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CAPÍTULO 2.

Lazos Marchitos 18+ — booknet.com · All chapters

CAPÍTULO 2.

Richard .

—Estoy en el hospital, creo que me lesionó las cervicales —espetó Leah al otro lado de la línea.

Sin dejar de revisar los papeles en mi escritorio, suspiré.

—No preví esa reacción —admití.

¿Llanto? Por supuesto. ¿Insultos? Sin duda. ¿La petición de divorcio? Claro, era el objetivo. Pero no lo que sucedió.

—No me pagaste para tolerar eso —recalcó.

—Serás compensada por la molestia extra: el triple de lo acordado y también pagaré todo lo concerniente al tratamiento.

—No es suficiente. Cuando la vea, le devolveré la cortesía —insistió.

Apreté el móvil en mi oído.

—Fingiste acostarte con un hombre casado, ¿cómo no consideraste recibir al menos una bofetada?

—Eso fue más de lo acordado y lo sabes.

Rayos, sí.

—Ignoraré cómo casi la atacaste cuando expresamente te pedí no responderle. Entonces, por el bien de nuestra amistad deja morir el tema. No quieres un problema conmigo.

—Sí, claro, porque tu principal objetivo en esta vida es protegerla. —Se burló.

—Envíame la factura —informé antes de colgar la llamada. No le daría explicaciones innecesarias; su presencia y todo el teatro que armamos fueron simplemente el medio para conseguir un fin. Lo demás resultó ser un daño colateral de fácil solución.

Dejé caer el lapicero con el que estaba a punto de firmar cuando un ramalazo de dolor tiró en mi mejilla y luego otro en mi pecho. Joder, Ada sabía golpear. Sin poder evitarlo mis pensamientos regresaron a ella, no pude evitar recordar su expresión herida y su rostro surcado en lágrimas.

«No puedo más. Ya pagué suficiente».

Sus palabras junto a su sollozo desesperado se repetían en mi mente como una letanía, cualquiera que la escuchara podía pensar que yo era el único villano en esto. No obstante, era mucho más complicado: para Ada nunca fui más que un capricho, yo era el equivalente humano de uno de esos bolsos caros que tanto amaba usar y su padre me entregó a ella envuelto en un costoso envoltorio. Todo porque así lo deseó.

De haber sabido cuántas emociones traería a mi vida, jamás habría hablado con ella, ni tampoco salvado aquella noche.

—Idiota mentiroso —susurré a la habitación vacía.

Bueno, sí la hubiera ayudado en ese momento pero no contactado después, ni tampoco invitado a salir. Desde el primer momento me atrajo, eso ni siquiera podía negármelo a mí mismo. Ella siempre fue bonita, inteligente y con un ingenio que me dominó, esa era la verdad. Y aunque recibí uno que otro comentario de mis compañeros de juerga por la diferencia física con mis otras conquistas, eso jamás me importó. Yo no vi a una mujer pasada de peso como ella misma hizo notar muchas veces; yo observé su figura reloj de arena, sus pechos generosos, sus piernas llenas y su rostro... joder, tenía un rostro precioso.

Aun así, con todos esos atributos que me enloquecieron yo no buscaba una relación seria; no necesitaba una. Deseé perderme en ella, descubrir sus lugares secretos y adentrarme en esa imaginación suya, pero no casarme. Mucho menos, sentirme con la soga al cuello mientras ella decidía cuándo tensarla.

Fue justo aquella tarde junto con su propuesta cuando todo mi anhelo se convirtió en desprecio.

Dos años después aquí estaba, desesperado por recuperar el control de mi vida, una donde Ada Bradford no fuera mi dueña. Debido al contrato que su padre me instó a firmar yo no podía solicitar la separación si no deseaba perderlo todo, sin embargo, siempre fui hábil para leer la letra pequeña. Entonces solo necesitaba hartarla para poder ser libre otra vez.

Frank Davenport me atrapó como a una rata, esa era la verdad.

Abrí el cajón a mi derecha para asegurarme de que allí reposaban los papeles del divorcio; los tenía preparados desde hacía semanas, no obstante, cuando la escuché solicitarlo un pequeño fuego dentro de mí me hizo retroceder.

Decidí no ponérselo tan fácil, me negué a primera instancia para enseñarle una lección; me resistiría unas pocas semanas para mostrarle en carne propia lo que era estar atrapada . Quizás con ese aprendizaje podía proteger a otro hombre de sus artimañas.

Una punzada atravesó mi pecho al imaginarla casándose con otro.

Pobre diablo.

Mis puños se apretaron arrugando los papeles.

Mierda.

Lo único que me distrajo fue el sonido del móvil: era el contador de la empresa. —Dime.

—El banco de Andorra dio el visto bueno. Cuando des la orden, se movilizará el dinero a la cuenta que tu suegro prefiera.

—Muy bien.

Hubo un corto silencio antes de escucharle. —¿Estás seguro de esto? Le devolverás el doble de lo que te dio para salvarnos. Tres millones, jefe.

Sí, lo sabía.

Por largo tiempo ni siquiera pude dormir pensando en cómo le pagaría tal cantidad. Para muchos fue un depósito de buena fe como bienvenida a la familia. Sin embargo, la pura y cruel verdad era que ese fue mi precio . Ese fue mi valor hace dos años para el padre de mi esposa. En ese entonces, fue la cantidad que necesité para saldar las deudas y mantener comida en la mesa de los empleados que confiaron en mí tras la debacle de mi propio padre. Cualquiera podría creer que yo escogí el camino sencillo, pero ni el mejor banco, ni prestamista, ni nadie le daba 1.5 millones de dólares a un hombre cuya empresa estaba en la ruina. Lo sabía de primera mano porque intenté todo para conseguirlo y nada funcionó.

Ahora bajo mi mando todo era diferente. Mejor.

No me quedaría con nada que no me perteneciera luego de la separación.

—La empresa podrá soportarlo, ¿no es así? —musité con diversión porque yo sabía mejor que nadie, incluso él, a dónde había llevado mi legado.

—Sí, pero…

—Espera mi confirmación —frené no queriendo escuchar sus preocupaciones.

—Está bien, señor.

El resto de la tarde transcurrió sin más incidentes.

Para la hora de la cena ella aún no había regresado, aunque esperaba este comportamiento por su parte.

Normalmente cuando yo no tenía algún evento o reunión cenaba en casa y continuamente me acompañaba, esta noche fue la primera vez en soledad para mí. Nunca antes había notado cuánto eco había. Bueno, era imposible hasta escuchar mis pensamientos cuando ella estaba porque se dedicaba a contarme cada detalle de su día.

Dejé caer el tenedor en mi plato, perdí el apetito.

Regresé a mi oficina para servirme un trago de bourbon y de nuevo no cerré la puerta, esta vez no para que ella me pillara en algo sino para yo verla cuando regresara. Durante todas las horas que esperé no pude dejar de recordar la manera en la que se desmoronó ante mí, flaqueé en ese momento y a punto estuve de confesarle la verdad. Cuando grité no fue para ella sino para mí.

«¡Ya basta!», exterioricé. Pero por dentro me recalqué. «Esta es tu salida, no lo arruines».

Antes de siquiera pensarlo estampé la botella contra la pared e hice un desastre de mi oficina, papeles y carpetas volaron en todas las direcciones.

El amanecer se abrió paso y ella no volvió.

Tres días después.

Al escuchar la manilla, me abalancé hacia la puerta y la abrí por completo.

—¡Oh! —Ada se sostuvo en el marco para evitar caer hacia mí.

—¿Se puede saber dónde demonios estabas? —cuestioné.

Ella parpadeó en mi dirección como si le sorprendiera verme. Bueno, eran las diez de la mañana, por rutina debería estar en mi oficina del centro trabajando.

—Eh… no.

Fruncí el ceño.

—¿No qué?

—No puedes saber —replicó—. ¿Me das permiso?

Lo hice sorprendido por su actitud.

—Tu padre nos invitó a cenar, dijo que no pudo contactarte —informé.

Revisó su cartera en busca de algo.

—Tengo mi móvil y no ha sonado ni una sola vez, así que no entiendo por qué… ¡Oh! Está apagado. —Tecleó repetidamente en la pantalla como si no lo pudiera creer.

Cerré la puerta. Lo supuse, yo también la había llamado varias veces.

—Acerca de dónde estabas…

—Dile a papá que lo llamaré pronto.

Tomé una respiración profunda.

—Esta noche hará una reunión en su hogar; mencionó algo de unos inversionistas y acerca de ser un frente unido.

Su padre realmente nos consideraba una pareja en toda regla, hasta el día de hoy no comprendía porque ella no me había delatado y en estos tres días creí que se había quedado en su casa de la infancia. Por eso, cuando el hombre me llamó esta mañana muy preocupado por no haber podido hablar con su hija decidí dar la vuelta en mi auto para regresar a casa.

Ella no tenía ni una sola amiga ni otros familiares a quienes acudir.

Quizás se había quedado en un hotel o incluso en su floristería donde pasaba el tiempo.

Aunque su cabello lucía limpio al igual que su ropa, era la misma que tenía al irse.

Ignorándome se dirigió a las escaleras y trastabilló en el primer escalón.

¿Qué rayos? Me acerqué intentando ayudarla pero apenas percibió mi presencia se alejó como si mi cercanía la quemara. Sabía que nuestro reencuentro sería difícil, sin embargo había esperado más lágrimas o recriminaciones. No esto.

—¿Estás ebria? —pregunté al presentir un sutil olor a alcohol. Ni siquiera me miró antes de rodearme para apoyarse en el barandal.

—¿A esta hora?

También pensaba eso.

Apreté los labios pidiéndole al cielo paciencia, ¿cómo carajos iba a lidiar con esta mujer ebria? Ella no tomaba más de una copa de champán porque la mareaba.

—Te lo preguntaré por última vez: ¿dónde estuviste estos días?

Resopló. Ella literalmente resopló.

—Menos mal es la última vez porque estás demasiado molesto con el tema.

—Ada…

—Yo nunca reclamé —interrumpió con voz plana—. Cuando desapareciste una semana. Regresaste como si nada y jamás dije algo al respecto.

Me crucé de brazos.

—No, pero las dos semanas siguientes en todas las comidas hubo berenjenas. Sabes perfectamente cuánto las detesto, ¿quieres que haga eso mismo? ¿Castigarte en todas tus comidas con maíz?

Sus hombros subieron y bajaron en un gesto descuidado.

—Haz lo que te dé la gana, finalmente esta es tu casa —espetó haciéndome tensar.

Joder, ciertamente le dije eso. Qué bocazas.

Y sin más subió los escalones, lo hizo lentamente como si temiera caerse. Lo cual me puso en guardia de inmediato. Debía estar peor de lo que se veía para ser tan cuidadosa en un lugar que a diario subía y bajaba corriendo. No respondería nada a su última declaración, era obvio lo herida que estaba y tampoco deseaba una discusión. Ella estaba bien, de vuelta sin ningún problema.

Quizás era hora de volver al trabajo.

—Acuérdate de la cena esta noche.

Horas después volví a casa, no perdí el tiempo fui a ducharme y cambiarme.

Me sorprendió no verla frente a la peinadora maquillándose. En contra de mis deseos se había mudado a mi lugar; teníamos empleada y dijo que por el bien de ambos debíamos evitar ciertas habladurías. Estuve de acuerdo a regañadientes, finalmente la mayoría del tiempo dormía en mi oficina o en la habitación de invitados. Pero para algún tipo de evento siempre nos encontrábamos en la habitación a la misma hora.

Vestido, perfumado y ajustándome el reloj bajé las escaleras.

Diane, el ama de llaves estaba junto a las escaleras.

—¿Has visto a mi esposa?

Asintió. —Lo espera en el auto, señor.

—Gracias.

Abrí la puerta del lado del conductor. Ella ya estaba en el asiento del copiloto concentrada en su móvil. No dijo nada por mi tardanza, ni siquiera pareció reparar en mi presencia.

Encendí el motor y ni siquiera se inclinó a poner música como normalmente hacía.

—¿Ya estás sobria? —De nuevo nada.

Apreté el volante en mis manos.

En un momento, giró su rostro hacia mí.

—¿Te contactó mi abogado? —Ahora fue mi turno de alargar el silencio. Ella suspiró.

Los veinte minutos de trayecto parecieron una hora en esta tensión. Ni siquiera había terminado de estacionar cuando abrió la puerta, el reclamo que tenía por su imprudencia quedó atrapado en mi garganta al observar su atuendo.

Mierda.

¿Qué demonios?

¿Algo tan corto podía siquiera considerarse un jodido vestido?

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OIGAN A EEESTE.

Potente inicio, ¿cierto? Por sus comentarios y mensajes pude ver que esta historia ya está haciendo estragos en sus emociones y me encanta.

Aquí podemos entender un poco más las motivaciones de Richard y, seamos honestos: es un idiota. Pero también un hombre desesperado y eso le lleva a hacer estúpidedes. ¿O qué creen ustedes?

Me encanta leer sus comentarios. Gracias por estar aquí.