CAPÍTULO 10.
Richard.Mamá cubrió mi mano con la suya con la ternura que la caracterizaba.
—¿Está todo bien, Rich? —cuestionó interesada.
Simulé sorprenderme. —Por supuesto, ¿por qué?
—Ambos están actuando de manera extraña —reveló. Ella no era de las personas que se metía donde no las llamaban, que dijera algo ahora mostraba su preocupación—. El matrimonio no es sencillo. Adaptarse, comprenderse, comprometerse. La convivencia muchas veces tensa las cosas y quizás por eso luces… preocupado.
Mis cejas se arquearon. —¿Qué? No es así.
Sonrió con melancolía. —Mi muchacho, ¿crees que no te conozco? Sí, lo hago. Tenía tiempo que no te veía así. No puede ser la empresa, porque va perfectamente según he oído. Entonces, se debe a tu esposa, quien también parece un poco distante.
Podría decirle a mi madre de mis planes, sin embargo, sería explicar demasiado. Ella no tenía idea de cuál fue el motivo para unirnos y yo sabía perfectamente que no apoyaría en absoluto mi plan para deshacer esta unión.
Finalmente, ni ella ni mi padre fueron quienes tuvieron que dar la cara por el negocio, sino yo.
—No te preocupes por nada, ¿está bien? —pedí. Yo odiaba poner cargas en sus pensamientos.
—Pero…
—Buen día.
Ada entró al comedor, esta mañana decidió vestirse con una blusa y pantalones oscuros. Mi atención fue directamente a su mano donde de nuevo permanecía su alianza de matrimonio. Me sorprendí muchísimo cuando Evan me dijo que lo ubicó en una casa de empeño. No tenía idea de por qué se le ocurrió eso, pero lo encontró allí. Tuve que pagar un precio ridículo para adquirirlo, sin embargo, poco me importó. Inicialmente planeé mantener en secreto eso, sin embargo, sus palabras anoche me trastocaron por completo.
Ella no solo zanjó la discusión, ganó la puta guerra. Y ponérselo mientras dormía solo demostraba mis vanos intentos de mantener un poco de dignidad.
Además, cuando se encontrara de nuevo con su “amigo” Connor, era importante que me recordara.
—Hola, cariño —saludó mi mamá sacándome de mis pensamientos.
—Buen día —respondí antes de beber de mi café.
Al menos la presencia de mi invitada le haría desayunar aquí el día de hoy.
Se sentó al lado de mi madre con una suave sonrisa. Esta mañana lucía más repuesta que la noche anterior donde ciertamente se veía desconcertada y yo sabía por qué. Cuando llegó anoche a la casa mamá reía, pude ver su columna enderezarse además de la rigidez en su caminar. Sé qué pensó y por supuesto me merecía esa desconfianza, me arrepentí entonces de no haber ido a buscarla con mi madre a su negocio, se hubiera evitado ese momento de rabia.
—Me gustaría llevarte de compras hoy. Aunque sé que estás ocupada… ¿puede ser en la hora del almuerzo?
Ada parpadeó. —Sí, claro.
—Mi hijo invitará, así que será muy divertido. —Se burló.
Carraspeé.
—El viernes habrá una fiesta en la compañía. —Me dirigí a Ada. Ella me miró. —Anexa a las compras un vestuario para la ocasión.
Frunció el ceño. —¿Desde cuándo hacen reuniones allá?
—Es la primera vez —informé.
—Tengo una entrega importante ese día, Richard.
Me recosté en el asiento. —¿Sí?
—Sí. De hecho, ha sido ese encargo el que me ha tenido tan ocupada.
Mamá nos miraba como si fuese un torneo de ping pong.
—¿Y a qué hora es dicha entrega?
Parpadeó. —En horas de la mañana, pero...
—No te preocupes, tendrás tiempo suficiente para ambos eventos. Porque el mío es en la noche.
Apretó los labios.
Mamá me golpeó en el brazo.
—Oye, no seas molesto. Seguro es algo que la dejará agotada.
Mi progenitora no tenía idea de cuán mentirosilla podía ser su nuera en ocasiones, sin embargo, yo sí. —Tienes razón, discúlpame. Si quieres yo podría ayudarte ese día —repliqué—. ¿Eso quieres, cariño? ¿Te acompaño a finalizar con el encargo el día viernes?
—¡No! —respondió seca. Casi estuve a punto de reír. —No es necesario. Creo que tienes razón, el tiempo me dará perfecto.
—Eso pensé.
El desayuno finalizó y ambos nos dirigimos a nuestros respectivos caminos. Horas después mi móvil empezó a sonar con las notificaciones de los cargos a la tarjeta que dejé en poder de mi esposa. Sonreí al ver los montos, realmente me lo esperaba: se estaba desquitando por muchas cosas, pero al menos prefería eso a que vendiera su anillo otra vez.
A media tarde, Evan entró en mi oficina.
—Tengo noticias.
Alcé la vista. —¿Cuáles?
—Tu esposa estuvo ayer con su amigo en un almuerzo —soltó. Como si esa noticia no fuese una puta patada en el pecho. Dejé caer los papeles en mi escritorio intentando reprimir la molestia que me recorrió. Mi primo me extendió su móvil mostrándome una foto.
No era tan terrible, en realidad. No pude evitar centrarme en la enorme y sincera sonrisa de ella. No era un simple gesto, realmente disfrutó estar allí con él. La descripción tenía tan solo un corazón rojo. Apreté la mandíbula.
—Averigüé algo muy interesante —continuó cuando por fin le devolví el aparato.
—Dime que le gustan los hombres —pedí. Aunque yo ya sabía la respuesta a eso, sinceramente quería que mi primo mintiera para evitar enloquecer tan solo en pensar cuánto tiempo pasaron juntos y qué hicieron.
Bufó. —No. Pero son sus gustos en mujeres de los cuales quería hablarte. Hice una revisión exhaustiva y parece tener un patrón: curvilíneas, cabello largo y oscuro, con aspecto dulce… sabes a dónde voy con esto, ¿no es así?
Mis manos se apretaron.
—Se parecen a Ada —determiné.
—¡Exacto! Físicamente, por supuesto. Entonces me pareció curioso, ¿ella jamás te habló de algún avance entre ellos? ¿Un romance o algo así?
—No. Siempre lo mencionaba con cariño fraternal. Por eso creí… ya sabes. —No dije más.
Me miró fijamente. —Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Te sorprendiste cuando yo encontré su anillo hace dos días en la casa de empeños a pesar de que ella alegó haberlo botado, ¿te acuerdas? —Asentí. —Pues no fui allí porque yo sea un iluminado ni porque los astros me hablen, tenía una corazonada. Y la cuestión es que el hogar de él queda a pocas cuadras de ese sitio donde Ada lo vendió.
Me congelé.
—¿Qué estás insinuando?
Él alzó las manos. —Nada, Rich. Pero si no hubo cargos en su tarjeta ni registros en los hoteles cercanos, es normal pensar que ella acudió a un amigo, ¿no crees? Debió estar inconsolable y posiblemente él abrió las puertas de su hogar esos tres días.
Empecé a desanudarme la corbata. Solamente pensar que estuvo a solas con un hombre que la deseaba abiertamente, en un momento tan vulnerable y pensando que yo había traspasado todas las líneas posibles me hizo sentir asfixiado.
Maldición.
—Entiendo, gracias.
Ambos sabíamos qué significaban esas palabras pero ni así se marchó.
—¿Estás bien?
Lo miré. —¿Por qué no lo estaría?
—Pareces a punto de golpear a alguien.
Sí, quería.
—A sabiendas de eso, deberías alejarte de mi vista, ¿no crees?
El hijo de puta sonrió.
—Sí, por supuesto, jefe. Ya me voy.
Me dejó con más interrogantes que respuestas y con un nudo en el pecho. En ese momento yo no tenía idea de dónde había caído Ada. Si pasó cualquier cosa entre ellos entonces no podía ni siquiera reclamarlo; no solo porque nuestra separación fuera inminente sino porque desde su perspectiva ya yo me acostaba con otras.
Preso de furia golpeé el escritorio. El ramalazo de dolor me indicó que fue una mala idea.
Un segundo después, mi asistente abrió la puerta. —Señor, ¿está bien?
Sacudí mi mano. —Sí.
—¿Quiere que llame a un doctor?
Quería ser valiente, negarme y todo eso, pero no pude. Asentí sintiéndome avergonzado de mí mismo por no proteger ni siquiera mi imagen ante mis empleados.
Rato después estaba de regreso en casa, justo me cambiaba cuando la puerta de la habitación se abrió. Ada entró, llevaba dos bolsas en la mano y al verme se paralizó por un segundo. Su mirada bajó de forma inconsciente por mi pecho desnudo hasta la toalla que se envolvía alrededor de mi cintura. Apretó los labios antes de apartar su vista de mí.
—No sabía que estabas aquí.
—Lo imaginé.
—Dejé a tu madre en su casa después de las compras. Ten, esto es para ti. —Extendió hacia mí una de las bolsas. —Un detalle de su parte —aclaró.
Rodé los ojos porque solo mamá podía decir algo así. —Con mi tarjeta.
Se encogió de hombros.
—Pero como lo eligió ella es de su parte, al menos, así lo hizo saber.
A pesar de lo mal que fue esta tarde y de toda la desesperación que me embargaba, no pude evitar reír un poco. Los comentarios secos de ella siempre lograban sacarme una sonrisa. Sin embargo, no lo dijo por broma sino por informar. Cuando tomé la bolsa de sus manos pude notar su sorpresa.
Al fin vio el vendaje.
—No es nada —aclaré de inmediato.
Tragó grueso. —No pregunté.
Sí, era verdad, pero su duda estaba escrita en todo el rostro. Además, sabía perfectamente que me merecía cualquier respuesta amarga después de lo ocurrido todos estos días. Me enfoqué en revisar el detalle de mi madre, en tanto, pude oírla merodear por la habitación.
Abrí la caja para encontrarme con dos pares de gemelos de oro. No pudieron encontrar algo mejor en qué usar el dinero. Necesitaba unos desde hacía semanas. Cerré la caja.
—Muchas gracias —murmuré.
Me lanzó un vistazo. —Díselo a tu madre o a ti mismo. Como bien dijiste, fue con tu tarjeta. Por cierto, aquí está. —La depositó sobre la mesa de la noche.
—¿Qué compraste para ti? —Me interesé.
—Nada importante.
—¿Puedo ver? —insistí al ver cómo el color se apoderaba de su cuello, mejillas y orejas.
—No.
Ella no estaba de humor para juegos, de hecho, la tensión entre nosotros era palpable. Pero mi curiosidad se despertó al verla tan incómoda y olvidándome de todo me permití bromear un poco.
—Vamos, Ada, solo una mirada.
—¡Dije que no!
Di un paso más cerca, realmente no iba a arrebatárselo ni nada parecido. Sin embargo, ella no tenía esa seguridad. Se aferró a la bolsa en un mensaje claro de no desear mostrarme su contenido.
¿Qué demonios?
Alcé las manos. —De acuerdo, no te preocupes.
—Iré a cualquier otra parte mientras te vistes —informó.
Asentí.
Mi atención no se despegó de ella y al intentar irse el asa de la bolsa se enredó en el pomo.
—Ada, espera… —intenté advertirle. Pero en vez de quitarla de buena gana dio un tirón agresivo y la bolsa se rasgó en dos dejando caer toda su compra al suelo.
Reconocí la tela de inmediato: lencería.
Roja, negra, azul oscuro y todas eran de encaje.
—¡No mires! —chilló agachándose para recogerla.
¿Cómo no lo haría? Eran de esas prendas destinadas a seducir a un hombre; si no las usaría para mi deleite. ¿Para quién carajo las compró?
Mierda.