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Capítulo 2. Son mi responsabilidad

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Capítulo 2. Son mi responsabilidad

POV AMELIA ROSE

El eco rítmico de los dos corazones latiendo al mismo tiempo en el monitor seguía retumbando en mis oídos, sepultando cualquier intento de mantener la calma.

Sebastián retiró despacio el transductor de mi vientre y limpió el exceso de gel con una compresa de papel. Sus movimientos eran precisos, propios de la agilidad de su profesión, pero sus manos enguantadas delataban una rigidez inusual. La mirada azul que hace unos minutos se mostraba impecable y distante tras el halo de profesionalismo ahora quemaba con una intensidad desbordada.

—Te daré un momento para que te limpies y te vistas —murmuró con una voz rasposa, girándose hacia el lavamanos para quitarse los guantes con un chasquido seco.

Tragué saliva, sintiendo la nuca empapada en sudor. Me incorporé en la camilla con cierta torpeza, me limpié la piel y me vestí rápidamente detrás del biombo. Cada movimiento se sentía pesado, como si el aire del consultorio se hubiera vuelto muy pesado. Al salir, me encontré a Sebastián de pie junto a su escritorio. Se había quitado la bata blanca, quedando solo en su uniforme médico azul marino. Apoyaba las manos en el borde de la mesa, esperando mi regreso.

Me senté de nuevo en la silla de visitas, ajustando el bolso sobre mis piernas como si fuera un escudo protector.

—Seis semanas —comenzó él, rompiendo el silencio. Su voz era baja, firme, pero cargada de una electricidad difícil de ignorar—. Las fechas encajan de forma extremadamente sorprendente, Amelia.

—Lo sé —respondí con firmeza, sosteniéndole la mirada para que no dudara ni un segundo de mi honestidad—. No he estado con nadie más. Esa noche fue... la última vez que tuve intimidad con alguien.

Sebastián pasó una mano por su cabello castaño, despeinándolo ligeramente en un gesto de frustración contenida.

—Usamos preservativo —recordó, entornando los ojos mientras trataba de hallar una lógica a lo que la pantalla acababa de demostrar—. Estaba seguro de que...

—Mejor que nadie deberías saber que los métodos de barrera tienen un porcentaje de falla, por mínimo que sea —lo interrumpí con frialdad—. Y parece que a nosotros nos tocó el porcentaje negativo.

El silencio volvió a instalarse entre los dos. Sus ojos azules recorrieron mi rostro, deteniéndose en mis labios por un segundo antes de bajar hacia la mesa. Fue ahí donde mis ojos volvieron a fijarse inevitablemente en la alianza de oro que brillaba bajo la luz.

La rabia y la ironía se me mezclaron en el pecho.

—No vine aquí a arruinarte la vida, doctor Bennett —dije, endureciendo la voz y remarcando su apellido para marcar distancia—. Ni a exigir nada que no quieras dar. No tenía idea de quién eras, ni a qué te dedicabas... y mucho menos que tenías una vida construida.

Sebastián frunció el ceño de golpe. Siguió la dirección de mi mirada y notó que estaba observando su anillo de boda. Una sombra indescifrable le cruzó el rostro, pero no se justificó. No dio explicaciones, no intentó excusarse ni dijo una sola palabra sobre su matrimonio. Simplemente guardó un hermetismo absoluto sobre su vida personal, lo que hizo que la duda quemara aún más en mi interior.

—No se trata de arruinar nada, Amelia —repuso él, dando un paso rodeando el escritorio hasta quedar peligrosamente cerca de mi silla—. Esos dos bebés también son mi responsabilidad. No soy el tipo de hombre que da la espalda a algo así.

—Eres mi ginecólogo —le recordé con evidente incomodidad—. Y el padre de los bebés que llevo dentro. Esto es un conflicto ético enorme. No podemos pretender que las cosas sigan normales.

Sebastián suspiró, cruzándose de brazos. Su postura emanaba una autoridad natural que imponía, pero sus ojos delataban la tormenta interna que estaba atravesando.

—Por ética médica, no debo ser el obstetra que lleve tu control prenatal. Mañana mismo te asignaré con la mejor especialista del hospital, una colega de mi entera confianza —hizo una pausa, inclinándose ligeramente hacia mí hasta que pude sentir su perfume varonil mezclado con el olor a antiséptico—. Pero que no sea tu médico tratante no significa que vaya a desaparecer. Estaré en cada ultrasonido, en cada examen y en cada paso de este proceso.

—¿Y cómo piensas hacer eso? —inquirí, alzando la barbilla y mirando el destello dorado de su mano izquierda—. ¿Cómo vas a justificar hijos con una desconocida?

Sebastián me sostuvo la mirada sin pestañear. La rigidez de su mandíbula demostraba que estaba sopesando cada una de las complicaciones que se le venían encima, pero su tono no admitió réplica.

—Eso es algo que yo debo resolver. Tú solo concéntrate en cuidar de ti y de ellos.

Se acercó a la puerta para abrirla, dándome paso. Al cruzar a su lado, su mano rozó sutilmente mi brazo, enviando una descarga eléctrica que me erizó la piel. Me detuve un segundo y lo miré a los ojos.

El Dr. Sebastián Bennett estaba dispuesto a asumir su papel de padre, pero el misterio de su matrimonio y la alianza en su dedo permanecían como una pared de hielo entre los dos.

—Nos vemos pronto, Amelia —murmuró con una voz pausada que sonó más a promesa que a despedida.

Salí de la clínica con el corazón latiendo desbocado, sabiendo que mi vida había cambiado para siempre... y preguntándome hasta dónde estaría dispuesto a llegar un hombre casado cuando la verdad saliera a la luz.