CAPÍTULO 3.
Ada .Él estuvo a mi lado apenas toqué el timbre de la casa.
—Ten esto —gruñó.
Bajé la mirada para notar que me extendía su gabardina.
—No tengo frío.
—Aquí estarán grandes inversionistas y estás a medio vestir —señaló.
Giré en mis pies para observarlo fijamente.
—Vete a la mierda, Richard —dije fuerte y claro.
Sus cejas negras subieron casi hasta el inicio de su cabello.
—¿Qué dijiste?
—Lo escuchaste perfectamente. Enfócate en sentar bases con esos importantes inversionistas y a mí déjame en paz. Lo que digas o hagas no va arruinarme la noche nunca más.
—¿Cuándo yo…? —Se calló al escuchar el sonido de la puerta abrirse.
Mi padre sonrió al verme, si a él le sorprendió mi atuendo no hizo gesto alguno. Aunque bueno, Frank Davenport no era de los que perdían el tiempo con nimiedades. De inmediato nos invitó a pasar y las presentaciones no se hicieron esperar, no me equivoqué al suponer que esta
reunión era en realidad una pequeña fiesta, en menos de media hora conocí a veinte personas y saludé a treinta conocidos. Los invitados de esta noche eran una mezcla interesante del
jet set y los nuevos ricos.
Varios hombres, entre ellos contemporáneos de mi padre no dudaron en deslizar su atención por mi cuerpo. Richard no se equivocó en una cosa: era atrevido. Sin embargo, no había otra ocasión más oportuna para lucir este obsequio. Tenía más de dos meses guardado en mi armario, no lo usé por respeto a mi esposo, pero hacía días él mismo dejó claro que eso no existía entre nosotros y antes de mi separación quería al menos, verme atractiva.
Mi padre dirigió el camino hacia el último grupo por conocer; si los dejó para el final seguramente eran los peces gordos. Dos hombres que no debían pasar los cuarenta años y una mujer de mi edad.
—Ellos son los hermanos Stanford, dueños de la cadena hotelera que les comenté —dijo mi padre sumamente orgulloso por tenerlos aquí. Por supuesto, esto era para ellos. —Les presento a mi hija Ada y a su esposo, el dueño de Bradford Construcciones.
—He escuchado opiniones halagadoras de su empresa —comentó quien parecía el mayor de los hermanos.
Sin verlo, pude saber en el momento exacto que el pecho del hombre a mi lado se infló.
—Solo lo mejor para nuestros clientes.
Y así inició todo.
Conocía la estructura de estas conversaciones, dos o tres oraciones llenas de admiración antes de entrar directo a lo importante: ¿cómo hacer más dinero? Y justo allí empezaban las promesas de más reuniones, visitas y planes de negocios. Generalmente yo me desvivía por quedarme en estos intercambios, me parecía genial esa ida y vuelta. También solía fijarme de ello para cuando me correspondía sola negociar para mi floristería, sin embargo, esta noche no tenía el corazón ni el ánimo para esto.
De ser por mí estaría de regreso en la cama dónde pasé los últimos tres días.
Discretamente me disculpé con los invitados, como era habitual, mi ausencia no representó una gran pérdida. Paseé por el salón un rato charlando con otros presentes como era de esperarse. Esta noche varias de mis conocidas resaltaron lo bien que me lucía el vestido, una incluso se aventuró a felicitarme por retomar el estilo que me caracterizaba, el cual había dejado a un lado cuando me casé. Ya me imaginaba cómo serían las habladurías una vez las noticias llegaran a sus oídos.
Maldición, yo sería la burla.
Me incliné sobre la mesa dispuesta de postres y champán para una copa.
Una risita masculina se oyó justo en mi espalda.
—No es buena idea contorsionarte con ese modelo.
Giré el rostro.
—Eso debiste pensarlo antes de regalármelo, ni siquiera puedo respirar profundo —bromeé.
Connor sonrió extendiéndose para tomar dos copas, me tendió una. Lo conozco desde siempre y retomamos el contacto hacía poco, lo cual fue una suerte para mí. Pasé los últimos tres días en una de las habitaciones de su casa. Pero no quise abusar de su hospitalidad, por eso esta misma mañana puse fin a mi papel miserable y decidí volver a la casa de mi esposo.
Su mirada escaneó mi rostro. —¿Es tu vestido de la venganza?
Parpadeé. —Algo así.
—Pues es un placer verte usar algo que yo creé. Finalmente, eres mi musa favorita.
—Zalamero —respondí bebiendo de mi copa.
Él asintió antes de apartarse, se acercó para evitar que mostrara de más ante todos los presentes. Sinceramente la tela era tan cómoda que ni siquiera recordaba lo corto que era.
—Eres la sensación —informó.
Me encogí de hombros.
—Por supuesto, estoy usando un
Connor’s original.
Bufó. —Así no se llama mi marca y lo sabes.
Rodé los ojos.
—Como sea, ese era el nombre que siempre quisiste pero no importa. ¿Ha sido una noche productiva?
—Oh, sí. Estoy a punto de besar los zapatos de Frank por este favor.
Le empujé con mi codo.
—Oye, fui yo quien lo convenció.
Ambos sabíamos que la única razón por la cual mi papá cedió fue porque así lo quiso. Le tenía un cariño especial a mi amigo, además, era un diseñador reputado en Europa. Creí que este tiempo aquí se lo tomaría como vacaciones pero no perdería una oportunidad para conseguir inversionistas y este era, indudablemente, el mejor lugar.
—No pienso besar unas sandalias —refutó haciéndome reír, segundos después preguntó: — ¿Cómo estás ahora,
chérie? Te vi entrar con él.
Cerré los ojos por un segundo.
—No podía decirle a papá hoy de mis planes de separación. No es el momento.
—¿Y cuándo? ¿Esperarás que lleve a vivir a esa mujer a la casa?
Apreté los labios no pudiendo refutar nada. Solía ser así de crudo, sin embargo, por ignorarlo la última vez estaba metida en este problema. Él me advirtió de la locura de mi plan y se mostró en desacuerdo por mi matrimonio. Rompí contacto por eso.
«No hay hombre en la tierra que perdone una encerrona como esa. Te hará sufrir, Ada» , me advirtió.
Y yo cegada como estaba ignoré su sabio consejo, entonces, hace tres días fui arrastrándome hacia él porque aunque temía su regaño sabía que su apoyo sería invaluable. Al menos en eso, no me equivoqué.
—¿Qué te dijo el abogado? —pregunté en cambio.
Bebió de golpe el contenido de su copa.
—Tu marido cortó la llamada apenas se identificó.
Solté un suspiro.
—Se está poniendo difícil.
—¿Y qué planeas hacer?
—No lo sé —admití—. De momento quiero… buscar otro lugar donde vivir, ¿sabes? Durante todo el día me sentí asfixiada allí. Quizás vaya a un hotel o algo así, si sabes de algún sitio que estén alquilando avísame, por favor.
—Si usas su tarjeta te ubicará en seguida —informó.
—No utilizaré su dinero —respondí con un siseo—. No quiero nada que venga de él.
Esta mañana estuve a punto de gritar y golpearlo para borrar de su estúpido rostro esa preocupación fingida. Realmente prefería que no estuviera allí para verme entrar derrotada y con resaca, lamentablemente cuando se trataba de él yo no tenía suerte.
En contra de mí misma y como ya era una costumbre mi mirada le buscó, estaba en el mismo lugar conversando todavía con los dueños del hotel, la mujer que los acompañaba puso una mano en el antebrazo soltando una risita.
Entonces, como si
él presintiera mi atención sus ojos cayeron sobre mí y sonrió.
Idiota.
—Necesito un poco de aire —avisé.
Ni siquiera oí la respuesta de mi amigo mientras iba al jardín. Por suerte, nadie estaba interesado en ir allí, la brisa fría me azotó apenas abrí la puerta. Era una noche helada pero no me importó. Necesitaba mantener la compostura, no podía repetir una escena como hace días, mucho menos con una de las invitadas de papá.
El olor a tierra y rosas me envolvió, este era por lejos uno de mis sitios favoritos.
Un saco cubrió mis hombros desde la espalda.
—Esto no está hecho para ayudar a una damisela en apuros, aun así, es lo único que tengo.
—Eres mi ángel, Connor.
Chasqueó la lengua. —Bah, no te dejaría sola en la intemperie.
Nos dirigimos a la banca del centro, tenía tantos años allí que hasta nosotros jugamos en este mismo lugar. Quizás era mi estado de ánimo, pues este día se sentía especialmente melancólico.
—No puedo derrumbarme frente a todas esas personas —confesé tomando una respiración profunda—, sería lo peor. No obstante, verlo tan tranquilo mientras yo me siento tan… miserable es abrumador. No sé cuánto podré soportar esto sin enloquecer completamente. Por eso necesito alejarme de él y por encima de todo necesito que acepte el divorcio.
Mi amigo pasó la mano por su abundante cabello.
—Todo estará bien, Ada.
No lo creía, en este momento sentía como si nada más en mi vida volvería a estar en calma.
—Lamento no poder creerte.
—Lo estará —reafirmó—, ¿y sabes por qué? Porque no existe alguien más fuerte o terca que tú.
—No sé si sentirme consolada o insultada.
—Te estoy animando. —Una de sus manos se posó en mi rodilla y su pulgar dio un suave toque allí como cuando éramos más jóvenes. —¿Acaso no crees mis palabras?
Parpadeé. —No es…
—Al fin te encuentro, cariño.
«Cariño».Reconocería ese tono de voz así dejara de escucharlo por años. Mi
esposo me llamaba de esa manera delante de otras personas, no como un gesto romántico; esa palabra y ese tono casi siempre venían envueltas con algún tipo de advertencia.
Maldición.
Alcé la vista, estaba justo enfrente de nosotros.
Sus ojos verdes se mantenían enfocados en la mano en mi rodilla.
—Tu padre te busca —añadió.
—¡Oh, iré enseguida! —murmuré levantándome.
Por su parte, Richard caminó hacia nosotros lentamente, ahora me veía solamente a mí. Cuando estuvo a un pie de distancia a punto estuve de preguntarle la razón, pero lo supe un segundo después cuando una de sus manos quitó el saco que me cubría con un movimiento rápido, casi con desprecio.
—Te dije que necesitarías mi prenda —añadió.
Tragué grueso. —Ya entraré, así que…
—Ponte la puta gabardina, Ada —musitó en voz baja, sus palabras me sobresaltaron.
El hombre a mi lado salió de su estupor.
—Oye, amigo…
—No soy tu amigo —interrumpió—. Ni siquiera me interesa quién seas. Pero
yo soy su marido ¿lo sabías?
—Sé mucho más —respondió encarándolo.
No hubo rastro de sorpresa, ni vergüenza, ni siquiera molestia en el recién llegado.
—Bien por ti. Ahora, ¿nos vamos,
esposa ? —recalcó la última palabra.
Quise negarme, el cielo lo sabía, pero no podía.
No cuando todavía ese título pendía todavía sobre mí.
—Sí.
Richard me rodeó con su prenda.
Hice todo mi esfuerzo para no apartarme, por suerte su piel no tocó la mía y en contra de todos mis deseos caminé a su lado para simular seguir siendo su devota mujer.
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DEMASIADA MOLESTIA PARA UN HOMBRE DESESPERADO POR DIVORCIARSE, ¿NO LES PARECE?