico más prestigioso de la ciudad. Mi mente voló de inmediato a esa velada que intenté sepultar en el olvido.

Recordé con nitidez la traición de mi exprometido, la rabia contenida y el frío que me corrió por las venas al recibir las fotografías de él besando apasionadamente a otra mujer a solo dos semanas de nuestra boda. Esa noche no lloré, no armé un escándalo ni me arrastré por explicaciones.

En lugar de eso, me puse mi mejor vestido, me arreglé los labios con un rojo radiante y salí a un bar exclusivo a celebrar el fin de un engaño y el inicio de mi libertad.

Allí lo conocí a él. Un hombre imponente, de mirada azul penetrante y una elegancia sobria que robaba el aliento. Compartimos tragos, risas flojas y una conversación tan fluida que pareció surrealista. Esa misma madrugada terminamos en la suite de un hotel, envueltos en una pasión desenfrenada, salvaje e inolvidable.

Éramos dos desconocidos buscando un escape momentáneo. No hubo nombres de por medio, no hubo promesas ni números de teléfono sobre la mesa de noche. Y, lo más irónico de todo, hubo protección. Habíamos usado preservativo de principio a fin, pero la vida parecía tener un sentido del humor bastante negro y retorcido. Yo no había vuelto a tener intimidad con mi exprometido desde hacía un mes antes de la ruptura. No había lugar para dudas ni errores de cálculo: el bebé que llevaba en mi vientre era de aquel misterioso hombre.

¿Cómo se suponía que criaría a un hijo sola? ¿Cómo le explicaría en el futuro que su padre era un fantasma de una sola noche cuyo rostro apenas recordaba entre sombras de alcohol y deseo?

—Señorita Amelia Rose —llamó la enfermera desde la puerta del consultorio de ginecología.

Tragué saliva con dificultad, me puse de pie sobre unas piernas temblorosas y caminé hacia la consulta. Necesitaba que un especialista me hiciera una ecografía de urgencia, que evaluara si todo estaba bien y que me confirmara con certeza médica lo que la prueba en sangre ya me aseguraba.

—Tome asiento por aquí, por favor. El doctor estará con usted en un segundo —dijo la enfermera amablemente antes de dejarme a solas en la pulcra estancia.

Me acomodé en la silla frente al gran escritorio de madera, apretando el bolso contra mi regazo con los nudillos blancos. El ambiente olía a antiséptico, a papel limpio y a flores frescas. Intenté regular mi respiración, concentrándome en el tic-tac del reloj de pared para calmar los latidos desbocados de mi corazón.

De pronto, la puerta lateral del consultorio se abrió de par en par.

—Lamento la espera, el examen anterior se extendió un poco más de lo previsto… —decía el médico mientras entraba revisando la carpeta digital en su tableta.

Al escuchar esa voz profunda, varonil y aterciopelada que me resultaba inquietantemente familiar, alcé la mirada de golpe.

El aire se me congeló en los pulmones.

Frente a mí, vistiendo una bata blanca impecable sobre un ambo médico azul marino y con un estetoscopio al cuello, estaba el hombre de aquella noche. Era absolutamente imposible confundirlo: la misma mandíbula marcada, los mismos ojos azules intensos y esa prestancia magnética que no se borraba con nada.

Él levantó la vista de la pantalla para mirarme. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, su postura erguida se tensó por completo. El médico impecable y profesional pareció desvanecerse durante un segundo eterno, reemplazado por el hombre que había recorrido cada centímetro de mi piel hace seis semanas en aquella habitación de hotel.

Un silencio denso y cargado de electricidad reinó en la habitación. Él bajó lentamente la tableta hacia la mesa, ladeó la cabeza con una pizca de asombro y una sonrisa cargada de un gesto coqueto, sutil e inconfundible se dibujó en sus labios.

Echó un vistazo al expediente en la pantalla, volvió a fijar su mirada penetrante en la mía y dijo con una voz pausada.

—Amelia… Qué gusto verte otra vez.

Me quedé congelada en la silla durante unos segundos que parecieron horas, tratando de asimilar que la persona frente a mí no era una alucinación producto de los nervios. Era él. En carne y hueso.

Él tomó asiento con parsimonia en su sillón ejecutivo y me observó de forma expectante, analizando cada una de mis reacciones. Por mi parte, tragué duro, sintiendo la boca completamente seca, y logré articular palabra con una timidez que no solía caracterizarme.

—Doctor Bennett… ¿cierto? —pregunté, señalando con la mirada el gafete prendido a su bata.

Él asintió levemente, manteniendo esa mirada firme pero con un matiz de calidez que me erizó los vellos del brazo.

—Sebastián —corrigió con suavidad—. Mi nombre es Sebastián.

Asentí en silencio mientras lo observaba unos segundos más. Se veía abrumadoramente atractivo con su vestimenta médica. Él bajó la vista hacia la tableta para revisar el motivo principal de mi consulta registrada por la recepcionista.

—Vienes a una ecografía —comentó, alzando las cejas en un gesto de grata sorpresa antes de agregar—: Felicidades.

El estómago se me apretó en un nudo intenso.

—Solo… deseo confirmar —murmuré, apretando las manos sobre mis rodillas—. La prueba dio positiva, pero necesito estar segura.

Sebastián sostuvo mi mirada un instante, leyendo la tensión evidente en mi rostro. No hizo más preguntas personales en ese momento; en su lugar, profesionalizó su tono inmediatamente para no incomodarme más de la cuenta.

—Entiendo. Pasa detrás del biombo, por favor. Quítate la ropa de la cintura para abajo, colócate la bata protectora y recuéstate en la camilla. Estaré listo en un momento.

Hice lo que me indicó con movimientos torpes y mecánicos. Me desvestí, me cubrí con la tela descartable y me acosté sobre la fría camilla de examen. El techo blanco del consultorio parecía dar vueltas sobre mí mientras intentaba procesar la surrealista ironía de la situación: el hombre con el que había cometido una locura de una noche era el ginecólogo al que le confiaba mi revisión.

Unos instantes después, Sebastián apareció al lado de la camilla. Rompió el envoltorio de un par de guantes de látex y comenzó a colocárselos con destreza profesional.

Fue en ese preciso segundo cuando un destello metálico llamó mi atención.

Bajo la luz blanca del reflector de la camilla, un anillo de oro pulido relucía claramente en el dedo anular de su mano izquierda.

Una alianza de matrimonio.

Sentí un cubo de agua helada sobre la cabeza. Cerré los ojos un segundo, dándome una bofetada mental de realidad.

«Es casado. Genial, Amelia. De todas las personas en esta ciudad, tenías que terminar acostándote con un hombre casado».

Me recriminé en silencio, apretando la mandíbula. No dije absolutamente nada al respecto; no era el lugar ni el momento para hacer reclamos de una noche sin compromisos.

—El gel va a estar un poco frío, Amelia —me advirtió con voz suave antes de aplicar el fluido transparente sobre mi vientre bajo.

Al contacto de sus manos enguantadas con mi piel, un chispazo de electricidad estática me atravesó entera. Se sintió absurdamente íntimo. Sebastián tomó el transductor de ultrasonido y comenzó a moverlo con delicadeza sobre mi abdomen, manteniendo la mirada fija en el monitor a su izquierda.

El sonido rítmico del eco comenzó a resonar en los parlantes del equipo. Thump-thump, thump-thump.

Sebastián frunció el ceño ligeramente, acercándose un poco más a la pantalla. Ajustó los controles del aparato y se quedó en silencio durante varios segundos, analizando las imágenes en escala de grises. La tensión en la sala se volvió casi insoportable.

—¿Pasa algo malo, doctor? —pregunté con el corazón en la garganta.

Él parpadeó, saliendo de su concentración, y giró el monitor lentamente hacia mí. Una expresión de asombro absoluto se dibujaba en su rostro, despejando cualquier postura estrictamente médica.

—No hay nada malo, Amelia. Al contrario —dijo con la voz rasposa—. Pero hay un detalle importante que debes ver.

Señaló la pantalla con su dedo.

—Aquí está el primer saco gestacional... y justo al lado, muy claro y con su propio latido, está el segundo.

Me quedé completamente en shock. La respiración se me cortó en seco.

—¿Segundo…? —susurré, incapaz de procesar las palabras.

—Estás embarazada de mellizos, Amelia. Son dos bebés —afirmó Sebastián, mirándome fijamente a los ojos con una mezcla de conmoción, sorpresa y una emoción indescriptible que intentó contener sin éxito.

La información comenzó a repetir en bucle dentro de mi mente como un eco ensordecedor.

Estaba embarazada.

Eran dos bebés.

El padre era el imponente hombre frente a mí.

Y para rematar... el padre de mis hijas llevaba una alianza de matrimonio en el dedo.