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CAPÍTULO 1.

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CAPÍTULO 1.

Ada.

Debí suponer que en algún momento él haría algo como esto.

Fui claramente advertida, no podía negar eso, aunque sinceramente creí tener más valor para afrontar la situación o quizás un poquito más de dignidad. Me mentí a mí misma; no tenía nada de eso. De hecho, ni siquiera poseía el suficiente temple para evitar el ardor de garganta ni el agua acumulándose en las esquinas de mis ojos.

Desearía no poder creer la escena ante a mí, pero por supuesto estaba sucediendo. Pasé todos estos meses esperando la estaca que atravesaría sin piedad mi corazón. Y nunca hubo ni una sola duda de quién asestaría el golpe mortal: mi marido.

El día de nuestra boda no me juró amor, ni respeto, ni siquiera tranquilidad.

Él ni siquiera se dignó a prometerme nada y aun así me quedé allí en el altar creyendo estúpidamente que estaba demasiado enojado por los acontecimientos. Me engañé pensando que su amor sería más grande, había que ser tonta… él no me amaba y no solo lo demostró posteriormente con cada respuesta fría, con cada silencio y ausencia, también lo hacía ahora al tener a una mujer en ropa interior en su oficina sin siquiera cerrar la puerta.

En mi propia puta casa.

—Esto es desagradable —murmuré con voz más firme de lo esperado mientras me apoyaba en el marco de la puerta necesitando ser sostenida por algo.

Richard alzó la vista; estuvo tan concentrado en su faena que ni siquiera me escuchó entrar.

Parpadeó rápidamente por un segundo cuando nuestras miradas se encontraron pero luego esa expresión desapareció tan rápido como llegó, pues no retrocedió ni tampoco intentó justificarse como lo hubiera hecho cualquier otra persona por reacción natural.

Leah, su acompañante, chilló saltando de su regazo.

—Oh… esto… —empezó. Era lo mínimo que esperaba recibir de él.

—Silencio —calló sin moverse ni un centímetro. Me miró directamente sin ningún tipo de perturbación y como si estuviera hablando del clima agregó: —No me gusta que entren a mi oficina sin permiso, lo sabes —recordó.

Su frialdad terminó de astillar mi corazón, pero esta vez, era como si lo reventara.

—Esta es mi casa —dije.

¿Por qué? No lo tenía claro, quizás aferrándome a una última pizca de dignidad.

—Es mía —rectificó con la calma distante destinada a mí desde el día de nuestra unión—. Al igual que todo lo que en ella habita.

«Como yo».

Y aunque tenía razón no me sentía menos enojada, ni traicionada.

«Te perdonará, Ada. No es un hombre cruel». Me dije a mí misma una y otra vez en el pasado. Fui tan tonta; no lo conocía bien entonces… era alguien despreciable. Un hombre cuyo objetivo era quebrarme y al fin tuvo éxito.

—Me gustaría conversar a solas con mi esposo —avisé hacia la intrusa sin poder refutar lo anterior—. Fuera de aquí.

Parpadeó fingiendo inocencia.

—Como él dijo: este no es tu hogar para echarme.

Eso fue un gancho directo al rostro.

Por supuesto, si el dueño del lugar no me respetaba, ¿por qué habría de hacerlo su invitada? Inicialmente no pensé en tomarla contra ella, no tenía culpa de mis malas decisiones, pero su comportamiento fue tan desvergonzado que no pude soportarlo. Una cosa era acostarse con el marido de alguien y otra muy distinta burlarse de esa mujer en su presencia.

En la casa lujosa donde vivía aunque ni siquiera era suya.

Mis piernas fueron más rápidas que mis pensamientos; en un segundo estuve sobre ella tomándola del cabello. Se lo ganó a pulso, así que sacaría a pasear a una perra. No sabía de dónde provino la fuerza para arrastrarla por el camino empujándola a la calle, quizás de la rabia que explotó dentro de mí al verla con el cabello despeinado y sentada en el regazo de mi marido, en su lugar sagrado que ni siquiera yo tenía permitido visitar.

Todo fue demasiado rápido y violento, oía sus gritos pero no entendía sus palabras.

—¡Suéltame!

Apreté los dedos alrededor de su cabello. Ella manoteaba intentando zafarse sin resultado, todas esas clases de defensa personal al fin me sirvieron para algo.

—Sigue intentando atacarme y te arrancaré esos tres mechones teñidos que tienes —comuniqué fuera de control. —¡Fuera!

Quería no tener una testigo alegre del destrozo en mi corazón, maldición.

—¡Richard! —gritó tan claramente que no pude evitar apretar más.

—Es suficiente. —Escuché a mi espalda.

Eso fue porque estaba demasiado consciente de él, de su ubicación y de su poca disposición para apartar a su amante de mí. No se tomó la molestia de unirse al escándalo ni tampoco interponerse físicamente porque así era: indiferente.

Ignoré sus palabras mientras la llevaba decididamente fuera de la casa que no me pertenecía.

—Ada —llamó directamente. Esta vez pude sentir la advertencia en su voz. Como siempre, esperaba ser escuchado y justo ahora, no me interesaba complacerlo.

Lo notó y fue entonces cuando accionó. Santo cielo, eso me dolió casi tanto como su traición porque jamás había acudido así para mí, pero ahora lo hacía por ella, para salvarla sin importar el daño que me ocasionaron. Para él, el dolor de una cualquiera priorizaba el mío.

Su mano se envolvió alrededor de mi brazo justo cuando llegamos a la puerta. Sinceramente creí que me dolería y me preparé para ello, no obstante, no fue rudo sino firme.

—Suéltala, maldición —siseó apartándonos.

Leah maldijo intentando abalanzarse sobre mí, pero se interpuso entre nosotras dándome la espalda. —No.

Ella estaba furiosa, intentó del otro lado y esta vez él puso sus manos en los hombros en un contacto completo, incluso más que cuando me detuvo a mí. Demonios, estaba rayando en lo patético incluso al comparar eso.

Jadeó. —¿Estás bromeando? Voy a destrozarla.

—Sí, ven. Dame el gusto —respondí con la adrenalina corriendo por mis venas.

Él habló por encima de ambas.

—Vete, tú y yo hablaremos después —espetó lanzándole su vestido. No quería irse pero le hizo caso porque las personas siempre le obedecían.

Yo fui la única que rompió eso y él se encargó de romperme a mí.

Su amante salió de la casa en ropa interior, ni siquiera pude anotarme una victoria por eso. En este momento yo era la verdadera perdedera. Francamente creí que se iría con ella, pensé que la acompañaría y consolaría por su traumática experiencia conmigo. No obstante, solamente tomó el pomo de la puerta para cerrarla y cuando se giró para confrontarme mi rabia se triplicó.

Hijo de su mala madre.

Le di una bofetada tan fuerte que giró el rostro, aunque mi mano picó me aguanté para otro ataque. —Eres un desgraciado —reclamé.

Solo necesitaba su atención para desmoronarme; las lágrimas empezaron a deslizarse lentamente por mi rostro. Yo me busqué esto, estropeé todo para mí misma al fijar mi atención en este imbécil.

—Cuidado —musitó con los dientes apretados.

Y eso hizo que una represa se liberara. Debí suponer que en algún punto perdería la cabeza; entre mi desamor, su lejanía y su traición fue más que suficiente para convertirme en un ser lamentable. Golpeé su pecho, hombros, y brazos con toda mi fuerza.

Aun así, nada de lo que yo hiciera parecía moverlo o siquiera conmoverlo.

—¡Ya basta! —gritó tomando mis muñecas para detener el ataque.

Él nunca me había alzado la voz. Por más furioso que estuviera jamás perdió la compostura como ahora. De todas las señales de que esto no funcionaba ni lo haría jamás, esta fue la más clara.

Y entonces tomé una decisión.

—Quiero el divorcio —pedí sin aliento—. No puedo más. Ya pagué suficiente.

Dos segundos transcurrieron y luego: —No.

Me sentía tan miserable. Recibir aquella mirada terminó de hacerme comprender algo que no quise aceptar antes: yo podía perecer de dolor y ni así me perdonaría. Ni siquiera lo lamentaría porque su rencor hacia mí jamás se lo permitiría.

Salí de su agarre llevándome las manos al pecho.

—No te pediré nada. Solo quiero alejarme de ti —aclaré porque posiblemente ese era su temor.

Sus ojos verdes se oscurecieron.

—Tú sola nos metiste en esto. Serás mía hasta tu muerte —decretó.

Escuchar eso fue como recibir una maldición. Era absurdo, si me odiaba, si nunca deseó estar conmigo, ¿por qué simplemente no me dejaba ir? Pensar que estaríamos atados para siempre en un matrimonio sin amor, fidelidad o respeto me hizo sentir enferma. De pronto, una oleada de indignación me cobijó, no solo por él, también por mí misma… porque sí, fui yo quien presionó esto.

¿Así se sintió en su momento? Cielos.

—O la tuya —repliqué.

Por primera vez en la vida no deseaba su cariño o perdón, solamente quería herirlo tal como él hizo conmigo.

Una de las esquinas de su boca se alzó en una clara burla.

—¿Y entonces seguirás llorando en mi tumba? —arremetió.

Y de alguna manera ese era el golpe que necesitaba.

Retrocedí más limpiándome las lágrimas.

—Te daré unos días para que reconsideres las cosas —solté intentando pensar con claridad entre tantas emociones—. Atarnos a este matrimonio fue mi error y podemos remediarlo. Debes tener planes más productivos que estar conmigo.

Acostarse con todas las modelos de la ciudad, por ejemplo.

Ni siquiera fingió pensarlo.

—No me interesa lo que hagas, ya tienes tu respuesta.

Sin más, pasó por mi lado directamente a su lugar favorito, al que llevó a su zorra. Cerré los ojos pero de inmediato la imagen de Leah y él me azotó. Ella estaba sentada en su regazo mientras besaba su mandíbula. Por supuesto que cuando me hundiera sería con una mujer como ella: delgada, perfecta, hermosa en todo sentido.

Todo lo contrario a mí.

Todo lo que un hombre como él desearía para sí mismo.

Salí necesitando escapar de toda la pesadez del lugar.

Richard Bradford tenía sus motivos para odiarme, sí, pero nunca pensé que llegaría a este extremo.

—Me das asco, Rich —susurré a la nada.

Ya había dado su última palabra: no me dejaría ir.

Pero él no aprendió nada acerca de mí. Ese hombre, mi esposo, no consideró que si hice cualquier cosa para conseguirlo… lo haría también para deshacerme de este vínculo.

Enmendaría este error así lo perdiera todo.

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